| . |
El autor es Catedrático de Filosofía
en el Departamento de Humanidades
de la Universidad de Puerto Rico en Humacao.
Posee un Doctorado en Filosofía de la
Universidad de Valladolid.
Su tesis doctoral:
Ideas y creencias en el pensamiento de Ortega
y Gasset.
La Universidad de Puerto Rico lo invistió el 10 de
febrero de 1998 con la distinción conocida como
Lección Magistral. Introducción Me siento muy honrado y agradecido por esta distinción que la Facultad me ha concedido. No es fácil aceptar una encomienda de esta naturaleza. Al recibir la comunicación oficial del Senado Académico, embargaron mi interioridad sentimientos un tanto ambivalentes. Por un lado, sentí alegría y júbilo, no era para menos, pero, por otro, un hondo sentimiento de respeto y hasta cierto temor: es a una Facultad, compuesta por claustrales, excelentes en cada una de las áreas académicas, a las que tengo que dirigir la lección. Una Facultad acompañada por personal no docente y estudiantes que siempre me han causado profundo respeto y admiración. Pensé que era un atrevimiento de mi parte. La primera reacción fue renunciar a tal nominación. Pero, la confianza y el aprecio que significa tal designación por parte de esta comunidad universitaria hacia mi persona, despertaron enseguida en mí sentimientos de agradecimiento y responsabilidad. Entré en un estado de tensión y, siguiendo el esquema orteguiano, me ensimismé en la intimidad de mi ser. Allí empezó la angustia intelectual y emocional que le hace a uno sudar la academia. ¿Qué puedo yo "enseñar" a esta comunidad, cuyos componentes, personal docente y no docente y el estudiantado se han distinguido siempre por su excelencia?, pensaba. Por mi mente pasaron multitud de temas: la negociación colectiva y la sindicación, la situación de la Universidad, la ecología y el ambiente. Hasta estuve tentado en desempolvar trabajos muy atrayentes en mi juventud intelectual: lo cómico y lo trágico, el concepto de enajenación en Marx, el sentido de la muerte en Marx y Epicuro y otros. En forma categórica renuncié a darle a la lección un propósito de enseñanza y esto por un sentido de respeto de mi parte. Decidí finalmente imprimir a la actividad más bien un tono más sencillo: lo entendí como una oportunidad de compartir preocupaciones e inquietudes que posiblemente son comunes a todos en las circunstancias que nos ha tocado vivir en nuestra sociedad actual, sin excluir la vida en nuestro recinto. Específicamente, lo referente a la interacción personal en una época digital, en especial en aquellos ángulos donde se hace posible el contacto y el entendimiento con las otras personas: en sus sentidos corporales y en su capacidad de juicio para dar vías a la sensibilidad. Sobre todo, cómo afecta este mundo tan particular nuestras relaciones y sus implicaciones éticas. Y como siempre he sido un atrevido, me di a la tarea. Después de 27 años de hondas y ricas experiencias
en este colegio, me siento obligado a compartir todo
este largo quehacer con ustedes. Es un deber moral, es
una deuda contraída, de todo profesor el compartir con
la comunidad la riqueza intelectual y humana acumulada
en el ejercicio de su ministerio docente. Ningún
profesor debe marcharse de la institución sin que la misma
le brinde la oportunidad de compartir sus variadas experiencias. Es triste ver cómo abandonan el
recinto profesores y personal no docente diluyéndose en
el anonimato.
Una de las ideas, quizás la más aparente,
que caracteriza esta revolución es la
tecnicidad del conocimiento, el cual no vale tanto por el saber
mismo, como por su uso eficaz: el saber es cada vez
más manipulativo y, literalmente, "digital". En este
sentido poco o nada tiene que ver con el significado filosófico
de la episteme griega e, igualmente, con la
science del mecanismo moderno. Aquí lo importante es saber
cómo se "manejan" las cosas, no como "funcionan", esto
último Estamos inmersos en un mundo sujeto a unos cambios tan rápidos y tan profundos, que corremos el peligro, por su celeridad, de sumergirnos en dicha corriente acelerada y vivir en ella en forma inconsciente. Somos parte de dicho torrente. Dichos cambios se han materializado, además, a través de los más sofisticados aparatos tecnológicos que nos permiten verlos, pero sin mirarlos, es decir, los entendemos, pero no los sentimos: pensamientos, datos, imágenes, conversaciones y todo tipo de cosas son digitalizadas y almacenadas en discos duros. Estos cambios que son parte integrante de nuestro se reserva para unos pocos entendidos, especialistas en la materia. Otra característica de la revolución cognitiva es la indiscutida e indiscutible intensificación del conocimiento: desde este punto de vista, ya no presuponemos un techo para el saber, y todo lo que se aparte de su línea de crecimiento exponencial es pura crisis o estancamiento. Intimamente unida con esta idea del conocimiento acelerado, nace su constante segmentación. Así, es inconcebible otro saber, que no sea el de los especialistas, los cuales son más "sapientes" que "sabios". Este título último se reserva para aquéllos que logran vislumbrar las ocultas conexiones entre las especialidades. De ahí, la actual apoteosis de lo "comparado" o lo "interdisciplinario". Otra característica formal de la revolución cognitiva es la priorización que se le da al valor mismo del conocimiento por encima de otros valores de la cultura. Hasta en nuestra cultura moral, hay que dejarse guíar por los "expertos"; sin este reconocimiento, cualquier agente de la cultura es sospechoso de fraude o incompetencia. También es propio de dicha revolución la mediatización del conocimiento: el saber no sólo se hace "por medios", sino que, en último término, es "de medios". Es decir, un saber que se hace de datos que sirven para obtener nuevos datos de forma inagotable. Finalmente, podemos señalar como otra característica de esta revolución cognitiva la globalización del conocimiento. Es evidente que el saber es cada vez menos local y menos patrimonial, es un saber expansivo en el espacio y en el tiempo, pero sería un tanto ingenuo pensar que debido a esto se hayan acabado todos los clasismos y tribalismos. La revolución cognitiva, en la que estamos
inmersos, hace del conocimiento mismo una bomba de
expansión, cuyos efectos alcanzan todos los puntos del planeta y
a todas las clases sociales, pero sin olvidarnos que la
gran masa de la población apenas controla las fuentes de
la información ni mucho menos se beneficia de ésta.
Fenómenos indicativos de esta revolución son,
por ejemplo, las mutaciones drásticas en el mundo
del trabajo, la familia, la educación o, sin sorprender a
nadie, la paulatina conversión de la política y la cultura en
un mero espectáculo, donde también la religión
pretende tener su cuota. Los fenómenos de emigrasión masiva
testigos tristes son el Canal de la Mona y el Estrecho
de Gibraltar, entre otros y la consolidación de
las sociedades marginales se vislumbran como la
característica del nuevo milenio XXI. Estos fenómenos
continuarán teniendo su origen en el desequilibrio económico, pero
su causa inmediata será esa mayor disponibilidad
de Sin embargo, estos cambios que acabamos de examinar en el ámbito del conocimiento se plasman y encuentran su propio escenario en un nuevo tipo de sociedad metropolitana, creado a tono con las exigencias económicas, que se manifiesta en forma expansiva a partir de los años sesenta. Este modelo se distingue estructuralmente de los anteriores por unas formas de macrosociedad con características de superpoblación que no son comparables con niguna escala social anterior. Estas condiciones cambian las relaciones de comunicación entre sus individuos, factor determinante en cada tipo de sociedad. La comunicación se lleva a cabo a través de comunidades mediáticas, es decir, muy dependientes de sus propios medios técnicos de relación, olvidando completamente las comunidades de comunicación cara a cara, existentes durante un millón de años y de las comunidades de comunicación oral, vigentes desde el Neolítico hasta la aparición masiva de la prensa y la radio. Este tema lo ha desarrollado extensamente Javier Echevarría en su obra Telépolis. El capitalismo desarrollado ha conseguido el dominio mundial de los mercados, lo que se conoce como la globalización. En este mundo del hipercapitalismo, ya no se sabe qué son necesidades. Hemos pasado, por tanto, a un mundo de simulación y de fetichismo. Las necesidades no existen, porque la propaganda ha hecho el milagro de que todo depende de ella independientemente de si necesitamos el producto o no. No responde a una necesidad real, sino a una exigencia del mercado. Jean Baudrillard expone en forma dramática este escenario en su obra La transparencia del mal. No cabe duda que la revolución cognitiva
ha cambiado también la visión del mundo en el más
amplio sentido. ¿Cómo simbolizamos hoy la realidad? En la
era industrial se pasó de una cosmovisión de tipo mimético
de la realidad, es decir, lo que es al margen de nosotros, a
otra de tipo representativo: la mente moderna la representa a
la medida de sus cálculos o puntos de vista. La era
digital, en cambio, representa la realidad en forma
directamente presentativa, pero esto no quiere decir que nos traiga
una realidad subsistente en sí misma, sino una artificiosa
y flotante realidad mediática,
"virtual".2 El modo de transmitir información determina nuestra idea de
la realidad, y el modo al que nos referimos, es el de
los medios, vehículos de una información más
distal, que aquélla que proporcionó en su día la imprenta, contra
la información proximal ocular y auricular directa
de todos los tiempos anteriores. Esta modalidad
incide claramente en nuestra imagen final que tengamos
Lo expuesto anteriormente, nos explica el cambio que ha venido ocurriendo en el modo de enfocar la relación entre esta cultura de los "hechos", cultura informativa, y aquella cultura de las "ideas y creencias", cultura valorativa, esta última, punto neurálgico en el pensamiento de Ortega y Gasset. En la historia se han operado cambios en la relación de estas dos culturas, desde la visión unitaria de igualdad entre ambas, hasta la variación alternativa en términos de primacía de la una sobre la otra. Es evidente que con la expansión cognitiva hay una primacía de la cultura informativa sobre la valorativa. Como vemos, la correlación cultural entre hechos e ideas ha vuelto a desequilibrarse, pero ahora en detrimento de estas últimas. Esto repercute en la ética, brindándole un nuevo escenario dentro del cual tiene su lugar también, pero reconsiderando su propia base. El detrimento de la cultura valorativa ha llegado a tal extremo, que la imagen, lo digital ha suplantado lo que se entendía por valor, generándose la confusión, que según Baudrillard, es lo que caracteriza esta época digital. Dice él: "El valor brilla en ausencia del juicio de valor. Es el éxtasis del valor" (La transparencia del mal). Él habla de una involución de valores que genera la más completa confusión: no tenemos criterio para distinguir lo bello de lo feo, lo verdadero de lo falso y, menos aún, lo bueno de lo malo. Estamos en la fase pactal del valor, según Baudrillard. Llega al extremo de afirmar que la publicidad es "el grado cero de la idea". La mutación de los sentidos Muchas y variadas son las consecuencias que ha traído la revolución cognitiva. Es imposible, por su amplitud y complejidad, abarcar todo este tema. Nos limitaremos en nuestro análisis a examinar cómo han repercutido todos estos cambios en las relaciones interpersonales y sociales. Podemos, incluso, pensar que estamos ante la formación de un nuevo tipo de ser humano, hecho a la medida y a tono con las estructuras actuales. Este nuevo tipo es el llamado Hombre Telemático, así lo llama Baudrillard, Javier Echevarría y otros. Hemos pasado por la experiencia histórica de distintos partos sociales: en la antigüedad surge el Homo Faber, el polites en la antigua Grecia, el religioso medieval, el hombre económico, producto del capitalismo, el hombre unidimensional de Marcuse y el hombre masa de Ortega en la época industrial, entre otros. Siempre me ha preocupado todo lo relacionado con la sensibilidad humana y hoy más que nunca. En un mundo donde nos atrincheramos detrás de una máquina llamada computadora, donde manejando unas teclas puedo difundirme alrededor del mundo sin que nadie me vea, me toque, me olfatee y viceversa. En un mundo donde nos hemos enrejado no sólo en nuestras casas, sino en nuestras calles, condenándonos a vivir en forma de clausura, incluso al salir a la calle nos encerramos herméticamente en el automóvil. En una sociedad donde ya el lenguaje de telediario, televisión, teléfono, telemática, teletrabajo, telecasa, telépolis, teleconferencia, telecasco y teleguantes, es cada día más común, respondiendo así a una realidad social. Estas circunstancias no pueden menos de producirnos una honda preocupación para los que todavía valoramos lo humano en el más amplio sentido de la palabra. Nietzsche, en Más allá del bien y del mal, escribe que "para entenderse unos a otros no basta emplear las mismas palabras, hay que tener una experiencia común con el otro". ¿Qué sería el lenguaje sin el apoyo de los sentidos? Al fin y al cabo las palabras son como una abreviación de lo que se siente, aunque eso haya acabado adquiriendo un código propio. Y no hay tantos errores y malentendidos con los gestos como con el lenguaje, que también usamos para mentir. La verdadera experiencia común cuenta siempre con los sentidos. Con la tecnología los humanos hemos perdido la fuerza y la precisión de los sentidos. No poseen el potencial que tuvieron cuando, hasta la edad moderna, eran el órgano imprescindible de nuestra superviviencia. Respecto a los sentidos, especialmente del olfato, el gusto y el oído, y frente a otros animales, la humanidad padece una hipoestesia o baja capacidad sensorial. Igualmente están afectados nuestros sentidos más sociales, como son la vista y el tacto. La tecnología ha prolongado el alcance de uno y otro: mediante el telescopio o el microscopio, la tomografía o la robótica, respectivamente. Pero, aún así, ni la mirada ni la palpación se han refinado. Todo lo contrario: su problema es a veces su anestesiamiento. En los años sesenta, el movimiento hippie, guiado por el deseo de un reencuentro con la naturaleza, se propuso una cultura de la hiperestesia. Música, drogas, y erotismo eran ingredientes que añadirían nuevas "experiencias" a la experiencia sensorial. Frente a este movimiento, la reacción conservadora y el miedo al sida, los años ochenta devolvieron otra vez la retractación y la ansiedad al cuerpo y la desconfianza ante una comunicación sensitiva. El mundo digital nos anuncia en el ocaso del presente siglo una nueva fiesta para los sentidos con el efecto multiplicador; como el telecasco y los teleguantes. Sin embargo, el paraíso de las nuevas sensaciones pasa por alto aqueóllos que no corresponden a una interacción virtual, sino real: las del contacto presencial, cara a cara y mano contra mano. En lo que respecta al tacto, la sociedad
contemporánea ha incrementado su actividad, por lo menos en
las relaciones de familia y pareja. Pero a pesar de esto,
no han disminuido las dificultades de comunicación en
el hogar, ni ha supuesto, en el sentido más personal,
un aumento en la intimidad en el mismo medio. La
mayor proximidad física, como resultante de la familia
nuclear, entre cónyugues y entre padres e hijos, no ha
venido acompañada por aquel contacto físico estrecho y
fluido que se debía esperar en ese lugar humano por
excelencia que es el hogar familiar. Las mutaciones del tacto en
la sociedad contemporánea hay que seguir
observándolas de cerca en este escenario básico del hogar. En
él podemos apreciar cómo se van sustituyendo desde
la primera edad los juguetes y juegos de
relación por otros de carácter solitario y de escasa manipulación material.
Las múltiples horas dedicadas por los miembros de
la Algo similar ocurre con el sentido de la vista. Se ha querido caracterizar la sociedad agraria bajo el imperio de lo auditivo y la industrial bajo el de lo visual, así lo sostiene Mc Luham ("La galaxia Gutemberg"). En la primera, la agraria, analfabeta de hecho, se conoce y se espía por el oído. "Oír es creer", y todos los hábitos consiguientes poseen la vitalidad original de lo oral. En contraste, en la urbe alfabetizada se capta la realidad y su detalle por el ojo. "Ver es creer", pero la rutina creada por este principio propicia la frialdad distintiva de la cultura visual. De esta manera, podemos comprender desde estos supuestos que el mundo dependiente del oído facilita, con sus vínculos más estrechos, la existencia de la colectividad, mientras que el que está sujeto a la visión, fomente más bien el individualismo. La adecuación de la conducta a la vista, deja al individuo libre para cualquier desviación interior. Según este punto de vista, el conocimiento masivo del alfabeto y la expansión de la prensa, habían cambiado las pautas del comportamiento e incluso de los sentidos. La revolución cognitiva posterior ha introducido sus propios cambios sobre esta moderna cultura del ojo, fundamentalmente, "lector" tipográfico. El sujeto reintegrado, audiovisual, del mundo cognitivo actual, oye y ve no sólo cosas distintas, sino de muy distinto modo que lo hacía el individuo del mundo industrial clásico. Tomaremos como ejemplo las mutaciones
sufridas por los sentidos frente al televisor y al
ordenador interactivo (computadora). Pongámonos, por
ejemplo, en el caso de los programas de televisión, que todos
los días vemos en nuestras pantallas televisivas en
Puerto Rico, sobre todo las escenas diarias de crímenes en
los noticiarios, reportajes, películas, etc. Me
refiero concretamente a las imágenes de muerte y violencia
con que nos hemos familiarizado. El ver sin
estar, acaba haciendo ver sin sentir. Anterior a este
período televisivo, un crimen cometido en el año en Puerto
Rico En cuanto a los cambios de la sensibilidad inducidos por
la computadora (ordenador), hay que resaltar que la llamada "interacción"
con otros usuarios, no sólo se da necesariamente en un espacio
no compartido, sino también en un parámetro de tiempo que puede ser y
es en la mayoría de las veces
asincrónico,
Esto lo distal vs. lo proximal tiene una
gran aplicación en nuestra vida comunitaria del Colegio.
No estamos en contra de la computarización y
la monitorización. Entendemos que cumplen una
magnífica función eficaz en términos informativos y
administrativos. Pero no podemos olvidar las otras consecuencias que
trae la civilización distal. El señor Presidente de
la Universidad de Puerto Rico nos decía el jueves
pasado que se ha logrado del CUH una universidad
virtual por sus avances tecnológicos. No lo podemos negar
y sentirnos orgullosos de ello, pero yo no sé si
podríamos sentir ese mismo orgullo si nos fijamos en el proceso
que se ha dado paralelamente con respecto al desarrollo
de nuestra tarea universitaria, educadora y humana
como consecuencia del anterior. El señor Rector puede
enviar excelentes mensajes a través del correo electrónico,
pero nunca va a percibir las reacciones al mismo del
personal universitario expresadas en su cara, en sus ojos, que es
la más genuina. Se trata de un mensaje muy bien
redactado, pero frío, como lo es la máquina que lo transmite.
Un estudiante puede diseñar su programa de
estudios perfectamente a través de las teclas del ordenador, pero
el
"Lo que siempre diferenciará el funcionamiento del hombre de las máquinas, incluso las más inteligentes, es la ebriedad de funcionar, el placer. Inventar máquinas que sientan placer es algo que, afortunadamente, sigue estando fuera de los poderes del hombre. Todo tipo de prótesis puede ayudar a su placer, pero es incapaz de inventar alguna que disfrute en su lugar". (La transparencia del mal). No podemos hablar de comunicación en nuestro Colegio en este sentido. Estamos muy distantes. No es raro escuchar: "Hace tiempo que no te veía". Una fiesta o una reunión de claustro es la oportunidad que tenemos para vernos y estrecharnos la mano. Nos hacen falta lugares, espacios y ocasiones de encuentros presenciales. La importancia de los sentidos y sus funciones en nuestra interacción social de cada día, sobre todo el de la mirada y el tacto, los más sociales del resto de los sentidos, es incuestionable. Por otro lado, los sentidos son el ingrediente primordial de nuestros hábitos, que a la vez, se sustentan en las creencias y, además, se constituyen en la materia prima de la ética. Lo que llamamos "crisis de valores" obedece más bien a un cambio en la evolución cultural. Es el resultado de sustituir unos hábitos y creencias de comportamiento por otros. El cambio de hábitos y creencias es lo que constituye la evolución cultural y lo que define una nueva era. Sin hábitos no hay ética. El hábito es un modo de obrar adquirido por repetición de un acto. Lo que se tiene con el hábito es la disposición a obrar en tal sentido o tal otro. El hábito y la creencia son lo que hacen que se tenga lo que gusta porque gusta lo que se tiene. La creencia viene después del hábito, del que en cierto sentido es su interpretación, y que viene a ser como la garantía de su existencia. La creencia refuerza al hábito, no al revés. En esto consiste el máximo logro de una creencia, que acaba siendo una idea con la que se piensa, no en la que se piensa al actuar. "En la creencia se está", dice Ortega y Gasset. Ahora bien, nuestros hábitos y creencias no
las podemos separar de los sentidos, pues están ligadas
a nuestra percepción, la cual se hace a través de
la sensibilidad desde los primeros días de vida del
ser humano: los primeros hábitos y creencias
son inseparables del contacto con los progenitores.
Esta acomodación a la experiencia sensorial prevalece a
lo
Hábitos y creencias se nutren primordialmente de datos que han entrado por la puerta de los sentidos o, en último término, deben saber asomarse a su ventana. No hay ética, a no ser una extraterrestre, que no tenga relación con la sensibilidad. Una de las pruebas más visible de que los demás no son simple objeto para nosotros es el sonrojo. El sentimiento de vergüenza que delata el sonrojo es, en cambio, imprevisible, porque pertenece a la percepción del otro, ante todo, como sujeto que nos sorprende y pone al descubierto en un acto que se escapa a las determinaciones del medio. Esto nos plantea el problema de la relación entre sensibilidad y razón, asunto que ya filósofos han debatido desde los comienzos, adquiriendo posiciones antagónicas, como lo protagonizan Kant y Bergson. El contenido de la sensibilidad no se reduce a nuestro mundo mental de sentimientos y conceptos, si fuera así, la convertiría en algo vacío. Pero tampoco podemos limitarla a un puro sistema sensorial de estímulos y respuestas, cosa que la llevaría a ser una sensibilidad ciega. Aunque la función de los sentidos es muy variada, sin embargo, su finalidad es la comunicación. Por esta razón, la ética, al formar parte de la interacción humana, no puede desentenderse de los sentidos. Y esto es lo que nos produce honda preocupación en la presente época digital. Es imposible imaginar una ética sin sentidos: sería una contradicción. A la tecnología digital se le presenta de esta manera un verdadero reto si es que pretende con sus cambios, hasta ahora bastante alejados de los sentidos, acercarse de alguna manera a ellos y así poder adquirir un cierto sentido ético. Repercusiones en la Ética Cada vez que los medios de información
han experimentado un cambio sustancial, se hace
levantando voces de alarma por los supuestos peligros que
pueden acarrear dichos cambios. Esta inquietud por
las repercusiones de lo nuevo siempre ha perturbado en
la historia del pensamiento occidental. Desde Platón
que temía perder el espíritu de la ideas al ponerlas por
escrito, las preocupaciones que trajo la imprenta al poner el
saber al alcance de todos, después la telefonía por
la incomodidad de estar frente a invisibles interlocutores,
lo cual aumenta más con la aparición de la televisión,
nos Con la cultura digital, los cambios en
el comportamiento son mayores y se dan a mayor velocidad.
La telecomunicación ha intensificado, en
términos evolutivos, la transmisión cultural necesaria a
nuestra especie. La nueva telépolis, según Javier Echevarría en
su obra Cosmopolitas
domésticos, ya no es
endogámica, sino una ciudad mundial de la información. Sin
embargo, no deja de ser una "ciudad a distancia", sin raíces en
la tierra, sin lazos directos entre sus habitantes.
Si las tecnologías de la información van a cambiar nuestra forma de vida, lo van a hacer en todos los sentidos. Es razonable dar por bueno el principio de estar informado y hacer deseable una información lo más amplia, rápida y accesible para todos. Como, igualmente, sería tapar el cielo con la mano negar las ventajas actuales de la información en sectores tan fundamentales como la salud, la ingeniería o la investigación universitaria. Sin embargo, la expansión cognitiva no deja de sembrar serias inquietudes por sus repercusiones negativas. Se han fabricado varios mitos también alrededor
del poder telemático, como el de la imparcialidad,
la globalización, el control, etc.. Pero, posiblemente,
el mito más extendido entre el mundo digital, es el de
la "interactividad", y esto incide más directamente en
el campo de la ética. Ahora bien, la relación de
seres humanos entre sí, como humanos, no
meros intercambiantes de datos, está prácticamente ausente en
la prospectiva de Internet y los
multimedia. Baudrillard trae "El Hombre Virtual, inmóvil delante de su ordenador, hace el amor por pantalla y da sus cursos por teleconferencia. Se vuelve un paralítico físico, pero sin duda también cerebral. Sólo así llega a ser operacional. De la misma manera que se puede vaticinar que las gafas o los lentes de contacto se volverán un día la prótesis integrada de una especie de la que habrá desaparecido la mirada, también cabe temer que la inteligencia artificial y sus soportes técnicos se vuelvan la prótesis de una especie de la que habrá desaparecido el pensamiento". He aquí una visión muy particular sobre el tema. Sin caer en posiciones extremas de pesimismo o de optimismo, no cabe duda que el discurso mismo de la ética atraviesa con la revolución cognitiva otro histórico momento de inflexión de buena parte de sus supuestos y condicionamientos más generales. Donde ha habido hasta ahora el espacio para un obrar prioritariamente presencial y proximal, se ha introducido el novedoso escenario de una actuación distal y no presencial. Donde ha podido existir la emoción del encuentro interpersonal y cara a cara, se va imponiendo la abstracta ventaja de una relación más multipersonal, pero centrada casi exclusivamente en lo cognitivo. De esta manera, la moral del contacto y buen tacto está desapareciendo ante nuevas formas de comportamiento basadas en el explícito texto, que entra desde la pantalla por la vista y produce, entonces, los más informados puntos de vista. Estos cambios no quieren decir que necesariamente traigan una nueva ética cognitiva, pero tampoco la podemos negar. Lo que sí es evidente, que lo que está en juego son las bases de una ética apoyada en las formas habituales de la interacción directa de las personas. La pérdida de contacto real entre los seres humanos fácilmente puede provocar una crisis en la ética tradicional a la ya existente en la actualidad. Uno de los principales problemas de la ética hoy, es el que proviene de la dificultad de seguir el modelo de "pararse a pensar". Se le puede llamar, usando un término griego, alogia, es decir, ausencia de pensamiento. No se trata de imbecilidad o idiotez, ni ignorancia, sino de falta de disposición para usar la propia inteligencia y sentir sus posibles contradicciones. Es el fenómeno que se esconde tras la nota de "amoralidad" con la que tildamos a los individuos antisociales, pero inteligentes, como psicópatas, genocidas y violentos por supuesta ideología. Este tema lo desarrolla admirablemente Norbert Bilbeny en su obra El idiota moral. La banalidad del mal en el siglo XX, (1993). En muchos casos de la calificada conducta amoral, lo que manifiesta en su mismo origen es una carencia o inmadurez emocional y sentiva en el sujeto. Y esto es lo terrible de este fenómeno, porque lo que en realidad ocurre es la anestesia o clausura de la sensibilidad, condición que una cultura muy baja de interacción directa entre las personas, podría terminar desarrollando un nuevo factor de crisis en la ética y también en la política, que es otra forma de conducta basada en la interacción. Vemos actualmente y con frecuencia, cómo se asesina friamente a una persona de treinta tiros y nos quedamos como si nada hubiera occurido, no nos horrorizamos ante tal hecho. Desde los griegos, y así ha sido tradicionalmente, el comportamiento humano que se ha querido evitar con la ética ha sido la intemperancia, o akrasía, como se conocía entre los griegos. Frente a este fenómeno, se proponía como contrapartida el cuidado y dominio de sí mismo o la sophrosyne. Pero en la actualidad, la ética debe de impedir algo mucho más básico, y es lo siguiente: que los dos fenómenos de apatía moral la alogia y la anestesia dejen maltrecha, inmóvil, sino muerta, nuestra capacidad de juzgar. Esta facultad, congénita en el individuo, se encuentra entre su razón y su sensibilidad. El razonamiento, por un lado, nos hace contar con los demás y nos permite proponer valores para la convivencia. La vida de los sentidos, en cambio, como complemento, nos brinda la experiencia de tener presente a los individuos y de poder percibir, hasta con emoción, los valores elegidos con ellos. El juicio moral vive de lo uno y de lo otro y de esta manera contribuye a su supervivencia. Ahora bien, en la era digital, de la computación y
de la realidad virtual, existen menos ocasiones que en
otras Conclusión Si nos preguntamos qué tipo de ética necesitamos para un escenario de cambios tan radicales, como el actual, no hay fórmulas, caeríamos en la misma patraña de lo tradicional. Lo más coherente sería reflexionar sobre una ética que asuma los cambios de nuestro tiempo y que esté dispuesta al cambio. Consecuente con esto, sería adoptar una punto de vista cognitivo, pero a la vez debe contar con el apoyo de la sensibilidad, y el rescate, en especial, de los sentidos del tacto y la mirada, que hacen de la ética una tarea entre seres vivos y presentes, más que un cálculo estratégico. En una sociedad pluralista cabe postular una ética basada en un sustrato ético común para dicha sociedad, y éste sólo es viable a través de principios ponderables que permitan, a diferencia de los cerrados, la compatibilidad de lo que para todos debe ser entendido y aceptado como bueno o correcto y lo que para cada uno sea su propia idea y realización de lo bueno. Este tipo de ética, que sería una alternativa, es la que Norbert Bilbeny llama una ética del mínimo común moral, la cual está basada en pautas comunicables y al mismo tiempo compatibles con todas aquellas que no están en abierta contradición con ellas. Esto no quiere decir que una ética del mínimo común moral suponga una especie de reducción al minimalismo ético. (Si es ética, ya no es mínima.) Cualquier norma de conducta desde esta perspectiva ética tiene que obedecer los requisitos de racionalidad y universalidad. Operamos de este modo desde un standard universal de la racionalidad y un concepto cognitivo de la universalidad. Según Bilbeny, tres principios podrían satisfacer la orientación cognitiva de una ética como la propuesta: 1. Pensar por uno mismo. 2. Imaginarse en el lugar del otro a la hora de pensar. 3. Pensar de forma consecuente con uno mismo. No se trata de principios doctrinales, ni intuitivos, sino más bien son principios que pertenecen al entendimiento humano y constituyen la guía de un pensamiento crítico. Además, dichos principios implican elementos relativos a la imaginación y a los sentidos, sin los cuales una ética, particularmente la de un mundo cada vez más tecnificado y "virtual" en lo humano, ni tiene demasiado sentido, ni es capaz de ponerse en práctica. 1. Lo fundamental para una ética del mínimo común moral es que cada uno piense por sí mismo y no por cuenta de otro. Es un principio de autonomía, elemental para la expansión del conocimiento. Una ética autónoma no presupone necesariamente la identificación con ninguna clase particular de bien moral, sino pensar por uno mismo cualquier clase de bien que esté dispuesto a elegir. Esto supone haberse decidido por la moralidad misma, que es el hecho de pensar por cuenta propia lo que se concibe como "bueno" de tal clase o de tal otra. 2. Uno tiene que pensar por sí mismo, pero también imaginarse en el lugar del otro a la hora de pensar. La verdad que el pensamiento y su efectividad moral no tienen la oportunidad de prosperar si permanecen incomunicados. Hacer un uso público de la razón es tan importante como poder razonar. Este es el principio de reciprocidad del pensamiento, tan necesario como el anterior para una ética cognitiva del mínimo común moral. Mi apertura al otro es un esfuerzo mental en dos direcciones. En una, es como si respondiera a la pregunta: ¿qué pasaría si yo tuviera la situación y el punto de vista del otro? No es otra cosa que el esfuerzo de "ponerse en el lugar del otro". En la segunda, esta apertura de mi yo al otro sería una contestación de la pregunta: ¿qué ocurriría si el otro se encontrara en la situación y el punto de vista que yo tengo? Adapto mi yo al suyo, proyectando así sobre él mi propia realidad y perspectiva. He decidido "ponerme en su lugar", pero con el propósito de comprender mejor mi propio lugar, imaginándome desde el suyo. Qué gran aplicabilidad tiene este principio en nuestras relaciones en el CUH: administrador-administrado, supervisor-supervisado, patrono-obrero, profesor-estudiante. Desde luego, que no podría imaginarme desde el lugar del otro si no me prepararan también a ello los sentidos. Por esta razón es que la reciprocidad es uno de los más asentados principios del comportamiento social y que lo sensitivo forma parte también de su íntima razón de ser. 3. Finalmente, para una ética del mínimo común moral es necesario pensar coherentemente con uno mismo. Es el principio de reflexividad del pensamiento. Se trata de aumir las consecuencias morales de este pensar reflexivo. Una de ellas es la disposición a obrar de manera consecuente con uno mismo, es evitar la contradicción ética. Otra consecuencia moral del pensar reflexivo, es el sentimiento negativo que generalmente acompaña al darse cuenta de una voluntad propia dividida y encontrarse en contradicción con uno mismo. Esta ética cognitiva del mínimo común moral no
se Cualquiera que sea la interpretación de los principios anteriormente enunciados, sin embargo, dicha interpretación no podrá desasirse de la presencia de los sentidos. Hemos expuesto el principio de autonomía, cualquier noción moral ligada a dicho principio no tendrá sentido sino está acompañada de efectos sensibles. El principio de reciprocidad no se podría sustentar, si no tuviéramos un contacto real con la otra persona. Y finalmente, el principio de reflexividad no puede ser indiferente a la experiencia sensible. La ética cuenta siempre con la sensibilidad y, entonces, igual o mejor aliada que el sentimiento, encuentra en ésta la obra y el testimonio de los sentidos, sin los cuales no hay sentimiento ni habría seguramente ética. Los sentidos por lo menos hacen que la ética esté en contacto con el mundo. El deber ético lo es siempre hacia personas que son, en efecto, objetos que entran por el tacto o los ojos, y objetos que a veces nos olvidamos que son personas precisamente porque ignoramos su mera presencia o contacto. Lo ético es obrar con los sentidos abiertos. Si la ética cuenta con la sensibilidad para todos
los estratos de la conducta moral, la sensibilidad tiene
que formar parte igualmente de los motivos que hacen
posible el interés por realizar una conducta moral. El motivo
es de naturaleza cognitiva. Sin embargo, esto no
es obstáculo para que lo acompañen los motivos de
la sensibilidad. No se puede negar que lo sensible sirve
de apoyo y estímulo para la aplicación de lo cognitivo o
lo racional en la ética. Si el valor de lo ético es un valor
de y para humanos, no para una inteligencia divina ni
para una máquina inteligente, todo apunta a entender que
lo ético comprende al sujeto humano completo. Esto
es, tanto a su razonamiento como a su sensibilidad.
"No somos inteligencias puras, sino inteligencias
afectivas" dice José antonio Marina en su libro
El laberinto sentimental. Es difícil emitir en forma categórica
un juicio de valor sobre el alcance de esta revolución. Por
una parte, el efecto menos perjudicial de la sociedad de
la información, es que posee más informació; en cambio,
el menos beneficioso, es que instala a esta sociedad,
a diferencia de las anteriores, en una cadena de
cambios imprevistos, donde lo único previsible es el cambio
y, además, ante una perspectiva de un proceso
de socialización de referencias y modelos no
menos imprevisibles.
El paso de una ética proximal a una ética distal involucra no sólo a los modos de interacción una es presencial y aún sensitiva, mientras que la otra es sólo cognitiva sino, y esto es lo más importante, involucra también a las personas y a sus formas de relación, que es anterior a su modo efectivo de interactuar. En este sentido, lo característico de la ética
proximal es que se trata de una relación combinada
a dos y a tres personas, existentes sucesiva o simultáneamente en
el tiempo, mientras que una ética distal no sigue este tipo
de interrelación personal, sino que se da en un tipo
de relación transpersonal de
n número de personas. El cambio es drástico y trae consigo
repercusiones normativas y prácticas de primer orden. En una
relación a dos, todo se reduce a la confrontación entre
dos individuos como tales, de la que nace
inmediatamente algún tipo de lazo de
reciprocidad e, incluso, se crea a La ética distal basada en una estructura de número ilimitado de personas o sin una clara relación de dos o tres personas, crea enormes dificultades para la comprensión y puesta en práctica de todas aquellas normas que aún tienen que ver con las exigencias de reciprocidad e imparcialidad en la conducta. La ausencia de contacto personal es un impedimento radical, incluso para el desarrollo de una ética cognitiva del mínimo común moral. Un evolucionista como Eibl-Eibesfeldt sostiene, por el contrario, que las nuevas tecnologías, aunque fomenten una interacción humana menos directa, continuarán dejando un espacio para la ética, pues, dice "suscitan en el hombre el convencimiento de que también el extraño es un congénere". Aunque no se vislumbra en este campo un horizonte tan optimista, no se justifica tampoco una actitud derrotista. Hay que poner un máximo de atención no tanto a la tecnología, que al fin y al cabo es una gran conquista del ser humano, cuanto al uso que se hace de ella y al sistema que lo controla y define su propio uso. Adoptar una ética cognitiva del mínimo común moral y aprender de nuevo de la sensibilidad, sería una alternativa. Si hoy más que nunca no puede prosperar una ética que no sea cognitiva, tampoco podría hacerlo una ética que lo fuera a la vez de la sensibilidad. Separar en las normas de nuestra conducta la razón y los sentidos es tan absurdo como separar en la inteligencia lo abstracto y lo intuitivo, el conocimiento y la sensibilidad. De hecho, el que lo sensorial y lo conceptual logren coincidir y encontrar una equilibrada relación, es lo que nos permite hablar de "inteligencia" en su globalidad. Ser racional no es lo opuesto a ser sensible. Ser partidario de la razón o lo cognitivo en la ética no se opone a salvar también en ella lo emocional y sensitivo, sino que es contrario a la sinrazón moral. La separación entre la razón y los sentidos ha sido una forma de abordar el tema por parte de algunos filósofos y es un punto de vista en la filosofía. Es una perspectiva que el pensador se ha visto obligado a adoptar para defender alternativamente el predominio de una o de otra cosa. En algunas ocasiones, se trata de servirse disimuladamente de los sentidos para hacer valer la razón, o bien, servirse de la razón para exaltar los sentidos. Hay que razonar los sentidos, como sentir la razón. Lo cognitivo "puro" sería tanto un mito del pensamiento y en este sentido podríamos señalar a Descartes como su paladín como lo "puro emotivo" lo que dicte la última palabra, y aquí cabe mencionar a Hume. La victoria de lo cognitivo sobre lo sensitivo, y viceversa, es siempre un prejuicio. Es un absurdo esta separación. El ser humano es una argamasa biológica e histórica tan especial, que nada funciona por separado. Es más, separar lo cognitivo de lo sensitivo y encumbrarlo sobre todo el resto de lo humano es muy peligroso para la propia especie humana, como lo atestigua la historia. Igualmente sigue siendo muy peligroso dicha separación en el campo de la educación. El divorcio de lo cognitivo y lo sensitivo plantea serias interrogantes en este campo. El peligro proviene al utilizar la tecnología en este escenario. Existe gran diferencia y contraste entre el grupo de educandos que sólo ven o escuchan voces o imágenes, al de aquéllos cuya imagen y voz es el otro presente que veo y que palpo. Ven y escuchan al profesor que dice y expresa tanto con sus palabras y modales, como con sus ojos, con su tono de voz, con sus gestos, y su propia ideología. Igualmente podemos decir del profesor que ve y escucha esa variedad de estudiantes en su salón, donde conviven tanto el estudiante inquieto y locuaz como el estudiante silencioso con semblante de tristeza, sumido en problemas, ajeno a todo. Su rostro, su figura y su propia voz me interpretan de forma más auténtica su propia realidad. En nuestro escenario universitario, es tan esencial el compartir conocimientos como transmitir actitudes y valores, tan importantes hoy para nuestro pueblo. De forma similar, podríamos decir del sistema de educación que, prescindiendo del uso de la tecnología, se reduce a un profesorado que transmite datos, conocimientos, convirtiendo al estudiante en un mero almacén de éstos, vacíos de significado. La presencia del educador siempre será imprescindible para darle un sentido y significado al sistema de enseñanza-aprendizaje, para el cual no sólo debe ser un facilitador, sino un testimonio presencial de valores y actitudes. Esto último, ninguna máquina, por más inteligente que sea, puede transmitirlo. Se trata de una presencia testimonial. No es nuestra intención rechazar la tecnología, sino darle un uso más humano y humanizador. Así que en la ética, si lo cognitivo no puede dejar
de estar presente, hay que recordar a su vez la necesidad
de lo sensitivo; sin ésto no existiría. Lo abstracto exige
lo concreto, y las "representaciones" de la ética no
tendrían sentido sin la "presentación" del sujeto de la misma.
Pensar o representar mediante conceptos morales es, a
su modo, hacer de nuevo presente al otro, y mostrarles
así, a los sentidos, un reconocimiento. No es un
círculo vicioso. Los ojos y las manos ayudan a hacer la ética,
pero La verdad que a la ética le faltan hoy los estímulos sociales y religiosos que tenía antaño. Contra ello nada se puede hacer. Estamos en el escenario de otra cultura y la ética tiene que acostumbrarse a sobrevivir tal y como nació: despojada, desnuda de absolutos y universales, sin un aparato propio de premios y castigos y dispuesta a sacar fuerzas de su cansancio día tras día. Sin embargo, también es cierto que dispone, como contrapartida, de algo más importante que todo eso. La ética seguirá contando con el pensamiento y los sentidos, de donde ha sacado siempre su propia energía. En tiempos que amenazan sequía de los sentidos y del pensamiento, ha de beber más que nunca de estas fuentes. Huelga advertir que el análisis está hecho por un humanista.
Notas 1 El mundo mediático es un mundo de simulación, remite a la pura virtualidad, no a la realidad. Hoy toda la realidad pasa por los mass media. Todo aspira a acceder a la pantalla televisiva. Todos aspiran a ser reales, pues la única realidad es la virtual, la computadora o la pantalla. Ser real es darse en la imagen de la televisión o de la computadora. Nada escapa a este reino omnímodo de la imagen. (Baudrillard, La transparencia del mal).
BIBLIOGRAFÍA 1. Baudrillard, Jean (1991), La transparencia del mal, Barcelona, Anagrama. 2. Baudrillard, Jean, (1987), América, Barcelona, Anagrama. 3. Baudrillard, Jean (1974), Crítica de la economía del signo, México, Siglo XXI. 4. Bilbeny, Norbert (1997), La revolución en la ética, Barcelona, Anagrama. 5. Bilbeny, Norbert (1993), El idiota moral. La banalidad del mal en el siglo XX, Barcelona, Anagrama. 6. Bilbeny, Norbert (1992), Aproximación a la ética, Barcelona, Ariel. 7. Echevarría, Javier (1995), Cosmopolitas domésticos, Barcelona, Anagrama. 8. Echevarría, Javier (1994), Telépolis, Barcelona, Anagrama. 9. Marcuse, H. (1987), El hombre unidimensional, Barcelona, Ariel. 10. Marina, José Antonio (1996), El laberinto sentimental, Barcelona, Anagrama. 11. Mc Luhan, H.M. (1972), La galaxia Gutenberg, Madrid, Aguilar. 12. Negroponte, N. (1995), El mundo digital, Barcelona, Ediciones B. 13. Nietzsche, Friedrich (1983), Más allá del bien y del mal, Madrid, Alianza Editorial. 14. Ortega y Gasset, José (1976), Ideas y creencias, Madrid, Espasa Calpe. 15. París, Carlos (1994), El animal cultural. Biología y cultura en la realidad humana, Barcelona, Crítica. 16. Piaget, Jean (1974), El criterio moral en el niño, Barcelona, Fontanella. |