(continuación)
Un amigo me dijo que era incapaz de viajar a Chile hasta que cayera Pinochet. Bajo la sombra larga de esta espina yo no pude desaprovechar la invitación que a través de Pablo Cassi me extendiera el alcalde de San Felipe de Aconcagua, don Jaime Amar Amar, para participar allí de un Segundo Encuentro de Escritores Iberoamericanos que continuaría, enlazado, con ¿otro? en La Ligua. Ambas son pequeñas cuidades de la V región central, al norte de Santiago y al este de Valparaíso y de Viña del Mar. Tras el encuentro de Asunción, Paraguay, al más alto nivel (EXÉGESIS26), éste me ofrecía la tentación de participar a un nivel más de pueblo, más cerca de la gente del interior que vive la "intrahistoria" de que hablaba Unamuno. Comparto la idea de que los talentos están distribuidos uniformente, pero hay centros de poder absorbentes que usurpan todas las oportunidades. Participando de este encuentro, pensé, cooperaba con la democratización de la cultura. Estaba seguro de que encontraría, a pesar de Pinochet, un país de corazón vivo. Tuve razón.
Lo que sigue es una crónica de este viaje, una breve relación de las actividades del encuentro con Chile y con otros escritores iberoamericanos, algunos de los cuales causaron un impacto perdurable en mi vida, que todavía me hace sorprender sonrisas en mi rostro cuando meses después escribo estas palabras. Entre los vivos: Pablo Neruda, más oda general, uva y viento, piedra y cielo, y capitán, más que nunca, residente en el mar más que en la tierra, ese mar tan anclado al oeste, tan repleto de los peces del porvenir, tan ungido de marea...
Cuidado posmodernos, porque Neruda no cantó en vano y viene por las aguas y todas las uvas del viento a encender otra vez la lámpara en la tierra.
2. Salida al mar, a qué otra parte
Salimos en un 727 semivacío de Aerolíneas Argentinas con dirección a Miami. Son las seis y 44 minutos de la tarde. Como vamos en dirección oeste disfrutamos una de esas tardes que no se agotan. El vuelo ha sido muy bueno. Agradable español de los sobrecargos. Afuera, dejamos ha rato esa ciudad rascacielos de algodón y parecemos estar en suburbios de nubes. De alimento --¿cena?-- sólo un emparedado de dos jamones y queso, una bolita de tomate, algo de tomar. Sirven café.
Es 9 de mayo de 1997. Tomamos, mi esposa Hilda y yo, la invitación del alcalde de San Felipe, don Jaime Amar Amar, y del poeta y cuentista Pablo Cassi, para asistir al II Encuentro de Escritores Iberoamericanos de San Felipe de Aconcagua. Pienso en este momento en el largo viaje que iniciamos. Otra vez escala en Miami, un par de horas, para salir a un vuelo de diez horas hasta Buenos Aires, a donde llegaremos a las 8 de la mañana. Imposible no aprovechar la oportunidad para ver la ciudad, así que seguiremos el viaje a Santiago en la tarde del domingo.
A las siete, las nubes lejanas han empezado a teñirse de rosas anaranjados. Voy pensando en intentar contactar a Edgar Valdez, mi entrañable amigo paraguayo, buscar muestras de arte uruguayo, tomarle el pulso a la Plaza de Mayo, a Santiago, asombrarme con la vista --¡al fin!-- de los Andes, el Aconcagua, las nieves perpetuas... Llevo la colección de la nueva edición de las obras de Hostos y de Aquí y Ahora de la EDUPR además de mis EXÉGESIS. Pienso en la oportunidad de hablar sobre poetas puertorriqueños y sobre Hostos, así como de la situación de Puerto Rico. Isla larga, larga...
Llegada a Miami. El tránsito por Miami resultó una pesadilla. El avión se accidentó en tierra y Aerolíneas Argentinas no pudo resolver la situación. Ir y venir interminable por el inmenso aeropuerto. Digan lo que digan, me dice Hilda, los que aman a Fidel y los que no tendrán que agradecerle por igual tener dónde comer delicioso, dónde beber un estupendo café y hacer de todo sin tener que hablar inglés. Finalmente nos acomodamos otra vez de madrugada en un vuelo de American Airlines que viaja directo a Santiago aunque está retrasado. Una joven blanca escribe sobre el piso en una computadora portátil. Otra lee a Paula. Muchos duermen acostados en el piso. Son tipos humanos muy diferentes de los que esperaban viaje a Buenos Aires. Más bajitos, menos corpulentos y carnosos, más pelioscuros y menos rubios de ojos claros, más comedidos y silenciosos y menos Gardel con todo y tango. Un joven resultó ser el compatriota de Peñuelas, Wilmer Colón, excelente pintor que iba a la actividad nuestra y con quien había conversado por teléfono. Salimos a las 3:40 AM en el vuelo 911. Lleno el avión. Silencioso. Se eleva. Comemos camarones, pasta o carne. Se agita un poco. El avión tiene filas 2-3-2. Nos tocan los asientos del centro, yo al medio. El viaje estuvo lleno de "hoyos en el pavimento", principalmente al inicio y al final. Dormimos como se pudo un par de horas. Amanece. Los pasajeros dormidos ¡hasta las 10:30! Casi nadie abre las ventanas cerradas y yo con ansias burbujeantes de ver Andes. Finalmente el desayuno, bueno. Comienza a bajar el avión. Se avistan las montañas nevadas, muy escarpadas. Una ¿americana? lee el Granma.
3. Chile en tránsito
El aeropuerto luce de años. Como andamios de fábrica en construcción, pequeño. Nos lleva un minibús al terminal. Aduana. Pienso, suspenso, pienso, carabineros. Hay que pagar por "reciprocidad" entre EUA y Chile $20.00 por cada uno para entrar. Hay carritos de alquiler para maletas a $1.00 dólar. No hay maleteros. La inspección es al azar. Mucha vigilancia observable.
Afuera Hilda ve un joven con un letrero con el nombre de Wilmer Colón, el pintor de Peñuelas. Llegamos en el mismo avión y esperamos frente a frente en el aeropuerto de Miami sin reconocernos. Conocemos a Wilmer y a los jóvenes enviados por la municipalidad de San Felipe. Esperamos, nos dicen, la llegada de un argentino. Conocemos a un escritor español y a su esposa que también llegan. Wilmer y los españoles se marchan. Afuera hay lo que llama el muchacho neblina. A mí me luce smog. La temperatura es agradablemente fresca. Un poco de aire frío, pero con mucho sol caluroso. Los pasajeros tenían todos abrigos, algunos pesados. Nos llevan a una pick-up pequeña del municipio. Hilda dice que el aire se ve y siente como el del Distrito Federal de México. Hablan más como mexicanos que como argentinos. El tipo humano parece tener de indio, pero muy diluido, mezclado. Bajo de estatura, cabello oscuro. La "neblina" impide ver lejos. (Creí ver las montañas nevadas que me anticipó con entusiasmo Carlos Pérez.) Da la impresión de un mundo muy llano! Mucho carro compacto. Acomodamos las maletas y nuestro joven recibidor se va dejándome encendido el radio. "Navett. Déjese llevar". "Dirección metereológica de Chile". Hilda se fue a averiguar sobre el regreso. Guaguas azules "Centropuerto". Indios. El aeropuerto parece tener un solo estacionamiento al frente. No veo el metro. Moscas puertorriqueñas. Tour Express. Casi todos llevan abrigos aunque la temperatura es buena. Extraña pisicorre Suzuki muy pequeña. La bandera de Chile que ondea aquí no percibe el aire frío de la UNAM que yo siento. Palomas. No hay duda, es gozo. Cielo despejado. Un viejo con una chaqueta verde que dice detrás SAVIA PAISAJISMO barre la calle.
Llegan dos señoras escritoras argentinas. Presentaciones. Che, elegantes y de habla muy argentinas. Salimos, 6 millas a Santiago. Seco el paisaje, polvoso. Cultivo. Seco. Hilda conversa animadamente con ellas. Yo escucho poco porque por el ruido poco entiendo. Cultivos. Seco. Casitas de ladrillo con techo de zinc. Urbanización subterránea. Montaña seca. CLOROX-AVON. Quilicura. Parque Arauco. Tierra de paja. Vamos al norte, contrario a Santiago. Polvo. Sauces pesados, abatidos. Muchos parques industriales. Buenaventura. Visibilidad muy corta: smog. Álamos. El color verdemarrón, verdeseco. Llano largo, avenida de cuatro carriles de concreto, dividido por tierra y piedra. Bodemar. Parrillada. Supermercado pequeño y algunas reses. Küpfer. Madera. Tendido eléctrico igual al nuestro. Desvío a Colina. Shell en la esquina. Casas de madera chicas, techo de zinc y ventanas de vidrio o tabla. Sigue el parque. Área verde con casas con techos de tejas: Las Encinas. Árboles amarillos, amarillo-verdoso. Un avioncito eléctrico de control remoto. Otra vez casas con techo de tejas, y zona de casas en construcción. Edificio en ladrillos. Río seco. Cabañas de madera rústica. "Urbanización de lujo Los jardines de la colina": condominio. Siembra de lechuga. Cerca de madera redonda. Puente San José, seco. Agrocampo. Riego. No se ven aún los Andes. Regimiento de Artillería. Club de Leones. Gasolina YPF. Poblado (Comuna) Colina. Ponderosa Piscina. Gasolina COPEC. Cárcel grande. Edificios de tres pisos rojos, amarillos, verdes, ladrillos con ventanas de cristal. Colina de polvo. Recinto militar. Vegetación xerofítica. Camélidos alpinos - alpaca. Sembrados de paja. Fin Restricción. Antena de satélite. Centro de Estudios Espaciales. Fuerte de los Libertadores. Rodeo.
Viñedos grandes a la izquierda. Desierto a la derecha. Chacabuco. "Cuando Chile crece todos crecemos". Montañas más altas en cadena. MACO Hyster. Subimos, montañoso. Plaza de peaje Chacabuco. Polvo y pedregoso. Monumento al ejército de los Andes. Un túnel atraviesa la montaña, largo y oscuro, aunque iluminado, de unos pocos kilómetros. "San Felipe-Los Andes", V Región. Pedregoso, muy espigadas las líneas, y la línea de lo alto muy irregular. Velocidad controlada por radar. Reserva Ecológica San Francisco de los Andes. A lo lejos, un valle, ¡verde, muy verde, entre la neblina! Nuevos viñedos, pinos abundantes, muy verde. "Villas Las Flores". No son pinos, son álamos. Ovejas. Inmensos los viñedos. "Río Blanco", uvas. "Tierras blancas". Verja de ladrillos cubiertos de barro. Altas, muy altas montañas. "Tres esqui-nas. Restaurant". ¡Alpacas entre viñedos y álamos! Río Aconcagua. Puente del rey.
4. En San Felipe de Aconcagua
San Felipe. Putaendo. Avenida arbolada al centro. Hotel San Felipe, pequeño. Al frente la plaza. Niños juegan fútbol en la calle cercada. Catedral. Tercio Muñoz fue el joven que nos llevó hasta San Felipe. Un letrero en la Ilustre Municipalidad anuncia el II Encuentro de Escritores Iberoamericanos. Nos trasladamos al hotel. Habitación 312. Pequeña. Baño pequeño, austero. Polvo. Los receptáculos de luz son diferentes. La luz lánguida por ahorro de combustible. Hay escasez de agua, me dicen, por una sequía de siete años. No falta en el hotel. Frío el ambiente. La ventana de mi habitación da a la plaza. El comedor, abajo, es muy agradable.Hay un saloncito lateral que invita a la tertulia. Allí cumplimos esa misión en varias ocasiones, desde el primer día, y hasta el sacrificio. La mayor parte de los almuerzos y cenas --"de camaradería"-- serán en el Centro Árabe, una hermosa casa vieja y amplia que no tiene nada a la vista árabe. Conocemos durante el primer almuerzo, además de las argentinas Lili Rossi y Juana Cascardo, y de mi paisano Wilmer Colón, al argentino Oscar Sosa Ríos, jovial, informal y correcto, y a su esposa Marité, de ojos pequeños, muy risueña. A los españoles Juan Delgado López, más académico, de palabra sin demora y de una pieza, y a su esposa Ángela, los habíamos visto en el aeropuerto. Finalmente Pablo Cassi, más joven y cordial que lo imaginado, hecha a un lado las formalidades y se abraza a un tuteo de amigos. El joven de relaciones públicas del municipio, Fernando Toledo Espinosa. El boliviano Juan Carlos Orihuela llegó después, así como las ecuatorianas Margarita Laso y Cecilia Velasco, poeta y cantora aquélla, crítica ésta, los peruanos Víctor Yañez, doctor, poeta, sexólogo, parasicólogo y paro de añadir por temor a no terminar, y Enrique Lanegra Arzola, abogado aficionado a la poesía, y su hija. Llegó además José Manuel Solá, el amigo y compatriota, y el uruguayo Enrique Amado Melo, maestro y poeta de vocación, y la venezolana Mireya Krispín, algodón caribeñamente erizado.
Esa noche antes de cenar conversamos en el vestíbulo del hotel sobre literatura contemporánea, Neruda, la poesía nuestra y la otra, sus urgencias y derroteros. Llevaron voz cantante la intensidad de espíritu de Delgado y de Sosa. En la cena conversamos mucho sobre nuestras literaturas. Mireya Krispín desenfundaba un bolero a la menor provocación. Dijo conocerme. Hilda no fue, se quedó descansando. La cena fue muy tarde. A la salida del Centro Árabe está helada la noche. Del calor de la tarde se pasó en pocas horas al clima frío. Esa noche nos despertó antes de amanecer la sirena atronadora de una alarma de incendio, pues los bomberos están muy cerca.
En la mañana del lunes el desayuno: Nescafé en polvo con leche o agua, panes dulces y jugo. Cono-cemos a Mario Blacut, boliviano muy cordial, entusiasta predicador de teorías. Cassi me había enviado para EXEGESIS un trabajo suyo. La primera actividad será una entrevista de prensa en la municipalidad. Conocemos a don Jaime Amar Amar, el alcalde, y lo rodeamos, todos de frente al público. Nos presentamos cada uno. Un campesino invade el salón para denunciar a gritos a un familiar desapa-recido. Respondemos algunas preguntas de la prensa. Conocemos a varios escritores chilenos, entre ellos a don Hermelo Arabena Williams, miembro de la Academia Chilena de la Lengua, Pedro Avelino Mardones, y al joven Nicolás Liberde, quien nos acompañará continuamente en las jornadas.
A la salida viajamos a la Universidad de Viña del Mar. Allí conocemos al rector, Dr. Alberto Luengo, curiosa mezcla de ceño adusto y sonrisa amable y barbuda. Y al profesor de matemáticas, el joven Bruno Salinas, con quien estuve comunicándome por correo electrónico. Se presenta una exposición con las pinturas de Wilmer Colón y las del peruano Víctor Yañez. Ambos hablan sobre su obra. Regresamos al
Centro Árabe para el almuerzo. Todos juntos formamos un grupo animado que arma intrincadas tertulias y canta junto. El vino chileno, sabroso. La comida esquisita. Suele haber carne de res, al caldero o a la parrilla, con papas preparadas de distinta manera, ensalada, a veces arroz, postre de helado con frutas o pastel, refresco embotellado y vinos. Alguna vez pescado y pollo, y caldillo. A la salida al hotel, a pie, pues está muy cerca, pasamos frente a la catedral y la arbolada plaza central. Allí nos presenta Cassi una tarde a tres señores muy mayores que comparten la vitalidad del tiempo, el aire, la palabra y el cariño. Uno de ellos, nos cuenta, es un connotado comunista que no quiso huir como los demás cuando la dictadura asoló. Está orgulloso de haber resistido.
Esa tarde se celebra la "Ceremonia Solemne", acto de apertura y bienvenida formal, en la Galería de Arte San Felipe del Real, detrás de la Municipalidad. Asiste muchísimo público de la región y de la capital. Maestros, escritores, estudiosos de la cultura, estudiantes. El Gobernador Provincial Guillermo Reyes Cortés, Consejero Cultural de la República Popular China, Xu Sigui, y el de Rumanía, Valentín Flores; el de Nicaragua, como escritor invitado, Jorge Eduardo Arellano; diputados de la república. Las banderas nacionales se lucen tras nosotros. Tras el alcalde, don Jaime Amar, Mario Balcutt, de Bolivia, es el orador principal. El Instituto Cultural Gabriela Mistral y el Instituto Cultural Rubén Darío nos declaran miembros honorarios, embajadores en nuestros países de Chile y de la poesía, así como nos reconocen en Chile embajadores de nuestros países y de la poesía. Otro tanto, le debemos al Instituto Chileno-Chino de Cultura y a la Casa del Poeta Chileno-Peruano. Cada uno es presentado y obsequiado. Hablamos de quiénes somos y de a quiénes repre-sentamos. Un grupo --el Dúo Canta Piano y Ximena Ugarte-- interpreta música de todos nuestros países: Rafael Hernández, "Si yo no hubiera nacido...", en mi caso. Al finalizar cantan una cueca chilena, y dos de nuestros anfitriones, los concejales Juan Manuel Millanao y Carmen Pino Rozas, saltan espontáneamente a bailarla.
Al finalizar se nos acerca mucha gente. Los saludos, los libros obsequiados, las preguntas sobre mi país, las explicaciones sobre el arduo regreso a la normalidad aun lejano de la civilidad en Chile, las dificultades para la educación cultural de los profesores a nivel primario y secundario, los heroísmos innumerables de quienes con sólo su propio esfuerzo rescatan a numerosos estudiantes para la poesía. Un amable señor me obsequia a mí, y sólo a mí, un libro entrañable que reúne la poesía de niños chilenos en una edición primorosa. Me dejó su tarjeta, pero no he podido hallarla. Conocí además a una señora de amable sonrisa, bajita como una palpi-tación, escurridiza pero interesada en con-versar: doña Gladys Bravo, de Santiago.
A la salida regresamos al Centro Árabe para una comida majestuosa de gala, estilo buffet. Sabrosa una bebida nacional llamada pisco ("pisco-sour"). Nuevos obsequios de libros. Imposible anotar todos los conocidos. Nos sentimos felices, recibidos con los brazos abiertos por toda la comunidad entusiasta.
En la noche Yañez pronuncia en la Universidad una conferencia introductoria sobre espiritualismo y parasicología. En una segunda sesión, a solicitud del rector, algunos de nosotros hablamos sobre el desarrollo de la poesía en nuestros países. Una joven chilena, estudiante y bailarina, nos narra de sus experiencias bajo la dictadura tras el exilio de los maestros chilenos. Se exhibe un documental sobre Neruda e Isla Negra. Dono a la Universidad los tomos publicados de las Obras completas de Hostos, edición crítica, que me entregó para este propósito la Editorial de la Universidad de Puerto Rico. Entre los escritores invitados y los chilenos fui repartiendo la colección Aquí y Ahora también de la Universidad. Reservé una dotación completa para Pablo Cassi quien, tras colocarlos en una expo-sición y feria del libro que me anuncia, los hará llegar a la biblioteca municipal. Al regresar al hotel, Yañez, Mireya y otros estaban preocupados porque Solá no fue a las actividades. Como era su colega más íntimo, me vi obligado a entrar a su habitación con el auxilio de los hospederos porque no contestaba mi llamada a la puerta. Dormía como tronco milenario, pero su aliento empañaba vidrios.
El martes participamos en una reunión en la misma sala con estudiantes de secundaria. Cada uno de nosotros se presenta, habla de poesía y lee algunos poemas. Después contestamos preguntas. Solá es un maestro con los muchachos. Pero tuvimos que forzarlo a leer sus poemas porque sólo decía los de De Diego y Lloréns Torres. Me parece que Sosa tiene también mucho habilidad para ponerse en el lugar de los niños. Las preguntas a los puertorri-queños abundan más. Les llamó la atención el centenario de intervención norteameri-cana y nuestra lucha por sobrevivir hablando español. Los muchachos escuchan con interés y perspicacia. Buscan las contradicciones, piden ejemplos, quieren oír más textos, preguntan por nuestra iniciación en el oficio, los problemas de la mujer escritora. Al terminar llueven todavía las apelaciones de los muchachos. Algunos nos siguen al hotel, y nos van a ver a otras horas. Lo mismo ocurrió en una segunda sesión con otro grupo de estudiantes a la tarde. El flautista de Hamelín más exitoso resultó ser Solá. Más tarde, nos reunimos con escritores de San Felipe y con escritores aconca-güinos en el hotel. Imposible recordarlos a todos. También estuvo Xu Sigui. Algunos viajaron de noche desde Santiago.
Yañez pronuncia otra conferencia en un club masónico, Patria y Libertad. Salimos para allá dispersos. Nos perdimos, pero nos encontramos con Oscar y Marité, Juan y Angelita, y entra-mos a un lugar a tomar un café.
Oscar leyó de todo, pero lo nuevo fueron sus poemas para niños. Juan tenía el vino triste y leyó nostalgias. Las discusiones entre Oscar y Juan resultaron de lo más animado e interesante de este viaje: tanto desacuerdo rodeado de tanto acuerdo. ¡Qué dos de antología! Infatigables, peleaban por el micrófono invisible. Si la poesía es triste o no. Si la monarquía, ¿por qué? Juan tenía la costumbre de acompañar la palabra del aporreo del hombro de Oscar, que dejó machacado como bisté. Más tarde se nos unió Juan Carlos Orihuela que alegaba con vigor y certeza que el club masónico no existía. Fue esa noche que leyó para nosotros su poema titulado El frío, que nunca olvidaré. En un momento en que intercambiaban opiniones contrarias Oscar y Orihuela, Delgado interrumpe para apuntar que: "Oscar, tú tienes razón en lo que dices, y tú también, Juan Carlos", a lo que éste ripostó enérgico: "Tú te callas la boca porque no puede ser que seamos grises, podemos ser blanco y negro, pero nunca grises." Juan, tomado por la risa, se calló finalmente por un siglo, para él, de algunos minutos.
Finalmente decidimos continuar la búsqueda. A la salida, un diálogo:
-¿De dónde es usted, señor?
-De la Argentina, contestó Oscar.
-¡Ah!, justo el país que estaba alabando ahora.
-¡Ah, sí? ¿Y de dónde es usted?
-De dónde va a ser, che, de la Argentina.
Encontramos el lugar, con sólo un letrero en el vestíbulo, adentro. Un amplio salón, todos terminaban la cena. A duras penas buscaron cómo acomodarnos. Leyó Mireya un hermoso texto. A la salida le agradecí al gran masón en nombre de Hostos. Le explique el apoyo de los masones que encontró Hostos a través de toda su peregrinación suramericana.
El miércoles salimos a conocer algunos puntos de los alrededores. Álamos secos. Altas montañas. A lo lejos, perdido como visión entre la neblina, los Andes, como gigantes silenciosos, rumiantes, nevados. Sauces, álamos y viñedos. Casas de ladrillo verde y techo de tejas rojas, ventanas de cristal.
Calzadas, la Gabriela Mistral. Universidad de Viña del Mar. Casas de dos pisos, a dos aguas, amarillas, blanco ahumado, verdes. Calles como las de Guatemala. Cierre de 2 a 5. Letrero: "Llay Llay 32". Cerveza Cristal. Puestos de periódicos de esquina a esquina. "Un amigo siempre..." "Carabineros de Chile". "Comuna San Felipe 55,000 h." Tren.
Salida hacia El Almendral, un rebaño enorme de cabras detiene el paso de la guagua. Llegamos a la comunidad. En una esquina la torre en restauración de una hermosa iglesia colonial franciscana. Templo San Antonio de Padua y convento
aledaño, declarado monumento nacional. Las facilidades albergan ahora el Programa de Extensión de Artes y Oficios de la Corporación CIEM Aconcagua (e-mail: "ciem@interaccess.cl"). Hay una estupenda exposición de pinturas de Carlos Carulo, sanfe-lipeño, y una cafetería.
Un puesto de carabineros inspecciona vehículos: "Es peligroso ser pobre, amigo. Es peligroso". Aloé-Vera. Cruce de docenas de cabras en la calle detiene el paso. En la Casa de vinos Errazuriz nos muestran todo el proceso de siembra de los viñedos, los distintos tipos de uva y sus usos, los procesos de elaboración del vino, su añejamiento.
Afuera, los hermosos toneles apiñados me obligan a fotografiarlos junto a Sosa Ríos. La viña Errazuriz Panquehue, importada de Francia. Abundan cruces en lo alto de los cerros. Gladys Bravo me explica que es por una leyenda de un preso que la puso de una madera que cayó en medio de una tormenta para protección de la providencia. Un capullo muy pequeño y muy rojo: "besitos".
Construcción original. Un rosal al comienzo de cada hilera, antes, para el control de plagas, ahora, para adorno. Riego por goteo. La uva pequeña, perla negra dulce. Hermoso el paraje neblinoso del viñedo y los álamos. No cabe en una foto, pero intento hacerlo, junto a Juan Carlos Orihuela, reconcentrado, intenso, honesto, lee los versos como si se desgajara la piel o si él mismo brotara de ellos. El aire limpio, tan refrescante que toca almas. La uva negriazul, mejor. La piel de leopardo de las lomas. Adentro, aliento frío. Toneles claros: SAURY. Un tonel de madera sangraba. Un laboratorio examina la sangre de los toneles.
El enorme espacio que ocupan los toneles trata de impedirle entrar en otra foto a Solá y Wilmer. Abajo, oscuros sótanos inmensos guardan los vinos dormidos. Las botellas, antes de etiquetarlas hay que lavarlas porque salen del proceso cubiertas de tierra, como las viandas. Deleitamos blancos y tintos, con quesos y pan. Sabroso momento.
Caminos amurallados de árboles. ESSO a siete kilómetros. Cabañas El molino. Columnas de sauces, columnas de ála-mos, columnas de pinos, arbustos y otros. Final-mente, ¡el Aconcagua! Más se adivina que se ve,
blanquísimo entre el cielo azul claro y las nubes blancas! Colegio Alemán de San Felipe. Lavacentro Sandra’s. "Conductor: no nos sobra ningún niño. Guíe con cuidado". Rodo-viario. Doña Gladys me refiere la historia de Catalina, una hermosa señora de La Ligua que asesinaba sus amantes.
Esa noche tenemos una cena de despedida de San Felipe en La Ruca, un hermoso lugar típico, casa de indio, piso de tierra, una mesa enormemente alargada. A la entrada, varios calefactores que a pesar de sus años me son ajenos y extraños. Parrillada: cerdo, res, ave, ubre, brielas (morcillas)
sobre un brasero de carbón, con papas, plato con habichuelas rosadas y cebollas, tomate. Maíz, vegetales verdes y otros. Panquehue. Me siento a un extremo de la mesa cerca de Juan y Ángela, Oscar Sosa y Marité y las ecuatorianas, Margarita y Cecilia. Se leen versos. Lili Rossi no lee como los demás: recita melíflua, poseída por su palabra. Juana Cascardo insiste en llamar sus cuentos cortos novelas. Recuerdo que Neruda mismo, por ejemplo, llamó novelas a una narración muy breve que tituló
El habitante y su esperanza, de 1926, época en que, por lo visto, muchos no utilizaban el término con la precisión que se acostumbra hoy. Cantan al fondo los peruanos y chilenos, y canta por acá Margarita Laso sus sanjuanitos y otras maravillosas melodías tradicionales del Ecuador, totalmente alucinada por la melodía, su rostro se transfigura, media luz, media emoción, totalmente "luna desnuda".
eres mi fuerza". Montaña de carbón en una industria. Reses cercadas por álamos. Nuevo farallón de álamos. En las montañas brotan como brazos los cactus. "Llay Llay la ciudad del viento viento". "Rotisería Sor Teresita".
Tractores sobre la tierra yerma. Ranchones como tiendas de campaña. Numerosos sacos rosados de ¿papas? ¿cebollas? Puentes. Letreros de tránsito desmesuradamente inmensos.
Peaje. Grupo de carabineros alrededor de un auto. Uniformes verdes y chalecos rosados y amarillos. Chocitas y ranchones miserables. Vías de tren. Paltas. Extraño paisaje de piedra y tierra, un río, arbustos totalmente secos y arbustos verdes. Otro túnel de tres kilómetros: ¡"
La calavera"!, 1951. Tomatales muy grandes, flores rosas y amarillas, álamos secos. Horno de cerámica. Reserva ecológica "Oasis de la montaña". Estamos siempre circulados de montañas. Zincs cafés. Flores. En las montañas grandes arbustos verdes en hileras. Venta grande de flores. Puente Ocoa sobre un río llano pero ancho.
Caserío de chozas. "Mucho gusto: hamburguesa y papas fritas". "Lomas blancas"; muy verdes los sembrados. Viveros grandes. "Contra viento y marea: pizarreño". A la vez seco y verde. Neblina. Nuevos viveros de claveles. Letrero de iglesia; de gaucho con reses. Fábrica de baldosas. Mejor la carretera. Chocitas de tres paredes para pasajeros en espera. Visibilidad poca. Shell, Shell, Shell, Texaco, Shell, Shell. Macol, Cauchoval, melón, tuna, Sprim.
Menos secas las lomas cercanas. Túnel el Melón - Peaje. El túnel de varios kilómetros, bien iluminado. El paisaje enlomado siempre seco. Deaparecieron las altas montañas. Cuesta descendente prolongada. Lejos, difuminadas en la neblina, otras montañas. "Cruz Blanca: marca de protección". "Cecinas finas": hot dogs. Despoblado. Alamal a la izquierda y derecha, inmenso.
Grandes letreros vacíos como una censura. "Fundo el Totoral."
Llano yermo. "La Ligua 2." Urbanizaciones, casas a dos aguas, ladrillo, madera y zinc. COPEC, gasolina. Cruzacalles: "II Encuentro de Escritores Iberoamericanos". Entrada al pueblo. Universidad Regional El Libertador. Otra vez el cruzacalles en la municipalidad.
Fuimos recibidos por el primer concejal de La Ligua, Raúl Sánchez Barbados, y un grupo de oficiales de la municipalidad, y trabajadores de la cultura.
Se nos obsequió con bebidas, y dulces típicos como el albo merengue y los alfajores, así como con el canto y baile de jóvenes liguanos. Un nuevo escritor recién llegado, desconocido para mí, el peruano José Guillermo Vargas, se apresuró a agradecer la bienvenida con palabras algo estiradas y protocolarias, de retórica. Nos albergaron en el Hotel Anchimallen, de varos pisos, ascensor, diseño moderno. Algunos de nosotros le señalamos a
Vargas nuestra desazón por hablar a nuestro nombre sin haberlo acordado previamente, sobre todo él, recién llegado. En general, La Ligua luce muy diferente a San Felipe. Parece haber sido destruida por terremotos y vuelta a construir según diseños más contemporáneos. La habitación es muy moderna, amplia y cómoda. Todo nuevo. Un ventanal mira hacia la montaña. Hace más frío, para mi sorpresa. Intentamos nuevamente hablar a
Puerto Rico y a Santiago para confirmar el vuelo. No pudimos. Para almorzar, nos llevan a un restaurante típico en las afueras de la ciudad. Un fotógrafo nos dice, con doble sentido: "Mirando el pajarito". Probamos un caldillo muy sabroso. En cada mesa un joven liguano acompaña a los visitantes. Nos toca con Robinson Valdés, joven estudiante muy brillante, también escritor, miembro de un club de amigos de la biblioteca. Nos refiere sin mayores inhibiciones las dificultades y penurias de su formación y sus ambiciones y esperanzas.
Luce muy preparado y consciente. En la tarde participamos junto al alcalde y al primer concejal en una conferencia de prensa en el hotel. Luego fuimos, ya de noche, a una actividad de apertura organizada en nuestro honor. Tras la bienvenida del gobernador, también escritor, Juan Carlos Ruiz, y del alcalde, Juan Ibacache, la actividad se constituyó por una nueva intervención no acordada de este Vargas tan lastimosamente necesitado de atenciones; canciones, música instrumental, un tumulto de protesta contra nosotros que irrumpió de repente y que resultó ser una inadvertida obra de teatro, en la que entraba de repente a
la sala, sin ninguna indicación ni anuncio previo, un grupo de adultos con carteles de protesta dando voces contra los escritores. Alguien intervenía y se aclaraba un mal entendido, el equívoco que sostenía el humor de la pieza. Hubo, además, un cuento teatralizado magistralmente, y un desfile de modas, pues La Ligua se considera así misma la capital del tejido de Chile. Un video explicaba qué es La Ligua antes que se iniciaran los actos. Una exposición de arte nos rodeaba. Nos obsequiaron con un libro que recogía los trabajos literarios de muchos liguanos, entre ellos del propio gobernador.
Conocimos a María Loreto Zamora, poeta, Luis Farfán, joven cuentista, Elia Ruiz, Mario Muñoz y otros cuyo rostro y nombre se me confunden --perdón. Fuimos a cenar al Club Rotarios. Allí se cantó en nuestro honor y uno a uno agradeció la cena con la lectura de algunos versos. José Manuel Solá volvió a despotricar contra EUA al comentar que en Puerto Rico
habíamos sido invadidos por ellos de manera nada diferente a la manera en que Saddam Hussein invadió a Kuwait, y añadió: "Los norteamericanos pudieron, en 1898, invadir nuestra tierra, pero un siglo más tarde, aún no han podido invadir nuestro espíritu". Más o menos, así me expresé yo:
"Señor gobernador, señor alcalde, señores rotarios, amigos todos. Alcalde, gracias por este acto, por esta muestra de su creatividad. Estoy aquí porque creo en la descen-tralización. Los quilates y los talentos se reparten por igual por toda la nación, pero no las oportunidades, y este encuen-tro de escritores es una oportunidad para La Ligua lo mismo que para todos nosotros, sus invitados. Estoy aquí además porque el
puertorriqueño Eugenio María de Hostos quiso esta tierra como suya. Aquí redactó la mejor Memoria de la Exposición de 1872; aquí redactó y pronunció sus extraordinarias tesis sobre La educación científica de la mujer; aquí tuvo varios hijos, y aquí se desempeñó como rector del Liceo de Chillán y del Liceo Miguel
Luis Amunátegui y como director del Ateneo de Santiago; aquí se negó el gobierno a admitirle la renuncia cuando lo llamó el deber patriótico a acudir al Puerto Rico pronto a ser invadido por los norteamericanos; aquí fue respetado por Lastarria, por Bilbao, por Manuel Antonio Matta, y tantos otros, hasta el punto de ser considerado por muchos autor chileno.
Estoy aquí en representación de mí mismo, como poeta de un país intervenido, la última colonia de este continente. Pero estoy también como representante de los escritores puertorriqueños, y entre éstos, como devoto de la devoción latinoame-ricanista de Eugenio
María de Hostos. Quisiera entregarle al señor alcalde, como donación, fruto inmediato de este encuentro, que es el fruto diferido a largo alcance del encuentro de Hostos con su tierrra, este libro que recoge las ponencias presentadas en el Encuentro Internacional Sobre el Pensamiento de Hostos, celebrado en el 1989 en Puerto Rico con motivo del 150 aniversario de su natalicio... "
El viernes asistimos por separado a distintas escuelas de la localidad. A mí me correspondió el Colegio Domingo Ortiz de Rozas (Casilla 25, La Ligua, V Región, Chile), pequeño, nuevo, en las afueras del pueblo. Pasé saludando por cada uno de los salones, donde hablé de Puerto Rico, del 98, y de nuestra lucha por preservar la cultura hispanoamericana, además
de poesía. Todos, muy corteses, se mostraron interesados e hicieron preguntas. Al final me reuní con un grupo seleccionado en un salón y sentados en círculo hablamos largo rato de lo antes señalado. Magnífica experiencia.
Almorzamos en el Liceo Pulmahue, con profesores del área. En la tarde nos reunimos en la Escuela Gabriela Mistral con otros grupos de profesores. Hablamos de educación literaria, de poesía, de nosotros mismos, a instancias y preguntas de ellos.
Esa noche fuimos recibidos en el Museo de La Ligua. Interesantes piezas arqueológicas desde los aymará, mapuche, atacameña y otras. Allí acudieron escri-tores liguanos a mostrarnos su quehacer y a indagar por los nuestros. Algunos cantaron piezas tradicionales, otros leímos poemas. Robinson nos impresionó con un poema de Jorge Teillier. Conocimos a una jovencita, poeta precoz, de apellido López, pero a quien todos llamaban "La Valentina". Mireya me sorprendió con su "Tengo la mala costumbre". Solá, emocionado, compuso y leyó allí
mismo un poema dedicado a Chile que dedicó a La Valentina. Esa noche nos llevaron a un restaurante en un segundo piso: Restaurant Montemar. Como en La Ruca en San Felipe, fue una cena presidida por nuestros anfitriones, en este caso por el gobernador y su esposa. Uno de los anfitriones era un famoso músico folclorista que ya fuera solo, o ya acompañado de su hijo en la flauta, interpretó innumerables temas con talento impecable. Asombroso el balance artístico de un país cuyos jóvenes se alimentan de poesía tanto como de panes.
El sábado nos llevaron a una breve excursión por la zona. En primer término, como es natural, a la zona comercial del tejido. Nos mostraron las enormes arañas metálicas que se usan en la confección del tejido así como las viejas máquinas. Algunos compramos cosas. El poblado dedicado a este menester está rodeado de algunas casas. Todo muy seco.
Luego fuimos a la playa de El Papudo. El Pacífico, tanto olor, tan virginal, natural, precolombino, universo de humedades, centenares de pelícanos y albatros por centenares, y otros innumerables "restos de la ola", ese corpulento --mar-- que, a Dios gracias, no sabe de desodorantes. A la derecha, la tierra ignota como la viera Lautaro, difuminado un mundo de nubes, neblina, agua, sombras verdosas de mon-tañas que se pierden a lo lejos casi hasta los incas o la
Isla de Pascua. Ancha la playa de arenas mojadas, este enorme recodo de mar besando --derramada-- la tierra. Pesquera la villa de la izquierda, como aquel recodo enmaderado de Naguabo en Puerto Rico de hace años, como el mar nocturno de Cataño en mi niñez, que al conjuro de este mar se me regresa. Recorro las arenas, beethoviano, nerudeano, hasta reunirme con un Juan Carlos Orihuela, un boliviano desahuciado de mares, aquí, ahora, saturado de mar hasta su crustáceo. Toma una piedra pespunteada de conchitas, y dice: "un condominio".
Ya con sentido de urgencia, pues planificamos salir a Santiago a ver si alcanzábamos a ver alguna cosa, fuimos a un almuerzo en el Club de Leones. Allí nos obsequiaron con fotos oficiales y un diplo-ma. Recuerdo que dije que habíamos "venido a Chile a participar de actividades, a dar de nosotros porque sabíamos que recibiríamos mucho de ustedes.
Pero hemos recibido tanto que reciprocar equi-tativamente se ha hecho totalmente imposible. Gracias". Salimos esa tarde con el alma dolida de tantos cariños a Santiago. Regresamos ya de tarde del do-mingo, y pensamos en Santiago, Santiago, yo pisaré las calles nuevamente, dónde estará por todo Santiago la Isla Negra.
6. Santiago, Isla Negra
Racionamiento de luz por falta de agua. Recuerdo a Cuba en el 1994. Camino más largo. El camino entre las montañas, serpea llano. Tras el túnel sube y baja algunas colinas. Según nos acercamos cada vez más actividad, numerosas luces a la distancia: es de noche. Enormes letreros comerciales. Dejamos primero en el aeropuerto a Wilmer Colón que regresa esa noche. Abrazos. Propósito de vernos. Luego con Orihuela asistimos al embotellamiento, pero ya muy cerca del centro. Él permanecerá unos días con conocidos que lo esperan. Denso el tránsito peatonal y de autos.
Encontramos el hotel El Libertador. Para nuestra sorpresa antes de llenar las formas nos encontramos en el vestíbulo con Gladys Bravo. ¡Había ido al hotel a ver si por casualidad nosotros nos alojábamos en ése! Abrazos al chofer. Subimos con Gladys a la habitación y bajamos inmediatamente a caminar por Santiago. Bajamos por el paseo peatonal de la calle Ahumada en cuyo comienzo ella vive. Mucha actividad. Intenso el trajinar de la gente. Frío agradable. Música. No hay libros. Pronto cierran. Alcanzamos a entrar en una tienda de música para comprar música chilena.
La Plaza de Armas repleta de gente viva, tan viva. Muchas esquinas para comer o beber algo, para leer, para ver teatro, montar función, para hacer tantas cosas de gente viva. Me esfuerzo, pero no puedo ver "a los ausentes", Pablo. La catedral. Edificio impresionante rodeado de impresionantes edificios de muros tan gruesos, tan retadores del terremoto mayor. Vemos el edificio de la Corte Suprema, el Congreso, La Moneda restaurada. Ciudad de piedra. Desde allí Allende... Por aquí los tanques... infinito infierno de las violaciones.
Comemos pizza: queso abajo, salsa arriba. Nos lleva Gladys por la calle París. Calle íntima, zigzagueante, europea, imitación francesa, bellísima, llena de hoteles.. Pensamos qué hacer mañana y cómo ir a Isla Negra. Caminamos hasta la esquina donde comienza el Cerro Santa Lucía. Mole planetaria de la biblioteca nacional en la esquina.
Domingo. Amanece lluvioso para nuestra sorpresa, por la sequía de años. El desayunador casi vacío, agradable. Jugo, café instántaneo otra vez, panecillos dulces, huevo. Nos encontramos con doña Gladys a medio camino. Nos dice que estuvo haciendo gestiones con conocidos, pero no tuvo suerte. Averiguó no obstante cómo ir en "pullman",
los horarios, y es posible ir y volver a tiempo para tomar el avión. Tomamos el metro, muy hermoso, parecido al de México, decorado con arte de estilo mapuche. A un costado, versos de la tradición oral mapuche en que se inspira la obra: "Las piedras y el piñón, \ las estrellas y el viento \ son gente de antes.\ Ahora di con firmeza.\ Yo, el hombre aun permanezco. Es la guerra; \ es un arcoiris negro,\ que avanza." Hermoso mural. Llegamos muy cerca del terminal $1,500 c.u., viaja directo y sale a las 9:30 AM. Gladys nos muestra su poema escrito con motivo de su primera visita a Isla Negra: las "gaviotas volando dibujan tu alma". Me dice que adoptó de hijo a José Manuel Solá y que le maravillaron sus poemas.
Pasamos un túnel muy largo, de muchos kilómetros. Precioso el valle escondido a la salida. ¡Húmedoooo!, entre montañas. Gladys me muestra un hermoso libro de poemas de Rolando Cárdenas --Tránsito breve. Vamos bajando. El aire limpio, visibilidad transparente.
El intenso contraste de lo marchito y lo vivo. Los álamos parecen plumas que dibujan los caminos. Contraste ahora entre la frugalidad verde y el contexto distante seco. Charcos de agua.
Gladys es una jubilada. Cultivadora y estudiosa del folclore chileno, especialista y docente. Pertenece a numerosas organizaciones culturales y fue miembro fundador del coro de la Universidad de Chile.
A lo lejos, antenas de satélite. Ríos secos. Puente "Agua de piedras". Plaza de peaje de camiones. Un ayudante limpia los cristales con agua enjabonada y así los deja secar. Paltas. "Control de alturas". La neblina cubre los montes cercanos. El cielo sacó su carita azul y la esconde nuevamente. Otro túnel: "Zapata", más chico, pero
aún así tiene más de un kilómetro. Paraje edénico a la derecha a la salida del túnel, un codo entre montañas. La carretera recta al fente. Viñedos, de mesa a la derecha, de buen vino a la izquierda. Granjas. Viramos con dirección a Algarrobo, derecho se iba a Viña del Mar. Lomitón. Gladys escribe ahora:
El sol pintó en el paisaje
los archivos del alba
espigas danzando pan
horno de barro que canta.
Árbol de azules nostalgias
baúl de recuerdos guardas
cuerdas de espíritu tocan
el alma.
Lo tituló "Guitarra".
Carretera de brea más angosta. Antes, autopista de cemento. Puente el indio: seco. Dejamos atrás las montañas. Reses. Álamos y pinos. Los álamos fueron cortados y volvieron a crecer de troncos gruesos. Siento como expectativa. Como si los álamos que me rodean fueran ya el anticipo, la antesala de Isla Negra. Punta de mar: en Algarrobos. El mar, finalmente.
Maderera. Arbolado todo. Terminal de pullman. Algarrobo Arena y el mar a la distancia, cercano. Complejo turístico Paraíso del Mar. Casas. Gran Hotel Restaurant. Hotel Italia. Cabañas El Cisne Negro. Una casa con pelo en el techo.
Llegamos. Afuera dos puestos de artesanías a los lados y una vereda de tierra que baja entre la sombra de pinos, hasta una cerca de madera. Al fondo, dobla a la derecha donde hay otros artesanos y luego dobla a la izquierda y sube. La cerca de madera de innumerables metros está toda llena de grafitti, testimonio de un pueblo chileno que ama a su poeta y de un mundo entero que peregrina a su santuario poético.
Llegamos a una casa con un salón para comprar los boletos y con área de espera, pues se pasa a la casa en turnos con un guía que nunca da la espalda.
No se permiten fotos adentro. En el árera de espera, artesanías, libros, carteles, pinturas, discos, videos, camisetas, todo de Neruda. Compro muchas cosas. A punto de llevarme un video maravilloso de la casa, pero muy caro para mis ya escasos fondos. Un restorán con ventanales hacia el mar cercano, pero abajo, brioso como caballo enfurecido, tan salvaje y natural, como si fuera precolombina la mirada, es una maravilla redundantemente increíble.
Muy joven y hermosa, una chilena de negro pelo nos conduce por la casa alargada. Todo está en ella mirando al mar, nada se le esconde. En la entrada, abajo, sobre una viga, y escrito por Pablo: "Regresé de mis viajes. Navegué construyendo la alegría". Por firma, una P (Pablo) sobre una M (Matilde). Arriba, sobre el techo, el famoso
pescado símbolo de Neruda. Tras la puerta, un lugar angosto de antesala, y paso a una habitación, sala llena de los famosos mascarones de proa y barcos. En lo alto, una biblioteca con mesa de escribir. Todo luce pequeño, no por serlo sino por estar repleto de cosas. Todo de madera o de roca. El techo de zinc, para que suene la lluvia. Procuraba a todas luces Neruda atizar continuamente sus sentidos. El mar vocifera, no se calla, canta, nos llama y juguetea, bombardea como bongosero alucinando las rocas. De regreso, del otro lado del recibidor estrecho, una mesa de escribir frente a ese mar ineludible. Más allá las escaleras llevan a la habitación matrimonial, todo tan fuera del mundo de la tienda de muebles, como traido de segunda mano, por ser una pieza artesanal. Un armario pequeño, piezas de la vestimenta típica de Neruda, incluido el traje del
Premio Nóbel. Unas escaleras y se pasa a un patio de piedra, con arcos como de acueducto romano hasta otra edificación. A un lado, frente al mar siempre, una pequeña plaza con las campanas sobre una estrella de madera enorme. Por la habitación nueva nos adentramos a las colecciones de los "juguetes" nerudeanos. Toda suerte de extravagancias para algunos, curiosidades que son típicas para la diversa gente que habita este planeta múltiple. Pero todo es pieza única. Barcos, máscaras, colecciones de escarabajos, de mariposas,
un demonio de Isla de Pascua cuyos ojos no pueden mirarse sin quedar maldito, caracoles, un cuerno inverosímil de una ballena unicornio, relojes de sol, escapularios, brújulas, rosas de los vientos, libreros repletos de toda clase de asombros. Las puertas estrechas. ¿Cómo podía pasar por ellas? Afuera la tumba como una proa frente al mar de trueno de Isla Negra donde él y Matilde fueron reenterrados en el 1992. Hacia la entrada, un pequeño tren como el que manejaba su padre y que increíblemente logró traer hasta este pequeño
mundo Disney que es totalmente ajeno a su ficción. Aquí la atónita realidad perpleja. Intentamos bajar al mar, pero no había salida abierta. Era necesario dar una enorme vuelta y no teníamos tiempo. Tuvimos que hacer un recorrido sin el calado que hubiésemos querido.
A la salida un joven vendedor de artesanías nos ofrece lapizlazuli, objetos vitrales, cueros, bustos de Neruda, botellas con barcos, miniaturas que recuerdan los objetos de Isla Negra. Compré un busto. Me despido diciéndole:
"¡Volveremos!", y me contesta que eso lo dijo MacArthur y se tardó muchos años. Le contesté que así también termina De amor y de sombra de Isabel Allende, y me dice que no le gusta mucho. Le pregunto que, entonces, cuál prefiere: MacArthur o Isabel, y ríe. Me parecen oír voces de llanto --¿es el llanto una voz?-- como ángeles de alas rotas.
Salida de regreso. Bosque de pinos inmenso a la orillita del mar. El chofer trae un auxiliar que ayuda a subir a la gente con la mayor gentileza. Casas de madera absolutamente azules entre los bosques. Cecinas JK. En general, por todo Chile, las casas pequeñas, zinc en el techo a dos aguas, pero pintaditas de todos los colores. Centro de Vacaciones Costa Azul. Pienso: Un país en el que la gente sabe mejor las direcciones por la posición del mar que por la del sol! Cartagena, playa donde vivió y escribió Huidobro.
El bravo Pacífico. Los álamos chicos son en realidad eucaliptos. Muchos por aquí. Además, ahora, campos y campos cubiertos de la flor amarilla de una planta terrera invisible. Amarillo en pinceladas interminables y frenéticas por los montes. Los arbustos verde-oliva sobre la tierra café tostadito. Despoblado. Montaña bronce. Alpacas, ¡mi Hostos! Viñedos. Eucaliptos y álamos. La tierra muy negra. Choclos (maizales). Alfalfa. Mucha siembra. Inmenso campo amarillo de viñas. Color de zorro. Muchas siembras. ¡Mucho color! De repente centenares de pájaros blancos se levantan en medio del
sembradío verde. Miles de mariposas amarillas en los árboles secos. Naranjales, sandía, papas, jacarandá, árbol de flor violeta. Urbanizado. Ciudad. Maipú: por aquí asesinaron y enterraron a mucha gente. Paltas: aguacates. Terminal. Mucha agua en las calles. Tomamos un taxi urgente para llegar al hotel. Hay poco tiempo para recoger y llegar al aeropuerto. Cómo despedirse de esta mujer, Gladys Bravo, que es como un libro de Gabriela Mistral, sólo Ternura.
Al subir al avión de Aerolíneas Argentinas la cordillera al fondo. La lluvia limpió el aire y todos los colores de Chile se aprietan para decir adiós. No llegamos a subir al avión. Nos cambiaron el vuelo para otro de American Airlines pues se había cancelado la conexión
Buenos Aires-Miami. Tras una breve espera salimos. Santiago se ve iluminado como un plato gigante de cobre, rayado en secciones lineales. Se estremece un poco el avión, o seré yo. Finalmente ha llovido en Chile. Abajo, la tierra oscura con ocasionales áreas iluminadas. Incómodo el dormir. Leo las memorias de Matilde, su vida con Pablo, y me estremece otra vez su muerte y la fuerza de su vida. La luna llena ha salido y abre una ruta inverosímil sobre las nubes que parecen superficie lunar. Algunas luces se ven a lo lejos cuando ya nos acercamos.
Absorto o absorbido como he estado... no he podido hablar con mis hijos ni mi madre todavía!
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