| . |
El autor, puertorriqueño, posee un doctorado
en Astrofísica de la Universidad de Pennsylvania.
Es catedrático del Departamento de Física
y Electrónica del Colegio Universitario de
Humacao, UPR.
La Tierra es bombardeada continuamente por materia del espacio. A aquellos
cuerpos o sus fragmentos que llegan a la
superficie de la Tierra les llamamos
meteoritos. Existen relatos sobre este fenómeno
desde antes de la era cristiana. De hecho, la palabra "hierro" de
los antiguos egipcios equivalía a la palabra "metal del cielo",
lo que atestigua que los meteoritos de este elemento
fueron reconocidos, utilizados y reverenciados por
antiguas civilizaciones. No obstante, es irónico que en
el renacimiento se cuestionara la existencia de los
meteoritos. El desarrollo de las ciencias trajo un natural
escepticismo sobre los relatos que carecían de firme
confirmación empírica. En el siglo XVIII, por ejemplo, la
Academia Francesa de las Ciencias rechazó los datos históricos
y folklóricos relacionados con piedras del
cielo y se deshicieron de las colecciones de meteoritos en los museos de
toda Europa. La declaración del famoso químico Lavoissier
--"Es imposible que caigan piedras del cielo porque no hay piedras
en cielo"--, ejemplifica la actitud de los eruditos, que todavía
no estaban suficientemente maduros para poder confirmar
y aceptar la evidencia existente.
La aceptación general de la existencia de meteoritos
se produjo como resultado de investigaciones
científicas
durante el siglo XIX y el comienzo del XX. No fue
hasta finales del siglo pasado que los cráteres de la Luna
fueron asociados a meteoritos y se descartó que fueran de
origen volcánico. Poco después se reconoció, finalmente, que
el gran cráter de Winslow, Arizona, fue resultado de
un meteorito metálico de aproximadamente 40 metros
de diámetro, que colisionó hace unas cuantas decenas
de milenios con la Tierra a más de 20,000 millas por
hora formando un cráter de casi una milla.
Otro cráter muy interesante fue descubierto
poco después del de Arizona por el famoso explorador John
B. Philby, cuando buscaba las ruinas de la antigua ciudad
de Wabar en la Península de Arabia. De acuerdo a una
leyenda, esta ciudad fue destruida hace mucho tiempo por "fuego
del cielo". En el lugar, Philby encontró varios cráteres
con bordes repletos de pedazos de cristales de cuarzo como
los formados por las grandes presiones producidas
por explosiones de alta energía. Posteriormente, se
descubrieron pequeños meteoritos de níquel y hierro que confirmaron
la naturaleza extraterrestre del fenómeno.
Probablemente la destrucción de la ciudad
de Wabar no sea el único relato de la antiguedad
que pueda ser explicado por el impacto de un meteorito.
Por ejemplo, en el capítulo 19 del
Génesis, en la Biblia, se describe la destrucción de Gomorra
y Sodoma por "fuego de parte de Jehová desde el
Cielo". Este escenario admite una interpretación basada en
el posible impacto de un meteorito.
En este siglo, el impacto más importante
ocurrió en Siberia el 30 de junio del 1908, cuando una bola
de fuego explotó cerca de la superficie de la Tierra en
el valle del río Tunguska, destruyendo cerca de
2,000 km2 de bosques. El impacto fue devastador para
la flora y fauna, aunque no dejó cráter alguno.
Sin embargo, debido a lo escaso y aislado de la
población de esta región, no debió causar muchos muertos
y heridos. La historia quizás hubiese sido
muy diferente de haber ocurrido el impacto unas
pocas horas más tarde, sobre los cielos de San
Petersburgo, Helsingky, Estocolmo o Oslo, dado que estas
grandes ciudades se encuentran aproximadamente en
la misma latitud que Tunguska y, por lo tanto, la rotación de la Tierra hubiese alterado la longitud
del desastre y expuesto así a estas ciudades como
posibles blancos del impacto.
Con el desarrollo de la exploración espacial
se hizo evidente que, al igual que en la Luna, las superficies de los planetas Mercurio, Venus y Marte han
sido cicatrizadas por un gran número de grandes
cráteres formados por repetidos impactos de meteoritos a lo largo
de los miles de millones de años desde la formación del
sistema solar. Estos descubrimientos crearon plena conciencia
de que la Tierra también ha tenido que haber sufrido
castigo similar durante su historia geológica y , por supuesto,
que este continuo bombardeo cósmico ha afectado
enormemente el desarrollo de la vida. De hecho, es de esperarse
que impactos de meteoritos de varios kilómetros de
diámetro hallan sido responsables de algunas de las masivas
extinciones de especies reportadas por los paleontólogos.
La más grande de estas extinciones ocurrió hace
225 millones de años, justo en el comienzo del reinado de
los grandes dinosaurios, los cuales perduraron por los
próximos 160 millones de años hasta su súbita desaparición, junto a
más del 90% de las especies, hace aproximadamente 65
millones de años. Es interesante que la primera gran extinción
abre paso al desarrollo de los dinosaurios y que, la segunda
en magnitud, los elimina, permitiendo entonces la
proliferación de los mamíferos (entonces tan solo diminutas criaturas)
y por ende la raza humana. Este hecho nos índica que
la evolución de las especies no es meramente producida
por cambios genéticos graduales de adaptación al
medio
ambiente, sino también surge como resultado de
eventos catastróficos y fortuitos.
En el año 1980, un equipo de físicos y geólogos,
dirigidos por el físico Luis Álvarez
(Premio Nobel de la Física) y su hijo Walter,
descubrieron una fina capa de arcilla distribuida globalmente que
separaba las capas geológicas antiguas del periodo cretáceo de las
capas post-cretáceas (periodo terciario). La edad de esta
capa coincide con la edad de la gran extinción hace 65 millones
de años y, por lo tanto, se concluyó que fue producida por
el mismo evento o eventos, que provocaron la eliminación
de especies. En esta capa se halló el elemento
iridio en mayor proporción que la típica encontrada en la Tierra, pero
similar a la proporción hallada en meteoritos.
Posteriormente otros elementos se han identificado en
proporciones características del material interplanetario, como también
se han encontrado pequeños cristales de cuarzo que
usualmente son formados por inmensas presiones causadas
por explosiones de gran magnitud. Estos hallazgos motivaron
a los Álvarez a proponer que un impacto de asteroide o
cometa de aproximadamente diez kilómetros de diámetro fue
el responsable directo de la gran extinción de especies de
hace 65 millones de años.
Los asteroides son cuerpos rocosos o metálicos,
la mayoría de los cuales giran en órbitas entre Marte y
Júpiter (el Cinturón de
Asteroides). El más grande de éstos,
llamado Ceres, tiene un diámetro de cerca de 1,000 km. En
cambio, los cometas son cuerpos constituidos mayormente por
polvo y hielo, y la mayoría de ellos permanece en regiones a
grandes distancias del Sol, de las cuales hablaremos más delante.
Un impacto meteorítico como el propuesto por
los Álvarez es capaz de causar una inmensa devastación.
Un efecto inmediato es la ignición de fuegos en toda la
superficie de la Tierra, provocados por las muy altas
temperaturas inducidas en la atmósfera y por el impacto de millones
de rocas al rojo vivo que se distribuirían a grandes distancias.
Sin embargo, los efectos más devastadores serían a
largo plazo, ya que el polvo y el humo producido por el
colosal impacto sería inyectado en la atmósfera causando
así, paulatinamente, la disminución de las temperaturas y
una gran oscuridad. Un invierno global, en ausencia de
procesos de fotosíntesis, podría ser causa de la desaparición de
muchas especies por congelación e inanición.
Otras consecuencias mortales del impacto serían
la contaminación de la atmósfera y los océanos con
la formación de grandes cantidades de
compuestos ácidos, tales como ácido nítrico y nitroso.
Estos ácidos deforestarían y
destruirían los sistemas respiratorios de
los animales y disolverían las conchas de los crustáceos. El bióxido
de carbono producido por la desaparición de las conchas
destruiría la capa de ozono en la estratosfera, lo
que expondría la flora y fauna a una intensa
radiación ultravioleta.
De ocurrir el impacto en un océano se
producirían inmensos sunamics en
gran parte del planeta capaces de penetrar cientos
de kilómetros tierra adentro y, por lo tanto, arrasando islas
y zonas bajas continentales. Daremos detalles sobre estos
efectos más adelante en el artículo.
Finalmente, es posible que el impacto de un meteorito de este
calibre induzca potentes erupciones
volcánicas alrededor del mundo y contribuiría así,
aún más, a la eliminación de especies.
Recientemente, fue descubierto, en la Península
de
Yucatán, un cráter con la edad y dimensión requeridas
para causar el escenario holocáustico descrito en los
párrafos anteriores. Este hecho ha dado un gran respaldo a la
hipótesis de Álvarez. Más aún, otra de las grandes extinciones,
hace aproximadamente 37 millones de años, también se
ha asociado al impacto de un gran meteorito. Por otro
lado, investigaciones subsecuentes han arrojado evidencias a
favor de la hipótesis de que la mayor parte de las
grandes extinciones han sido también causadas por el impacto de
uno o de varios meteoritos. De estas investigaciones
hablaremos a continuación.
En 1984, David Raup y John Sepkowski
presentaron evidencia de que las grandes extinciones de especies
ocurren con una periodicidad de cerca de 26 millones de años.
Poco después, Walter Álvarez y Richard Muller concluyeron
que el número de cráteres producidos por meteoritos
también posee una periodicidad similar al de las extinciones. El
hecho de que el número de impactos de meteoritos sea
mayor durante épocas asociadas a las grandes extinciones obliga a
la hipótesis de una relación causal entre estos dos fenómenos.
Además, debido al enorme intervalo de tiempo envuelto
en la periodicidad, es natural pensar que el
fenómeno responsable sea de naturaleza
astronómica, porque la dinámica de los
cuerpos celestes puede fácilmente producir periodicidades de
tal envergadura.
Las explicaciones que se han propuesto
suponen que el sistema solar pasa por periodos donde
su medio ambiente se altera radicalmente. En los modelos
que describiré se consideran
principalmente los efectos de estas alteraciones sobre
la inmensa cantidad de cometas que orbitan a grandes distancias
del Sol. Esta gran nube de cometas se subdivide en
dos regiones conocidas como la Nube de Oort y el
Cinturón de Kuiper, en honor a los
astrónomos que las propusieron. La Nube
de Oort tiene una distribución de cometas más o menos
esférica alrededor del Sol con bordes aproximadamente
100,000 veces más lejos del Sol que lo que está la Tierra, mientras
que
Meteoritos. El inferior, encontrado en Namibia, de
66 toneladas.
cerca del Sol. Dichos cambios alterarían las órbitas
de cometas y asteroides, aumentando el número de éstos
que transitan cerca de la Tierra. Además, un aumento en
la precipitación del material difuso en forma de polvo
y gases sobre la Tierra y el Sol causaría trastornos severos
a nuestro clima. Las oscilacio-nes de material en
el vecindario solar pueden ser causadas por encuentros
con grandes nubes de gases y polvo interestelares
o explosiones de supernovas cercanas. Estos eventos
no sólo inyectarían gran cantidad de gas y polvo a
nuestro sistema, sino que también, producirían la
perturbación necesaria para inducir las ondas de densidad
mencionadas. La hipótesis fundamental de este modelo consiste en suponer que el material
difuso alrededor del sol es más denso de lo previamente estimado
y que se extiende a una gran distancia de dos a tres años luz
con densidad más o menos constante. Se demuestra,
entonces, que el polvo cósmico a tales distancias tendría un
periodo órbital alrededor del Sol que esencialmente dependería de
la densidad de la nube y, por lo tanto, ese periodo
sería aproximadamente constante. Por consiguiente, el
material que simultáneamente se encuentre casi en reposo, aun
a diferentes distancias del Sol, se precipitaría hacia
las inmediaciones de los Planetas arribando aproximadamente
a la misma vez. Esto provocaría un aumento en las fuerzas
de resistencia sobre cometas y asteroides que a su vez
alteraría las órbitas de algunos de ellos, y aumentaría, por lo tanto,
la probabilidad de colisiones con la Tierra y, también,
la cantidad de polvo cósmico en nuestra atmósfera y en
la superficie del Sol. Esto se repetiría cíclicamente, con
un periodo determinado por la densidad del medio. Los
valores de esta densidad requeridas para reproducir el periodo de
las grandes extinciones no están en contradicción con
las observaciones astronómicas de hoy en día.
La capacidad destructora de los meteoritos no se limita
a eventos prehistóricos, ya que es muy probable que
la humanidad ya haya sufrido las consecuencias de
impactos catastróficos. La falta de relatos o evidencia histórica
sobre tales fenómenos no nos debe extrañar porque hasta hace
muy poco la población humana era muy escasa y esparcida, y
la comunicación entre grupos alejados era casi inexistente.
Por otro lado, explicaciones científicas extraterrestres
para fenómenos naturales terrestres no estuvieron
favorecidos
el Cinturón de Kuiper lo componen
cometas mucho más cercanos que forman un
anillo que comienza en los bordes del sistema de planetas y quizás se extiende
unos cientos de veces la distancia a que se encuentra
nuestro planeta.
En uno de los modelos propuestos, Rampino y
Stuthers toman en consideración que el Sol posee un
movimiento oscilatorio que lo lleva a través del
Plano de nuestra galaxia aproximadamente cada 30 millones de años y , por lo
tanto, la Nube de Oort se perturba debido a choques con nubes
de gas y polvo que se encuentran en gran concentración en
el plano de la galaxia. (Nuestra galaxia está formada por
una distribución de materia relativamente plana, que
incluye aproximadamente 100,000 millones de estrellas). Aparte
de provocar grandes cascadas de cometas hacia las cercanías
de los planetas también habría una gran precipitación de gas
y polvo sobre el Sol que causaría una alteración significativa
en la intensidad luminosa solar, y por ende el clima en la
Tierra sería también afectado.
En otros dos modelos, de Whitmire, Jackson,
Davis, Hut y Muller, se postula la existencia de una
estrella orbitando al Sol que se mantiene casi todo el tiempo a
gran distancia, pero su trayectoria la lleva, periódicamente,
al interior de la nube de cometas. Esto podría provocar
que millones de cometas fueran lanzados hacia la cercanía de
los planetas, lo que aumentaría, entonces, la cantidad de
impactos catastróficos. El periodo de la órbita de esta
hipotética estrella se puede ajustar al periodo de las extinciones.
El doctor Abraham Ruiz y este autor, en
colaboración, investigamos la posibilidad de que
la Nube de Oort posea oscilaciones inherentes a su estructura que
producen aumentos periódicos en la cantidad de cometas, polvo y
gases
hasta décadas recientes. Sin embargo, existe un
relato histórico que, de confirmarse, representaría el más
grande impacto meteorítico del que haya sido testigo la civilización.
De acuerdo al experto en meteoritos Jack Hartung, en el
año 1178 la Luna fue probablemente impactada por un
meteorito de aproximadamente un kilómetro de diámetro con
una energía equivalente al poder explosivo de 6 millones
de bombas atómicas como la de Hiroshima. Personas
que aparentemente presenciaron este evento describen
que observaron una brillante explosión seguida de
un oscurecimiento temporero de nuestro satélite. Hartung
ha concluido que es muy probable que lo que vieron
estos testigos fue la formación del cráter Giordano Bruno, uno
de los mas jóvenes cráteres lunares.
La corroboración de estas afirmaciones nos pondrían
no sin razón los pelos de punta. Un impacto similar en la
Tierra sería mucho más probable que en la Luna, ya que
nuestro planeta representa un blanco bastante más grande y posee
un mayor campo de atracción gravitatoria. Además, un
cuerpo de este tipo puede causar un gigantesco
sunamic si cae en uno de nuestros océanos, cuyas crestas de cientos de metros
de alto serían capaces de pasar por encima de islas o
penínsulas llanas y adentrarse muchos kilómetros en las zonas
costeras de los continentes. Por ejemplo, si el impacto ocurre en
el Atlántico norte posiblemente la ola podría
adentrarse decenas de kilómetros en la costa este de Estados
Unidos, arropando quizás los rascacielos de Manhatan. En
Puerto Rico, todos los valles alrededor de la isla serían
sumergidos temporalmente por el cataclismo, y aún zonas
montañosas recibirían el impacto. No obstante, sin un modelo que
tome en cuenta los detalles de la colisión y nuestra topografía
no podemos precisar las regiones específicas sobre el nivel
del mar que serían afectadas.
Sin embargo, eventos como el descrito arriba
ocurren con una muy baja probabilidad de aproximadamente
uno cada 100,000 años, y es posible que el
homo sapien no haya todavía padecido algo por el estilo. Por otro lado,
impactos de cuerpos más pequeños son más probables y pueden
ser aun muy dañinos. Por ejemplo, objetos como el caído
en Tunguska pueden ocurrir en promedio de uno por siglo
y causar grandes daños por explosiones atmosféricas
con energías comparables al de una gran bomba de hidrógeno
( i.e., con energía equivalente a entre diez y veinte megatones).
Estos continuos bombardeos de cuerpos que
inyectan grandes cantidades de energía a la atmósfera
son posiblemente importantes en la dinámica del clima, y
sus efectos a largo y corto plazo son todavía desconocidos.
Un cuerpo unas cuantas veces mayor que
Tunguska puede sobrevivir tras su paso a través de la atmósfera
y producir grandes sunamics. Estos ocurren en un
promedio de unos cuantos cada diez mil años. De acuerdo a los
investigadores Hills, Nemchinov, Popov y Teterev, es muy
probable que durante la era cristiana haya ocurrido por
lo menos un impacto causante de sunamic con
ola de altura superior a los sesenta metros (más
de 200 pies) a lo largo de toda la costa en uno de los grandes
océanos de la Tierra.
En el pasado el ser humano ha podido intuir, presagiar o profetizar
la influencia extraordinaria del espacio celeste sobre la Tierra.
Quizás un ejemplo de esto se refleja en el apocalipsis
bíblico (Apocalipsis, cap. 8: 7-9).
"El primer Ángel tocó la trompeta y hubo granizo y
fuego mezclado con sangre, que fueron lanzados sobre la Tierra; y
la tercera parte de los árboles se quemó y se quemó toda la
hierba verde. El segundo Ángel tocó la trompeta, y como una
gran montaña ardiendo en fuego fue precipitada en el mar; y la
tercera parte del mar se convirtió en sangre y murió la tercera parte
de los seres vivientes que estaban en el mar, y la tercera parte de
las aves fue destruida."
No obstante, aunque toda otra generación tuvo
que resignarse a tales fuerzas cósmicas, la nuestra está
capacitada para alterar este futuro utilizando el conocimiento científico.
No hay duda alguna de que los países
tecnológicamente avanzados poseen la capacidad para desarrollar un
sistema que nos escude de un gran meteorito y así salvar la vida en
la Tierra. Sin embargo, tal sistema no existe todavía
y, lamentablemente, si se descubriese hoy que un asteroide
o cometa está próximo a toparse con nosotros,
sería prácticamente imposible desviarlo. Probablemente
será necesario que ocurra un contacto devastador para que
los sobrevivientes tomen conciencia y decidan protegerse.
Referencias
1. Desonie, Dana. Cosmic
Collisions. NY: Henry Holt and Company, 1996.
2. Hecht, Eugene. Física en
perspectiva. Addison Wesley, Iberoamericana, C. 1.
3. Hills. Nemchinov, Popov y Terev. Tsunamic Generated by Small
Asteroid Impacts. In Hazards due to Comets and
Asteroids. University of Arizona Press, 779-790.
4. Lewis, John S. Rain of iron and
ice. Addison Wesley, 1995.
5. Verschuur's, Gerrit. Sky and
Telescope, June, 1998, 26.
6. Oscillations os Dust in the Oort Cloud: A Clue to the Massive
Extinctions of Species. Preprint: Departamento de Física, CUH, en preparación.
|