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La justicia de Elena

Helio Vera

El autor es un cuentista,ensayista y humorista paraguayo.

Es autor, entre otros libros, de Angola y otros cuentos, En busca del hueso perdido y Diccionario Contrera.


S e desprende, casi con fastidio, de los brazos que lo enroscan, y se sumerge en el baño del motel. Siempre hay tan poco tiempo, qué joder. Apenas el mínimo para una ducha apresurada que borre las huellas dejadas por la tierna ferocidad del combate, para peinar los cabellos revueltos y enloquecidos y para que la cara recupere su habitual placidez. Después, las protestas de siempre, el libreto que los actores repiten todas las veces, con escasas variaciones: de un lado las quejas, las amenazas, la autocompasión; del otro, las rebuscadas explicaciones, los cínicos recursos del camelo.

A Elena debiera bastarle el mezquino lapso que se concede a una cerveza en el parador casual de una autopista. Pero no, ella se empeña en convertir cada despedida en una escena agónica y dolorosa. Esta vez no será la excepción. Y pensar que aún falta una hora para que todo concluya, para que Javier pueda convencerla de llevarla a su casa. Todavía debía recitar el juramento ritual de una inagotable pasión que sobrevivirá a la guerra nuclear, a las calamidades del Apocalipsis.

-Nunca tenés tiempo para mí. Sos un acelerado. No me tenés ninguna consideración.

-¿Acelerado? ¿Consideración? No podemos quedarnos a vivir aquí.

-Tengo que mendigarte tu tiempo, como una pordiosera. Me siento vejada. Me tirás una hora de tu tiempo, como si le tiraras un hueso a un perro. Como el mendrugo que se le arroja a un pordiosero.

-¿Pero quién puede quedarse aquí toda la vida? ¿No fue suficiente de 5 de la tarde a 8 de la noche? -¡Suficiente? ¿Para que resucites después de quince días? ¡Te parece suficiente?

La lleva hasta el automóvil entre protestas y cariñosos forcejeos. En cada nuevo encuentro se vuelve más tenue la frontera entre la presión cariñosa de su brazo sobre la cintura y el firme empujón que la introduce al automóvil como si fuera a la celular de la Policía.

-Esto no se le hace a ninguna mujer; menos a mí. No me merezco este trato.

-Pero vamos, ¿qué te hice?

-Perdóname, pero me siento un objeto, que se usa y se arroja al basurero. Una tiene derecho a su autoestima.

La clandestinidad tiene reglas muy estrictas que los militantes deben cumplir puntillosamente para eludir la persecución. Lo esencial es la seguridad, y a ella deben subordinarse todos los demás actos. Más que a combatir, la guerrilla se reduce a un largo juego de disfraces y simulaciones, de fintas y pistas falsas para confundir y desorientar al ejército regular que la persigue. Toda precaución es poca, porque ella siempre combate con desventajas.

Para penetrar el secreto y destruir a los conspiradores, el enemigo cuenta con el soborno y la tortura, la delación y la cobardía, el acecho insomne del servicio de inteligencia. Las señales de la radio clandestina son perseguidas en el aire por sensibles radiogoniómetros que miden toda la comarca para fijar las coordenadas de la emisora rebelde; hambrientos perros de presa olfatean los evanescentes olores de los fugitivos, aun en el monte más enmarañado, aun sobre la piedra y el polvo; una densa nube de policías y soplones escudriña las ciudades, buscando pistas que conduzcan al odiado centro vital de la subversión.

Pone en marcha el motor y, en pocos segundos, el auto desemboca en la avenida Juan Domingo Perón. Cruza el semáforo de José Félix Bogado y entra, de un envión, a la avenida General Santos.

-Me tratás como un trasto viejo, como un objeto de supermercado. Se nota que no te interesan mis sentimientos.

Ni siquiera le contesta. En cierto modo, él es el culpable de esta nueva escena. Hace meses debiera haber terminado con esta insoportable comedia, pero nunca logró acumular la fuerza necesaria. Hay algo que todavía lo retiene a ella. Por eso, cuando lo llama, corre a buscarla y así reanuda el imprudente ciclo. Por suerte ella no vive muy lejos, pero todavía faltan unos quince minutos para llegar.

Ya es de noche. Las luces de la avenida desfilan como fugaces centellas. Es inevitable tragarse dos semáforos rojos. Cruza avenida España. ¿Quién me habrá mandado aceptar esta ridícula cena con los Acuña, a las ocho y media de la noche? Elena sigue aferrada a él, como

quien abraza un salvavidas en medio de un mar oscuro sacudido por una borrasca. La máquina circula con más lentitud, en las calles oscuras del barrio Las Mercedes. Hay que girar a la derecha en Juan de Salazar, ir un poco más, y ya está. Frena bruscamente. Todavía falta lo peor: la tempestad de recriminaciones que le arroja antes de dejarlo.

-Me escondés de la gente, como si yo fuera una leprosa. Como si tuvieras vergüenza de mí.

-Pero cómo se te ocurre decir esta tontería.

-Voy a comprar una campanita. Así podré avisar a la gente de que se mantenga lejos de mí, para no contaminarse.

-Vos siempre exagerás las cosas.

-¿Exagerar? ¿Acaso no es cierto lo que te digo? Lo que pasa es que ahora no sabés cómo desprenderte de mí.

Y pensar que todo era muy distinto cuando la conoció en aquella inocente reunión de fin de año del Yatch Club cuando, luego de haberle servido el vino en la copa, ella le obsequió con una sonrisa luminosa. Después, lo habitual: el bombardeo con ramos de flores, las llamadas telefónicas, la planificación de encuentros "casuales", las palabras estudiadamente halagadoras para celebrar sus vestidos, la elegancia del peinado, los labios carnosos y rosados, el cuerpo de museo, los muslos de antología y esa voz entre ronca e infantil que le murmuraba cochinadas en sus sueños. Después, la emoción de la primera salida. Por último, la noche gloriosa e irrepetible en la que ella se entregó con una larga ternura contenida que le hizo pensar que él era el único hombre sobre la tierra.

Elena desciende y se dirige hacia la entrada de su casa. De pronto se vuelve y sus labios dicen algo que él ya no escucha porque los vidrios del auto están levantados. ¿Qué habrá querido decirme? La deja con la palabra en la boca y arranca. Vuelve por General Santos, gira en España y se dirige velozmente hacia Manorá. Es la hora en que la ciudad se repliega hacia las afueras, aunque ya está amainando la primera gran oleada de vehículos. Ahora hay que retornar a casa. Allí lo esperan esposa y suegra, listas para salir.

El potro de tormentos está engrasado y tensas sus cuerdas; los carbones guiñan desde el brasero, anunciando que ya están listos para ser colocados sobre el abdomen del prisionero; refulgen los anillos que le sujetarán brazos y piernas para que el verdugo pueda trabajar a gusto, con esa silenciosa economía de movimientos que es el lujo de los virtuosos. Aparecen los ayudantes con las pinzas que le arrancarán las uñas, con la picana eléctrica que sembrará de fuego todo el cuerpo, con las cuerdas con las que lo colgarán de los pulgares, con los pesados martillos de hierro que le romperán los huesos: primero las dos tibias; después, rodillas y brazos; por último, cada una de las clavículas. Sobre la gorra negra del verdugo brilla una calavera de plata, símbolo de los infalibles emisarios de la muerte.

Es el momento de repasar el minucioso código de las precauciones. Apaga el aire acondicionado y abre las ventanillas -tal vez esto ayude un poco-, que dejan entrar el calor de la calle, como una bocanada caliente. Dentro del automóvil todavía flotan, en amenazante suspensión, todos los perfumes de todos los moteles de Asunción concentrados en una sola, múltiple y delatora esencia que habla de Elena. Olor a desinfectante, a jabón barato, a champú, a desodorante de ambiente, a su perfume, maldita sea, que hasta hoy no la puedo convencer de que no se lo ponga cuando va a salir conmigo.

El aroma crece desde los pedales, se mueve circularmente con los movimientos del volante, se pega a los asientos, se confunde con el tapizado. Es ella, que sigue estando allí, con su vasta presencia, con sus movimientos medidos y perezosos, con su exagerada languidez. El retrovisor le devuelve una delatora mancha de pintura en la mejilla: es la que usa Elena para acentuar la forma almendrada de sus ojos. Borra este último rastro con un enérgico fregado de pañuelo. El viento que entra por las ventanillas llena el auto con los olores de la calle al mismo tiempo que se pierden en el aire de la noche todos los aromas sospechosos.

Llegada. Se detiene ante su casa, que resplandece de luces. Atraviesa el jardín y, con dos saltos, sube los cuatro escalones. Ya son las 8:10 y todavía debo vestirme, ponerme el traje, la corbata. Entra en la sala como una exhalación, echando sapos y culebras contra el Jefe. Madre e hija lo esperan, sentadas acusadoramente en el sofá, las miradas inquisitivas recorriéndolo de pies a cabeza. Javier entona el angustiado himno del sacrificio, el agobio del trabajo, la cruz que hay que cargar cada día, por qué habremos venido a vivir tan lejos, en el fondo de Manorá. Es el oprobio. Espartaco vivía con más dignidad, con más sentido de la dignidad humana.

La suegra lo escucha con atención, el rostro impasible, hierático, glacial. Javier evita mirarla a la cara, pero siente sus ojos clavados en él, escudriñándole el cuello de la camisa, midiendo cada centímetro de su cara, tal vez repasando los sitios en los que pudo haber quedado la huella acusadora de un beso más apasionado, el hoyo sutil dejado por los dientes de Elena. ¿Quién me habrá mandado tener esa piel tan suave donde cada beso, cada estrujón, cada rastrillada de los colmillos dejan una marca de fuego?

La televisión estalla en ráfagas de ametralladora y en el bramido de un enjambre de tanques y vehículos blindados que irrumpe rabiosamente en el campamento guerrillero. La cruz gamada se multiplica en todos los banderines que flamean triunfalmente. La suegra se arrellana en el sofá, entusiasmada con la escena. Un orgulloso oficial conduce a retaguardia al jefe insurgente recién capturado, con la Walter apuntándole a la espalda, lista para disparar. Todavía ruge la batalla contra los revolucionarios en fuga. Después vendrá la operación de limpieza del área de influencia del escondrijo recién descubierto.

-¿Siempre tenés que llegar tarde? -la voz de la esposa tiene un tono suspicaz, inquisitivo.

-Ya nos llamaron dos veces -corea el basilisco con voz cascada.

Dos veces. Uno se sacrifica todo el día, como un chino, y a ella lo único que le preocupa es que ya llamaron dos veces para ir a escuchar los chistes repetidos del Gringo Acuña y la charla insulsa de su esposa Chela -la de la mía no le va en zaga-, que decaerá rápidamente en el repaso de las disputas con las empleadas domésticas, las dietas para adelgazar y la competencia sobre cuál pareja tuvo mejores vacaciones. Dos veces. No le importarían ni si los dos llamados hubiesen sido precedidos por las trompetas del Apocalipsis.

Por fin, el baño. La salvación. Un bunker de privacidad en un territorio ocupado por el enemigo. Cierra la puerta con brusquedad. Minutos después el agua tibia resbala sobre la piel. No olvidar el champú. La esponja recorre prolijamente todos los rincones del cuerpo ahogando en espuma los últimos restos del olor de Elena. Ha terminado. El vaporizador lanza al cuello un chorro de fragancia: un perfume mata a otro perfume.

Abre la puerta del baño y, enfundado en una breve toalla, se dirige a la sala con el pretexto de recoger una revista. Después se encamina marcialmente hacia la alcoba, seguido por la mirada asesina de Mimí. Se muere de ganas de levantar la toalla y, en un breve gag exhibicionista, mostrar el pendón triunfal y desafiante. La suegra simula no ver nada y se concentra en el televisor.

¿Por qué es tan intensa la luz de esta habitación? Los ojos le duelen bajo esa claridad. Explicación: es el reflector que baña el rostro tumefacto, deshecho a golpes, del prisionero de las SS. La luz le impide ver la cara que se le aproxima desde la zona de sombras, pero puede entrever que es blanca, acaballada y que unas gruesas gafas cabalgan sobre la nariz. El hombre tiene puesto un sombrero negro que acentúa las sombras que le esconden. ¿Por qué un sombrero dentro de una habitación?

El registro es nasal y monocorde. La voz le exige, con lúgubre suavidad, que confiese sus crímenes contra el Tercer Reich. Nadie lo sabrá: su nombre quedará a salvo y el deshonor no ensuciará su memoria. A cambio de la verdad, la piadosa promesa de una muerte rápida, despojada de las aulladas agonías del suplicio. Bastará un tiro en la nuca. La confesión, sincera y completa, ahorrará penalidades que sería largo describir pero que usted, que es inteligente, puede fácilmente imaginar. Pero la decisión del militante es inquebrantable: elige el martirio y rechaza la confesión.

Los tres salen juntos a la calle. El entra primero, para abrirles las portezuelas desde adentro. Horror. A su derecha, sobre el respaldo del asiento contiguo, brilla acusadoramente un largo y sedoso pelo rubio. Es de Elena. El pelo es tan escandalosamente distinto del de Mimí que toda negación sólo serviría para hundirlo aún más en el fondo del pantano. Lo aparta de un manotazo, simulando limpiar ostentosamente el sitio que ocupará la esposa. Pero ¿qué hacer con el pelo? Cierra los ojos y lo devora. La estoy comiendo de nuevo, en el sentido literal de la palabra. Antropofagia pura.

Enciende el motor y sale a la carrera. Ya están retrasados. La suegra se acomoda atrás, con un bufido.

-No hay necesidad de que vayas tan rápido.

-A esta hora ya no hay mucho tráfico, podemos darle pata al acelerador.

-Si hubieras venido más temprano ...

En pocos minutos ya están sobre España. ¿Por qué uno debe aceptar estas tertulias? ¿No sería más fácil decir que a uno le importa un rábano de los Chaves? ¿No sería más sincero rugir que uno está harto de escuchar estupideces? Mimí ladra:

-No sé por qué te apurás tanto. Si hubieses venido más temprano no tendrías necesidad de eso.

-Este semáforo tarda horas. Podría pasar todo un cortejo fúnebre.

Cinco minutos después, intersección con la avenida Santísimo Sacramento. Otra detención. Arranca de nuevo. Primera velocidad. El auto se estremece con el esfuerzo. Segunda. La avenida está más despejada y el aire viene más fresco. Las ruedas se deslizan suavemente sobre el pavimento. Adentro reina un pesado silencio, presagiando el estallido de una bomba.

Tercera, y un nuevo impulso. Cuarta. Y aquí, de pronto, la alarma. La palma de la mano ha encontrado algo extraño: un OSNI (Objeto Sospechoso No Identificado). Está insertado como una cuña, entre el asiento y la caja de cambios. Toca. Es suave, redondeado. Flexible. Se curva bajo la palma de la mano. Hay en él un hueco, tibio y profundo. Horror. Ya no hay duda. Es un zapato de mujer. El izquierdo. Palpa un poco más en la oscuridad. Allí está el otro, a poca distancia, a centímetros de distancia. Maldición. Los pelos de la nuca se le erizan horrorizados. Siente atrás, taladrándole la nuca, los ojos de la suegra. ¿Cobra? ¿Escorpión? ¿Mamba negra? ¿Cascabel? ¿Yarará? Un sudor frío desciende por la espalda.

Los dedos repasan la suave superficie inerte. Ya no hay duda. Es la catástrofe, el Armagedón, la prueba retumbante, definitiva, irrefutable, del adulterio. Hombre muerto, sin duda. No habrá coartada que lo salve. De allí a la guillotina, un solo paso. Y con ella, el escándalo, los gritos, la abominación pública. El dedo índice le señalará la puerta de la calle, donde ya le estará esperando una maleta cargada con prisa, con lo indispen-sable: pocos calzoncillos, algunas camisas, pantalones, un par de trajes, la máquina de afeitar, un toalla. Lo mínimo. Suficiente para aguantar los primeros días.

Los zapatos todavía guardan la tibieza de uno de los delicados pies de Elena. El taco termina en punta y una hebilla estará brillando en la oscuridad. La maldita los dejó deliberadamente. Ahora todo tiene explicación: la prisa con que salió del auto, el golpe violento con el que cerró la portezuela, el gesto extraño que le hizo con las manos, las palabras ininteligibles. Fue una imprudencia no haberla escuchado, no haberle dado los pocos segundos que ella le suplicaba. Hubiese adivinado lo que fraguaba y tomado las precauciones. Un minuto, ella sólo le pidió un minuto. ¿Qué es un minuto en la vida? Elena estará riéndose a carcajadas mientras él está rezando, suplicando perdón al Altísimo. Ahora debe sufrir la represalia: el castigo, el meditado placer de la venganza.

El pelotón de fusilamiento está ingresando al patio del cuartel. El tambor comienza un lúgubre redoble. La marcha rítmica de los hombres casi parece un estruendo en el silencio del alba. El condenado, a quien acaban de traer de la celda, mide con la mirada el patio del viejo

castillo convertido en cuartel, las almenas erizadas de centinelas, la lustrosa negrura de las botas. Tensa los músculos para desentumecerse y luego los afloja, para acentuar las sensaciones de estos últimos minutos sobre la tierra: las ráfagas de viento refrescándole la cara, la dureza de los adoquines bajo los pies, el escozor que le dejaron en la piel los grillos que acaban de retirarle. No puede ver los ojos de los soldados que forman una línea de tiradores frente a él: se lo impiden los cascos de acero, que oscurecen las caras. Pero, en cambio, la primera luz solar arranca destellos de muerte al caño de los fusiles.

Pero ¿por qué rendirse tan pronto? No todo está perdido. Los chinos dicen que toda crisis esconde una oportunidad. Todavía se puede pelear. El siguiente semáforo lo espera a cien metros. Ahora es el momento. Repentinamente, alarga la cabeza hacia la derecha y clava los ojos ostentosamente en las casas que van pasando, como si estuviera buscando algo. Ellas siguen con los ojos la dirección de su mirada. En ese lapso fugaz se apodera de uno de los zapatos y lo coloca al lado de la portezuela. Repite el truco de la mirada y ya tiene el par, a su izquierda, como dos misiles instalados en la rampa de lanzamiento. La voz de Mimí suena ofuscada:

-¿Pero qué diablos es lo que estás buscando?

-Nada. Sólo que me dijeron que en una de estas esquinas abrieron un bar de homosexuales. Tiene un letrero con dos corazones entrelazados. Interesante, ¿no?

-¡Qué te importa! ¿Acaso vas a ir allí? ¡Lo único que te faltaba!

-Es bueno estar informado. Es solo eso.

-Lo que pasa es que tenés la mente podrida.

Pero la treta funciona. No hay nada como la morbosidad para atraer la curiosidad femenina. Las dos mujeres también miran a la derecha. Taladran cada esquina en busca del letrero delator, la infame marca de Sodoma y Gomorra,

el anticipo del fin del mundo.

La situación vuelve a quedar bajo

control. Sólo falta el golpe final.

-¿No será allí? -dice Javier-. Esa casa es sospechosa. Tiene todo el aspecto de servir para esas degeneraciones.

Ambas pegan las narices a las ventanillas. Es ahora o nunca. Abre la portezuela, arroja los dos zapatos al asfalto y gira a la derecha para ingresar a la avenida Brasilia, con la velocidad de quien va huyendo de un fantasma. Ya están cerca de la casa de los Chaves. El peligro ha pasado. Suspira, aliviado. La noche parece más clara y las estrellas parpadean amigables. Esta vez, la salvación llegó al final, luego de un insoportable suspenso. Dos minutos después llegan al lugar de la cita. Detiene el motor. Las mujeres se disponen a bajar. De pronto escucha atrás un desesperado graznido:

-Nena, ¿dónde están mis zapatos?

Cierra los ojos y escucha la descarga, como un trueno lejano. Al mismo tiempo, diez proyectiles le muerden el pecho, furiosamente. (25/10/97)



De la exposición Herreros del Caribe integrada por esculturas haitianas y publicadas en Anales del Caribe de Casa de las Américas.