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Crónica de la muerte de Daniel Santos

José Manuel
Torres Santiago


El autor nació en Guayanilla, Puerto Rico, Fue uno de los fundadores de la revista GUAJANA. Es profesor en el Hunter College de Nueva York. Tiene publicados cuatro libros de poesía: La paloma asesinada (1967), En las manos del pueblo (1972), Sobre casas de muertos va mi sombra (1988) y Mi abecé (1992). Es autor también de varios libros de ensayo. EXÉGESIS publicó en el 1993 (Núm. 16) una colección de décimas que tituló Canciones del amor y la ternura.


Yo te busqué en la sombra donde el camino acaba,

y en la ola y el viento,

y en la ubre amarilla que en el mar se derrama,

pero me dijeron que habías muerto

entre espejos azules y piedras desveladas,

entre fuegos oscuros y cigarros apagados de Yemayá Olokún.

Eternamente muerto para la eternidad

y para el espacio quieto de las azucenas genitales

y las espigas eróticas de los alacranes de sal.

Yo no sabía tu soledad despierta ni el paisaje gris de tu silencio

ni las marmóreas criptas donde tu nombre grababa misterios

de obsesiones y sueños desesperados.

Yo no sabía las lunas donde llorabas besos desolados

de Panamá a Tierra del Fuego, de Puerto Rico a Nueva York

y del cierzo presagioso a la rosa fértil de la mañana.

Ni sabía que había empezado la alucinación arcoirisada de las capillas

ni que veían tu nombre escrito en los costados del Mar Caribe

y en las cumbres amorosas del Yunque, los Tres Picachos y los Andes.

Yo entonces preguntaba y se deshojaban los pájaros de la aurora

en los enigmas de los templos.

Yo entonces preguntaba

y se pintaban los montes como las amapolas de las vegas

en el dondiego rojo que ardía en los atardeceres mudos del amor.

Yo entonces preguntaba y caía el clavel

en la epifanía dorada de los ríos

y en el claroscuro turbio de los aljibes.

Pregunté por ti en las bodegas, en los bares y en los tugurios,

si sabían noticias tuyas, si era cierta tu muerte

y me dijeron que ayer por la noche habías cantado

en el Teatro Puerto Rico, en el Sur del Bronx,

y que tuviste que repetir Linda tres veces

porque los bohemios borrachos y llenos de amor apasionado

tomaron el teatro por asalto en complicidad con Pedro Flores.

Alguien me dijo (por lo bajo y entredientes, y pidiéndome

que guardara el secreto):

---"Murió anoche en el Tibiritabara, lo mató un chulo celoso".

---"Murió embriscándose una mami"--- dijo un tecato tripiado.

Y una mujer resentida y desfachatada comentó a viva voz:

---"Mienten, mienten. El hijo de puta no ha muerto todavía.

Hay Daniel Santos para largo rato y tiene mucho que chingar".

El Diario La Prensa lo publicó en primera plana:

MUERE DANIEL SANTOS,

LATINOAMERICA DECLARA LUTO EN TODAS SUS NACIONES.

La noticia era conmovedora:

"El Inquieto Anacobero fue apuñalado por un marido celoso

en la Calle116 y Lexington,

cuando abría la puerta de un Toyota

a una dama aún no identificada. (¿La célebre Linda?)"

En Cuba la noticia llegó de otra manera.

Según Radio Habana, Daniel Santos cantaba

la canción Bigote de gato

en un club nocturno de la Calle 8 en Miami

cuando cayó súbitamente al suelo,

muerto de un ataque al corazón.

Pero según una versión sin confirmar,

acotó el locutor que daba la noticia,

se comenta que fue tiroteado

con pistolas con silenciadores

en una trifulca callejera con un grupo de chulos

que le reclamaban una mujer

que el Inquieto Anacobero les había levantado.

En Colombia la noticia tuvo otro sentido.

El Espectador, en un titular en letras rojas, decía:

MATAN A DANIEL SANTOS...

EL JEFE LUCHO CUERPO A CUERPO CON SUS ASESINOS.

Siete pistoleros del Cartel de Medellín, en una nota dejada

en una cabina telefónica, se responsibilizaron

de su muerte: "El Jefe se excedió y se tomó libertades indebidas

con la esposa de un miembro de nuestra organización,

razón por la cual fue sumariamente ejecutado".

Según Prensa Asociada, El Jefe Daniel Santos

enfrentó a sus asesinos

con su característica hombría y "a lo macho":

a uno lo abofeteó, a otro le escupió la cara

y a un tercero le dio una patada en los testículos;

y ya sacaba un arma para contestar el fuego,

pero no pudo con todas las descargas de siete contra uno.

El Jefe --contó un testigo-- le había estrujado en la cara

al mafioso del cartel que:

"las mujeres hermosas son para gozarlas

y si así no es en Medellín, así está escrito en mi libro."

"Se buscó la muerte,

como siempre la había buscado,

y se la buscó en buena lid,

fiel a su estirpe,

fiel a su palabra de gran soldado,

una muerte muy colombiana,


la del Jefe Daniel Santos..."

--cantó Francisco El Hombre en un vallenato

con su acordeón seguido de una procesión de pobres

por los farallones embijados de Bogotá.

Ayer, sin embargo, lo vieron en Santurce merodeando

por el Black Angus.

Tomaba un trago de Ron Barrilito

y hablaba con una hermosa prostituta

de escasa minifalda y un pérfido brassier

que contoneaba sus pechos acanelados.

Dicen que la besó apasionadamente

y le cantó el bolero Virgen de Medianoche

acompañado por el Trío Los Panchos.

Que entonces lo rodeó una multitud

y lo llevaron en hombros hasta el Puente Dos Hermanos

donde cantó el bolero Dos gardenias.

Que se tomó un trago de cognac que le sirvió Pepito Lacomba

y caminó al Escambrón

donde contempló la luna llena sobre las olas nocturnas.

Según el noticiero CNN lo vieron en Panamá

caminando por El Chorrillo

junto al General Omar Torrijos y Roberto (Manos de Piedra) Durán.

Dicen que cantaba el bolero Margie

y que le vieron rodar una lágrima por la mejilla.

"Silencio, el Jefe está triste," dicen que comentó Torrijos.

Pero en WKAQ, en la última noticia de la hora,

dijeron que estaba en La Barandilla del Viejo San Juan

cantando Azucenas

ante una multitud emocionada y nostálgica.

Lo veían por todas partes:

cantando ante la tumba de Albizu la canción Sin Bandera,

cantando en una prisión de Guayaquil, en Ecuador,

mientras los presos lo aplaudían y vivaban,

cantando en el Paseo El Conde de Santo Domingo,

cuando buscaba deseseperadamente a Linda.

En Radio Bogotá, en Colombia, la noticia era otra.

El locutor con estentórea voz emocionada

y desafiante orgullo decía:

"Muchos quieren matar a Daniel Santos (El Jefe), pero saben

que no pueden matarlo. Ayer se anunció que murió en Ocala,

Florida, pero un cable de Macondo señala que anoche cantaba

en ese poblado cumbias y boleros

acompañado por la Sonora Matancera

en un baile que terminó como el rosario de la aurora,

cuando un sol de amarillenta púrpura

amaneció en el tejado de los Buendía.

Cable Televisión lo presentó en un superespecial

que filmó en diversas localidades:

en Argentina cantando ante la tumba de Gardel

el tango Uno;

en Venezuela cantando Amor perdido por una colombianita

que lo había abandonado;

y en Puerto Rico cantando Obsesión por una boricua,

el último amor de su vida, que lo tenía loco de remate.

Después lo vieron cantando Borracho no vale

a los jugadores de dominó

en la Calle ll0 de El Barrio en Nueva York.

Sin embargo, los noctámbulos de La Caleta,

putas, chulos, alcohólicos, tecatos,

nómadas y desamparados,

lo vieron cruzar silencioso y meditativo

por la Puerta de San Juan.

Algunos comentaban que lo habían echado

de una fiesta en la Fortaleza

porque le cantó al gobernador la canción Preciosa,

de Rafael Hernández, restregándole en la cara los versos

"preciosa serás sin bandera, sin lauros ni glorias,

preciosa te llaman los hijos de la libertad",

rompiendo el protocolo y el orden del sarao palaciego.

Las estrellas titilaban en sus ojos y miraba sorprendido

las luces tenues de las costas de Cataño,

y un fantasmal barco negro y solitario que cruzaba la bahía.

Recordaba los interminables caminos de su vida:

... cuando el cuchillo de un contrario lo tuvo al borde de la muerte;

cuando Linda lo abandonó y todas las tardes

salía a encontrar el cartero "a ver si trajo algo para mí"

(la carta que Linda nunca contestó);

cuando durmió en el piso frío de una prisión en Cuba

y lo picaron miles de pulgas y mosquitos;

cuando fue amnistiado por el presidente Carlos Prío Socarras

y decidió suicidarse y se arrepintió

porque todavía tenía mucho que cantar;

cuando estrechó la mano de gloria de Don Pedro Albizu Campos

en las mazmorras de la Cárcel de Atlanta;

cuando el General Torrijos le dijo: "Daniel, estos cabrones

(en obvia alusión a los yanquis)

me van a matar un día de estos en un accidente";

cuando miró el azogado espejo de un bar y encontró la soledad

y el tiempo callado de tantos sueños muertos;

cuando miró su zapato triste y gastado;

y cuando contempló la cara de la fatalidad diciéndole:

"Qué extraña es la vida..."

Vio sus pupilas al borde de los Llanos Costeros del Sur.

Vio el Mar Caribe exhalar sus clorofilas y sus cabras desnudas.

Una canción flotaba alrededor de su cadáver silencioso,

que retoñaba mariposas anaranjadas y colibríes verdiazules.

Herido y muerto, celestial, humano, y otra vez

cadáver sin igual, abierto su costado, abierto, con un clavel

de sangre, con la muerte de prisa y mandadora.

---¡Por aquí pasa, ese es su destino; por aquí se revela,

y nos devora, llamadla, que ya es su mediodía de paloma!

Luego, retrocediendo ante el espejo, vio su sombra y dijo:

"No soy yo, soy mi fantasma",

y al descender del sueño descorrió el epitafio gris, restituyó

canciones y palabras, y dijo para sí en voz alta:

-- Daniel Santos, levántate, que esta no es tu muerte

ni tu estatua. Que no hay cosa más torpe que morir

ni mayor indignidad que la muerte inesperada.

Dicen que, en vez, alguien le oyó gemir por el silencio:

-- Eros, levántate y canta.

Ya su cadáver estaba lleno de antillas y naciones,

de todos los países que llamaban el Tercer Mundo.

En Colombia lloraban

de Cali a Medellín, de Bogotá a la selva amazónica,

e incensaban la noche del dios caribe con coca y humo de pacholí.

En la cárcel de Guayaquil los presos se amotinaron

y no se rindieron a las autoridades

hasta que no les trajeron una rocola

para escuchar las canciones más famosas del Jefe.

En el Oso Blanco de Río Piedras se iluminaron las almenas

con cirios rojos mientras los reclusos cantaban Irresistible.

Caminó,

cansado de tanta conjetura,

celebrando el amor como un pecado, celebrando la rosa de la luna,

aunque jamás pensó que la boda

de Eros y Thánatos fuera tan sólo una mirada a Linda.

Caminó por el prado de la ola, caminó callado y sin sentido,

caminó por el himen de la espuma y se fue acercando a la piedra gris,

lentamente, aclimatado al ser

y viendo su cuerpo entrar por la raíz del alma.