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El autor, español, tiene un doctorado en Filología Hispánica de la Universidad de Valencia. Desde el 1970 se desempeña como profesor de Humanidades en el Colegio Universitario de Humacao, donde es catedrático. Tiene numerosas obras publicadas, entre ellas, Introducción a las Humanidades, Civilizaciones de Occidente y Fray Domingo de Petrés: arquitecto valenciano en Nueva Granada, además de numerosos trabajos sobre clásicos españoles.


«Ella [Venus] es comienço e fin d'este viaje»

(Libro de buen amor)

El tema del amor es inagotable e inmarcesible, como es la vida: cuando uno se marchita, otro brota, florece y madura, en virtud de su fuerza intrínseca. Nunca desaparecerá el amor de nuestro corazón mientras palpite ni de la pluma del escritor, menos de la fantasía del poeta. Es nuestro último recurso y refugio en esta era de la alta tecnología.

Las expresiones sobre el amor han sido tema recurrente desde que se inventó la escritura; antes lo había sido en la pictografía y en la escultura rudimentaria. Aparece pergeñado en las primeras leyendas egipcias y fue cantado con palabras lapidarias por el primer vate, padre de todos, Homero, tanto en la Ilíada como, sobre todo, en la Odisea, pese a que él era un cantor de guerras y de discordias,
entre dioses y seres humanos.

Del amor he tratado yo en varios libros y en no pocos artículos, la mayoría escritos en torno a nuestra obra clásica, cada día más valorada, el Libro de buen amor, del insigne poeta medieval, Juan Ruiz, Arcipreste de Hita. En el último de ellos, El amor en los tiempos medievales..., y hoy (Barcelona: Puvill Libros, 1993), me extendí en prolijas, si bien pertinentes, consideraciones, con el propósito de penetrar en la esencia del amor y ver cómo era entendido en esa etapa germinal de nuestra historia, a veces injustamente denigrada, la Edad Media, ya en su ocaso, en vísperas del Descubrimiento prodigioso para el mundo de Occidente del Nuevo Mundo, hecho cimero que propició el encuentro prolífico y el feliz mestizaje de varias culturas. De la Edad Media fueron las primeras manifestaciones y expresiones amorosas procedentes del mundo occidental, protagonizadas por los curtidos navegantes y pobladores españoles, formados en las escuelas amorosas medievales,
saturadas de floridos cancioneros, de romances íntimos, de "Romeos y Julietas», de Lancelotes y Genevievas, de caballerosidad hacia las damas idealizadas, a quienes se rendían incondicionalmente sus paladines.

Hoy intento, a través de este estudio, profundizar en la esencia de este amor, de acuerdo a como nos lo presenta, modo obliquo, el gran maestro de este misterioso estado afectivo, el Arcipreste de Hita, en su poemario antes mencionado y adentrarme en algunos de sus secretos, hasta hoy inexplorados. Trato de penetrar en una de las acepciones metafóricas y alegóricas del amor; en concreto, de cómo el mismo es presentado por el poeta como un «camino» y un «viaje» vivencial, símbolo de nuestra vida, cuya esencia, por ende, es el amor.

I. El camino del amor . El Arcipreste de Hita, el entrañable y jacarandoso vate, Juan Ruiz (siglo XIV), visualiza y proyecta su existir a través de su Libro de buen amor [LBA],1 en el que él mismo se introduce como protagonista, como un camino y un viaje que él recorre, unas veces con deleitosa morosidad y otras, con nerviosismo como si tuviera prisa, porque la vida es breve , para lograr lo que es su propósito mediato la conquista de la «dueña garrida» (copla 64d), y con ello obtener fin último y permanente el «terrenal paraíso» (1616b) o la felicidad aquí, la cual, según él aclara, se consigue con la posesión de la mujer «chiquita,» sutil y delicada, en «noblezas», la mejor.

Antes de adentrarme en el tema, quiero dejar sentado nada nuevo para el conocedor y más para el entendido en los asuntos juanruicianos que es difícil y arriesgado dar una definición breve y comprensiva de la naturaleza del LBA. P rueba de ello es la diversidad de opiniones dadas sobre el particular. De donde deducimos que la tesis global del poemario no es tan clara ni patente como a simple vista
pudiera parecer. No cabe duda de que tuvo sus «razones» ocultas para ello, como analizo en mi tesis y libro posterior, El «buen amor» del Arcipreste y sus secretas razones.2 Pese a ello, he tenido para mí y así lo he escrito en varios análisis sobre el Libro del Arcipreste, algunos de los cuales iré citando aquí, que su autor trata de plasmar su visualización, así como sus experiencias, acerca del amor, de forma gráfica y pictórica, en pos del precepto poético de Horacio: ut pictura, poësis (que la poesía sea como una pintura). De hecho, más adelante dirá Juan Ruiz de una de sus enamoradas, doña Garoza, al igual que de las monjas, que eran «como imagen pintadas de toda fermosura» (1341a).

Nuestras vidas son los ríos, / que van a dar en la mar,/ que es el morir..., poetizó Jorge Manrique, y no andaba errado al tratar con estas imágenes de simbolizar nuestro existir y morir. Yo pondría en la intención e imaginación de Juan Ruiz y, como su exteriorización, en su pluma al elevar a la categoría de arte la realidad y los sentimientos humanos, otra imagen no menos acertada y hasta más original, si bien Dante ya la estampara en su Divina Comedia, posible fuente de inspiración para Juan Ruiz:3 «La vida es un camino en pos del amor,» y en él, en su ejecución, un viaje extático hacia el logro de la utopía, siempre inconclusa y nunca por entero satisfecha, del placer. Éste es el esquema mental -uno de ellos- que da coherencia a la obra poética del Arcipreste, la cual, sin embargo, en ocasiones, se nos presenta ambigua, pues más que un camino recto y expedito, se entreabre a nuestra vista como una senda sinuosa, contrastada por luces y sombras. No obstante, vista con la necesaria perspectiva, es un sendero, entreverado de rosas y espinas Só la espina está la rosa, noble flor (18a), asegura el mismo Juan Ruiz al inicio de sus composiciones, intentando ofrecer algunas claves veladas de las mismas, con una meta amorosa, experiencia global agridulce. Coincide, por demás, esta simbolización con el quehacer de los juglares y trovadores, quienes recorrían los más variados caminos en busca y poetización del amor. A fin de cuentas, Juan Ruiz también fue juglar por un tiempo y como tal a veces ejerce su profesión artística, según se desprende de su libro.4

La vida, concebida como un camino hacia el amor viene a ser, por otro lado, un reflejo artístico-poético de la realidad cotidiana que el poeta palpaba a través de su existir en la España medieval. Él no hace sino utilizar ese medio expresivo, forma la más natural y adecuada, típica del poeta medieval, a saber, el símbolo, bien extrínseco bien intrínseco, con sus variadas vertientes, por asociación éste último con la realidad sensible. El simbolismo consustancial al pensamiento y al verbo llegó a ser, en efecto, durante la Edad Media el vehículo natural de expresión, instrumento conscientemente desarrollado, y el medio más auténtico de penetrar en el misterio de la realidad.5

El poeta medieval, en especial el culto, se esforzaba por embellecer su lenguaje con variedad de topos: era el «ductus figuratus, oblicuus, subtilis,» que pedían los preceptistas de la época para dar al estilo la «difficultas ornata,» según escribe Edgar de Bruyene.6 Estos topos prosigue otorgaban al escrito «los coloridos variados del estilo y sus perfumes y flores.» Con ello se obtenía el estilo figurado o «sutil,» opuesto al llano o a la «via plana.» Algunos hasta presumían de hacer «solemne o difícil la expresión de un tema simple por ejemplo, el amor, dirían los trovadores.» Por otro lado, como afirma el semiólogo Umberto Eco, hay una propensión en los intelectuales de esta época a entender el mundo en términos de símbolo y alegoría. El medieval vivía en un mundo lleno de referencias, prolongación de la dimensión mítico-poética del mundo clásico, aunque elaborado con imágenes y otra valorización, la del cristianismo. Así, la realidad no era tan sólo lo que aparentaba ser sino un signo de otra.7

Que tal sea la concepción y el propósito artístico del Arcipreste, nos consta por las frecuentes referencias suyas al respecto. Me basta con citar aquí un solo verso, plasmación de su técnica poética, idéntica a la pautada por los preceptistas de su época: la manera del libro entiéndelo sotil (56b). Ahora bien, este decir «sotil» o simbólico o, como también dirá, «encobierto,» es a la vez, según añade de inmediato, «doñeguil,» voz de la familia léxica de «dueña,» que en el LBA significa, dentro del contexto sensual en que éste se desarrolla al menos, en su parte esencial , la amada o amante. Por tanto, aquí Juan Ruiz, en escorzo, nos da a entender que su obra va encaminada a obtener el amor de la mujer, de acuerdo a lo
que había escrito en la copla anterior: entiende bien mi libro e avrás dueña garrida (64d), verso que halla su emparejamiento con la copla 68a: Las de buen amor son razones encobiertas. Que este «buen amor» no sea el de Dios al menos en ésta instancia, así como en muchas otras, es obvio, pues éste sería el patente y no haría falta «encubrirse», ya que al mismo tendía la Iglesia del momento. Pero Juan Ruiz nos ha dicho que aquí él emplea un sentido sutil, que a la vez es «doñeguil»: dirigido a la consecución («avrás») de la «dueña.» Por tanto, no es otro que el amor humano, aunque con la cobertura por precaución, pues no corría sus riesgos al decirlo abiertamente del divino.

Podemos sacar la conclusión, de momento, de que «camino» y otros significantes del mismo campo semántico, son utilizados por el Arcipreste para simbolizar la vida, vista como un recorrido hacia esa meta propósito de la vida, que es el amor. «Camino» es metáfora del anhelo incesante y de su puesta en práctica por lograr la meta de la felicidad, la cual se encarna para el varón en la posesión de la «dueña garrida» o «mujer placentera.» Hay aquí una transposición y quizá parodia de sentidos: del espiritual al corporal, en seguimiento del proceder de los poetas goliardos, de la afirmación de Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn. 14,6), dentro del contexto místico de «Dios es amor.»

«Viaje» recorrido por dicho camino es asimismo emblema de la aspiración que jamás nos abandona por hallar la felicidad en la pareja. De hecho, este estado de ansiedad es típico de la pasión amorosa. Concebir la vida como un camino, carrera o viaje en pos del amor es una metáfora o imagen si se considera aisladamente. La imagen, en su modo poético de funcionar es, según Ezra Pound, «un complejo emocional e intelectual en un instante de tiempo.»8 La Edad Media, heredera de la Antigüedad grecolatina, utiliza el vocablo alegoría, la que, según al preceptista hispano-romano, Marcos F. Quintiliano (35-95), era la metáfora extendida: Allegoria, quam inversionem interpretatur..., concepto que Isidoro de Sevilla (570-636) ampliaría: Allegoria est alieno loquium: aliud enim sonat et aliud intellegitur.9 Ahora bien, al usar el Arcipreste en repetidas ocasiones el significante «camino» en sentido alegórico, se convierte éste en símbolo de la vida símbolo, dirá en tiempos próximos a nosotros el poeta simblista, Esteban Mallarmé (1842-98),10 significa a la vez la imagen concreta y su evocación de sentidos, que no pueden de otra manera ser articulados, del ser humano en pos de la felicidad terrenal y, a la larga, de la eterna, que Juan Ruiz no menosprecia, aunque la relegue: es aquello del «tarde me lo fiaste» o del «encender una vela a Dios y otra al diablo.»

II. La meta del viaje. El propósito de Juan Ruiz, al componer sus versos y luego reunirlos y ordenarlos en un volumen, es entre otros, según explícita confesión:

que pueda de cantares un librete rimar,

que los que lo oyeren puedan solaz tomar (12cd).

Libro cuyo objetivo es además el que los cuerpos alegre e a las almas preste (13d). Finalidad, por tanto, no tan sólo lúdica y estética, auditiva y visual ésta es la aparente, la que de inmediato hiere nuestros sentidos: es el delectare, propósito de la poesía, sino trascendental, secuencia del modo de ser del autor, de su actitud ante la vida y de su propósito operacional en ella el instruire, su otro objetivo, aunque con la finalidad de la búsqueda del amor a la mujer, lo que queda declarado en la resolución de esta parte de su libro:

E yo, como só omne como otro, pecador,

ove de las mugeres a las veçes grand amor (76ab).

Juan Ruiz se siente, como persona común y normal y, por ende, «pecador», atraído por las mujeres. Además, como era de carácter «venusino,» se considera un siervo de las mismas:

muchos nasçen en Venus [...]

En este signo atal creo yo que nasçí,

siempre puné en servir dueñas que conoscí (152-3).

Tales van a ser los acicates que le moverán a actuar, le harán salirse de sí mismo y le empujarán a emprender el recorrido anhelante por los polvorientos caminos, veredas, senderos, vías, plazas y callejas de su noble Castilla. Y a propósito: aquí veo también la razón entre otras del salirse de su encerramiento del noble y afiebrado hidalgo, don Quijote de la Mancha, así como el propósito que mueve a actuar a esa otra figura universal, Fausto. Igualmente, descubro la clave del modo de concebir la realidad de ese discípulo lejano del Arcipreste, Antonio Machado, según propia confesión de éste cuando alude a «sus» poetas, quien describe la vida como un camino que se hace al andar:

Caminante, son tus huellas

el camino nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar (CXXXVI,29).11

Juan Ruiz, pues, adelantándose a su tiempo, se nos presenta como un existencialista vital...del amor. Ahora bien, como poeta culto, dirá sus verdades por trobas e cuento rimado, para que mejor sea de todos escuchado. Ello no le impediría utilizar un dezir fermoso e saber sin pecado (15). O sea, una forma expresiva elegante y sin defectos, fablar apostado, propio del «mester de clerecía.» Así había sido escrito en el Libro de Alexandre, que le es familiar:

Mester traigo fermoso: non es de joglaría

mester es sen pecado, ca es de clerecía

[...] grant maestría (Est.2).12

III. El caminante. El Arcipreste sale en busca de esa mujer que lleva en su mente y que ha concebido como el ideal a conseguir, al estar convencido de que en ella, en particular, en muger lozana, fermosa e cortés,/ todo bien del mundo e todo
plazer es
(108c). La trama de sus encuentros con las distintas mujeres se puede esquematizar en una serie de andanzas, hallazgos y despedidas, visualizados dentro del marco simbólico del «camino» y de un «viaje,» que él va desandando o construyendo, con aparente casualidad, pero con calculada sagacidad. No todos los encuentros serán gratificantes no en toda posada halla el viajero «vianda»: en el amor no siempre se logra la perfecta comunicación, por lo que quedan los contendientes alienados.

Voy a exponer aquí algunos de estos encuentros. El lector que desee una más amplia exposición sobre el particular puede consultar mi libro, Las mujeres del Arcipreste de Hita. Arquetipos femeninos medievales (Barcelona: Puvill, 1991).

Al poco de haber iniciado su camino, halló Juan Ruiz a la primera dama que le cautivó, la cual, tras los reiterados intentos del seductor, le complicó la vida; por lo que confiesa el poeta partíme de su pleito (106d). Pero se metió en otro enredo, y con tan mala fortuna que erró el tiro, como dice él: tomó senda por carrera (116c), se fue por el atajo equivocado, en vez de coger el camino real expedito: alusión, sin duda, a que debería haber sido él mismo quien protagonizara el enamoramiento y no, Ferrand García, en quien confiara y quien le traicionara: éste comió la vianda e a mí fazié rumiar (113d). No obstante, prosigue en su empeño por recorrer nuevos caminos en busca del amor. En plena actividad, andando por vericuetos recónditos y no del todo trillados, afirma: Tomé amiga nueva, una dueña ençerrada (167d), la cual, pese a los variados razonamientos del poeta, le dijo: vete, ladrón, non quiero tu poridad.(177d).

Así que el Arcipreste, que ha ido caminando por terreno escurridizo, es considerado un robacaminos, lo que le exaspera y le mueve a pelearse con Amor, el promotor de tales estados anímicos e instigador de «carreras,» a quien, tras larga y bien razonada discusión, le dice: pues, cállate y callemos: ¡Amor, vete tu vía! (422d) No obstante, Amor no retrocede; sigue por sus senderos trillados -alusión metafórica a que no podemos desprendernos de nuestro instinto- y el Arcipreste, a la larga, va en pos de él, al prestarle atención y rendirle pleitesía.

IV. La corredera. Las experiencias poco placenteras que hasta ahora ha tenido el autor-protagonista le convencen de que no puede ir solo por una senda desconocida y dificultosa. Así que decide tomar una persona diestra que le oriente y encamine, una "entendedera", que sepa mentir fermoso e siga la carrera (437c). Claro está, que esta carrera no es otra que la que conduce al amor, la que ha estado recorriendo nuestro itinerante, tanto que podemos afirmar que tal «carrera» es su profesión. Pero hasta ahora Juan Ruiz ha seguido su propia vía; en adelante, la medianera le va instruir sobre los caminos que deba tomar; es más, ella se los va a iniciar y le guiará para que no desfallezca. La carrera, pues, por la que éste va a ir es la del amor. Y la correcaminos que el poeta selecciona cumpliría a cabalidad esta misión, la caza de amores: la buena corredera ansí façe la carrera. (1494d) La lucha por la consecución del amor es, pues, una auténtica carrera, y quien la recorre un corredor o corredera («corretera,» dicen aún ciertos individuos del pueblo). Ésta, a su vez, hace el oficio de facilitadora de amores y de ayuda para remover obstáculos. Es más, si se dispone de otro auxilio aún más valioso, tanto mejor. Y éste se lo va a dar Venus, «muger de don Amor,» en particular, cuando nuestro enamorado pretenda conquistar a la muy solicitada viuda, doña Endrina:

Fui a Doña Venus que le levase mensaje,

ca ella es comienço e fin d'este viaje (583cd).

Aquí está la clave de la visión que el poeta tiene de la vida y del amor: éste se identifica con Venus, diosa del amor, esposa de Amor, en expresión juanruiciana.13 Venus representa en la tradición occidental el amor; es la encarnación de éste en una mujer rozagante; la personificación de ese largo y nada fácil recorrido o «viaje» hacia la obtención de tal estado agradable, meta de nuestas ansias sensuales. Asimismo, Venus era tenida por metonimia como la personificación de la experiencia límite: «el deleite sensual o acto venéreo,» según se lee en el Diccionario de la lengua castellana o Diccionario de Autoridades, de la Real Academia Española (año 1726). «Las uniones de Venus,» llama Gualberto de Chantillón (siglo XII) al coito. Otros poetas de la época hablan del: «néctar de Venus,» «yugo de Venus,» «poder de Venus,» «fuego de Venus,» «fruto de Venus,» etc., para referirse tanto a la pasión amorosa como a su consumación.14 En donde mejor se ve la similitud de lo expresado por el Arcipreste con esta tradición es en unos versos del Archipoeta, en los que asegura que todos los caminos conducen al lecho de Venus: Veneris in thalamos / ducunt omnes viae, y nos confiesa que siendo él joven recorrió, igual que los demás, tales sendas floridas: Via lata gradior / more iuventutis.15: "Todos los caminos conducen al tálamo de Venus [...] Camino por la vía espaciosa, al modo de los jóvenes".

Camino, viaje y carrera tienen a veces significados
similares y hasta sinónimos, por lo que el poeta los utiliza indistintamente. Cito de nuevo el Diccionario de Autoridades: «Camino: la tierra hollada de los que pasan; el viaje que uno hace de una parte a otra...» «Viaje: se toma por el mismo camino por donde se hace...». «Carrera: movimiento acelerado... El camino que va de una parte a otra... El curso y modo de proceder de uno...» También, la profesión aquí del amor. Claro que Juan Ruiz, poeta culto, está jugando con estos conceptos y aunque él conoce el sentido primario de los mismos, los sabe utilizar de modo sutil para significar algunas facetas del amor.

Además de las fuentes medievales aludidas, el Arcipreste utiliza la del poetafilósofo latino, Tito Lucrecio Caro (97-54 a.C.), a saber, su De rerum natura, en la que, al tratar de Venus y refiriéndose a la misma a quien, por cierto, dedica el poemario, signo inequívoco de su poder, dice algo en lo que veo una probable influencia sobre Juan Ruiz. En efecto, después de describir Lucrecio de forma inigualable cómo nace en nosotros la pasión amorosa y luego de detallar cómo se despierta y madura en el individuo el amor, a través de metáforas, como: «los dardos de Venus, «los frutos de Venus,» «los nudos de Venus, «el encanto de Venus,» etc., llega a asimilar con ésta a la «mujer que respira amor por todo su cuerpo: mulier todo iactans e corpore amorem, sobre todo, si «es sincera y anhela participar en el goce cuando excita al varón a recorrer la amorosa carrera: et communia quaerens gaudia sollicitat spatium decurrere amoris.»16

Juan Ruiz, ya en presencia de Venus y en vista de que está radicalmente enamorado, aunque perplejo en cuanto a los medios que deba utilizar para lograrlo, le pregunta:

¿Cuál carrera tomaré, que me non vaya matar? (590a)

Respondióme Doña Venus: los seguidores vençen [...] (607d)

non canses en seguirla, tu obra non se dañe (623b).

Además, Amor insiste en lo que antes le dijera, a saber, que se consiguiera una «trotera,» una experta en recorrer dicha «carrera:»

Por ende, busca una buena medianera,

que sepa sabiamente andar esta carrera

que entienda de vos ambos bien la vuestra manera:

qual Don Amor te dixo, tal sea la trotera (645).

En este momento, y apenas por unos instantes no era nuestro poeta experto en el ejercicio que nos va a pergeñar-, cambia Juan Ruiz de imagen y de simbolización, para ofrecernos una semiforzada, aunque precisa, comparación de su oficio de conquistador con el del nadador en alta mar:

Amigos, vo a grand pena e só puesto en la fonda:

vo a fablar con la dueña, ¡quiera Dios que bien me responda!

Púsome el marinero aína en la mar fonda,

dexóme solo e señero, sin remos, con la brava onda (650).

Esa «fonda» en la que se halla encrespado el protagonista no es sino una ola u onda embravecida que, por antítesis, le puede sumergir en la «mar fonda.» Y lo peor es que se encuentra solo y sin ayuda y no tiene a la vista «puerto» seguro en el que poderse resguardar. Si bien la metáfora ha cambiado, no así el sentido de ir hacia una meta, que por lo común es una carrera, pero que también es un ejercicio de natación, un nadar a brazo partido. Esta imagen del enamorado, puesto en alta mar en una barca sin remo, a merced de los vientos, era frecuente en los poetas latinos medievales y en los trovadores, símbolo del hombre zarandeado por sus deseos sexuales o apasionado por una dama.17 La del «camino,» aplicado al amor, es propia de Juan Ruiz, al menos, en el uso y forma que estamos explicando.

V. La trotera en acción. Dentro del simbolismo de la vida como una camino o carrera que hay que realizar hasta hallar la meta de la felicidad en una «dueña garrida,» espejo de Venus, encarnación de lo bello, bueno y placentero es aquello del «eterno femenino» por el que suspira, por lo común, todo varón, Juan Ruiz se hace el encontradizo con una de las mujeres prototípicas de su obra: la joven viuda, doña Endrina. La ve, primero, caminando por la plaza del pueblo. Sin duda alguna, él acababa de salir del templo y se disponía a ir a su casa. Como había por allí otras personas, no se atrevió a abordarla y la invitó a ir a un «lugar seguro,» junto al «portal.» La dama accedió. Estuvieron allí conversando un rato y luego añade el poeta, dentro de la misma idealización de ir por un camino hacia una ansiada meta: Fuese mi señora, de la fabla, su vía (687a).

Juan Ruiz se ve, de momento, sin las fuerzas suficientes para lograr su objetivo. Tiene, además, debido a su posición, ciertos miramientos, y es lógico. Por ello, según quedó insinuado, acude a la medianera o alcahueta para que le consiga lo que ansía. Por los calificativos que le asigna, la mejor representación que de ella nos hacemos y que queda en nuestra imaginación, cual miniatura policromada de un códice profano, es la de «corredera:» Busqué trotaconventos cual me mandó el Amor (697a). Caminaban éstas de convento en monasterio eran una especie de mandaderas de monjas y no para hacer obras de amor a Dios, sino de otro tipo de amor. Es más, dice el Arcipreste que son de esas que «andan de casa en casa» (700b) expertas terceras, afinando corazones. De hecho, según le asegura al Arcipreste, ella hará con sus encantamientos que aquellas en quienes él ponga sus ojos, se le «vengan paso a pasillo» (718c).

Aparece en estos komentos la Trotaconventos callejeando: La buhona con farnero va taniendo cascabeles (723a), y así se dirige al encuentro de doña Endrina. Cuando la ve, le sale espontánea la comparación entre el hallarse la mujer en estado de merecer, encerrada y quieta símbolo de la muerte con el salir afuera y caminar señal de vida. Cuando el poeta y la medianera se hallan razonando acerca de las mejores tretas para lograr sus objetivos, le insta aquél a que persiga a Endrina por todos los caminos sin descanso: non cansedes, madre, seguidla toda vía (813d). Trotaconventos le asegura que la traerá de un lugar a otro, sin parar y con engaños: Por mí verná la dueña andar al estricote (815b).18 De hecho, las ansias del caballero enamorado la hacen perseguir especie de Diana cazadora: la tiene «como a cierva corriendo» (826a). El amor, por tanto, aguijonea («enriza») al poeta, quien a su vez azuza a la medianera, la cual agita a la enamorada, hasta que la lleva, como a presa mansa, a los brazos del varón. A instancias de Trotaconventos, en efecto, acuden al sitio del encuentro, por un lado, doña Endrina y, por otro, don Melón nombre que ahora se aplica el poeta a sí mismo, y, al final, en uno casados son (891): se entrecruzaron los caminos.

VI. Por el pasaje, al rincón. Tras la aventura con doña Endrina y tras la muerte prematura de ésta, Juan Ruiz de nuevo se ve «sin amor e con coidado,» por lo que sale en busca de nuevas experiencias amorosas. No estaba hecho nuestro rijoso viandante para una vida en reposo. Recorriendo callejas, vio en su «estrado» o sala a una jovencita, de la que quedó cautivo. Sin duda, por su oficio y sus hábitos, no se atreve a abordarla directamente, por lo que nos dice:

busqué Trotaconventos que siguiese este viaje,

que éstas son comienço para el santo pasaje (912b).

Tal «viaje,» del que el poeta nos había dicho que Venus era su «comienço» y «fin,» queda igualmente ahora asimilado al oficio de la medianera, con el encargo explícito de proporcionarle el amor: al final del mismo, en efecto, se halla el «pasaje» o la «puerta,» como dirá luego, significantes que no tienen otro significado, alegóricamente, que la consumación del amor. La vieja, ahora apodada Urraca, se apresura a ir al encuentro de la joven «apuesta e lozana e dueña de linaje,» y le insta a salir «al mundo a que vos Dios fizo nasçer» (917d). Esta idea viene a completarse con las palabras que le dirá el mismo Arcipreste a la trotera: non tomes el sendero e dexes la carrera (920b), afirmación donde se recurre de nuevo a la metáfora global del logro del amor una carrera de conquista, empresa para la que ha de escogerse la vía menos accidentada, no el sendero dudoso, que, según el Diccionario de Autoridades, es «un camino estrecho y angosto, apartado del real y trillado.» A lo cual, la "buhonera" le dirá, entre otras cosas, que «vieja con coita trota» (930a). Pero, por lo visto, el impaciente clérigo no quedaba contento con la supuesta lentitud de su trotera; de ahí que, de repente y sin razón, prorrumpa en insultos hacia ella, en forma oblicua y a veces paradójica. Entre estos denuestos se encuentra la oración que nos viene aquí como anillo al dedo: Nunca le digas trotera, aunque por ti corra (926c).

Antes le había dicho que, en su negocio, ella «trota»; el mismo Arcipreste le ha llamado «trotera,» pero ahora se retracta, por el sentido peyorativo implícito del calificativo, aunque lo ha dejado ya estampado y más adelante reiterará el concepto con idéntico significante de «trotera.» Y es que, en asuntos de amor, la urgencia del mismo es una auténtica carrera, en la que quien se ve afectado y urgido, «trota.»

Luego de escuchar estas acusaciones e intentar autodefenderse, la vieja le dice que se olvidara, pues ella daría «a todo çima e lo traeré a rodo» (931d): lo pondrá en movimiento. Persiste, pues, la metáfora de la acción, como emblema de la vida y del amor. Y esa acción prosigue hasta el último instante de la aventura, cuando le lleva a «la dueña al rincón» (942b). De nuevo nuestro "corredor" infatigable obtuvo el laurel en la carrera. Aunque pronto quedaría marchito y no serviría más que de guirnalda para ornar la tumba de su fenecida «dueña.»

VII. Por los vericuetos de la sierra. El Arcipreste de Hita ha recorrido caminos, calles y carreras de varias villas y ahora se siente ansioso por recorrer los senderos de la sierra circunvecina de Guadarrama: ha experimentado el amor convencional y ahora desea uno más espontáneo y silvestre. Era el 25 de marzo, inicio de la primavera en aquella épocadía, por demás, en que Dante iniciara su «camino», tiempo propicio para el amor, por el erverdecer de la naturaleza. Juan Ruiz siente deseos de «provar la sierra,» de buscar aventuras, por lo que tomó «el camino de Lozoya» (950). Ya no es una senda ni carrera sino una «vereda,» por lo angosta y dificultosa. En su recorrido se va a encontrar con varias serranas o vaqueras, a cuya vista brota el amor primitivo y visceral.19 Como mujeres que viven del «oficio», éstas le van a reclamar paga o, de lo contrario, como le dice la primera de ellas, la Chata, puesta en jarretas «en el sendero,» no pasará «la vereda» (961), palabra que tiene el doble sentido, el llano e no pasar adelante y el metafórico, de no obtener los favores carnales que le pueda solicitar, los que sin duda aquél iba buscando.

El Arcipreste, después de esta «ventura,» en la que la moza le dejó pasar sentido erótico implícito por la vereda
o «camino» de lo que, por cierto, obtuvo «buen barato» (971g) o negocio satisfactorio, pues le salió gratificante, partió hacia Segovia, en donde nada pudo obtener, a pesar de gastar su «caudal». Regresó ahora, no por Lozoya, sino por el puerto de «Fuentfría.» Habiendo perdido «el camino,» dio en un «pinar» y allí tuvo la grata sorpresa de encontrarse con «una vaquera,» a quien dijo: «mostradme la carrera» (975), expresión ambigua, con implícito, pero bien documentado, sentido sensual. La serrana así lo entiende y a plena conciencia de lo que le va a decir le llama «sandio,» significante apropiado en este momento y ocasión, y que tiene clara conexión con el seudónimo que antes el poeta le diera al Arcipreste, «Don Melón.» Más adelante le convida a ir a su cabaña para mantener relaciones amorosas, dicho metafóricamente con el significante conocido de «camino:»

Entremos a la cabaña, Ferruzo non lo entienda;

meterte he por camino e avrás buena merienda (980ab).

«Merienda» aquí también tiene el sentido connotativo de saborear los placeres carnales, comer «bizcocho». No entran de cualquier manera: ella le toma de la mano y se internaron «en uno,» como amantes que han sido o lo van a ser. Y, por cierto, que a esta conclusión amorosa llevan los versos siguientes:

desque en la choza fuimos, non fallamos ninguno,

díxome que jugásemos el juego por mal de uno (981cd).

El vocablo «juego» es un eufemismo, de milenaria tradición, sinónimo de follar. Pero nuestro cansado «peregrino» se sentía sin fuerzas. De ahí que quisiera, primero que nada, comer, pues, de lo contrario, «non me podría solazar.» Además de que, «si ante non comiese, non podría bien luchar» (982): en la cama, claro está. Después la serrana le sacó de la choza y le llevó a «dos senderos [...] bien usados y camineros.» Naturalmente que quienes los usaban eran los que iban en busca de furtivas aventuras, como las que el Arcipreste está ahora tratando de lograr. Luego de esta caminata, llegó a la «aldea de Ferreros.»

VIII. La cabalgata del amor. La vida es un camino así como una cabalgata y hasta un carnaval en pos del amor, encarnado para el varón en una «fembra placentera.» Esto queda bien escenificado en el desfile presidido por don Amor y don Carnal, y en el triunfo definitivo de éste sobre el ascetismo cuaresmal y el celibato eclesiástico. Ocupa esta parte un lugar prominente dentro del desarrollo de la trama del LBA. En dicho recorrido igual a la vida, igual al amor uno halla de vez en cuando cierta satisfacción placentera, un tiempo determinado de hospedaje en la «tienda» de Amor. Veamos algunos de los momentos culminantes de este «juego,» teniendo en cuenta que su proceso se desarrolla dentro de la concepción juanruiciana de la vida como un peregrinar, jalonado por las solemnidades litúrgicas. Por otro lado, esta escena, de gran colorido y movimiento, es una expresión alegórica de su forma de concebir el amor como un peregrinaje o camino, en el que Amor viene ahora a poner en práctica cuanto antes enseñara al Arcipreste.

Faltaba una semana para el inicio de la cuaresma. El Arcipreste, antes de dar comienzo a la abstinencia de carnes en sus varios significados, decide ir a su «tierra para folgar algund quanto» (1067). Estas ansias por «folgar» no son unos simples deseos de distracción y pasatiempo, como han sostenido algunos comentaristas, sino más que nada de diversión, como lo define el Diccionario de Autoridades, y de placer, incluyendo, claro está, el carnal, que ha estado persiguiendo hasta ahora. De hecho, cuanto viene a continuación hace referencia a lo mismo. Y así lo indicará su protagonista, pues, por las cartas que le llegaron, en las que se le anunciaba la pelea que tendría que sostener con doña Cuaresma, se percibe su contrariedad: vi que venía a mí un fuerte mandado, y da la razón: ca [=porque] non tenía amor nin era enamorado (1071bc).

Pese a las cartas conminatorias, llega don Carnal con «una gran mesnada» de señor «poderoso» (1080). Se presenta e inicia el desfile con variedad de «aves e animalias,» que rinden pleitesía a «Don Carnal, rico emperador,» hacia quien sienten «grand amor» (1094). Más adelante, ya de noche, se verifica la consumación amorosa:

desque vino la noche, mucho después de çena,

que tenía cada uno ya la talega llena

para entrar en fazienda con la dueña serena,

adormiéronse todos después de la ora buena (1097).

Más adelante, en vísperas de Pascua, llegaron «al mundo... dos emperadores..., Amor y Carnal,» saliendo a recibirlos los enamorados. Nos presenta ahora el Arcipreste un policromado desfile, donde figura todo ser viviente de categoría. Esta escena es concebida y pintada por el poeta como un desfile amoroso o cabalgata de amor, que propicia los encuentros fortuitos o permanentes entre las parejas para la satisfacción de sus apetitos. Cabalgatas y desfiles de larga tradición, pues se remontan a las fiestas dionisíacas griegas o báquicas romanas, en las que reinaba el placer sin inhibiciones, atizado por Amor, su magnate. Lo mismo
sucede en ésta que nos describe el Arcipreste. Se trata de una caminata en la que se respira el amor y cuya meta es la unión corporal. Se percibe por doquier la acción: "De cómo Don Amor e Don Carnal venieron e los salieron a resçebir,» reza el título de esta cántica, y de inmediato empiezan a aparecer los significantes de «movida:»

fue por toda la tierra...;

dos enperadores han llegado... Amor e Carnal...;

a resçebirlos salen quantos que los esperan...

Venía Don Carnal en carro muy preciado...

Rehalas de Castilla con pastores de Soria

reçíbenlo en sus pueblos... (1210-24)

Pero es sobre todo en el día de Pascua, cuando toda la naturaleza es puesta en acción:

los omnes e las aves e toda noble flor

todos van resçebir, cantando, al Amor (1225).

resçíbenlo los omnes e dueñas con amores (1227c).

Y repite en las estrofas siguientes, como un repiqueteo de campanas procesionales o el ritornelo de los músicos acompañantes, los vocablos que dan la sensación de caminar: «Allí van,» «iban,» «andan,» «salen,» «vienen,» etc. Cambia de pronto el poeta de telón de fondo y nos ofrece ahora otro género de desfile: una procesión, pero no sagrada aunque sí la parodia, sino dionisíaca, en la que van «omnes ordenados,» seculares, frailes y monjes «de quantas órdenes son;» de entre los cuales sobresalen, por el colorido de sus hábitos y su entusiasmo aclamatorio, las monjas o «dueñas de orden,» quienes «salen cantando...chanzonetas [...] Muchas compañas vienen con el gran emperante», repite el poeta una y otra vez, entre quienes se destacan y aquí se coloca él «açiprestes e dueñas».Luego se origina una acalorada porfía entre clérigos seculares y regulares, y entre éstos, los de distintas órdenes, así como entre monjas, también de varias congregaciones, por ver quién lograba la «mejoría» (1247d)20 de «hospedar» en sus respectiva «morada» a Amor. El Arcipreste es partidario de que Amor entre al «dormitorio» de monjas, pues allí «todo plazer» obtendría (1258d) ¿Cómo es que estaba tan seguro de ello? Pero, malicioso por instinto, le pide que se hospede con él porque ha sido «de pequeño criado» suyo, y Amor oyó la súplica y se quedó en su «posada.» Y, a fe, que gozó con ello, pues, como confiesa, «tienpo ha que non andude tan buena estaçión» (1262d), en sentido de «camino,» según aclara M. Monrreale.21

Más adelante, Amor decide hacerse para sí una «tienda» para sí, a la que invita a ir a todos los enamorados, porque dice «a todos quiero ser pagado» (1264d). Esta tienda es símbolo de las casas de amor, no necesariamente prostíbulos, pues podían ser hasta los mismos conventos, como lo da a entender el nombre de la medianera, a las que se llega tras el recorrido no siempre fácil por su posesión. Tanto el momento oportuno en que aparece citada, como la descripción del interior de «la obra de la tienda,» nos llevan como de la mano hacia el hecho de la posesión amorosa. Y no andaba vacía, pues «los más con Don Carnal fazían su morada» (1302d). Este amor carnal es el que responde al Arcipreste de en dónde ha estado por un tiempo: recorriendo Andalucía, pues allí, aun en el tiempo de cuaresma, «toda persona de grado se me omilla.» No así en Toledo y otros lugares de Castilla, adonde también fue, así como en algunos de sus monasterios, en los que le dieron con las puertas en las narices. Por lo que se dedicó a callejear y hasta con suerte: Por la cibdat andava, radío e perdudo,/ dueñas e otras fenbras fallava a menudo (1310ab).

Persiste el sentido de «caminar,» referido al oficio amoroso. Al no hacerle caso muchas de estas «fenbras,» se fue a la villa de Castro, en donde sí fue bien atendido. Más adelante marchó a Alcalá, para asistir a su feria, «donde andaré la tierra, dando a muchos materia.» (1312d) Así que, al día siguiente, «movió con su mesnada Amor e fue su vía» (1313b).

IX. «Pasos de caridad» . Sigue, pues, Amor su camino, pues tal es su naturaleza y misión. De pronto, llega el «día de Quasimodo,» domingo en el que se solían celebrar las bodas de quienes, por disposición canónica, no lo hicieron en la cuaresma. El Arcipreste, al ver que los solteros, una vez que se desposaban, se veían tan felices, sintió deseos de secundarlos. Intenta, por tanto, a través de Trotaconventos, enamorar primero a una viuda en estado de merecer. Pero no tiene éxito. Días después, el 25 de abril, festividad litúrgica de San Marcos, repite la acción con «una dueña fermosa,» que estaba en oración. Lo interesante del casoque viene a confirmar mi punto de vista y mi argumentación hasta aquí expuestaes que, cuando Juan Ruiz decide recurrir a la medianera, escribe:

rogué a la mi vieja que me oviese piedad

e que andudiese por mí passos de caridad (1322cd).

Dos pensamiento quiero recalcar. Primero, se corrobora que el proceso de enamoramiento es un camino que hay que andar, y segundo, que el Arcipreste, sin reticencias, parangona los dos tipos de amor: el espiritual o de
caridad y el carnal, que es el que persigue Juan Ruiz, aunque el otro no lo rechaza.22 Urraca le buscó una nueva amante, como en otras ocasiones lo había hecho; por lo cual se merecey así se lo aplica el poetael calificativo, por sinécdoque, de «Buen Amor:» se lo había proporcionado: «cual buena amiga buscólo.» (1331d)

X. Trotando por los conventos. Más adelante, la «corredera del buen amor» insinúa a nuestro protagonista que ame a una monja, ya que ellas, en noblezas de amor, ponen toda su femençia (1339). El correcorre que acompaña este proceso de enamoramiento es largo, sinuoso y complicado. No es mi intención ni propósito desarrollarlo aquí: el lector puede consultar, si desea tener un detalle completo al respecto, mis obras antes citadas. Lo que sí quiero hacer resaltar es lo que afirma la misma Trotaconventos, al referirse a su oficio y objetivo: la buena corredera ansí faze carrera (1494d). Ella ha sido una buena «corredera,» pues ha sabido recorrer este complejo camino del amor. Corredera tiene, además, el sentido de agente corredor de bienes, pero referido aquí a las voluntades ajenas para bien de los que la contratan. Aún persiste este significado entre el pueblo. Lo malicioso del caso es que nuestro autor aplique tal significante a la que se ocupa de una especie de trata de blancas, diríamos hoy. Y todo este proceso es una auténtica «carrera.» Juntando ambos elementos, tenemos el sentido metafórico de «corredera,» según el Diccionario de Autoridades: «Se toma también por lo mismo que alcahueta.» Y nos trae un ejemplo de este uso: Pero ya no la pasean,/ que el tiempo la paseó, / y en la corredera vive,/ corredera del amor.23

Estos significados y tales apropiaciones de los significantes: caminoy sus múltiples variantes, carrera, sendero, vía, hospedaje, puerta, etc., referidos al amor, persisten hasta el final del LBA. Así, al morir Trotaconventos y cerrar nuestro vate su canto vital, con un velo de desencanto, reflejo de no pocos momentos de la vida, en particular en su etapa crepuscular, por medio de un lúgubre planto en el que no falta entre líneas el giño del pícaro vividor, expresivo del sentir y decir del tipo donjuanesco que, retrocediendo con la imaginación a los fugaces placeres de su experiencia, se dice: «¡Que me quiten lo bailado!», se lamenta:

Ansí fue, ¡mal pecado!, que mi vieja es muerta:

murió a mí serviendo, lo que me desconuerta;

non sé cómo lo diga: que mucha buena puerta

me fue después çerrada, que antes me era abierta (1519).

Al final, pues, del viaje, después que le fueran franqueadas no pocas «puertas» de ese paraíso en la tierra es aquello que antes dijera: el «santo pasaje», se encuentra con que éstas, careciendo de la mediación de la trotera, le son cerradas. Pero ya el poeta había gozado de lo suyo: lo que le resta es encomendarse a Dios y a María, inicio del «camino» E porque de todo bien es comienço e raíz / la Virgen Santa María (19a) de otro peregrinar, el de la caridad, y puerta o «comienzo» del paraíso celestial, y a ellos se encomienda y canta el bifronte juglar.

Por último, recopilando su sentir y quehacer poéticos, no quiere rubricar su libro sin dejar constancia un tanto en contradicción con lo que dijera al principio: fablarvos he por trobas [...], saber sin pecado (15): signo de su ambivalencia o ambigüedad de que todo ha sido una especie de juego como lo son también la vida y el amor, aunque serio y formal:

Señores, hevos servido con poca sabidoría:

por vos dar solaz a todos, favlévos en juglería (1633ab).

Afirmación que, más que una «captatio benevolentiae» del poeta hacia el auditorio, es una declaración de que cuanto ha dicho sobre el amor, si bien es real, hay que tomarlo con la «mica salis» de la jovialidad, puesto que tal sentimiento y estado de ánimo o pasión al igual que la vida es «lucha,» pero taaambién «juego.» De la armoniosa combinación de ambos estados de ánimo y actitud consiguiente, brota la felicidad, conforme se lo había planteado al inicio de su peregrinar:

que omne a sus coidados, que tiene en coraçón,

entreponda plazeres e alegre razón (44bc).

Notas

1. Para las citas del Libro de buen amor, sigo la edición preparada por Alberto Blecua, Madrid: Cátedra, 1992.

2. Alcácer-Valencia: Ed. Humanitas, 1982, y Barcelona: Puvill Libros.

3. Así empieza Dante Alighieri su Comedia: «A mitad del camino de la vida / me vi perdido en una selva oscura / teniendo la recta senda perdida» (Infierno, 1,1-3). Varias veces repite los mismos significantes: «camino» (seis veces en en este mismo Canto), «senda,» «vía,» «viaje»..., símbolos de su existir en pos del Paraíso de la felicdad, no sólo la eterna sino también la de esta vida, a través del amor a Beatriz, quien dice de sí misma: «Amor me mueve y me hace responder» (I, 2, 72), y le mueve a ayudar a Dante, dado que éste la había amado y seguía venerando: ¿por qué no ayudas al que amóte tanto? (Ibid., 104), le dice Lucía a Beatriz.

4.Entre otras fuentes, puede verse el estudio que publiqué sobre el particular: «Lo juglaresco en el Libro de buen amor del Arcipreste de Hita,» La juglaresca, Madrid: Edi 6, 1986, pp. 293-316. Acerca de la actividad de los juglares, baste una cita del poeta del siglo XII, Giraut de Bornhelh: «E vits per cortz anar / de joglaretz formitz / gen chaussatz e vestitz / sol per domas lauzar...» («Per solazt revelhar,», IV. Martín de Riquer. Los trovadores, I. Barcelona: Planeta, 1975, 492).

5. H.Flanders Dunbar, Symbolism in Medieval Thought and its Consumation in the Divine Comedy. New York: Russell & Russell, 24.

6. Estudios de Estética medieval, Madrid: Gredos, II, 1959, 42 ss.

7. Art and Beauty in the Middle Ages, London: Yale University Press, 1986, 52-54. Ya antes había escrito el insigne medievalista, C.S. Lewis: «Symbolism come to us from Greece. It makes its first effective appearance in European thought with the dialogues of Plato. The Sun is the copy of the Good. Time is the moving image of eternity. All visible things exist just in so far as they succeeded in imitating the Forms. Neither the lack of manuscripts nor the poverty of Greek scholarships prevented the Middle Ages from abhorring its Doctrine.» (The Allegory of Love. A Study in Medieval Tradition. Oxford: University Press, 1978, 45-6).

8. Make it New, Yale University Press, 1935, 335.

9. Quintiliano, De institutione oratoria, VIII, 6, 44. San Isidoro. Etimologiae, LXXXVII, 22. Pueden verse más detalles en W.T.H.Jackson, The Challenge of the Medieval Text. Studies in Genre and Interpretation. New York: Columbia Press, 1985, 157 ss. Ver también, «Irony, Allegory, and Metaphisical Decay,» PMLA, May, 1994 (Vol.109, N. 3), 397 ss.

10. Cfr., entre otros, Philip Wheelwright, Metaphor & Reality, Bloomington: Indiana University Press, 1962, 67-8.

11.»La condición humana consiste en estar de camino, en actitud soñadora y en permanente tensión de incertidumbre y de búsqueda. El camino es, pues, enfrentamiento con el misterio y exploración de un enigma, que no es posible representarlo ni se deja adivinar en la fe.» (P. Cerezo Galán, Palabra en el tiempo. Poesía y filosofía de Antonio Machado. Madrid: Gredos, 1975, 70).

12. Ver Nicasio Salvador Miguel, «`Mester de clerecía', marbete caracterizador de un género literario,» en Teoría de los géneros literarios. Compilación de textos por Miguel A. Garrido, Madrid: Arco Libros, 1988, 343-371.

13. De hecho, en la tradición clásica y en la latina medieval, Venus es la madre de Amor. Cito apenas un ejemplo, tomado de las «Canciones amorosas de Ripoll»: «Amor tunc militat cum matre Venere [...] Illos dum querito, filius Veneris.» (Ricardo Arias, La poesía de los Goliardos. Madrid: Gredos, 1970, 96).

14. O.c., 88, 98, 104, 118, etc.

15. «Confesión de Golías,» O. c., 66. Más detalles sobre Venus, en mi libro, ya citado, El amor en los tiempos medievales ..., y hoy.

16. De la Naturaleza. Lib. IV, 1037-1207. Texto revisado y traducido por Eduardo Valentí. Barcelona: Ed. Alma Mater, 1961. II, 58-64.

17. Ver Ernest R. Curtius, Literatura europea y Edad Media Latina, I, México: FCE, 1955, 189-193. También, Alan Deyermond, «Traditional Images and Motifs in the Medieval Latin Lyric,» Romance Philology, XLIII, 1 (Aug. 1989), 5-28. Cito aquí, por mi cuenta y como muestra, lo que escribe el trovador Raimon Jordán (1178-1195): «Com hom e mar quan se sent perilhar /que disn son cor sospir'e dels olhs plora / e contra.l vent non pot nul genh trobar...» («Amor no.m posc partir...,» IV. Martín de Riquer, O.c., 578).

18. «Al estricote: Traer a una persona o cosa sirviendo a todo... Dícese de lo que anda y se trae a servir en todo.» (G. Correas, Vocabulario de refranes, 1627). «Traer a alguno al estricote: engañarle con vanas promesas.» (Francisco Sobrino, Diccionario nuevo de la lengua española y francesa, Bruselas, 1705)

19. Un descripción amplia de estas aventuras y de sus implicaciones la he realizado previamente en varios de mis libros, en concreto, en el primero que escribí sobre el LBA, a saber, El «buen amor» del Arcipreste y sus secretas razones,y en El lenguaje erótico medieval a través del Arcipreste de Hita. Madrid: Playor, 1988, en el que podrán verse más ampliados algunos de los conceptos que expongo aquí.

20. Muy significativo el término: «mejoría,» de «mejor,» comparativo de «bueno,» aplicado a Amor, viene a reforzar el significado carnal de «buen amor.»

21. «Apuntes para un comentario literal del Libro de buen amor,» BRAE, XLIII (1965), 334.

22. De esto he tratado más ampliamente en mi reciente libro, antes citado, El amor en los tiempos medievales..., y hoy, X: «Amor carnal y Amor espiritual», 151-179.

23. Jacint. Pol., fol. 187.