| . |
Buenas noches. F
A propósito de Don Virgilio y Don Braulio no me había hecho la pregunta. Yo aprendí algunas de sus canciones durante mi etapa escolar, durante la primaria. Leí poco después muchos poemas de Virgilio curioseando entre los libros de mi casa. Los leí en esa época en que leemos los clásicos que en nuestra juventud y por acción de la escuela creemos que son los verdaderamente nacionales: aquéllos que a principios de siglo crearon la tradición de la literatura criollista, y que junto a Lloréns, De Diego, Zeno Gandía, Muñoz Rivera, Laguerre, René Marqués, Abelardo Díaz Alfaro, Meléndez Muñoz y otros, "formatearon" --como se dice hoy en el mundo de las computadoras-- nuestra imaginación. Muchas de estas lecturas escolares no son repasadas posteriormente porque la vida universitaria tiene sus próceres escogidos de nuestro pasado colectivo y tiene sus héroes literarios extranjeros del pasado y del presente. Es imposible leer todo lo que se produce en todos los géneros. Todo especialista en letras está obligado a hacer su propia especialización ceñida. Confieso que hacía mucho, mucho tiempo, que no releía la poesía de Virgilio Dávila. Por eso no quiero recibir hoy aplauso, ni gratitudes. Estoy hoy aquí para dar mi aplauso y para dar las gracias por tener esta buena oportunidad de volver sobre lo que debí hace mucho, mucho tiempo. Ha sido verdaderamente una gratísima sorpresa este reencuentro con estos maestros. Vamos ahora a hablar brevemente de ellos, ambos bayamonoses por adopción. El músico nació en San Juan en el 1854, hijo de doña Nicasia Colón y de un Procurador de la Real Audiencia española y también músico distinguido, don Aurelio Dueño, con quien aprendió la música. Aunque tomó clases particulares con algunos maestros destacados, aprendió por sí mismo, llegando a ser considerado un virtuoso en la ejecución de la flauta. Desde joven tocaba el instrumento en las compañías de ópera de visitaban al país con cierta frecuencia. Posteriormente, obtuvo la plaza de flauta de la orquesta de la capilla. Los bayamoneses debemos agradecerle el haber organizado la Banda de Municipal de Bayamón. Debemos agradecerle además su desprendida vocación magisterial que ejerció exofficio desde su casa en Bayamón, robándole tiempo a la profesión de contabilidad con la que se ganó la vida. Fue un compositor original en varios géneros --el bailable (particularmente la danza), el religioso y la zarzuela, además de la música clásica y las canciones escolares que celebramos hace un momento-- cuyo talento fue reconocido entonces a través de los numerosos premios que le fueron otorgados por el Ateneo Puertorriqueño, por la Exposición de Buffalo de 1901 y la Docta Casa Puertorriqueña. Algunas de las canciones escolares las compuso en colaboración con don Manuel Fernández Juncos, español vuelto a nacer en Puerto Rico, donde rindió labores de tal importancia que nunca debemos dejar de agradecerlas. Pero las canciones más imperecederas son sin duda las compuestas como fruto de una relación de amistad, colaboración y cooperación mutua con don Virgilio Dávila, admirador entusiasta de la obra de don Braulio. Sus canciones son fruto de una extraña y casi mágica compatibilidad entre la música y la letra, de manera que a veces parece que una traduce a la otra, como un dúo de voces. Los compases iniciales de La tierruca, por ejemplo, no sólo reproducen el vaivén de "el móvil oceano, gran espejo", sino que cada nota acompaña ceñidamente la letra del poema, destaca las sonoridades de las palabras y realza su sentido. Así, por ejemplo, el verso final de la cuarta estrofa, el enumerativo y enfático "aquí nace, aquí brilla y muere aquí", lo acompaña con unos compases de marcha afirmativa, claramente enfáticos. En el caso de El mangó encontramos otro ejemplo egregio de esta afinidad, esta íntima identidad entre la letra y la música. El mismo comienzo del poema/canción --"Volemos amigos, al bosque corramos..."-- inicia musicalmente con una detonación, una fuerza explosiva que sugiere precisamente el arranque del que habla el verbo "volar" en su modo imperativo. En la segunda estrofa, el compás musical sugiere el trepar de rama en rama por el árbol que la palabra del texto también sugiere al hablar de las ramas, del ave en las ramas y de los trinos del ave, saltando de motivo en motivo con ayuda de una polisíndeton anafórica, que son como los escalones cada vez más altos de una escalera. Y aun así no dejan de sorprendernos los versos finales de la estrofa, porque súbitamente, el ritmo acelerado y escalonadamente intensificado de la subida se reduce para sugerir una expansión con la ayuda de la p oclusiva del verbo, precisamente cuando el poema explica cómo, bajo el mangó, "el alma se expande / y alaba al Creador". Pero dejemos que hablen de Dueño Colón los músicos y los cantantes, porque de música se habla mejor con la flauta y con el piano, y hablemos del otro poeta. Estos grandes aciertos musicales de Dueño Colón no opacan la vitalidad de los aciertos poéticos de don Virgilio. La relectura que he hecho de la obra de Dávila me permiten afirmar que Virgilio Dávila es uno de los poetas nacionales puertorriqueños más importantes de principios de siglo, y uno de los que muestra más claramente y con la mayor calidad y excelencia de expresión artística cuál fue el derrotero esencial de la literatura puertorriqueña de principios de siglo. La historia de la literatura puertorriqueña ha visto tradicionalmente --aunque con honrosas excepciones que tienen dificultad en ser aceptadas-- , especialmente en la poesía de principios de siglo, unos retrasos con respecto a la literatura hispánica y a la europea del mismo periodo. El mismo Cesáreo Rosa Nieves que próloga la obra poética de don Virgilio editada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña, se desentiende del proceso histórico per se, y del proceso histórico-literario específicamente, que vivió don Virgilio y con él su generación. Se dice que don Virgilio comenzó con un romanticismo retrasado y que mostró posteriormente una tímida adscripción a una modalidad literaria que desde la última década del siglo XIX se había propagado como pólvora encendida. Se califica la obra de don Virgilio como un simple costumbrismo, igualable a un simple jibarismo, regionalismo o criollismo literario, sencillamente moda de lo pintoresco, bastión del colorido mundo del folclor. Se dice que Aromas del terruño y Pueblito de antes es sólo una mirada nostálgica al pasado, de espalda al presente y futuro del país. Y nada de eso es cierto. Lo que ocurre es que la crítica y la historia de la literatura puertorriqueñas no se atreven a mirar de frente el conflicto crucial que define y encauza nuestro siglo XX. El caso y la situación histórica de Puerto Rico difiere con mucho de la del resto de los países hispanoamericanos, con excepción, tal vez, de unos muy pocos países del Caribe. Puerto Rico no sólo era una de las pocas colonias de España en América en el 1898, en lucha política y armada por su independencia y de la mano con los cubanos que organizó e impulsó José Martí, sino que en ese año es invadido, ocupado y militarizado por las tropas de otro país. Este acontecimiento político --la invasión, ocupación y militarización de Puerto Rico por otro país-- es demasiado crucial para ser comparado con otros tipos de desasosiegos, para ser virtualmente ignorado por los historiadores o para ser despachado con una escueta indicación al comienzo de la interpretación que se haga sobre este particular. Francisco Manrique Cabrera --verdadero decano de la historia de la literatura puertorriqueña-- no pudo pasar por encima de este conflicto y dedicó su vida a enfatizar muy particularizadamente la importancia histórico-literaria de esta invasión. Decía Manrique que existe en nuestra historia literaria lo que llamó acertadamente una "generación del tránsito y del trauma", es decir, una generación del 98 nacional, puertorriqueña, que definida por la huella de este magno acontecimiento sólo puede ser entendida y analizada a su luz y en su contexto. En ella caen figuras como Lloréns Torres, Nemesio Canales, Manuel Zeno Gandía, Matos Bernier, Muñoz Rivera, De Diego, Meléndez Muñoz, Coll y Toste y, naturalmente, Virgilio Dávila, entre otros. Y entre esos otros hay un grupo de autores obreros, proletarios, marginados por prejuicios de otro género. Por eso cuando se considera el tema del carácter específico de la literatura de los autores de esta generación no puede obviarse el hecho de que se vivían tiempos de intensa expectativa, de angustiosa incertidumbre, de ilusiones y esperanzas que se deshacían ante un horizonte helado e imperturbable. Y todo, porque lo que sucedió tras la invasión no fue lo deseado. René Marqués alcanzó a definirlo en términos magistralmente claros e inequívocos: los soles truncos. La generación puertorriqueña que buscó desesperadamente a fines del siglo XIX hacerse dueña de su destino fue descarrilada de golpe y lentamente anulada, desvanecida. Y su literatura no expresa prioritariamente otra cosa sino la nostalgia de la tierra prometida perdida. Ante tanta angustia era realmente imposible que en Puerto Rico se desarrollara con normalidad la literatura modernista que anticipó pionero en Puerto Rico José de Jesús Domínguez, porque el modernismo, a juicio de algunos estudiosos como Juan Marinello, fue una grieta desnutridora en la historia de los países de la América del Sur, la América Hispana, la América Mestiza, la América que Martí y Hostos llamaron Nuestra América. Grieta porque rompe con la tradición y con los cauces de desarrollo propios que se desarrollaron al calor de varios siglos. Desnutridora porque volvió sus ojos y su atención a tradiciones ajenas, princesas orientales, gemas y palacios de culturas exóticas, hablando como en juego, y como de cuento, de fantasías, y descuidando la gente, los pueblos y las comunidades propias, los problemas de nuestra gente, las urgencias de nuestras aspiraciones de libertad. Ciertamente la situación en Puerto Rico no estaba como para enajenarse, como para mirar lo lejano, como para olvidar lo cercano, como fértil para el cuento, la evasión y la fantasía, y para preocuparse demasiado por la forma y el color. Además, el modernismo hizo ilusión de Europa y Norteamérica, concibiéndola como cuna y fuente de civilización frente a la barbarie y la ignorancia americana. En toda Hispanoamérica la ilusión detonó esos cristales cuando comenzó a realizarse la expansión al sur que anticiparon en agudas visiones Hostos y Martí, y que obligaron a los modernistas a regresar a los suelos patrios, a vigilar y advertir, iniciando una etapa nacionalizante dentro del modernismo. Empero, esa reacción contra la desmedida nordomanía no llegó tarde a Puerto Rico, ni mucho menos tuvo que ser importada. El primer libro de don Virgilio no se llama casualmente Patria. He encontrado en este libro temprano de Dávila uno de los testimonios más políticamente combativos de nuestra historia literaria, uno de los libros poesía más desenvuelta y desinhibidamente politizados, uno de los primeros libros, precursor de una tradición de combate que se desarrollaría lentamente a lo largo del tiempo, vanguardia del aluvión de los años treinta y de las llamaradas de los años sesenta. Algunos poemas fueron escritos antes del 1898. Y ello implica que el fervor ético, betanciano y hostosiano, libertario en suma, de don Virgilio, se formó al calor de las luchas contra la colonia española de Puerto Rico. Poemas como el trío titulado A la bandera americana, resumen de manera magistral, con toda nitidez, cuál fue el proceso mental que se gestó y desarrolló alrededor del 1898. Recordemos que Don Virgilio, nacido en Toa Baja el 28 de enero de 1869, criado en Bayamón, aireado en su juventud en la campiña de un Gurabo siempre verde y risueño de ríos, madurado, enamorado y anclado en su Bayamón definitivo donde murió en el 1843, a los 74 años de edad, tenía 29 años cuando se produce la invasión norteamericana. No vamos a hacer la relación de sus peripecias cotidianas, porque ésta no es la ocasión oportuna. Sabemos que participó en la vida política activa y que fue alcalde de Bayamón entre el 1905 y el 1910. Sabemos que sintió gran admiración por José Celso Barbosa lo mismo que por Luis Muñoz Rivera, Eugenio María de Hostos, Lola Rodríguez de Tió, Pachín Marín y José de Diego, entre otros. La vida política de principios de siglo nos parece hoy confusa y errática porque no siempre se tiene en cuenta que se venía de participar de un sistema político colonial, monárquico, europeo, y que fuimos inyectados abruptamente en otro sistema político totalmente diferente. Ello hizo posible que en aquel entonces se confundiera la magnesia con la gimnasia y que el pueblo identificase el contenido con el continente, de manera que la adhesión a los nuevos derechos ciudadanos proclamados sobre papel, los derechos civiles, la libertad religiosa, la instrucción popular, el sufragio universal, el desarrollo económico, todo lo anterior, se identificó con los Estados Unidos, como si todo eso no pudiese darse fuera de... o con la ausencia de los Estados Unidos. Esa confusión fue la progenitora del Partido Republicano que dirigió Barbosa, partido que tenía más la intención de transformar el orden social existente en Puerto Rico que la anexión de Puerto Rico a Estados Unidos. De todas maneras, Barbosa entendía la federación a Estados Unidos como una auténtica confederación, es decir, como una asociación de estados independientes. Por eso prometía convertir a Puerto Rico en una república --un partido republicano promueve el concepto del pueblo soberano, que es lo que quiere decir república--, una república libre dentro del conjunto de estados norteamericanos. Sin embargo, para comprender al verdadero Virgilio Dávila es más importante que el estudio de la acción, la vida, las ideas políticas de don Virgilio, penetrar en la sustancia de sus versos, porque la poesía tiene virtud de epifanía y encarna --cuando no es de ocasión, de encargo o está a sueldo-- la sangre del espíritu. Virgilio Dávila escribió seis libros de versos. Cinco de ellos son los conocidos, reunidos en las Obras completas que editó el Instituto de Cultura Puertorriqueña. Estos son: Patria (1903), Viviendo y amando (1912), Aromas del terruño (1916), Pueblito de antes (1917) y Un libro para mis nietos (1928). Dejó inédito un cuaderno publicado como una sorpresa bibliográfica por el Ateneo Puertorriqueño en el 1989, con un prólogo de Laura Gallego, titulado Tipos de ahora, que incluye una "Autobiografía" poética. La obra poética de Dávila está traspasada de principio a fin por un aliento de dragón incorruptible. Con ello quiero decir que es una poesía viril, vertical, indoblegable; renuente a las concesiones acomodaticias y al oportunismo pragmático; crítica, insobornable; arraigada a la tierruca por principios, y sin incertidumbre. Definirla como una poesía costumbrista y pintoresca es ofenderla, negarle más profundidad que una capa de pintura. Téngase en cuenta que Dávila no reproduce el habla jíbara aunque utilice numerosos criollismos. Matías González García, el amigo que prologa su primer libro --Patria--, importante novelista de principios de siglo, acierta a definir la esencia de la obra poética --toda-- de don Virgilio cuando anota: "V.D. está enamorado de su patria, como pudiera estarlo un novio de una novia [...], y en cada verso de los suyos parece escucharse el tic tac de su corazón, el estrecimiento..." Dentro de este norte invariablemente constante, el primer libro --Patria-- es un aldabonazo madrugador, una campanada pionera de una tradición de enfrentamiento político dentro de la literatura y de la poesía. Es un libro extenso de 114 páginas y 65 poemas en los que aflora reiteradamente y con pocas intermitencias el tema patriótico. Dávila se sitúa dentro de ámbito latinoamericanista, bolivariano y antillanista; liberal y republicano; ético redentor del débil, del colono, de la negritud, de los artesanos y los obreros; apóstol de la independencia y de la libertad; intérprete y demiurgo de la voz de la tierra, de la nacionalidad puertorriqueña. Un trío de poemas titulado "A la bandera", como señalé antes, indica el curso político seguido por el autor --y con él parte considerable de la élite intelectual puertorriqueña-- durante los turbulentos años del tránsito de la colonia española a la colonia norteamericana. El primero, fechado en 1900, expresa la feliz terminación del régimen opresor y colonial español, así como la esperanza en la justicia social, el progreso económico y el régimen de libertad republicana que se esperaba del invasor estadounidense. El segundo, fechado en 1901, se muestra titubeante ante la realidad vivida que no transita por la ruta ambicionada, pero que aún "espera". El tercero, de 1902, es ya expresión de un desengaño amargo que no se explica como ocurren estas "metamorfosis extrañas" entre lo proclamado en el papel y la realidad practicada. Ya el final impreca, de vuelta de las ilusiones falsas, dirigiéndose de este modo a la bandera norteamericana: "¡porque, en lo moral, a veces el astro se vuelve mancha; el albor se vuelve sombra; la pluma se vuelve escama!" Innumerables son los motivos de arranque en este libro, motivos que inopinadamente adquieren un valor de afirmación patriótica y de reclamo de libertad frente a los Estados Unidos. Un soneto a Washington destaca que todos los pueblos deben aspirar a terminar con la dependencia, es decir, aspirar a la independencia. Un poema a la mujer termina arguyendo que --cito-- "de alguno de esos castos senos / ha de surgir quien a Borinquen salve". Un poema a los cosmopolitas defensores de una inexistente cultura universal, parece que termina respondiéndole al mismísimo Luis Ferré. Dice el poema: "Piense de mí lo que pensar le plazca aquel que, de altruista blasonando, dice que tiene por su patria el mundo, y son todos los hombres sus hermanos.
Piense de mí lo que pensar le plazca, mientras yo declaro que entre todas las tierras conocidas, es Borinquen la tierra que idolatro... ¡Esta hermosa esmeralda que engarzó Dios en medio del Océano!" Viviendo y amando es en cierto sentido un paréntesis en la trayectoria de don Virgilio, porque parecen adquirir en él mayor relieve las intenciones estéticas, y el espíritu se dispersa por otros temas y enfoques. Suele destacar en relación con este libro la crítica su aire de optimismo. Pero no es un optimismo acrítico, irreflexivo, en el que no deja de pespuntear la nota amarga, como en el poema "La jibarita". No obstante, la tierra sigue ocupando en ellos valor privilegiado. No se reduce su verbo al "clarín" que aclama sino que, según apunta él mismo, todavía aspira al "dardo que derrumba". En poemas como "La canción del pálido" parece que escucháramos los gritos de rebeldía de De Diego; y en poemas como "Lo que dice la tierruca", la voz indignada de Los poemas de mi tierra tierra de Manrique Cabrera. Con Aromas del terruño inicia don Virgilio el tema de la emigración a Nueva York --¿recuerdan "Mamá, Borinquén me llama"?--. Es un libro en el cual la actitud combativa va cediendo ante la consumación de hechos incontrovertibles: la paulatina desaparición del mundo de su infancia. Ésos son los aromas del terruño. Los olores es una alusión a lo vaporoso que desaparece. Por eso se apresta Dávila a grabar estampas para la historia. Pero lo anterior no significa que el libro sea una expresión de derrota. Rosa Nieves anota en el prólogo lo siguiente: "En el sonetino Hoy se explaya una protesta dura contra el estado de pesadumbre en que ha caído el jíbaro boricua después del cambio de dominación: de lo español a lo norteamericano. Más que una acuarela colorista, la composición nos resulta un aguafuerte proletario, de campanazo de púrpura: absentismo, miseria, desolación: la tierra triste" (266). Lo más importante es que descubrimos al releer este libro que la "tierruca" de Virgilio no es una otredad, es decir, algo distinto de él mismo. En "Visión de porvenir" expresa Dávila lo siguiente, refiriéndose a la tierra: "¡Yo te debo el sentir de mis cantares, la lumbre que destella mi cerebro, las fibras de mis músculos, el arpa de mis nervios, la sangre de mis venas, y la cal de mis huesos!" En este contexto, su conocida admonición: "No des tu tierra al extraño/ por más que te pague bien", adquiere rasgos extremadamente severos y trágicos, porque pone en evidencia la pérdida del propio ser. Por eso puede en poemas como "Elegía de reyes" identificar la tradición con el ser nacional puertorriqueño, y hacer no sólo un lamento, sino una elegía, que es expresión del mayor dolor. "Ya se fue la tradición / que más nuestros nos hacía", dice don Virgilio. Es decir, que la tradición es lo que nos hace ¡nuestros! Dávila se ha sumergido --enamorado desde niño-- en ella, y de esa identidad suya con el pueblo de antes, y por ella, puede convertirse en su portavoz. Y más que en eso, en voz de la propia tierra que canta con gozo las coplas finales del poemario: Hay quien diga que tu boca un cielo chiquito es. ¡Suba mi boca ese cielo, aunque me caiga después!
Cuando comen las gallinas el maíz que tú desgranas, he notado que sus huevos tienen más yema que clara.
Tengo mi mujer, mi tala, mi puerquica tostoneá, cinco gallinas y un gallo... ¿Para qué quiero yo más?
Mi corazón está sucio con el polvo del camino. Pásale por caridad la esponja de tu cariño.
No me gusta que me beses con ese besar de hielo. Ve por las noches al cine y verás lo que son besos. Pueblito de antes, según observa Emilio S. Belaval, inicia en la literatura puertorriqueña, y aun fuera de ella, la literatura urbana, que en Puerto Rico se asume la inició en la narrativa la llamada generación del 45 con escritores jóvenes como José Luis González, y en la poesía vendría junto con la poesía política de la generación del sesenta. Cada soneto es una acuarela, pintura o pincelada del pueblito de la infancia. Pero no creo que sea este libro la obra de un incondicional hispanófilo, como dice Belaval. Lo que ocurre es que Dávila, como todos nosotros, somos habitantes de nuestro propio pasado. En el libro la mirada nostálgica contrapone pasado y presente para que aflore la crítica no del supuesto desarrollo vivido bajo el régimen norteamericano, sino la deconstrucción. El mundo de Dávila, como el de Vallejo, es un mundo deficitario porque se ha construido a contracorriente, a contrapelo, sustituyendo las bases y los fundamentos comunitarios de la nación puertorriqueña. Por eso Laura Gallego, a propósito del último cuaderno de Dávila, Tipos de ahora, observa el balance negativo de tres décadas de gobierno norteamericano, ya que hemos vivido, dice Gallego, unas "adopciones de esta cultura sin adaptación a nuestro medio". El pueblito de antes pasa a ser en el último cuaderno pueblo a secas. El diminutivo de antes era realmente un estimativo preñado de afecto y calor, análogo al usado en tierruca. Fíjense que pueblo carece de connotación emocional, de la imbricación y apego de pueblito. "No es lo mismo el de ahora que el pueblito de antes", dice don Virgilio, porque la sustitución de lo ancestral es la sustitución de una presencia de siglos. Lo nuevo del progreso no tiene raíz, carece de evocación, caduca pronto, no promueve afectos. En este último cuaderno vemos que Dávila recupera la vena satírica de la tradición que buscó en las distintas modalidades del decir irónico formas de expresar su oposición al régimen español. Naturalmente, Dávila reencarrila la ironía, la sorna, la sátira contra el mundo colonial actual. La emprende así contra los caciques, contra los alcaldes, contra lo curas y reverendos, contra el maestro sojuzgado, la escuela como edificio, puro buche y pluma, los arruinados que vendieron sus tierras, los asimilados, las civiquitas, los políticos que más que candidatos son "candiditos", en resumen , contra los malos gobernadores gringos, peores según don Virgilio que los más terribles ciclones de nuestra historia. Para terminar una última reflexión. En ocasión reciente escuché a nuestro poeta nacional Francisco Matos Pali argüir contra un comentario de uno de nuestros más importantes historiadores jóvenes, Francisco Scarano, que la interpretación que hacían los estudiosos del problema político de Puerto Rico no lograba captar algo que a su juicio era fundamental: la despropietarización de la tierra. Según pude entenderle a Matos Paoli, el puertorriqueño de la isla, al ser desposeído de la tierra, había perdido la raíz nutricia de su espíritu, vivía como desalmado, errante y sin rumbo. Recordé entonces un pasaje de un ensayo del peruano José Carlos Mariátegui quien, para explicar la situación del indio del Perú, comenta lo siguiente: "La República --está hablando Mariátegui de la independencia del Perú-- ha significado para los indios la ascensión de una nueva clase dominante que se ha apropiado sistemáticamente de sus tierras. En una raza de costumbre y de alma agrarias, como la raza indígena, este despojo ha constituido una causa de disolución material y moral. La tierra ha sido siempre toda la alegría del indio. El indio ha desposado la tierra. Siente que `la vida viene de la tierra' y vuelve a la tierra. Por ende, el indio puede ser indiferente a todo menos a la posesión de la tierra que sus manos labran y fecundan religiosamente" (47). Creo haber encontrado en esto la respuesta a la pregunta que hice al comenzar: ¿en qué reside el milagro poco común de la perennidad de obras aparentemente sencillas como éstas? En su vinculación directa con la tierra madre, de la que resulta una poesía y una música que son la epifanía viviente de sueños comunitarios que sólo tienen sentido dentro de un ámbito geográfico definido. A mi juicio la obra de estos señores es una encarnación no sólo de la patria-pueblo de la que nos habla Laura Gallego a propósito de don Virgilio, sino de la patria-tierra también. El desdén de los capitalinos desarraigados les impide comprender que no hablamos de un simple edenismo idealista, sino de un vínculo umbilical perdurable y verdadero que no puede ser deshecho sin causar terribles perturbaciones. Ese es el mundo que vivimos. |