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El Caribe entre la geografía y la cultura E
Una aproximación al mapa de El Caribe en este fin de siglo obligaría a dejar a un lado los caminos de la geografía y utilizar las grandes alamedas de la cultura; a obviar las fronteras artificiales fruto de la ingeniería colonialista y navegar por las venas abiertas del Caribe. Desde una prespectiva cultural, El Caribe tiene una expresión "clásica" en las Islas bañadas por el mar del mismo nombre; existe un Caribe continental con fronteras culturales no siempre reconocidas en las cuales la América Latina está separada por una línea de tensión entre lo africano y lo indígena que se expresa a nivel de mestizaje local. De manera que la península de Yucatán que penetra en el Mar Caribe hasta casi tocar La Habana, culturalmente hablando, es un mundo Maya, ajeno al Caribe; mientras Veracruz, principal puerto de entrada de los africanos a México y zonas de tradicionales intercambios de población con las Antillas, básicamente durante la guerra de independencia cubana, constituye una suerte de vitrina caribeña de México. Allí donde el indio impone en el proceso de mestizaje su silencio "asiático" y se apaga la ruidosa alegría del "africano", termina El Caribe y comienza la América Latina. Así la tensión silencio vs. risa; hombre ensimismado vs. hombre extrovertido y expansivo, delimita dos mundos mestizos que han coexistido frente a frente durante quinientos años.
El otro Caribe está allá en los espacios conquistados por los emigrados caribeños en la rica Norteamérica o tras los muros de la Fortaleza Europea. Allí la cultura caribeña es cultivada con un sentido defensivo de preservación de la identidad, frente a las culturas locales hostiles y la modernidad globalizadora. Millones de caribeños viven hoy en el interior del 1er mundo donde conservan sus idiomas, costumbres y dioses a nivel del hogar y los círculos de paisanos y desde donde transmiten ideas y experiencias a sus países de origen hacia los que envían sus remesas económicas y sus hábitos consumistas; fotos y videos que muestran sus éxitos materiales y cartas con los comentarios de sus frustraciones y añoranzas. Hasta que finalmente vienen, no pocos al final de sus vidas con un servicio funerario de primera para descansar en el viejo cementerio del pueblo junto a los suyos.
Las Antillas tierras de arribo Las Antillas durante un poco más de diez mil años han sido tierras de arribo. Los primeros en llegar fueron aquellas oleadas de arawaks que salieron de la Olla del Orinoco quién sabe por qué motivos y saltando de isla en isla fueron poblando buena parte del Archipiélago. Estos nómadas cazadores, pescadores y recolectores a los que los arqueólogos siglos después denominarían con gran falta de imaginación ciboneyes Aspecto Cayo Redondo y Aspecto Guayabo Blanco, fueron los primeros en disfrutar del paraíso ecológico creado por la naturaleza de la región. Luego vendrían, quizás persiguiendo a los primeros, los Taínos que ya habían experimentado la revolución neolítica y dominaban la agricultura. Tras estos, pisándoles los talones, entraron como un ciclón los bravos Caribes que desde las Antillas Menores donde se asentaron, sembraron el pánico entre las pacíficas comunidades de ciboneyes y taínos. Este pueblo de caníbales que robaba las mujeres de sus vecinos y devoraba a los prisioneros cuando entraron en la región los invasores europeos, los enfrentaron al grito orgulloso de "sólo el Caribe es hombre". Así en 1492 la invasión española de las Antillas se superpuso a la taína y caribe en marcha desde hacía quizás siglos. La guerra de conquista, la encomienda y las enfermedades, extinguieron a ciboneyes, taínos y caribes, las tres culturas que durante siglos compartieron una región que en lo adelante se convertiría en un lago español.
Las Antillas, un lago español Durante todo el siglo XVI, el archipiélago antillano fue un lago en el que el castellano y la religión católica fueron destruyendo las lenguas y los dioses aborígenes. Al concluir la centuria las culturas indígenas estaban en un avanzado proceso de extinción. Las sociedades que nacieron en La Española, Cuba y otros territorios antillanos fueron monstruosas. De España no vienen perseguidos religiosos, laboriosos campesinos ni idealistas, sino una canalla dispuesta a todo con tal de conseguir oro y regresar enriquecidos lo antes posible a la península Ibérica; los africanos por su parte fueron sometidos a un infernal proceso de deculturación que les arrancó sus culturas a latigazos y les impostó la del colonizador; nombre, idioma, dioses, todo lo debió sustituir para no perecer. Visto en toda su complejidad este proceso debió conducir al pozo de la locura al africano y explica la importancia del cimarronaje cultural como mecanismo de supervivencia. En el otro vértice del triángulo estaba el indígena que una vez vencido militarmente fue aplastado dentro del sistema de Encomiendas. Trabajo de sol a sol en los lavaderos buscando oro, actividad brutal cuyo sentido no alcanzó a entender, pues el oro carecía de valor para él. Atacado por las enfermedades desconocidas que bruscamente le asaltaron y contra las cuales no servían sus conocimientos de las plantas del bosque; alejado de sus mujeres que los blancos le habían raptado; viendo morir a sus hijos de hambre y abandono, el suicidio - quizás no prohibido por sus dioses - debió parecerle la única opción. Formada por estos seres violentos y atormentados, nacieron las esquizofrénicas sociedades antillanas, en las que quizás demoró en aparecer una noción de familia y en las que la vida humana tenía un valor irrisorio. Dentro de aquel universo social enfermo retumbó como un trueno en cielo despejado, para salvar la honra de la especie humana, la palabra de Montesinos en La Española condenado el genocidio aborigen. El lago español fue un lago de sangre. Sin embargo, en medio de la barbarie nacieron, lenta pero firmemente los gérmenes de nuevas culturas mestizas, en cuyo seno cientos de años más tarde irían cristalizando los pueblos caribeños.
Llegan nuevos invasores Cien años después del arribo de las carabelas de Colón al Caribe, hicieron su entrada otros barcos en la gerión con banderas negras primero y luego con las enseñas de Inglaterra, Francia, Holanda, Suecia y dinamarca. Las Antillas dejaban de ser un lago español; poco a poco los rivales europeos del Imperio Español fueron arrancando isla a isla, primero las "inútiles" Antillas menores, luego un pedazo de La Española y Jamaica. Los nuevos conquistadores liquidaron a sangre y fuego a los bravos caribes. Al último núcleo de población Caribe los ingleses lo arrojaron a las costas del continente para que los negros cimarrones lo destruyeran, pero de este "encontronazo" nació la cultura garífona que cuatrocientos años después habita en las costas de Honduras y Belice. Corsarios y piratas infestaron la región atraídos por las flotas que trasladaban a España las riquezas de Aztecas, Mayas e Incas. Cuando cesó el flujo de oro y plata, los piratas colgaron sus sables de abordaje y se transformaron en colonos: había enl Caribe anglófono, francófono y holandés. Este siglo marcado por "las hazañas" de Drake, Morgan y otros "bribones del mar", le dejó a la región un fuerte espíritu de patria chica y un rosario de fortalezs que hoy son un orgullo de la arquitectura caribeña y lugares de interés para el escaso turismo cultural que visita la zona. En aquellos "tiempos del cólera" nacía en Cuba, Puerto Rico y La Española un "hombre de tierra", acostumbrado a lidiar todos los días con toros, vacas y puercos cimarrones: burlar la autoridad colonial contrabandeando y practicando el corso y enfrentar con las armas en la mano a corsarios y piratas. Para este hombre nuevo, blanco y negro, culturalmente mestizo, que siente orgullo de su patria chica y no tiene interés en regresar ni a España ni a Africa, tierras lejanas que no conoce, el mundo, su mundo, es el Caribe. Este hombre es ya un personaje importante en el Espejo de Paciencia, primera obra de la literatura cubana y aparece en los documentos coloniales identificado como el otro, irreverente frente a la autoridad y aficionado a tratar y contratar con contrabandistas y herejes. Este proceso de formación del criollo tiene su vanguardia en el viejo Caribe hispano, estimulado por la proclividad de los iberos a mezclarse con indias y negras y las insuficiencias del porceso de adoctrinamiento católico que permitió sobrevivir a los dioses que viajaron hasta el Caribe en los barcos de la trata, camuflados tras el santoral católico. En el Caribe no hispano el cimarronaje cultural tuvo posibilidades mucho más limitadas, pues el colonialismo inglés, francés y holandés y particularmente las iglesias protestantes aplastaron con intolerancia y eficiencia los gérmenes de las culturas criollas y retrasaron en siglos sus procesos de dsarrollo. Allí los dioses de la selva sucumbieron ante un adoctrinamiento inflexible y la ausencia del bosque de santos que les sivió de refugio en el catolocismo. Cuando en las primeras décadas de la presente centuria el grito de Marcus Garvey de "volvamos a Africa", encontró oídos receptivos en millones de caribeños negors y el discurso de la negritud de Aimé Cesaire removió olvidadas añoranzas por el continente negro, se hizo evidente hasta que punto no habían soldado aún los huesos de las culturas en el caribe anglófono y francófon. Aún a fines de siglo son relativamente tímidas las señales de cristalización cultural en algunos países de esa región en los que los psicoanalistas registran abundantes casos de angustia identitaria.
Las Antillas se africanizan... Los africanos entraron a las Antillas en los albores de la colonización, primero venían de España donde hacia siglos eran esclavos y luego fueron traídos directamente de Africa. De manera que cuando ingleses, franceses y holandeses comenzaron en el siglo XVIII a fomentar sus plantaciones en tierra antillana el negro tenía la friolera de doscientos años en la región. En el siglo XVIII fueron traídos tantos africanos a las Antillas para trabajar en las plantaciones de azúcar y café que la región se "africanizó". Esto contribuyó a retardar el débil proceso de formación de las culturas criollas. El Caribe hispano donde la plantación llegaría tardíamente pudo enfrentar en mejor4es condiciones el reto de la africanización. La vieja cultura criolla de la Isla de Cuba que al producirse el despegue de la economía de plantacionhes y llegar la gran marea de africanos, tenía casi trescientos años, pudo enfrentar el gran reto y vencerlo. Los africanos que sobrevivieron a las largas y penosas jornadas del cañaveral, al cepo y el barracón, fueron absorbidos por una sociedad criolla en tránsito hacia lo cubano, fuerte y segura de sí misma en la que pronto encontrarían un caldo de cultivo favorable las ideas de abolición e independencia. A fines del siglo XVIII los procesos independentistas aceleraron la cristalización de las culturas criollas y su tránsito hacia las nacionalidades haitianas, dominicana y cubana. A mediados del siglo XX, la voluntad política de independencia ha continuado alimentando estos procesos en Jamaica, Barbados, Granada, Puerto Rico, Martinica, Guadalupe y Curazao. En estos países se libra hoy una silenciosa batalla entre la cultura oficial que reproduce miméticamente la del colonizador y las culturas populares cimarronas. En los salones, las clases dominantes hablan el idioma de la metrópoli y bailan su música; pero en la calle, en los mercados y en el puerto; en el carnaval, la gente se comunica en creole o papiamento y baila la música autóctona, donde el tambo tiene un lugar privilegiado. Una impresionante literatura oral y escrita ofrece en este fin de siglo un estupendo testimonio de la fuerza de las culturas guadalupeña, martiniqueña, y puertorriqueña como vehículos de resistencia frente al colonialismo.
El Caribe, un lago norteamericano. Con el hundimiento en julio de 1898 de la flota del Almirante Pascual Cervera frente a las costas de Santiago de Cuba, el Caribe se transformó en un lago norteamericano. Como lo previera José Marti los Estados Unidos cayeron sobre la región con un nuevo tipo de dominación que alternaba el control económico y la violencia. Así, usando indistintamente la zanahoria y el garrote, los Estados Unidos intentaron imponer su estilo de vida a los países de la región. La influencia norteamericana sin embargo, como antes la de las metrópolis europeas, sólo ha encontrado oídos receptivos en las clases dominantes que pronto aprendieron inglés y enviaron a sus hijos a estudiar a los colleges y Universidades del Norte "revuelto y brutal que nos desprecia". Pero "los de abajo" continuaron el cimarronaje cultural; en la calle siguió reinando una cultura forjada a fuego lento durante quinientos años en nloa gran olla del Caribe. Ya no navegan por el mar Caribe las flotas españolas cargadas de oro y plata; ni los barcos de corsarios, piratas y contrabandistas; ni tampoco los barcos negreros; sólo de tiempo en tiempo asoma grandes portaaviones yanquis cargados de soldados para recordarnos que somos "frontera imperial". Hoy el tráfico marítimo y aéreo de la región está cuajado de naves atestadas de turistas que vienen deseosos de disfrutar nuestras playas, paisajes y gentes. Son "primermundistas" agotados por el stress de ciudades donde la huella de la naturaleza casi ha desaparecido y las relaciones humanas son cada vez más impersonales. El Caribe para ellos es un rincón "afortunadamente subdesarrollado" donde el aire y el mar están limpios, donde ho hay agujeros en la capa de ozono y en el que los hombres y las muje4es miran a los ojos h hacen el amor a la antigua. Es un mundo cálido y humano donde el plástico, la TV., las computadoras y la realidad virtual aún no han transformado al hombre en un sofisticado animal parlante.
¿Significa el turismo el fin de la soledad para el Caribe? Ciertamente la época de la plantación ha quedado atrás y aunque la herencia maldita del colonialismo y la esclavitud nos acompañará aún un largo trecho, no cabe dudas de que la región en el orden económico y social se mueve por nuevos derroteros. No deben los caribeños sin embargo asumir los grandes cruceros turísticos que hacen escalas en sus costas con la ingenuidad con la que los troyanos introdujeron el caballo de los griegos en su ciudad; pues éstos como aquel traen en sus entrañas el peligro de la conquista. Los turistas no vienen con escudos y espadas, pero son portadores de ideas, modas y costumbres que pueden catalizar positivamente en la región la dependencia, la emigración y la desidentidad, porque aún no nos hemos sacado la colonia del tuétano de los huesos. El proceso de globalización y la definición de El Caribe como "destino de sol y playa" para el turismo de masas constituye un reto colosal para la región; reto que si no es enfrentado con audacia y sabiduría puede poner, una vez más, nuestro futuro en manos ajenas. Las opciones son relativamente simples, nos transformamos irresponsablemente en un soleado balneario del primer mundo y lavamos los platos que ensucian los turistas o consolidamos nuestras identidades culturales, promovemos la integración regional y nos desarrollamos. En suma, El Caribe en este fin de siglo está ante la vieja disyuntiva puesta por Shakespeare en boca de Hamlet: ser o no ser. |