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El autor es un historiador costarricense. Posee un Doctorado de la Universidad de Londres. Es Catedrático de la Universidad Nacional de Costa Rica y ha sido profesor e investigador invitado de las universidades Libre de Berlín y de Wisconsin.

Ha publicado, recientemente, los libros, Recuerdos del imperio [británico] y Globalización y deshumanización.


La presencia de Marx y Engels

Es asombroso el balance que hacerse de hasta dónde han llegado los esfuerzos de los enemigos del marxismo, no en cuanto a las proporciones puede que han tomado, sino con relación a la profundidad de la labor cumplida. Si hay algo de lo que podemos estar seguros es de que, tales enemigos vieron en Marx, desde la época de la Segunda
Internacional de los Trabajadores, allá por los años de 1889-1914, en sus ideas, y en sus discípulos un plan de vida al que no podía permitírsele existir por mucho tiempo. ¿Por qué? Esa es precisamente la pregunta a la que se ha tratado de dar respuesta durante los últimos ciento cincuenta años.

que queremos decir es que, la respuesta a la pregunta de por qué el marxismo se ha convertido en la clase de monstruo que todos los ricos, los conformistas y los retrógrados quieren cazar y aniquilar de la forma que sea, no la tenemos nosotros, y creemos que, difícilmente, hoy alguien la tenga. Pero sí es factible puntualizar algunos elementos de lo que el marxismo le trajo al mundo, sobre todo a los pobres y a los desamparados del planeta, los cuales no siempre lo entendieron ni tuvieron tiempo para hacerlo. El centro de todo ello, lo fundamental de lo que iría a ser el marxismo, ya está en ese pequeño panfleto publicado en febrero de 1848 en Londres, Inglaterra 1. Nos referimos al Manifiesto del Partido Comunista. Pocas veces en la historia intelectual reciente del mundo capitalista, un libro como este, llegó a tener tal impacto en medios tan diversos y contradictorios, como lo logró el Manifiesto (así lo llamaremos de ahora en adelante).
Nosotros no vamos a ser tan arrogantes, ni siquiera de aproximarnos a una respuesta de tal tipo, pero sí es importante que en esta oportunidad por lo menos recordemos algunas posibilidades en esa dirección. Lo A Karl Marx (1818-1883) y a Friedrich Engels (1820-1895) se les encargó, en el segundo congreso de la Liga Comunista, reunido en Londres, entre el 29 de noviembre y el 8 de diciembre de 1847, la redacción de un docu-mento que iría a ser el programa político de la orga-nización mencionada2, y que pasaría a la historia con el nombre célebre de Manifiesto del Partido Comunista. El documento en cuestión se llegaría a convertir en un texto fundamental para la comprensión de la historia y las luchas de la clase obrera, la cual se formaría al calor de dos grandes procesos históricos en Europa y el resto del mundo capitalista conocido: nos referimos a la Revolu-ción Industrial y a la Revolución Francesa. Aunque Marx y Engels llegaron relativamente tarde al ideario comu-nista, cuando antes que ellos ya existían ideólogos del mismo, relevantes con relación a su peso político e intelectual, el Manifiesto es una extraordinaria pieza de síntesis histórica e ideológica del movimiento de los tra-bajadores, en los años que se ubican entre 1830 y 18713. A partir de 1848, el escenario del momento está teñido por las luchas que tienen lugar en la mayor parte de Europa, para cerrar con la masacre de la Comuna de París, en 1871. En el preciso instante en que el Manifiesto es publicado, estallan las revueltas obreras de Berlín y Milán, detonadas por las pésimas condiciones laborales y políticas de los trabajadores. Este ciclo revolucionario4, perfectamente articulado al otro de 1789-1799, está constituido por un conjunto de características que lo particularizan y lo acercan más a nosotros. En pocos días, las barricadas, las insurrecciones, los cambios políticos e institucionales y una brillante producción intelectual, que aspiraba a entender lo que estaba sucediendo, se presentaron en el año de 1848, para hacer de él un verdadero laboratorio de las luchas sociales que se aproximaban en toda Europa y el resto del mundo, durante los próximos cien años. Definitivamente, a cualquier persona interesada en este tipo de temas, le resultará difícil por ejemplo, tratar de comprender a la Revolución Rusa (1905-1917), sin hacer mención de los procesos que tuvieron lugar en 1848 y 1871. Turín, Viena, Nápoles, Venecia, Milán, Roma, París, Praga, Budapest, Berlín, Baden, Varsovia y varios otros lugares, se vieron impactados por la presencia belige-rante, aunque a veces no muy lúcida, de un movimiento de los trabajadores que había decidido lanzarse a las calles, para ejercer un protagonismo que la historia le había negado por siglos. Si no lograron grandes avances, y ya para 1851 los distintos gobiernos parecían tener todo bajo control, el producto de las protestas tendría que esperar, al menos una generación, para que la cosecha rindiera resultados más concretos. Algunas libertades civiles y democráticas serían
radicalizadas posteriormente, cuando las organizaciones obreras empezaran a tener un perfil más acabado, y menos sujeto a las eventualidades de lo que estuviera aconteciendo en las calles de París o Berlín. Entre tanto, las burguesías liberales europeas más audaces, se harían cargo de la situación y empezarían a tomar algunas decisiones de relevancia en lo que se refiere, por ejemplo, al asunto de las nacionalidades, un tema que para muchos, por esa época, ni siquiera podía mencionarse. Nuestra intención al describir los entretelones, o el contexto en el que se publica el Manifiesto no es simplemente para indicar la textura de la periferia histórica en que se produce un documento tan decisivo como el que recordamos, sino porque los años de 1848 y 1871 constituyen un punto de partida y otro de llegada de lo que va a ser posteriormente el marxismo. Con esto queremos decir que el marxismo de Marx se formuló entre esos dos parámetros temporales, y generaron la herencia que se convertirá en el caldo de cultivo de la redacción de El Capital5. La prehistoria del marxismo, integrada por tradiciones tan diversas como el Renacimiento y la Ilustración, tiene también en su haber, figuras de la talla de Guillermo Weitling, Mosses Hess y Joseph Proudhon 6, creadores de un pensamiento socialista salido de la pura cepa de la clase obrera. Con ellos, Marx y Engels tendrían un aprendizaje revolucionario que los pondría en contacto con algunas de las tendencias más secretas, y sin embargo más efectivas, del movimiento centro-europeo7 de los trabajadores. Porque resulta en realidad que en Alemania, fue poco lo que ambos autores aprendieron del socialismo como teoría y como práctica. La filosofía clásica alemana era otro asunto, en la medida en que les permitiría a nuestros autores completar las tres fuentes de su pensamiento (no olvidemos al socialismo francés y a la economía política inglesa), estructurado en las constantes discusiones con los trabajadores europeos de distintas nacionalidades, en el debate académico con socialistas universitarios y en el constante estira y encoge de la persecución y represión de las autoridades gubernamentales y migratorias. Marx, en particular, sufriría las humillaciones de las burguesías supuestamente liberales de estos países cuando fue expul-sado una y otra vez por su forma de pensar y de actuar. El temido doctor Rojo ya empezaba a darse a conocer.
Visión del Manifiesto Comunista Para tratar de la vigencia del Manifiesto Comunista, tenemos dos alternativas de enfoque. Una es considerarlo una reliquia histórica, de enorme importancia documental para estudiar y comprender mejor los primeros momentos de las organizaciones de los trabajadores. Otra, es cómo un texto vivo, escrito por dos hombres profundamente inmersos en los problemas de su tiempo y que, por ello, nos heredaron una herramienta de incalculable valor para la comprensión del nuestro. Veámoslo así, escrito como una maravillosa síntesis de las angustias y proyectos de los trabajadores de la primera parte del siglo XIX que se ha convertido en un instrumento de extraordinaria eficacia para la transformación del presente. Pocas veces puede decirse con tanta solvencia que un documento político alcanza la maestría de explicar el pasado, entender el presente y contribuir a la transformación del aquí y el ahora. En el Manifiesto Comunista, la máxima aspiración de cualquier historiador más o menos consciente de su labor, llega a su plena manifestación 8 El Manifiesto bien puede ser considerado sin lugar a dudas, uno de los primeros trabajos de la historiografía materialista de la historia. No olvidemos que prácticamente, desde la redacción de su tesis doctoral, y de los Manuscritos, el joven Marx ya ha esbozado su concep-ción teórica y metodo-lógica de la sociedad, con lo cual el Manifiesto viene a ser algo así como la tercera pieza de un mosaico esencial que lo conducirá inevitablemente hacia el materialismo histórico. 9 De ahí en adelante, el marxismo empieza a tomar forma. De esta manera nos enseñó a comprenderlo el magnífico Antonio Labriola (1842-1904): "El nervio, la substancia, el carácter decisivo de esta obra residen íntegramente en la nueva concepción histórica que la anima y que, en parte, el propio Manifiesto analiza y desarrolla. Gracias a esta nueva concepción, el comunismo deja de ser una esperanza, un anhelo, un recuerdo, una hipótesis, una huida, y por primera vez encuentra adecuada expresión en la conciencia de su necesidad, es decir, en la conciencia de que en él se halla meta y solución de las modernas luchas de clases. Estas luchas, que cambian según los lugares y los tiempos y sobre las que se desenvuelve la historia, se reducen todas, en nuestros días, a una sola: la lucha
entre la burguesía capitalista y los obreros, sujetos a un proceso inevitable de proletarización. El Manifiesto traza la historia de los orígenes de esta lucha, determina el ritmo de su desarrollo y predice su resultado final"10.
Esta larga cita nos permite ver cómo el marxismo y los marxistas del siglo XX ya habían logrado dilucidar el hecho de que el Manifiesto es una caja de herramientas teóricas y metodológicas de extraordinaria potencia. Es asombroso cómo, en un libro de estas proporciones, puesto que no tiene ni cien páginas, sus autores lograron una síntesis tan acabada de los hechos sociales, políticos, económicos, e ideológicos de su tiempo. Tanto así que sigue, como dice Labriola a principios de siglo, ofreciendo y apostando por los mejores análisis de la situación política de la época en que vivimos. Un trabajo de este calibre, tal vez sólo comparable con algunos de Lenin o de Trotsky, sigue siendo portador de la misma capacidad de seducir que tuvo al día siguiente de ser publicado. Aunque Marx y Engels no escribieron nada sistemático sobre el proceso de monopolización, apenas en curso por los años en que componían el Manifiesto, sí es cierto que su poder de previsión y de comprensión de la realidad económica que los circundaba ya era incuestionable. El proceso de concentración del capital que nos mencionaban al pasar en el Manifiesto, es hoy uno de los fenómenos más avasalladores de que tenga memoria la historia reciente del sistema capitalista. Dicha concentración en ningún momento significó un incremento de la producción. Todo lo contrario. Sólo en los Estados Unidos, 500 grandes monopolios eran dueños del 92% de la totalidad de los ingresos en 1994. En el ámbito mundial, mil grandes compañías recibían ingresos por un valor de 8 billones de dólares, es decir una tercera parte de los ingresos mundiales. En Estados Unidos de nuevo, el 0,5% de los hogares más ricos son poseedores de la mitad de los activos financieros en manos individuales. El 1% más rico de la población norteamericana aumentó su porcentaje de la riqueza nacional del 17,6% en 1978 a un impresionante 36,3% en 1989. 11 Otro de los problemas que nos estudiaban Marx y Engels en el Manifiesto, el del desempleo, tiene una presencia catastrófica. De acuerdo con los datos de las Naciones Unidas, en el planeta hay unos 120 millones de personas sin empleo. Este dato no incluye a la gente que se encuentra subempleada, o en trabajos informales, con lo cual la cifra se dispararía hasta unos 1000 millones de personas. Sólo en Europa occidental debemos contar unos 18 millones de parados (un siniestro 10% de la población económicamente activa). En España podríamos hablar del 20% y en Alemania, el desempleo ya alcanzó los 4.5 millones, una cifra con la que tuvo que coquetear Hitler al momento de ascender a la Cancillería del Reich. Con estas perspectivas, nos podemos preguntar hasta dónde el Manifiesto era un documento diseñado sólo para entender, criticar y transformar la realidad de sus autores. Porque los análisis hechos por ellos sobre la economía mundial tienen una frescura alucinante. Más aún cuando uno se percata de que tales análisis llevan implícitas las respuestas políticas que deberían oponerse a la situación bajo estudio y crítica. Si el peso del pasado sobre el presente de la burguesía, dicen Marx y Engels en el Manifiesto, es la condición de cualquier posible reforma o transformación de la sociedad contemporánea, los trabajadores deberían de tener consciencia de que su visión del mundo estará sustentada sobre postulados completamente diferentes. Porque el futuro les pertenece. Para ello, son necesarias una serie de acciones que sólo un grupo humano, compacto y bien articulado, puede llevar a la práctica. Ellos estaban pensando en la clase obrera. ¿Nosotros la llamaríamos hoy de la misma forma? La civilización del Manifiesto Comunista Una sociedad más humana, solidaria, justa y bella, el sueño utópico de tantos intelectuales, políticos y artistas desde el siglo XVI, por no mencionar a Platón, alcanza en el Manifiesto una elaboración más completa y sostenida que nunca antes. El utopismo producto del descubrimiento de América, no alcanzó a imaginar los medios para su realización 12. El socialismo romántico de la Revolución Francesa, o de la primera parte del XIX, todavía no logró ver más allá de los sueños y los delirios que las culpas colectivas le producían a ciertas burguesías europeas, por los resultados que las transformaciones industriales estaban produciendo en los estratos sociales más desposeídos. Marx y Engels tuvieron la intuición genial, en virtud de esa síntesis de la que venimos hablando hace
rato, de darse cuenta que en la enorme producción de riqueza estaba el origen de la pobreza. Una síntesis así, donde la organización reposa sobre la reflexión y esta sobre la acción, no podía haberse dado hasta el momento en que el maquinismo planteó la alternativa entre masificarse (es decir proletarizarse para los autores del Manifiesto), o hacer la revolución. En cuyo caso había que "inventar" una nueva civilización. Los bolcheviques lo intentaron en 1917. Pero cuando la revolución les fue merodeada, la nueva civilización que Marx y Engels soñaron, seguidos por Lenin y Trotsky, fue deformada de una manera tan espantosa que terminó generando más horror del que jamás fue capaz la misma burguesía, aún en sus momentos más demenciales, durante las dictaduras nazi-fascistas que produjo el capitalismo de entre-guerras. A ese respecto habría que dejar algo bien claro: en ningún momento el socialismo que instaló Stalin en Rusia, se parece ni remotamente al que podría haber surgido de las críticas que hacían Marx y Engels de la sociedad capitalista de su tiempo.13 El comunismo crítico del que ellos nos hablan en esa ocasión, parte de la base de que sólo una comprensión justa y detallada de la realidad social, política y económica del momento, puede producir los resultados requeridos en la consciencia de los hombres, debidamente organizados por sus agrupaciones de clase.14 De lo contrario, la dictadura de clase se transforma en tiranía simple y llana, porque no vamos a terminar argumentando contra la realidad por su terquedad en no querer ajustarse a nuestros esquemas teóricos preconcebidos. Como la revolución en estos casos se transforma en una traición a los desposeídos, es asunto de estos mismos hacerse cargo de nuevo de lo que pudo haber sido interrumpido en la trayectoria propuesta por Marx y Engels en el Manifiesto comunista.15 "Donde hay privilegiados también hay parias", decía Trotsky en el texto que citamos. Porque si hubo un momento en el que la revolución rusa produjo momentos de inspiración, fue el período que va de 1917 a 1924, aún cuando Lenin y los bolcheviques se dedicaban sistemáticamente a la aniquilación de los anarquistas y de todo tipo de oposición inteligente y organizada. Esos fueron años en que, junto a la destrucción de los opositores, del enfrentamiento contra los invasores extranjeros, y de la desarticulación de toda la cultura anterior, nos hallamos también debates bien cimentados en las esperanzas que presagia el futuro socialista. La contradicción es sólo aparente, porque la idea era debatir primero con nuestro opositor, y luego lo aniquilábamos. Esta política sería llevada hasta sus últimas consecuencias por el stalinismo (1924-1991). 16


El Manifiesto Comunista hoy: conclusión

El "comunismo crítico" propone que junto a los sueños formulemos de una vez los medios para conseguirlos. La propuesta es apremiante porque, en países como los centroamericanos, el descalabro de la relación entre fantasía y realidad es de tal magnitud, que pensar hoy en una situación revolucionaria nos obliga a imaginar cómo podría haber sido el pasado. Cuando países como Guatemala, El Salvador y Nicaragua, se encuentran de pronto con que su historia se las escriben en el extranjero, porque las dictaduras los dejaron casi sin bibliotecas, archivos e intelectuales, el camino propuesto en el Manifiesto comunista de que sólo soñando la realidad es posible tener sueños, está todavía sin haber sido transitado. Si soñadores como Bolívar, Martí, Hostos, Betances, Sandino, Farabundo Martí y Fidel nos mostraron con sus acciones cuál era el camino a seguir en nuestra América, entonces el Manifiesto comunista tiene mucha vida por recorrer. Aún sus invocaciones redescubren la historia de América, y la construyen día con día, cuando se trata de entender que sin sueños la realidad de estos países no es posible. Aquí se construye la realidad desde una perspectiva onírica. De no ser así, ¿cómo se hace posible transformar un continente donde unos 200 millones de personas viven en la más absoluta miseria? En un mundo como éste, sólo es factible a veces imaginarse la realidad que soñaron Marx y Engels para el proletariado europeo del siglo XIX, lo que no significa que en América Latina aún no hayamos completado ese siglo maravilloso y lleno de promesas17, un siglo en el cual la modernidad supuso convertirse en ciudadano del mundo. Y este logro de la burguesía, para bien o para mal, anuncia las verdades que el siglo XX tendría que explicar e instrumentalizar en vías hacia la posmodernidad. La misma, sin decantarse plenamente contra el telón de fondo de una capitalismo en ciernes en la vieja Rusia, solidifica el nuevo capitalismo globalizado de los antiguos países de la revolución industrial, y les da la posibilidad de hacer ciertas las premoniciones del Manifiesto comunista: los trabajadores no tienen patria. Esta noción, ya en crisis desde la Primera Guerra Mundial (1914-1918), sería retomada por los países de Africa, Asia y América Latina, donde la idea de nación encontraría nuevos rumbos y nuevos avatares hacia la magnificación de las frustraciones y los desencantos que traería consigo el imperialismo norteamericano. Muy seguro de sí mismo desde 189818, aquél buscó en la derrota de España, la excusa mágica para convencernos de que sus favores no podían rechazarse, porque estaban sustentados en un altruismo legitimado por la superio-ridad del derecho a la obediencia, aquélla que los pueblos
sojuzgados les deben a los poderes coloniales. Evidentemente, el peso del pasado al que se referían Marx y Engels en el Manifiesto comunista sigue tan específico como ayer. Y mucho más poderoso que nunca, ahora que tiene el apoyo de una nación convencida de su vocación policiaca, y de su destino como gendarme de la riqueza de los otros. En este caso, el internacionalismo proletario apenas empieza a tener sentido en el mundo poscolonial.

Notas



1Roces, 51. 2Idem. Op.Cit.,17. 3Hobsbawm, 42-49. 4Paniagua, 80. 5Hobsbawm, Op.Cit., 45. 6Roces, Op.Cit.,33. 7Idem. Loc.Cit. 8Vilar, varias páginas. 9Marx, Diferencia de... También, Manuscritos... 10 Labriola, Loc.Cit.,304. 11 Woods, 3.
12Moro, Campanella, Bacon, varias páginas. 13Marx y Engels, 46. 14 Idem. Loc. Cit. 15Trostsky, La revolución traicionada,127. 16Carr, Historia de la Rusia Soviética. La Revolución bolchevique. Trostky, León. Los crímenes de Stalin, 55 y ss. 17Brigss, varias páginas. 18Quesada.

Bibliografía citada

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2. Carr, E.H. Historia de la Rusia soviética. La Revolución Bolchevique. 3 vols. Madrid: Alianza, 1973.

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4. Labriola, Antonio. "En memoria del manifiesto comunista". En, Varios: Biografía del Manifiesto Comunista. México: Cía. Gral. de Ediciones, 1969.

5. Marx, Karl y Engels, Friedrich. Manifiesto del Partido Comunista. Moscú: Editorial Progreso, I, 1970.

6. Marx, Karl. Diferencia de la Filosofía de la Naturaleza Demócrito y Epicuro. (Tesis doctoral) Madrid: Ayuso,1971.

7. Marx, Karl. Manuscritos, Economía y Filosofía. Madrid: Alianza. 1970.

8. Moro, Campanella, Bacon. Utopías del Renacimiento. México: Fondo de Cultura Económica, 1987.

9. Paniagua, Javier. La Europa revolucionaria (1789-1848). Madrid: Anaya,1989.

10. Quesada Monge, Rodrigo. 1898. Historia de la primera guerra imperialista. (Cuba, Puerto Rico y Filipinas. (En prensa)

11. Roces, Wenceslao. "Sobre los orígenes del manifiesto y la liga comunista". En Varios: Biografía del Manifiesto Comunista. México: Cía. Gral. de Ediciones, 1969.

12. Trotsky, León. La Revolución traicionada. México: Juan Pablos Editor, 1972.

13. Trotsky, León. Los crímenes de Stalin. México: Juan Pablos Editor, 1973.

14. Vilar, Pierre. Historia marxista, historia en construcción. Barcelona: Anagrama,1974.

15. Woods, Alan. El Manifiesto Comunista hoy. Publicación de la Fundación Federico Engels. (Internet: engels@arrakis.es)