. El autor, puertorriqueño, es un abogado licenciado y un conocido politólogo, autor de numerosos artículos y varios libros sobre el debate del status político de Puerto Rico.
(Ponencia leída en la Universidad de Puerto Rico en Mayagüez, en el simposio sobre José Luis González, el 22 de abril de 1997).

En la conclusión de su obra más famosa, El país de cuatro pisos, el mismo autor resume la tesis que elaboraremos en este ensayo sobre la ideología política de José Luis González:

Lo que la situación exige, naturalmente, es la revisión de la realidad nacional en sus fundamentos mismos. No es tarea fácil, y el escritor que desde el exilio aprende,
favorecido por la distancia, a contemplar el bosque de esa realidad, tropieza inevitablemente, a su regreso, con la visión de los árboles que llenan las retinas de muchos de sus compatriotas.1

Es esa dialéctica entre bosque y árboles la que nos ocupará.

Nacido en Santo Domingo de padre puertorriqueño y madre dominicana en 1926, José Luis encarnó, quizás por ello y por encima de todo, una visión de mundo caribeña de 1898, al indicar que Hostos pidió acogerla, pero exigiendo un plebiscito entre la independencia y la anexión.11 Y con él, se lanza el análisis de la generación del `98, reclamando ofrecer su «realidad histórica»,

mientras ataca en los intelectuales jóvenes de los '50 «la ignorancia histórica, mantenida con toda intención por la escuela oficial durante lo que va del siglo».12

A lo que va el requiebro es a que se reconozca la invasión de 1898 como «una guerra de rapiña»13 que causa «un nuevo deslinde» en Puerto Rico en que se produce «un reacercamiento espiritual a España, justamente como reacción defensiva frente a la política desnaturalizadora del nuevo régimen», tras lo cual procede a atacar tal fenómeno, aduciendo que «ha sido indudablemente un factor retardatario en la formación de una auténtica conciencia nacional, que necesariamente tiene que encontrar en el criollismo, y no en el hispanismo, su sostén más válido».14

En su análisis de los prosistas, acusa a la mayoría de «la visión de mundo de una clase social... que se sentía portadora de la renovación y el progreso (y que en 1898 se vio despojada de su papel de clase dirigente y obligada a refugiarse en el tradicionalismo ruralista que hasta entonces había despreciado).»15 Y no sin simpatía, señala: «El nuevo amo extranjero que nos deparó el 98 no tardó en hacer patente... la desconfianza que le inspiraba la clase dirigente criolla, autonomista o separatista bajo el régimen español, y buscó apoyo en las clases desposeídas del país, a las que se ganó, concediéndoles derechos que, si bien en los Estados Unidos no tenían nada de radicales y estaban consagrados por la legislación, en Puerto Rico resultaban francamente novedosos».16

Finaliza con los poetas, ensañándose con José de Diego, de quien dice: «Él, que nunca fue separatista frente a
nuestra realidad y de nuestro futuro. A partir de 1946 salió de nuestras playas, primero a Nueva York, luego a Praga y, más luego, a México, para no volver a su patria por casi 20 años. Ese exilio, forzado por la intransigencia ideológica de la Era de la Mordaza2, le dio, en efecto, la capacidad de ver el bosque más allá de los árboles. Y cuando profundizó esa visión produjo un tránsito ideológico.

En un ensayo anterior, he ubicado la obra de José Luis en su contexto descolonizador del Caribe.3 No es motivo de este ensayo escudriñar claves políticas en su obra cuentística o novelística. Trazaré hoy su trayectoria en cinco etapas ensayísticas en las casi tres décadas entre 1959 y 1986.4 Esas etapas son:

Primera, la revisión histórica y la reconstrucción del alma nacional (en los años sesenta);

Segunda y tercera, el camino a la soberanía de un pueblo en formación y la definición de la cultura nacional (en los años setenta);

Cuarta y quinta, una nueva visión histórica, y la conveniencia de una República Asociada (en los años ochenta).

Su muerte no le permitió ver lograda su clara visión.5

Revisión histórica y reconstrucción del alma nacional (1959)

El primer ensayo de ideología política lo escribió en 1959, como tesis para la obtención de la Maestría en Letras en la Universidad Autonóma de México, hábilmente disfrazado como una exégesis sobre «literatura y sociedad» en Puerto Rico, pero que no se publicaría hasta casi 20 años después, cuando era ya conocida su fama como cuentista y literato.6 El texto es, de salida, un ataque a las ideas insularistas de Antonio S. Pedreira, que para la época de la redacción por nuestro autor, se habían convertido en la ideología del estado colonial oficial de
Puerto Rico.

El ensayo nos va llevando de la mano por los textos literarios nuestros desde los cronistas de Indias hasta la generación del '98. Es como si José Luis, antes de intentar un análisis, hubiese querido hacer un recorrido histórico a través de los textos, para conocernos y conocerse mejor. Ahí aparece su primer planteamiento ideológico, cuando prioritiza «la musa popular» y «nuestra identidad mestiza».7

Y aparece su primer comentario definitorio de lo nuestro:

«Un pueblo es lo que la historia va haciéndolo en todas y cada una de las etapas de su evolución colectiva».8 Este pueblo-historia lo enfrentará a la teoría oficial del pueblo-presente, sin historia antes de 1940, que prevalecía en la élite oficial.

JLG, Foto: Maribel Merly Y su primera amenaza, que cumpliría cabalmente toda su vida:

Investiguemos, con espíritu crítico y autocrítico, el trasfondo clasista y racista de muchas supuestas expresiones del «alma nacional» (¿por qué, por ejemplo, tanto jíbaro blanco y tan poco obrero negro o mulato en nuestra poesía patriótica?. Dediquémonos, en suma, a separar la paja del grano y salvar, entonces sí con orgullo lícito y buena conciencia, lo que convenga salvar. Y nada más.

Es, en síntesis su tarea: reconstruir el alma nacional.

Procede entonces el autor a analizar la «realidad» histórica del desgobierno español, las vicisitudes de la cultura, y la lucha por la libertad. Ubica la gestación literaria en las andanzas del periodismo, y da la bienvenida al romanticismo, adviertiendo que la «literatura nacional fue fundada por señoritos»10, y la califica como «hazaña criollista». Ubica los autores patrios desde el romanticismo hasta el realismo costumbrista, y se detiene en Eugenio María de Hostos.

Nos ofrece ahí su primer atisbo del efecto de la invasión norteamericana de España, lo fue entonces frente a los Estados Unidos, convirtiéndose en el paladín del sector nacionalista de la burguesía criolla que veía amenazado su destino de clase dirigente»17, y con Luis Muñoz Rivera, a quien cita diciendo que «en sus campos no hay pueblo» para contradecirlo: «El poema, que pretende retratar a todo un pueblo, no es a fin de cuentas sino el retrato moral y político de su propio autor»18.

En síntesis, en este ensayo de juventud, de apenas 35 años, afirma la existencia de un pueblo a nivel de masas, que recibe a los norteameri-canos con beneplácito, pero que es contradicho por una clase dirigente burguesa amenazada. Esa visión fundacional, desde la masa mulata, permanecerá en su obra toda su vida.

Camino a la soberanía de un pueblo en formación (1973)

La próxima incur-sión de José Luis en el análisis político va a ser producto de una conversación con el profesor Arcadio Díaz Quiñones en el Colegio de Cayey, en 1973, que se publicó tres años después19, y que se centra en la cuestión de la relación con los Estados Unidos de América.

En el continuado esfuerzo por definir la nacionalidad, su primer ataque repite el hecho años antes contra el «ruralismo anacrónico»20, que era aún en los '70 la emblemática oficial, y
propone atestiguar la transformación social del campesino. Y vuelve también a su ataque contra la hispanofilia21, al señalar que los puertorriqueños «tenemos la esclavitud detrás de la oreja»22, y reiterar su desprecio por la clase dirigente23 que se niega a reconocer la negritud del país24.

Habla además, por vez primera, de su filiación comunista, y ataca «la
deformación burocrática del socialismo»25 que es ahora la realidad de su país de exilio, Checoslovaquia. Desde Praga, había escrito fragmentos literarios para la revista de Nilita Vientós, y los califica como «intento de recuperación literaria de lo que yo llamaría los elementos físicos de la patria perdida: la gente, la flora, la fauna, que sé yo... el paisaje y el paisanaje»26. Inicia su análisis de Puerto Rico como «dos mundos distintos e incluso contrapuestos: el de la montaña y el de la costa»27. Ese problema, dice, es ideológico, y afecta nuestra vida política, social, y nuestra psicología colectiva. Se refiere al «enfrentamien-to ciudad-campo»28. La visión de mundo del proletariado urbano, su gente, concluye, «está haciéndose».

Hoy, que la visión de mundo del proletariado urbano boricua determi-na la votación electoral, los gustos comerciales, y copa hasta los noticieros de televisión, es obvia la visión del autor.

La conversación pasa de ahí a discutir, citando mordazmente a lo literatos, la imagen del jíbaro: «Aquella pobla-ción rural parasítica, moribunda y abyecta, aquella plebe de los montes sin precisa idea del mal, creadora de sonsonetes, desatinos e incoherencias, entregada a los necios placeres y estúpidas holganzas, se convirtió de la noche a
que la inde-pendencia nacional era un prerrequi-sito indispen-sable para el socialismo, y que el socialis-mo era una condición necesaria para la integración de las Anti-llas.33 Y ataca-ba la concep-ción de la patria y la nación «abstractas», es decir, no consideradas como una sociedad divi-dida en clases antagónicas.34 Diez años más tarde, se revisaría.

Ello lleva la conversación a analizar las opciones políticas en Puerto Rico. Es una inexactitud flagrante, aduce, decir que las tres corrientes principales del pensamiento político puertorriqueño del siglo diecinueve sobrevivieron el '98 y continuaron desarrollándose en el siglo veinte.35 Presagiando la crisis que hoy les aqueja a las tres ideologías tradicionales, señaló, entonces, que ninguna de las tres opciones de este siglo proviene de las tres opciones históricas.

Utilizando el análisis del historiador soviético L. Vladimirov, ataca el nacionalismo albizuista, y reitera su análisis de clases, felicitando a los trabajadores puertorriqueños por «negarle su apoyo al nacionalismo burgués»36 y a la violencia sin posibilidades de triunfo37. Sin embargo, coincide con Albizu en su «acertada percepción de la realidad política norteamericana», al enunciar que «la anexión de Puerto Rico entrañaría la renuncia de su propia identidad nacional»38.

Eso lo lleva a una exégesis sobre la identidad nacional, y a su tesis central. Luego de 1898 no hay pérdida de identidad, sino transformación: en 1898, «Puerto Rico era un pueblo todavía en formación»39. Un pueblo no es, sino que va siendo. Y lo que somos, es «una nación poseedora de los atributos esenciales que conforman a cualquier nación de acuerdo con la definición marxista»: una nación hispanoamericana y afroantillana que ha recibido la infusión del espíritu yanqui.

Y aquí la esencia de la visión sobre el bosque y de los árboles, que ataca la pesimista visión de los plañideros de nuestra cultura: «Cuando regresé a Puerto rico, después de veinte años de ausencia, lo que me encontré fue todo lo contrario de una identidad nacional debilitada. Dije entonces, y lo repito ahora con mayor conocimiento de causa, que Puerto Rico se `había hecho más país' durante esos veinte años»40.

Como lo han corroborado los hechos desde entonces, lo que estaba desapareciendo en Puerto Rico no es la identidad nacional como tal, sino la concepción que de esa identidad tiene una clase social en particular. Esa clase no es otra que la burguesía criolla tradicional. Surgía, y hoy manda, una patria plebeya.

«La identidad de élite está dando paso a una identidad de masas». De ahí la `plebeyización' de nuestra vida colectiva». Albizu se equivocó al plantear la definición suprema de yanquis o puertorriqueños, porque «los puertorri-queños nunca han pensado en dejar de ser tales para hacerse yanquis».41 Lo que el imperialismo norteamericano ha hecho es fortalecer la conciencia nacional. Esa identidad nacional de masas debe convertirse ahora en
la mañana, en la obra de nuestros mejores escritores, en la depositaria de las más puras esencias de la nacionalidad»29. Adscribe ese cambio al Partido Popular Democrático, y lo ataca, por conservador.

Ello llevará, entonces, a una evaluación del popularismo, que es también crítica: «el proceso de cambio social iniciado en 1940 no sólo ha sido extraordinariamente rápido, sino brutal e irracional en muchos aspectos. El precio que el pueblo puertorriqueño ha tenido que pagar, en términos morales, psicológicos y culturales, por ese cambio, no guarda proporción alguna con los resultados obtenidos»30, pues ha sido meramente un proceso «de moder-nización dentro del subdesarrollo»31.

En contraposición, define su posición política: «marxista sin iglesia»32. Como un eco de la posición de la revolución cubana, creía, en 1973, puertorriqueños `de arriba' no ha sido llenado, ni mucho menos, por la intrusión de la cultura norteamericana, sino por el ascenso cada vez más palpable de la cultura de los puer-torriqueños `de abajo'».51 La penetración no ha sido transculturación. Aquí, da el primer paso político, al decir:

El desconocimiento o el menosprecio de estas realidades ha tenido, entre otras, una consencuencia nefasta: la idea, sostenida y difundida por el independentismo tradicional, de que la independencia es necesaria para proteger y apuntalar una identidad cultural nacional que las masas puertorriqueñas nunca han sentido como su verdadera identidad.52

Eso, y no enajenación, hace a las masas anti-independentistas.

El ensayo se enfrenta entonces a la situación de principios de la década del '70, y la diagnostica así: «Lo que está ocurriendo en el Puerto Rico de nuestros días es el resquebrajamiento espectacular e irreparable del cuarto piso que el capitalismo tardío norteamericano y el populismo oportunista puertorriqueño le añadieron a la sociedad insular a partir de la década de los cuarenta»53: la bancarrota del régimen colonial.

Y propone que procede, como respuesta a la crisis, la reconstrucción de la sociedad puetorriqueña mediante el rescate de la caribeñidad esencial de nuestra identidad nacional.

Esa identidad nacional merece el próximo ensayo en el texto. Se otean sus orígenes en la población mulata de fines del siglo XVIII, que está en vías de convertirse en el detonador de una rebelión de castas contra el gobierno de los blancos, como en Haití. En respuesta, la Cédula de Gracias de 1815 se propone blanquear la sociedad insular, y re-europeizar la élite blanca.54 Ello pospone el cuajar de la nacionalidad afroantillana.

Sin embargo, ese sector fue el primero que «sintió» la isla como su «único» país, como su patria.55 La patria literaria surgió después, a partir
«conciencia nacional de masas»42, mediante la afirmación de los nuevos valores de masas y la negación de los caducos valores de élite. Visto y dicho por José Luis González, hace más de viente años atrás, lo que hoy es ortodoxia, y valga señarlo.

Su tarea, dice José Luis, es cristalizar esa conciencia43.

Mientras tanto, en el campo de la política, aduce --sin elaborar la idea-- que «el camino a la independencia pasa por la autonomía».44 Esa va a ser la idea central al final de su vida.

Definición de la cultura nacional (1979)

El tercer esfuerzo político de José Luis, en su más afamado libro El país de cuatro pisos45, va a estar encaminado a desautorizar la historia oficial como propaganda política, y a desretorizar la cultura, aproximándola al pueblo, «o sea nacionalizarla»46.

La tesis es que en la cultura de una sociedad dividida en las clases coexisten dos: la cultura de los opresores y la cultura de los oprimidos.47 De ahí, pasa a preguntarse qué clase de nación era Puerto Rico a la llegada de los norte-americanos. Y coincide con Eugenio María de Hostos, contradiciendo a Pedro Albizu Campos, en que era «una sociedad en un grado todavía primario de formación nacional»48, y que, por tanto, no quería la independencia.

La cultura popular, que nació primero, tenía como raíz primaria, la africana.49 Eramos un pueblo caribeño más, emblematizado en el corsario mulato Miguel Henríquez y en el pintor mulato José Campeche. Pero, a esa sociedad, se le echó un segundo piso con la oleada migratoria de refugiados y otros europeos. Y repite la tesis de la nación en formación en 1898.

La invasión norteamericana empezó a echar un tercer piso, que no deterioró, sino desarrolló, la cultura de masas.50 Y concluye: «El vacío creado por el desmantelamiento de la cultura de los
de 1849. Pero, dice, retractándose de sus propias ideas en su primer ensayo, que se puede rastrear la expresión de esa identidad nacional en las diversas manifestaciones de la cultura popular.56 La nacionalidad seguía siendo «una posibilidad»57, y su construcción en Rosendo Matienzo Cintrón, Nemesio Canales, y Luis Palés Matos, era «un proyecto»58 que descarrila el racismo de Antonio S. Pedreira y su tesis del «Insularismo». En conclusión, se requiere una nueva concepción de la identidad nacional en términos de la identidad racial.59

Elemento esencial de esa nueva concepción, resulta ser el reconoci-miento del «plebeyismo» en el Puerto Rico de hoy. La pasión deportiva y la creación musical de las masas son las expresiones populares de la naciona-lidad.60 Se crean modelos desde abajo, ejemplificados por Iris Chacón, y se recogen por Luis Rafael Sánchez, haciendo protagonista de su genial novela la letra de una canción que evidencia un «estilo de vida» de la plebe puertorriqueña, obligada a vivir vuelta, hacia dentro de sí misma.61

Hay esperanza: «Se abre paso a codazos la visión de mundo de la plebe puertorriqueña»62. ¿Y qué es, añadimos hoy nosotros, la nación, sino una visión de mundo? Viene la nación del pueblo.

Una nueva visión histórica (1981)

El ensayo sobre el país de cuatro pisos sacudió a la intelectualidad y la juventud letrada boricua. Para discutir su relevancia nos citamos en México un grupo de sus amigos, que celebramos un simposio entre el 1 y el 3 de julio de 1981 sobre su nueva visión de Puerto Rico.63

Reaccionando a los ensayos de sus invitados, José Luis explicó que el tranque electoral de 1980 en Puerto Rico entre anexionistas y anti-anexionistas, por partes iguales, evidenciaba una crisis que estaba JLG. Foto de Gary Williams. creando tremendas presiones en la colonia.

Añadió que la visión expresada en su ensayo seminal no era tan nueva, y que tenía deudas con Salvador Brau, Manuel Zeno Gandía y Nemesio Canales. «Parecen nuevas únicamente porque Puerto Rico padece de una mala memoria colectiva».

Elaboró sobre la estrecha relación existente entre el separatismo y el anexionismo en el siglo XIX. Relató la «triste historia» de los separatistas en el exilio, usando ejemplos como Lola Rodríguez de Tió, Sotero Figueroa, Ramón Emeterio Betances y Hostos. Y se preguntó: ¿por qué no regre-saron a Puerto Rico?, para darse la respuesta de Hostos: «porque allí no hay un pueblo», o la de Lola: «porque allí no hay idependentistas». Señaló, como índice adicional, el fracaso del Partido de la Independencia en 1912, y los independentistas que constru-yeron «un rascacielos ficticio» en el siglo XX.

Entró entonces a discutir la relación entre el independentismo y el socialismo en Puerto Rico. Distinguió entre los independentistas que favorecieron el socialismo en la década del '30 y aquéllos que no lo hacían, contraponiendo las figuras de Nemesio Canales y Pedro Albizu Campos, y se preguntó: ¿qué pasó con el independentismo radical? Señaló que era vigente, en el Puerto Rico de entonces, el dicho de Lenin según el cual «se deben apoyar los movimientos nacionalistas siempre y cuando no se hagan pasar por comunistas»·

Finalizó su intervención elaborando su tesis de que la clase hacendada que
invitación de la Fundación Ana G. Méndez para una estadía larga en Puerto Rico y un ensayo que ofreciera la situación del país en medio de la década de 1980. Esa estadía se convirtió en su más extenso libro de ensayo.64

Anuncia José Luis que viene a Puerto Rico a «dar la cara» por el país de cuatro pisos, y que esta vez brillan por su ausencia «el recelo y aun la hostiliad que tuve que padecer hace diez años»65. Entusiasmado por el nuevo y gentil recibimiento, se inserta de inmediato a principios del texto sobre la posibilidad de que los Estados Unidos concedan a Puerto Rico la condición de República Asociada66, señalando como fenómeno clave hacia ese objetivo, la «descri-minalización»del independentismo.67

El primer indicio de ello, en su nueva visita, es que el inspector federal norteamericano de inmigración, en vez de crearle problemas de ingreso, le felicita por sus libros.68

El segundo indicio, es una amigable conversación con el líder anexionista Luis A. Ferré (padre de su amiga novelista Rosario) sobre un posible viraje en la administración de Ronald Reagan contra la estadidad, promovido por un funcionario del Consejo Nacional de Seguridad Nacional, Constantine Menges, sobre el que Ferré promete un disclaimer, que nunca llega.69

El tercer indicio de cambios en el país, se le antoja, es que las migraciones cubanas y dominicanas de años recientes (en vez de los antiguos corsos y mallorquines) reforzarán la naturaleza caribeña del «alma popular de la nación».70

Ve también, sin embargo, un signo peligroso, en lo que llama el «estado de insurgencia, desprovista de todo contenido o cuando menos de toda dirección política», en la droga y el crimen, que adscribe a «la reacción violenta frente a las expectativas socioeconómicas primero inducidas y después frustradas».71

logró hegemonía a fines del siglo XIX era la misma que ahora, a la altura de 1980, se encuentra en un repliegue histórico. Negó la naturaleza de una nueva clase a partir de 1940 o el que ésta tuviese un proyecto histórico.

Invitó a un examen realista de la situación de entonces, no pidiéndole al pueblo de Puerto Rico más de lo que puede dar, y expresando su fe en él. Los ensayos presentados en esa ocasión están por publicarse aún, pero la invitación suya habló por sí.

La convenciencia de la República Asociada (1986)

El simposio en México llevó a una sino como un intento de `rescatarlos' del oscurantismo que todo lo hispánico representaba para la mentalidad anglosajona de la época.80

Ese proyecto de «deshispanización» encontró en la masa popular boricua una afín hispanofobia mayoritaria, sin duda, que «es la que explica --y justifica, en muy considerable medida--- muchas de las cosas que han sucedio aquí a partir de 1898»81.

La existencia de Puerto Rico como nación es resultado de la lucha contra el coloniaje español y no la razón de su existencia.

La élite intelectual no sufrió un trauma con la invasión que la llevó a apegarse a un nacionalismo españolero y retórico, pero acogió el cambio con alivio y esperanza, porque significaba, no la asimilación cultural, sino la modernización.82

La masa popular, por su parte, sentía el idioma con la misma naturalidad que el aire que respiraba. «Los norteamericanos --concluye con sabiduría previsoria-- llegaron aquí demasiado tarde».83 La transculturación hubiese producido una clase dominante semiextranjera, pero las masas se ocuparon de negarla.

El mejor ejemplo de esa negación es la música popular urbana y de la creación literaria, entre la juventud.84 Música y literatura, a contrapelo de la política, afirman la nación.

Las elecciones de 1984 se le antonjan «un respiro sicológico que le estaba haciendo falta al país» porque la desaparición del Partido Socialista Puertorriqueño, lejos de representar un revés para el independentismo y el socialismo, significa en realidad un avance histórico para ambos en la medida en que «pone fin al demagógico equívoco de una `fusión' ideológica entre socialistas y nacionalistas en Puerto Rico»85. Ese deslinde, añade, hace posible una nueva, verdadera y sana alianza.

Esa nueva visión debe fundarse en
político anexionista, Luis Dávila Colón. Le plantea, de salida, que de los procesos de admisión a la Unión, los dos más importantes fueron los de Yucatán y Santo Domingo, y que ambos fueron rechazados. Se pregunta si el anexionismo boricua guarda más similitud con el tejano o con el dominicano. La respuesta es clara: «A diferencia de Texas (y de Hawai y Alaska) aquí no existe una población norteamericana con un peso específico digno de tomarse en cuenta en la vida política del país»75.

Puerto Rico sería, dice José Luis citando al Newsweek, un morcilla state. Luis Dávila Colón le contesta que la estadidad tiene fuerte apoyo popular, y José Luis contesta: «Es verdad, pero eso es precisamente lo que lo condena a la frustración de su sueño. Porque da la `casualidad' de que ese pueblo puertorriqueño que apoya al anexio-nismo es el mismo pueblo que la abrumadora mayoría de los nortea-mericanos no quieren ver sentado en su sala, ni comiendo en su comedor, ni bañándose en su bañera». Al insistir en que el idioma y la cultura no son negociables, el anexionismo ha caído en «compulsiones autodestructivas».76

Entra ahora José Luis en el análisis del tema de «idioma, cultura e identidad» en Puerto Rico. El idioma, nos dice, citando a Unamuno, es la sangre del espíritu, y añade que no le cabe duda de su supervivencia y natural evolución futura.77 Aun los partidarios más vehementes de la anexión definitiva de Puerto Rico a los Estados Unidos, añade, «aceptan y proclaman, de unos años a esta parte, que `el idioma no es negociable'».78 Para quienes gobiernan a los Estados Unidos, el idioma tampoco es negociable... como lengua privilegiada y dominante.79

Y aquí, una justificación para los norteamericanos:

El proyecto de deshispanización de Puerto Rico no debe entenderse como una desalmada y maquiavélica conspiración...
José Luis adjudica a Luis Muñoz Marín el no haber logrado que su sueño social hecho realidad unificase los diversos sueños políticos de la burguesía criolla. Tampoco ha existido en Puerto Rico una pequeña burguesía revolucionaria. Lo que sí hay es una pseudoburguesía intermediaria del capital norteamericano.

Y aquí la explicación histórica clave: porque no existe una burguesía nacional, la burguesía criolla ha encontrado su formulación progra-mática en un estado «asociado» frente al anexionismo, entre los cuales, la diferencia fundamental es la preservación de la identidad cultural, «muy importante».72

Este pensamiento lo lleva, por vez primera en sus trabajos, a considerar la liquidación jurídica del estadolibrismo y la creación de una República Asociada, posibilidad que le había planteado dos años antes en México, el autor de este ensayo. La tensión que le genera discutir tal planteamiento con sus amigos socialistas e independentistas, le causa hasta dos mareos.73

En ese contexto, se plantea el efecto de los cupones de alimento. «Lo que no puedo aceptar --dice-- es que para tener acceso razonable a ésas y otras cosas sea necesario seguir empantanados en una economía parasitaria y enajenante, bajo la amenaza de que cualquier reordenación de la vida económica del país lo condenaría inevitablemente a ser un paria del comercio internacional. Si esa fuera en verdad la única opción real, habría que convenir en que a los puertorriqueños no les queda otra cosa que hacer que sentarse a esperar que el país se les acabe de pudrir entre las manos. Ya huele a podrido en varias partes de su organismo; todavía, sin embargo, es posible evitar la gangrena»74. Ése es para él, el tigre de adentro.

El tema de los cupones, en la programación inconsciente del texto, lleva a José Luis al análisis de una extensa discusión con el analista la capacidad demostrada de la nacionalidad puertorriqueña para sobrevivir. Pero ¿cuál?

No es la isla doncella, y menos la patria extranjerizante y parasitaria de los hacendados, sino la de la «terca identidad plebeya y caribeña, repleta de vitalidad creadora, visceral y socarrona, resistente, rebelde y combativa a su manera, arisca cuando le hace falta y generosa cada vez que puede, sabedora de que a todo lo largo de su historia vivir ha significado antes que nada sobrevivir»86. El nacional es el hombre de la calle.

El país es un sancocho, que todavía no acaba de cocinarse.

El clímax de esta reflexión de José Luis lo constituye su primer encuentro, cara a cara, con el Buró Federal de Investigaciones.87 Cuando yo lo promoví, lo entendí significante de la nueva era en la que nos aventurábamos. No tenía idea de cómo habría de resultar, pero quise significar que yo, como un interlocutor viable, podía iniciar un entendimiento entre dos amigos personales míos, que podía presagiar uno futuro entre los pueblos de Puerto Rico y los Estados Unidos.

La reseña de José Luis de esa reunión habla por sí, y no se le haría justicia, sino leyéndola. El tema es el intento de diálogo --el primero en la historia-- de la fuerza represiva norteamericana con el independentismo puertorriqueño. Su móvil, le dice Richard Held a José Luis, ha sido rectificar la imagen de la represión política. Pero José Luis y yo insistimos en que así es que se percibe al FBI en Puerto Rico. Held alega que una
cantidad de acciones adscritas a ese organismo no han sido realizadas por el mismo, pero nunca identifica a los autores.

José luis le da su queja personal: el FBI nunca lo ha leído, y Held le contesta que la función de la agencia no es leer. Con sonrisa pícara, que nunca olvidaré, José Luis se da por ofendido. Pero la entrevista ha producido el resultado que yo esperaba: la agencia represiva reconoce que nunca valoró la cultura. Y ésa, al fin y a la postre, ha sido la derrota de Estados Unidos; y esa cultura nacional, como sabía José Luis, ha sido nuestra victoria.

Luego de la reunión con Held, José Luis se enfrenta, frente a su casa, con un camión identificado como de «Los
Macheteros», que él ve como «un homenaje velado a las acciones de la organización clandestina»88, y que lo lleva a analizar su rol histórico. Señalando la preferencia de la masa independentista por la ideología mode-rada, se pregunta si la propaganda armada de Los Macheteros es totalmente improductiva, y se contesta que no: «Hay que reconocer que sí ayudan a enterar a la opinión pública fuera de Puerto Rico de que aquí existe una lucha anticolonialista que merece su simpatía como cuestión de principio».89

Y hace aquí su declaración más signficativa: "(La) frustración que desborda todas las filiaciones partidarias, filosóficas, religiosas, artísticas, sexuales, deportivas y hasta culinarias es lo que hace que los puertorriqueños, muy al contrario de lo que generalmente se piensa dentro y fuera de la isla, constituyan el pueblo más nacionalista del planeta"90.

José Luis cierra la memoria de su visita con una reflexión sobre Puerto Rico como nación caribeña.91

Señala que, contrario a la alternancia ideológica que ve un observador superficial de las elecciones, «en Puerto Rico se desarrolla un proceso histórico... lineal y progresivo de formación de una nacionalidad»92. Esa realidad, y el rechazo previsible de la estadidad por los Estados Unidos, llevarán dice, a la supervivencia de esa nacionalidad afrocaribeña.

Examina, entonces, el proyecto vigente en 1985 de caribeñización de Puerto Rico de Ronald Reagan y Rafael Hernández Colón, y en ese contexto, ofrece el juicio final de su texto: «...pienso que esos intereses inmediatos del capitalismo imperialista (independiente o asociado a los Estados Unidos, y eso sólo podría determinarlo una Asamblea Constituyente elegida por el propio pueblo puertorriqueño) veo yo un paso importante hacia la descolonización que haría más expedito el camino hacia la liberación nacional plena.

norteamericanos coinciden con los intereses mediatos de la nación puertorriqueña en vías de cristalización definitiva».93 Hecha su prognosis, su receta:

En la `caribeñización' de Puerto Rico y la consiguiente transformación del ELA en un Estado nacional soberano
Esta cita resume el testamento político de José Luis González.94 Yo, dice, me conformo con declarar mi decisión de montarme en esa carreta.95 Hoy, la «libre asociación» es alternativa reconocida.

¿Quién puede dudar, una década después96, de su visión?


1. José Luis González, El país de cuatro pisos y otros ensayos (Huracán, Río Piedras, 1980), 113.

2. Ivonne Acosta, La Mordaza (Editorial Edil, Río Piedras, 1987).

3. Juan M. García Passalacqua, «Literatura e historia del Caribe (1986)», en Dignidad y Jaibería: Temer y Ser Puertorriqueño (Cultural, San Juan, 1993), 73-99.

4. En aras de facilitar el uso de los textos originales por los estudiosos en el futuro, citaremos en detalle las páginas de cada obra ensayística reseñada aquí en que aparece la idea expuesta.

5. El homenaje de este analista está en «Honored author foresaw Puerto Rico's fifth storey», San Juan Star, January 5, 1997. Veáse además, «Lolita Lebrón ve trampolín a la libertad de la libre asociación», El Nuevo Día, 27 de julio de 1997, 16.

6. José Luis González, Literatura y sociedad en Puerto Rico, Fondo de Cultura Económica, México, 1976.

7. Ibid., 65.

8. Ibid., 67.

9. Ibid., 68.

10. Ibid., 95.

11. Ibid., 167.

12. Ibid., 175.

13. Ibid., 178.

14. Ibid., 188.

15. Ibid., 198.

16. Ibid., 200.

17. Ibid., 219.

18. Ibid., 229.

19. Arcadio Díaz Quiñones, Conversación con José Luis González (Huracán, Río Piedras,
NOTAS
JLG. Foto: Maribel Merly

1976).

20. Ibid., 15.

21.Ibid., 28.

22. Ibid., 31.

23. Ibid., 38.

24. Ibid., 46.

25.Ibid., 49, 79, 86-95.

26. Ibid., 55.

27.Ibid., 56.

28. Ibid., 57-58.

29. Ibid., 67-68.

30. Ibid., 71.

31. Ibid., 73-75.

32.Ibid., 96.

33. Ibid., 97.

34. Ibid., 98.

35.Ibid., 98.

36. Ibid., 108.

37. Ibid., 117.

38. Ibid., 120.

39. Ibid., 127.

40. Ibid., 130.

41. Ibid., 132.

42. Ibid., 133.

43. Ibid., 142.

44. Ibid., 153.

45. José Luis González, El país de cuatro pisos y otros ensayos, Huracán, Río Piedras, cuarta edición, 1984.

46. Una cita de Antonio Gramsci, escogida como epígrafe. Ibid., 9.

47. Ibid., 12.

48. Ibid., 14.

49. Ibid., 19.

50. Ibid., 30.

51. Ibid.

52. Ibid., 36.

53. Ibid., 40-41.

54. Ibid., 50-51.

55. Ibid., 56.

56. Ibid., 60.

57. Ibid., 75.

58. Ibid., 85.

59. Ibid., 90.

60. Ibid., 96.

61. Ibid., 100-101.

62. Ibid., 104.

63. Juan M. García Passalacqua (editor), Puerto Rico: Una nueva visión histórica, manuscrito inédito, 1981.

64. José Luis González, Nueva Visita al Cuarto Piso, Flamboyán, Madrid, 1986.

65. Ibid., 141.

66. Ibid., 21-22, 63, 131, 214.

67. Ibid., 25, 173-182.

87. Ibid., 169-176.

88. Ibid., 178.

89. Ibid., 181.

90. Ibid., 189.

91. Ibid., 199-214.

92. Ibid., 206.

93. Ibid., 212-213.

94. Ibid., 213.

95. Ibid., 214.

96. «Free association would replace commonwealth as plebiscite option», San Juan Star, portada y pág. 3, February 2, 1996.

68. Ibid., 12.

69. Ibid., 21-22, 131.

70. Ibid., 30-31.

71. Ibid., 46-47.

72. Ibid., 48-49.

73. Ibid., 63.

74. Ibid., 78.

75. Ibid., 82-84.

76. Ibid., 84.

77. Ibid., 103.

78. Ibid., 104.

80. Ibid., 106.

81. Ibid., 107.

82. Ibid., 111, 39, 206.

83. Ibid., 112.

84. Ibid., 123.

85. Ibid., 142.

86. Ibid., 150-152.