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En
Sin embargo, se me ha atribuido querer "minimizar
la participación de Betances" en el magnicidio de Cánovas del
Castillo, citando palabras mías en las que
lo que hago es reseñar la
interpretación de
Fernández.5 Cualquiera que lea la parte de mi ensayo dedicada
al libro del historiador cubano puede corroborar sin dificultad lo
que acabo de señalar. No soy el
único que salgo mal parado, pues se ha sugerido la existencia de algo
así como una concertación para
"no hablar o de hablar en voz baja" sobre la participación de
Betances en el magnicidio de Cánovas. Además, se ha insinuado que
sobre el asunto algunos historiadores han hecho "afirmaciones
sin aportar prueba documental alguna". Los historiadores señalados incluyen
algunos distinguidos puertorriqueños practicantes
Estas mordaces afirmaciones son desmentidas, curiosamente, por su autor cuando afirma en sus conclusiones que todos los autores que ha estudiado "aceptan, al menos indirectamente, la participación de Betances en el magnicidio de Cánovas del Castillo" y que existen algunos como Félix Ojeda "que afirman que Betances intervino en el asunto de Cánovas `con una acción directa y que la financió'".7 Sobre el señalamiento de los documentos el mismo autor se pregunta: "¿Hay documentos o no hay documentos sobre la participación de Betances en el asesinato de Cánovas?", y se contesta seguidamente: "Opinamos que no hay prueba documental, o al menos no la hemos encontrado, como tampoco la han encontrado los autores que estudiaron este tema...".8 Entonces, no parece descabellado preguntarle por qué exige documentos a los autores que increpa, requerimiento cuanto más extraño porque lo puntualiza al comentar palabras del Dr. Félix Ojeda Reyes9, quien se ha caracterizado, precisamente, por su búsqueda de documentos originales sobre Betances en archivos (públicos y privados) y bibliotecas en Puerto Rico y el extranjero durante años. Por mi parte, aclaro antes de continuar con los temas que me propongo desarrollar en este ensayo que no tengo ningún reparo en reconocer la participación de Betances en el magnicidio de Cánovas del Castillo, pues nunca he pretendido minimizar su participación en ese acontecimiento. No obstante, aclaro igualmente que no estoy de acuerdo con aquellos que pretenden sacar esa participación fuera del contexto político en que ocurrió con el propósito abierto o velado de convertir a Betances en villano y a Cánovas en víctima inocente. El historiador que se acerque responsablemente a este asunto controversial, lo primero que debe reconocer es que el asesinato de Cánovas fue una acción política realizada dentro del contexto de una guerra que provocó miles de muertes en ambos bandos y que el ministro español fue uno de los principales responsables de su extremada violencia y prolongación. Su responsabilidad no debe minimizarse ni exagerarse, pero debe reconocerse y sopesarse para intentar entender las razones que pudieron tener aquéllos que optaron por la acción política de atentar contra su vida.
La política colonial de Cánovas del Castillo en la balanza: La responsabilidad de Cánovas del Castillo en las circunstancias que llevaron a su asesinato se infiere paradigmáticamente de su afirmación relativa a la insurrección cubana de que, "España empleará la sangre de su último hombre y quemará su último cartucho, y gastará su último céntimo en conservar aquellas provincias".10 Claro está que hay que renocer que Cánovas no fue el único responsable de la política española hacia Cuba sino únicamente su principal artífice, pero que fue apoyado por casi todos los políticos españoles importantes de aquel momento. Al respecto, Manuel Tuñón de Lara señala que hubo algo así como una unión sagrada compuesta por "conservadores, liberales, ultramontanos e incluso algún republicano a lo Castelar". El propio Práxedes Mateo Sagasta el principal dirigente de la oposición durante la llamada Restauración respaldó la política de Cánovas hacia la insurrección cubana con otras palabras igualmente paradigmáticas en las que expresó que España daría "hasta la última gota de sangre y su última peseta", esto, para finalizar la insurrección cubana.11 A. El lado bueno: La persona y obra de Antonio Cánovas del Castillo reciben un juicio altamente favorable de algunos historiadores. Jorge Valtueña considera que: "No fue, pues, sólo el año 1898 el año del desastre, sino que, como hemos visto, las tres cuartas parte del siglo XIX fueron un desastre prolongado. Cánovas, al menos, con la restauración de la monarquía y la Constitución de 1876, con sus virtudes y defectos, inyectó en este cuerpo enfermo de la España decimonónica, un hálito de vida, de paz y de esperanza".12 Este juicio favorable lo comparte con otros historiadores como José Fernández Sanz que ha visto a Cánovas como "uno de los políticos españoles más relevantes del ochocientos y, sin duda, el más destacado del último cuarto del siglo. A diferencia de aquellos otros que más bien son hombres de partido, nuestro personaje es prioritariamente hombre de Estado, cuyo estilo imprime carácter a un largo período de la historia de España, estilo, que en algún modo, le sobrevive".13 Valtueña reservó, evidentemente, lo mejor del tintero para describir lo que considera las virtudes de la persona de Cánovas, intercalándolas entre uno y otro párrafo, pero sin dejar de reconocer ciertos defectos que otros le han atribuido, parece que con la intención consciente o inconsciente de liberar a su ensayo de ser un texto abiertamente apologético. Así, por ejemplo, destaca "su fidelidad a la amistad verdadera, a la de toda la vida y con personas que fueron siempre sus adversarios políticos"; afirma que sus cartas muestran a Cánovas tan "cordial y sensible que podrían servir para suavizar el apelativo de `monstruo' con que se le conoce"; señala que "el tiempo libre que le dejaban las continuas alternancias del poder con Sagasta, Cánovas, hombre estudioso y voraz lector, lo aprovechaba para escribir obras históricas sobre España..., dictar conferencias, preparar discursos y asistir a las reuniones del Ateneo madrileño y de la dirección de la Real Academia de la Historia, cuya presidencia ocupó durante varios años". Al respecto, afirma metafóricamente que, "cuando hoy uno camina por esos dos edificios [los del Ateneo y Real Academia de la Historia] próximos el uno del otro en el viejo Madrid, en ambos se siente todavía la presencia de Antonio Cánovas del Castillo".14 No obstante, Valtueña también alerta al lector que Cánovas sabía odiar y que algunos lo odiaban tanto como para querer asesinarlo. Sobre lo primero señala: "Los que lo conocieron afirman que cuando odiaba era implacable. Que hacía más daño con un chiste que con un decreto". Sin embargo, éste no refiere la fuente de esta afirmación por lo menos, curiosa e intrigante que provoca la inquietud por saber si pensaron igual los que en alguna medida sufrieron las consecuencias de su política de mano dura y desearon asesinarlo, entre los que él mismo identifica a los anarquistas españoles y a los insurgentes cubanos.15 Según sus palabras, Cánovas era "odiado cordialmente por los cubanos que sufrían las atrocidades cometidas por el General Valeriano Weyler, enviado por Cánovas para aplastar los deseos de independencia de la Antilla Mayor. Suponemos que aunque Weyler era el tirano, quizás odiaban más a Cánovas ya que consideraban a aquél como mero ejecutor de las órdenes de éste".16 Ésta es, por lo menos, una lectura sesgada de este asunto crucial para tratar de explicar los móviles del magnicidio de Cánovas y la participación que se le atribuye a Betances en el controversial acontecimiento. La pregunta inevitable es si la percepción de los cubanos era correcta, si se ajustaba o no a la realidad, o sea, si Cánovas era, en última instancia, el principal responsable de las atrocidades cometidas por Weyler en Cuba. B. La otra cara: En este asunto sería bueno aprovechar la lección que ofrece Valtueña a aquellos supuestamente interesados "en ocultar toda participación de Betances en el asunto de Cánovas". Esto es, indagar sobre si puede adjudicarse a Cánovas del Castillo alguna responsabilidad por las crueldades perpetradas en Cuba por el ejército español y los llamados Voluntarios bajo el mando del general Valeriano Weyler. Esta indagación ayudaría a aclarar si el odio cordial que los cubanos sentían hacia el ministro español, estaba justificado. Lo primero indispensable es reconocer que si algún aspecto de la política de este singular hombre de Estado y de aquéllos de sus contemporáneos que compartieron la dirección del gobierno español durante el último cuarto del siglo XIX está en entredicho, es el de su política colonial, especialmente hacia la Cuba insurrecta. Examinemos varios juicios que al respecto han formulado algunos historiadores, sobre todo, en años recientes. Manuel Suárez Cortina se refiere, en términos generales, "a los errores de la política colonial desarrollada por los por los distintos gobiernos [españoles] desde la Paz del Zanjón (1878)", la que significó una tregua pero no una derrota a la insurrección. Asimismo, acota que: "ni la abolición de la esclavitud en Cuba (1886), ni los tímidos proyectos de reforma administrativa emprendidios por los gobiernos españoles (el más notable fue debido a Maura en 1893) dieron satisfacción a los distintos sectores de la sociedad cubana, cuyas directrices políticas fueron haciéndose inaplicables ante la propia dinámica de los hechos. La guerra en Cuba (1895-1898) abrió un proceso bélico que en tres años mostró tanto la incapacidad militar de las fuerzas armadas españolas (Martínez Campos, Weyler y Blanco, sucesivamente) como la política de unos gobiernos conservador y liberal incapaces de lograr ni una victoria militar definitiva, ni una solución política o diplomática. Las medidas polítcas fueron tardías e ineficaces. Solamente en 1897, ya muerto Cánovas, se decretaron soluciones políticas que años antes hubieran podido evitar la guerra, pero que en aquellos momentos poco o nada podían hacer".17 Por su parte, Roberto Mesa observa que España entonces "imaginaba que todavía era una potencia colonial que mantenía su poder al precio de una elevadísima sangría de hombres y de dineros". Para ilustrarlo destaca que España en la Guerra de los Diez Años envió a Cuba 181,000 soldados de los que murieron cerca de 90,000 e invirtió cerca de 70 millones de duros, sin resolver el conflicto que se reanudaría en 1895, mientras que durante la Segunda Guerra de Independencia cubana (1895-1898) envió 200,000 soldados a Cuba, 25,000 a las Filipinas para sofocar la insurrección que allí prendió paralelamente y 4,500 más a Puerto Rico como disuasión a cualquier conato de insurrección. Respecto a la insurrección cubana, Mesa afirma que: "El ejército y el gobierno de España rivalizaron en torpeza y crueldad. Su paradigma pasaría a las crónicas bajo el nombre de Valeriano Weyler, introductor de prácticas concentracionarias en la isla de Cuba. Por su parte, Cánovas del Castillo alcanzaría la popularidad del patrioterismo, con una frase digna de figurar en el valleinclanesco Callejón del Gato: `Hasta el último hombre y hasta la última peseta'".18 Christopher Schmidt-Nowara señala que después de la Paz de Zajón (1878), "a pesar de que importantes personalidades políticas españolas, como Martínez Campos y Antonio Maura (así como políticos de menor rango, como Rafael María de Labra) abogaron por la liberalización del régimen colonial, el Gobierno español y los españoles residentes en Cuba se opusieron a la realización de cambios significativos. La intransigencia se hizo más rígida bajo el Gobierno conservador de Antonio Cánovas del Castillo y su capitán general en Cuba, Camilo Polavieja, el General Cristiano. Cánovas y Polavieja intentaron regresar el reloj colonial, situándolo en los días de la dominación española anteriores a 1868". Asimismo, éste afirma categóricamente que ante los reclamos de cambios políticos que emanaban de Cuba, "la derecha española, representada por el Partido Conservador de Cánovas, era partidaria de la represión antes que de las reformas".19 La política colonial del gobierno español dirigido por Cánovas del Castillo, intransigente y reaccionaria, descrita metafóricamente como "la ceguera española" por Roberto Mesa fue la que principalmente contribuyó a impedir una negociación con los insurgentes cubanos y a la concertación de una solución pacífica y definitiva al conflicto que estalló nuevamente en1895.20 Según Schmitd-Nowara la reactivación de la insurrección en Cuba en febrero de 1895 sorprendió al gobierno español que parece que no la esperaba, además la primera percepción de la mayoría de sus dirigentes principales fue subestimar su potencial. Poco después del Grito de Baire, el Partido Conservador asumió nuevamente las riendas del gobierno español en mayo de 1895. En otras palabras, Cánovas del Castillo fue el que tomó las primeras medidas para enfrentar la nueva insurrección cubana.
Los historiadores antes citados coinciden en señalar que la prominencia política desempeñada por Cánovas del Castillo hasta el 1897 fue un factor determinante de la incapacidad del gobierno español para diseñar soluciones negociadas o políticas que evitaran la guerra en Cuba o, por lo menos, el carácter extremadamente violento que tomó. Además, otros reconocidos historiadores coinciden con esta percepción y destacan la responsabilidad de Cánovas en la designación del general Valeriano Weyler con el propósito de sofocar la insurrección cubana sin ningún reparo a los daños que sus tácticas provocaran sobre la población civil cubana y el país. Al respecto Tuñón de Lara señala que: "En los primeros días de 1896, las fuerzas cubanas seguían avanzando... Entonces Cánovas destituyó a Martínez Campos y, decidido a hacer `la guerra cruel', nombró al general Weyler capitán general de Cuba. Por esta razón dimitió el Duque de Tetuán. Weyler entró a la historia con el triste distintivo de establecer los campos de concentración y emplear el terror como método de guerra".22 En otras palabras, la designación Weyler tuvo la intención de que empleara en Cuba las tácticas militares que Tuñón de Lara llama guerra cruel. Sobre el particular Emilio Roig de Leuchsenring escribe que: "Martínez Campos, después de haber confesado su fracaso, sugirió a Cánovas el nombre de Weyler como el capaz de implantar la guerra despiadada y la reconcentración y exterminio del campesinado... El Presidente del Consejo de Ministros de España, Cánovas del Castillo, respaldó abierta y totalmente a Weyler en su dificilísimo empeño de poner fin a la revolución libertadora cubana".23 Cuando el general Valeriano Weyler fue
designado capitán general de Cuba en 1896
no era un desconocido para Cánovas quien conocía muy bien sus tácticas
miltares. Weyler había participado tanto en la
Guerra de la
El reconocido historiador cubano expresa que: "En este tipo de contraofensiva, los civiles eran acusados de espías, los caseríos (aunque estuviesen abandonados) eran quemados como posibles campamentos enemigos, y matado el ganado y arrasados los sembrados como medio de evitar la subsistencia de los rebeldes. Fue una política de extrema crueldad, justificada como único medio posible de evitar que la guerra se prolongara. Así, desde los primeros momentos, el costo de la guerra en víctimas civiles fue altísimo y se ensanchó la brecha criollo-peninsular".24 Esta táctica de guerra se conoce históricamente como la reconcentración y fue implantada en Cuba por Weyler a partir del 1896. La designación de Weyler significó la determinación del gobierno español encabezado por Antonio Cánovas del Castillo de ganar la guerra sin importar sacrificar a la población civil cubana en el proceso. Ésta es la responsabilidad de la que no se puede sustraer ni minimizar a Cánovas, o sea, su apoyo a la implantación de la llamada reconcentración por Weyler, la que provocó miles de muertes entre la población civil cubana y aún entre los mismos soldados españoles y de lo que se habló muy poco en el centenario del 1898. La reconcentración fue una acción de guerra que victimizó principalmente a los campesinos, que alegadamente colaboraban con las tropas insurgentes cubanas, que fueron localizados forzosamente en las ciudades, se destruyeron los sembrados y se mató el ganado de todo tipo. Los efectos perniciosos de la reconcentración se dejaron sentir también cual bumerán sobre los soldados españoles. Moreno Fraginals analiza lo acontecido de la manera siguiente: "Con esta política [Weyler] consiguió en parte su objetivo de cortar los suministros a las tropas independentistas, pero se encontró con ciudades superpobladas en relación a sus posibilidades de vivienda y alimentación. Al faltar la producción agrícola el hambre creció verticalmente mientras las condiciones sanitarias mínimas desaparecían. Las epidemias típicas cubanas tomaron fuerza afectando no sólo a la población civil, sino a los soldados que España derramaba sobre la Isla y frente a las cuales la joven tropa española carecía de anticuerpos. La mortalidad del ejercito español alcanzó límites increibles: los hospitales estaban repletos y fue necesario construir uno nuevo... Por su parte, la población civil era sacrificada sin que el ejercito independendista dejara de combatir".25 C. Reconcentración y mortandad: Según Leví Marrero, "el número de víctimas de la Reconcentración no ha sido establecido estadísticamen-te".26 Esto es, que sobre el monto de la tragedia sólo existen estimados que varían de acuerdo a los testigos contemporáneos o los historiadores que han tratado el tema, y las fuentes y los criterios que han utilizado. No obs-tante, puede afirmarse independientemente de las variaciones en los estimados que ésta produjo (directa o indirectamente) la muerte de un número considera-ble de personas, sobre todo entre la población civil cubana. Veamos brevemente algunos de los estimados ofrecidos por los historiadores consultados al respecto. 1. Las víctimas cubanas: Marifeli Pérez-Stable estima que murieron unos 300,000 cubanos (de una población total aproximada de 1,500,000).27 Este estimado es bastante razonable aunque parezca elevado a primera vista como se comprobará más adelante. Por su parte, Roig de Leuchsenring menciona el estimado que ofrece el Conde de Romanones en un libro publicado en 1898 en el que sugiere que muerieron "más de trescientos mil reconcentrados agonizantes y famélicos de hambre y miseria alrededor de las poblaciones". Además, Roig de Leuchsenring cita también otro estimado que refiere el mismo Romanones tomado de una carta que le escribió el político liberal español Canalejas en el que se afirma que: "Curas y soldados, radicales y conservadores, todos convienen en que la guerra y la reconcentración han originado la muerte de una tercera parte, por lo menos, de la población rural, es decir más de cuatrocientos mil seres humanos".28 Leví Marrero menciona la información recogida por Robert T. Hill en el U. S. Geological Survey en 1898 y que Hill atribuye como fuente al Obispo de La Habana en la que afirma que "durante la guerra habían sido sepultadas en terreno sagrado 400,000 personas".29 El Obispo de la Habana entre 1887-1899 era el español Manuel Santander y Frutos, por lo tanto, debió ser el autor del estimado aludido por Hill. El obispo Santander ha sido descrito por Manuel Maza, S. J., como afiliado ideológicamente al integrismo por lo tanto, contrario a la idependencia de Cuba que públicamente utilizaba el sambenito que catalogaba a los insurgentes cubanos "como enemigos jurados de la religión". No obstante, el historiador jesuita señala igualmente que la filiación integrista no impidió que en cierta ocasión Santander informara secretamente a la Santa Sede que los párrocos "han sido respetados de los insurrectos, no habiendo estos maltratado a ninguno".30 En otras palabras, parece que el prelado español tenía la capacidad de ser objetivo, por lo menos en ocasiones, lo que deja abierta la posibilidad que lo fuera al brindar el estimado que Hill le atribuyó. Los estimados anteriores aunque posiblemente exagerados en algunos casos apuntan hacia una alta mortandad, sobre todo de la población cubana que a penas superaba un millón quinientos mil habitantes en 1898. Esto se desprende aún de los cálculos más moderados como el de Franklin W. Knight quien estima que un 10 por 100 de la población cubana murió o se marchó al exilio entre 1895-1898, o sea, unas 150,000 personas.31 Leví Marrero ofrece un estimado parcial basándose en la evidencia documental disponible que se ajusta a las exigencias de la estadística contemporánea. Primeramente, toma en consideración la información del censo de 1899 realizado por el gobierno interventor de los Estados Unidos que arrojó un población de 1,572,797, que reflejaba una reduc-ción de 58,890 personas a la población estiamada en 1887. Sin embargo, observa que esta reducción 58,890 personas "refleja sólo parcialmente el costo en vidas de la Guerra de Independencia", y añade que, "tomando en consideración un cálculo razonable del crecimiento vegetativo de la población que debió ocurrir entre 1895 y 1898, el costo en vidas cubanas sumaría más de 200,000 personas".32 El distinguido historiador y geógrafo cubano hizo un análisis adicional más específico basado en alguna de la información recopilada en el censo de 1899 que arroja luz sobre la posible magnitud de la tragedia en el que señala que: "Las cifras incompletas compiladas durante la preparación del Censo de 1899, reflejan la catastrófica mortandad provocada por las implacables medidas aplicadas a la población civil, que incluyeron la Reconcentración". Se refiere a las cifras correspondientes a las muertes registradas sólo en la ciudad de La Habana y las provincias de Matanzas y Santa Clara (Las Villas) entre 1895 y 1898, las que sumaron un total de 231,158 personas.33 Este análisis, basado en documentación estadística oficial, establece la posibilidad de que el total de muertes fuera superior a las 250,000 personas y que se aproximaran, por lo menos, a las 300,000 víctimas señaladas por otros historiadores. 2. Las bajas españolas: Por el otro lado, las cifras que ofrecen algunos de los historiadores consultados sobre las bajas sufridas por los españoles varían igualmente, aunque todas son igualmente impresionantes. Suárez Cortina señala que: "De los 200, 000 soldados movilizados a lo largo de la guerra, la mitad no regresaron [100,000] y de ellos solamente un parte lo hizo en buenas condiciones". Además, observa que: "Fueron los sectores populares los que más padecieron las consecuencias de la guerra. Soldados de reemplazo, bisoños y mal preparados, fueron enviados a un conflicto que los diezmó tanto o más por factores alimenticios y enfermedades que en combate".34 Por su parte, Juan Pan-Montojo ofrece cifras distintas, señalándo que: "durante cuatro años España envió una cifra considerable de hombres unos 221,000 sólo a Cuba, de los que cerca de 50,000 no regresaron, la inmensa mayoría muertos a causa de las enfermedades tropicales y la falta de recursos sanitarios, el resto establecido en Cuba y caídos en encuentros con el enemigo".35 Las cualificaciones que hacen ambos historiadores apuntan a responsabilizar la mayor parte de las bajas sufridas por los españoles a algunas de las condiciones generadas por la reconcentración e. g., factores alimenticios, falta de recursos sanitarios, etc.. Por su parte, Moreno Fraginals que es una de las fuentes utilizadas por Pan-Montojo compara el número de soldados que España envió a Cuba y los que regresaron a la Península entre 1887-1898, señalando que de un total de 354,658 enviados sólo regresaron 146,683, o sea, que no regresaron poco más de 200,000. Sin embargo, alerta que el alto por ciento de los que no regresaron sugiere que no pudo deberse sólamente a las bajas muertes, desaparecidos y deserciones, aunque reconoce que: "La mortalidad del ejercito fue altísima, pero no como para acabar con el 60 por 100 de una tropa que tenía un promedio de edad de 21 años".36 La cualificación parece razonable porque claramente reconoce en algunos de sus textos citados anteriormente los efectos negativos de la reconcentración sobre el ejército español en Cuba y la alta mortandad que ésta produjo entre los soldados. Estas cifras aunque variables 50,000 ó 100,000 son, por lo menos, significativas. La población de España para los años en cuestión circa. 1887-1898 se aproximaba a los 18 millones, así es que las bajas españolas aunque significativas no pueden catalogarse como una sangría de la población española en general. Sin embargo, debe destacarse el hecho de que las bajas ocurrieron principalmente en la población joven lo que se desprende de lo señalado por Moreno Fraginals y Suárez Cortina, pues la edad promedio de la tropa española enviada a Cuba era de 21 años. Las cifras anteriores tanto las más elevadas como las moderadas señalan claramente que si en España en términos generales no ocurrió una sangría, en Cuba sí la hubo. La reconcentración ha sido identificada como principal responsable de la hecatombe ocurrida en Cuba entre 1895-1898. Los datos conocidos apuntan a que si bien ésta fue implantada allí por el general Valeriano Weyler desde 1896, fue autorizada y respaldada por Antonio Cánovas del Castillo actuando como Presidente del Consejo de Ministros de España. Además, que ésta contó con el apoyo de los principales dirigentes españoles de la llamada Restauración y, asimismo, que fue impulsada y apoyada por la élite económica hispano-cubana y por los proponentes del llamado integrismo en España y en Cuba. Curiosamente, entre sus proponentes y defensores principales hubo algunos eclesiásticos españoles prominentes como el doctor Juan Bautista Casas gobernador eclesiástico de la diócesis de La Habana entre 1893-1894 y fue implícitamente condonada por la Santa Sede con el silencio y el apoyo al gobierno español en el conflicto colonial.37 3. Degradación racial, intelectual y moral del otro y reconcentración: La pregunta inevitable es cómo explicar la implantación de esta política a todas luces inhumana en contra de todo un pueblo en aras de ganar una guerra. El historiador frente a este tipo de interrogante no puede ofrecer más contestaciones que sus percepciones particulares sin pretensiones de que sean verdaderas. Sin embargo, se sabe que la conducta política requiere de una racionalización (explícita o implícita) que sirva para su justificación y que, en ocasiones, se manifiesta como una representación interesada y degradante del otro. Se sabe, igualmente, que la degradación del otro ha servido para justificar algunos de los abusos y atropellos más viles. La supuesta "inferioridad" racial, intelectual y moral ha sido uno de los mecanismos más utilizado para la degradación del otro. A esta categoría corresponden las palabras que Cánovas del Castillo expresó al corresponsal del periódico francés Le Journal en 1896 el año que Weyler comenzó a implantar la reconcentración en Cuba en las que afirmó que: "Los negros en Cuba son libres; pueden contraer compromisos, trabajar o no trabajar... y yo creo que la esclavitud era para ellos mucho más preferible a esta libertad que no han sabido aprovechar más que para no hacer nada y formar masas de desocupados. Todos los que conocen a los negros le dirán que en Madascar, como en el Congo y en Cuba, son perezosos, salvajes, inclinados a obrar mal, que hay que manejarlos con autoridad y firmeza para obtener algo de ellos. Esos salvajes no tienen otros dueños que sus instintos, sus apetitos primitivos".38 Estas palabras Cánovas las pronunció doce años después de la abolición de la esclavitud en Cuba cuando la insurrección cubana se encontraba en apogeo. Cuba contaba en su población con un por ciento relativamente alto de negros y mulatos y la insurrección iniciada en 1895 atrajo a sus filas a muchos, entre ellos, a Antonio Maceo, uno de sus principales y más carismáticos dirigentes. Rebecca J. Scott observa que: "El concepto de una `Cuba libre' difundido por los líderes insurgentes atraía a los afrocubanos a través del nacionalismo y de una ideología de sufragio universal y de igualdad racial. La fuerza insurgente era claramente multiracial y multiclasista, dotada de un carácter popular muy marcado. Los afrocubanos ascendían a menudo a puestos de liderazgo dentro de las fuerzas rebeldes y experimentaban una igualdad con los soldados blancos que trascendía todo lo que había sido posible durante la Guerra de los Diez Años".39 No parece exagerado suponer que las palabras de Cánovas que claramente degradaban al negro tuvieran también intención de degradar, simultáneamente y subliminalmente, a la insurrección cubana como un mecanismo para justificar las medidas que se tomaran para sofocarla sin importar la violencia que significaran. El epíteto de "negros", con toda su carga peyorativa, era lanzado junto a otros igualmente degradantes contra los insurgentes cubanos según Roig de Leuchsering por "la mayoría de los gobernantes, políticos, militares y periodistas españoles", que lo "usaron siempre como arma principal para desprestigiar a los revolucionarios cubanos el insulto y el desprecio". Sin embargo, esta degradación no se cirscunscribió únicamente a los españoles, sino a la mayoría de los opositores a la insurrección españoles, cubanos y extranjeros, quienes según Rebecca J. Scott "describían a los rebeldes con un desprecio que revela sus propios prejuicios clasistas y las divisiones de clases que percibían". Scott cita palabras de un estadounidense propietario de una plantación en Cuba en las que se refería despectivamente a los insurgentes señalando que "muchos de ellos eran negros, en gran parte eran cubanos blancos ignorantes".40 El presbítero Juan Bautista Casas fue un ideólogo del integrismo y el colonialismo español en Cuba que propuso la implantación de la reconcentración en 1895 aún antes de que Weyler la instrumentara. En sus escritos estudiados por Manuel Maza, S. J.41 degradó consistentemente a los insurgentes, al pueblo cubano en general y, sobre todo, al guajiro en particular. Casas atribuyó "los males" de Cuba a factores naturales como el clima ("dulzón, muelle y enervante") que alegadamente debilitaba a los hombres y a "la pobreza de la sangre" producto de la "la increíble mezcla de razas" que existía en la Isla. Según su lectura torcida, la independencia de España significaría para Cuba el aniquilamiento, la anarquía y "una feroz dictadura negrera o la anexión norteamericana". Describió a los guajiros cubanos peyorativamente alegando que vivían en promiscuidad y en total descuido ("Descuido en el vestir, descuido en el dormir, descuido en la vista, descuido en el oír, descuido...en todo"); y expresó cínicamente que no se explicaba cómo sabían hablar y que al oírlos, había "pensado muchas veces si el lenguaje es en cada individuo inspiración de Dios, como afirman los sostenedores de esa idea en cuanto al primer hombre". No es de extrañar, pues, que esta visión degradante de los campesinos cubanos permitiera a Casas proponer sin empacho que fueran concentrados en pueblos para "terminar así con aquella masa `transhumante'" y evitar que dieran a la insurrección "los brazos y recursos que le dan". Los efectos desoladores e inhuma-no que esto significa-ría para sus víctimas importaron poco o nada a este eclesiástico español ideólogo del colonialismo, que parece que lo único que le interesaba era que el ejército español no dejara "ni una pulgada de superficie sin registrar ni [que] pueda agazaparse un solo mambis (sic) en la manigua ni sepultarse en las numerosas cuevas naturales que agujerean la isla".42 D. ¿La única política colonial posible? Este cuadro de pérdidas de vidas humanas asociadas a la guerra colonial y a la reconcentración aconseja cautela, por lo menos, al emitir juicios sobre la política colonial del gobierno de España bajo la dirección de Antonio Cánovas del Castillo principalmente. Ésta se caracterizó por el empleo de la represión y la guerra en vez de la negociación política para enfrentar el reto que le planteó la insurrección cubana. Sin embargo, es hecho que los historiadores la han evaluado e interpretado de maneras diversas, sobre todo, en años recientes con motivo del centenario de los acontecimientos del 1898. Pasemos revista, aunque sea someramente, a algunas de éstas que nos parecen las más relevantes. La interpretación del historiador cubano Manuel Moreno Fraginals es un buen punto de partida y referencia para las restantes consultadas. El conocido historiador cubano afirma que: "Es absurdo afirmar que España se empeñaba en mantener una política anacrónica e irracional respecto a Cuba: Sagasta y Cánovas eran demasiado inteligentes para implantar, sin razones, un sistema incoherente. Su política respecto a Cuba fue la única posible para una metrópoli, situada a 9,000 kilómetros de distancia, que sólo consumía, comercializaba y transportaba el 3,7 por 100 de la producción colonial, mientras más del 90 por 100 lo hacía Estados Unidos, a sólo 120 kilómetros de su costa. La política española era de supervivencia dentro de un sistema en el cual no actuaba como metrópoli económica que dirige la vida de un país, sino como una extraña mezcla de parásito que extrae riquezas y centro que aporta su cultura".43 Esta afirmación tan contundente me parece que como único se sostiene es si se le añade una indispensable cualificación, esto es, que la política seguida por España "fue la única posible" para intentar mantener a Cuba como colonia española.44 Sin embargo, el problema es que el análisis del propio Moreno Fraginals sugiere que la pretensión de mantener a Cuba como colonia española era insostenible a las alturas de los años 1890, porque se negaba a reconocer una serie de hechos económicos y geopolíticos que la hacían cada vez más insostenible. Éste afirma que: "desde mediados del siglo XIX Cuba había ido lenta pero inexorablemente pasado a ser un país dependiente de Estados Unidos, en un proceso que había culminado en el Bill McKinley (1891)". Además, señala que el hecho fue reconocido por algunos de los más reconocidos economistas de ese momento como John Neville Keynes y Paul Leroy-Beulieu, los que "señalaron 1891 como el año de la anexión de Cuba a los Estados Unidos".45 El reconocido historiador inglés Eric J. Hobsbawn
ha identificado a los años entre 1875-1914 como el período
del imperialismo en que los principales países capitalistas
gracias a su superioridad económica y militar dividieron
el mundo en zonas hegemónicas en las que impusieron
su dominación (formal o informalmente). La
prepotencia económica y militar de los Estados Unidos se impuso de
una
Cuba fue una de las primeras conquistas económicas del imperialismo estadounidense. Algunos observadores contemporáneos menos notables que los señalados por Moreno Fraginals coincidieron también en la misma observación, esto es, que a partir de 1891 en virtud de la Tarifa McKinley y el Tratado de Reciprocidad Comercial concertado entre España y Estados Unidos Cuba se había convertido "virtualmente, una posición comercial de los Estados Unidos" ya que éstos, prácticamente, satisfacían todas sus necesidades y recibían toda su producción.48 Se calcula que en 1881 el comercio que Cuba realizaba con Estados Unidos era más de seis veces el que mantenía con España; además, que Estados Unidos duplicó sus exportaciones a Cuba entre 1891-1894, los años cuando estuvo vigente el tratado de reciprocidad comercial. Asimismo, Estados Unidos continuó diversificando simultáneamente sus intereses en Cuba y para 1898 ya dominaba los importantes sectores azucareros y mineros.49 Walter LaFaber señala que Cuba se convirtió en algo así como un símbolo para los Estados Unidos entre 1890-1895, esto es, en la medida que la creciente dependencia de la Isla de la economía estadounidense demostraba al resto del mundo la pujanza de su poderío económico. Éste destaca que cuando en 1894 concluyó el Tratado de Reciprocidad Comercial con España, el Congreso de los Estados Unidos aprobó una nueva ley arancelaria que excluyó el azúcar cubana del trato preferencial, lo hizo no sólo para favorecer el azúcar de Hawaii, sino, sobre todo, como un ejercicio imperialista diseñado para demostrar el poder económico de los Estados Unidos y la creciente dependencia de la economía cubana de la estadounidense. La medida tuvo el efecto de dislocar la economía cubana incrmentando el desempleo y estimulando el descontento en sectores importantes de la sociedad cubana, lo que contribuyó por lo menos como agente catalítico a la reactivación de la insurrección en 1895. En los 1890 Estados Unidos estaba claramente reclamando su esfera hegemónica en el Caribe y utilizando a Cuba como el modelo que quería implantar en toda la región. LaFaber considera que cuando Estados Unidos entró a la guerra en abril de 1898 no lo hizo para derrotar a España, sino para asegurar sus reclamos imperialistas en el Caribe y en el Pacífico occidental. 50 Es lógico suponer que este hecho tan evidente para muchos observadores contemporáneos no pasara desapercibido a políticos demasiado inteligentes como Cánovas y Sagasta. Sin embargo, éstos parece que prefirieron ignorarlo en vez de reconocerlo, insistiendo en una política colonial que no se ajustaba a las realidades del imperialismo en ese momento ni a las pocas posibilidades que tenía España de enfrentarlo con éxito. Todo lo contrario, estos dirigentes permitieron que el problema cubano pasara a convertirse como observa Moreno Fraginals en "una cuestión de honor nacional" en el que "el discurso ideológico suplantó la racionalidad política o más bien generó otra racionalidad, y se fue directamente a una guerra anunciada y perdida".51 La política colonial que España siguió ante el problema cubano no fue "la única posible" que pudo seguir a pesar de lo afirmado por Moreno Fraginals , pues tuvo otra alternativa que prefirió soslayar pagando un alto precio en recursos humanos y económicos. Los principales dirigentes políticos españoles prefirieron enfrentar la marejada en vez de aprovecharla y salvar para España lo que aún podía salvarse. La otra alternativa posible era la vía diplomática, o sea, la negociación política en vez de la represión y la guerrra. En realidad esta alternativa fue planteada desde 1869, por lo menos, por algunos de los principales dirigentes políticos españoles del último tercio del siglo XIX. No obstante, la propuesta no tuvo los efectos de detener o anular la opción que se impuso definitivamente, o sea, la pretensión de mantener el status quo colonial a sangre y fuego. 1. Los proponentes de la negociación política: Clara Lida observa que la incapacidad de resolver favorablemente la Guerra de los Diez Años o desarticular decisivamente el movimiento separatista cubano, "no fueron advertencia suficiente para que en el último tercio del siglo XIX España reconociera que, tarde o temprano, Cuba lograría obtener su independencia y que lo más prudente sería reorientar su política colonial en busca de una solución compartida con sus territorios de Ultramar". Señala que España no supo interpretar la compleja situación política a la que se enfrentaba y que insistentemente hizo una lectura sesgada de los acontecimientos interpretando "los sucesivos alzamientos cubanos como insurrecciones que se podrían sofocar por medio de las armas". Esta lectura sesgada impidió que España sopesara adecuadamente el malestar colonial y "la llevó una y otra vez a dar respuestas militares a un proceso que a todas luces exigía una cuidadosa negociación política".52 Desde 1869, cuando apenas comenzaba la Guerra de los Diez Años, algunos políticos españoles importantes recomendaron la vía diplomática o la negociación política para resolver el conflicto colonial. El general Juan Prim y Prat fue, posiblemente, el primero en hacerlo en 1869 cuando actuaba como presidente del Consejo de Ministros de España durante el sexenio liberal (ca. 1868-1874) a que dio inicio la septembrina o gloriosa. Clara Lida analiza una carta de Prim al entonces capitán general de Cuba Antonio Caballero de Rodas fechada el 10 de septiembre de 1869 en la que estableció un agudo contraste entre, por un lado, "el noble orgullo español, los intereses del comercio en general, los de importantes provincias, las simpatías hacia los numerosos compatriotas establecidos en la Isla de Cuba" y, por el otro lado, lo que llamó la otra cara de la moneda, "la del verdadero costo de la política colonial, así como las ventajas que España podría obtener de una negociación bien llevada para poner término al conflicto". Prim concluyó sin ambages que los inconvenientes que enfrentaba la política colonial española lo inclinaban "a considerar ventajoso un tratado asegurando las vidas y propiedades de los Españoles, procurando ventajas comerciales y una indemnización considerable por las propiedades del Estado, permitiese concluir el predominio colonial de España de manera tranquila y provechosa en vez de terminar con un desastre".53 Sin embargo, Prim no fue el único dirigente español importante que cuestionó la eficacia de la política de represión y guerra, lo hicieron también otros de los dirigentes incluyendo algunos de la Restauración encabezada por Cánovas del Castillo a partir de 1874. El general Arsenio Martínez Campos también lo hizo cuando era capitán general de Cuba y concertó la Paz del Zanjón con los insurgentes cubanos en 1878. Piqueras Arenas sugiere que entonces Martínez Campos a quien cataloga como ultramoderado actuó sin consultar a Cánovas del Castillo, sospechando la oposición de éste a la tregua y después de concertada le escribió una carta fechada el 19 de febrero de 1878 explicándole su posición ante el conflicto cubano. En la carta Martínez Campos rechazó explícitamente la represión y guerra como medios para finalizar el conflicto colonial, expresándole que: "Yo soy menos liberal que usted y deploro ciertas libertades; pero la época las exige, la fuerza no constituye nada estable, la razón y la justicia se abren paso tarde o temprano".54 Por su parte, Moreno Fraginals reconoce a Martínez Campos como "el taumaturgo de la paz del Zanjón que terminó la guerra cubana en 1878" y destaca que lo hizo después de finalizada la guerra carlista, cuando "España pudo seguir una política más agresiva y coherente frente a la insurrección colonial". No obstante, acota que Martínez Campos entonces optó por la negociación política en vez de incrementar la ofensiva militar española, catalogando la actuación de Martínez Campos como una inteligente porque "mediante concesiones hizo renacer el reformismo como opción política criolla". La actuación de Martínez Campos fue inteligente porque optó, precisamente, por vía de la negociación política para finalizar una guerra que España no había podido ganar decisívamente después de diez años de lucha y porque pudo leer que el deseo de las potencias extranjeras con importantes intereses económicos en Cuba estaba con la solución diplomática del conflicto cubano (e. g., Estados Unidos y Gran Bretaña).55 2. Los determinantes de la opción por la represión y guerra: La interrogante es por qué la alternativa de
la negociación política la opción
inteligente en 1878 no se impuso en 1895, a pesar de la
racionalidad que la perspectiva del presente permite descubrir en ella. El análisis de
Moreno Fraginals y otros historiadores expuesto en algunas de
las múltiples publicaciones aparecidas con motivo del centenario
de 1898 ayudan a desenmarañar los hilos de la compleja
madeja que posiblemente determinó que se impusiera la opción por
El historiador cubano afirma que la oligarquía finaciero-comercial española de Cuba que "ya era más poderosa que los sacarócratas cubanos" se declaró enemiga a la dirigencia de la septembrina o gloriosa porque le atribuyó el potencial para agenciar una solución diplomática o negociada al problema colonial. Esta oligarquía se enfrentó con igual vehemencia a los insurgentes y a los reformistas en Cuba, y al gobierno de la septembrina en España que consideraba aliado de los reformistas cubanos. Moreno Fraginals opina que fue la oligarquía financiero-comercial española en Cuba la que inició el movimiento contrarrevolucionario que puso fin al sexenio liberal iniciado por la septembrina tan temprano como mayo de 1869, cuando expulsó de la Isla al capitán general Domingo Dulce y colocó bajo su control a los llamados Batallones de Voluntarios del Comercio. Además, sugiere que la oligarquía española en Cuba fue la responsable del asesinato del general Juan Prim y Prat perpetrado el 27 de diciembre de 1870, recordando que "el pueblo cubano dejó una frase que la tradición repite: `Prim fue asesinado en Madrid, pero el gatillo lo apretaron en La Habana'".56 Al respecto, Clara Lida sugiere la misma posibilidad considerando que, "el poco apego [de Prim] a la intervención en Cuba pueda haber sido una de las principales causas de su hasta hoy misterioso asesinato".57 Aunque no identifica a los responsables del magnicidio, ésta se refiere "al desdén de los grupos de presión metropolitanos" a considerar seriamente la propuesta negociadora adelantada por Prim y a "su incompresión ante el grado de complejidad de las tensiones con Cuba", lo que afirma fue la principal "causa de que en los siguientes tres lustros no se lograra prevenir, ni siquiera amortiguar, la explosión revolucionaria de 1895 y la consiguiente derrota española en 1898".58 Los grupos de presión aludidos por Lida comprendían a la oligarquía financiero-comercial española en Cuba y, sobre todo, los amplios sectores económicos con los que estaba fuertemente ligada en España, extremadamente suceptibles a cualquier cambio que amenazara sus intereses y privilegios en las Antillas derivados del status colonial. Schmidt-Nowara señala que los intereses económicos españoles en las Antillas eran a la par profundos y complejos, y que la posibilidad de perder los mercados antillanos tenía gran resonancia sobre todo en las provincias periféricas e. g., Cataluña, el País Vasco y Galicia y que "cualquier amenza al status quo colonial provocaba fuerte oposición". Éste afirma que éstos se convirtieron en sectores de presión que se opusieron hasta lo último, primero, a la abolición de la esclavitud y, después, a la implantación de reformas administrativas o a la solución negociada del problema colonial. Además, ya se adelantó que éste identifica al Partido Conservador dirigido por Antonio Cánovas del Castillo, como el principal representante político de esos intereses en la España del último cuarto del siglo XIX. 59 El análisis de Piqueras Arenas arroja aún más luz sobre la composición de esos sectores de presión y los cambios que se operaron en los sectores hegémonicos en España y Cuba desde, por lo menos, 1874.60 Éste observa que: "La Restauración y el final de la Guerra de los Diez Años supuso la consolidación de la fracción del partido español relacionado con el crédito y los servicios hispano-ultramarinos, las contratas y el transporte marítimo, en detrimento de los hacendados esclavistas". Sin embargo, la fracción a que se refiere era algo más compleja que la oligarquía fianciero-comercial española en Cuba aludida por Moreno Fraginals, sino que Piqueras Arena se refiere más bien a una oligarquía financiero-comercial peninsular cuyos intereses, perspectivas y posiciones eran más hispanos o metropolitanos que cubanos, aunque contaba con un importante componente hispano-cubano. El historiador español considera que después de la Guerra de los Diez Años y la abolición de la esclavitud, ocurrió un desplazamiento de Cuba a España del centro de poder económico y decisional y, por lo mismo, del centro de presión política que se desplazó de La Habana a Madrid y Barcelona. Éste aclara que el nuevo centro de poder y presión política será constituido con frecuencia "por hispano-cubanos, pero en lugar de radicar en Cuba, el núcleo de decisión se traslada a la metrópoli. Y pasa a estar determinado por intereses metropolitanos". Asimismo, cualifica que aunque los hispano-cubanos que formaban parte de la oligarquía peninsular mantenían sus negocios e intereses coloniales, sus capitales ya eran propiamente metropolitanos porque habían sido repatriados y su óptica ya no era cubana porque predominaba una "perspectiva metropolitana". Las actividades e intereses económicos de la oligarquía peninsular se hicieron cada más complejos y variados según Piqueras Arenas, superando el predominio casi exclusivo de los negocios cubanos de los años anteriores a la Guerra de los Diez Años. Cuba no dejó de ser un componente fundamental de sus negocios además de la conveniencia de ser una empresa cautiva pero dejó de ser la empresa exclusiva del grupo. Además, afirma que a partir de ese momento predominó "un capitalismo algo menos subordinado a los intereses cubanos, o las inversiones en la Isla", aunque Cuba siguió siendo "el principal motivo de las concesiones". Sin embargo, el cambio también significó una óptica distinta aún en la parte del grupo hispano-cubano de la oligarquía peninsular, que ahora radicaba en España y había desarrollado importantes intereses económicos en la Península. Ésta ahora pensaba en español.61 Asimismo, el historiador español introduce en su análisis un elemento adicional de indispensable consideración, esto es, el del hecho colonial. Éste afirma que el status colonial era el que, en última instancia, garantizaba una plusvalía y acumulación de capital a esta fracción u oligarquía peninsular. Además, observa que: "Desde la abolición [de la esclavitud], y a tenor con las modificaciones de las condiciones en la Península y la colonia, la fuente principal de beneficios del sector hegemónico se origina en el hecho colonial y se realiza en gran medida sirviéndose del Estado, aunque no excluya la participación de la producción, el crédito o el comercio de las Antillas. La diferencia se sitúa en el desplazamiento del núcleo principal de las actividades económicas y de la reproducción de capitales". Asimismo, añade que entonces, quienes determinaban la prioridad de la política colonial española, eran los tenedores de bonos de la guerra de Santo Domingo, de la deuda de Cuba gestionada por el Banco Español, supscriptores de los impuestos de guerra, accionistas-gestores del Banco Hispano-Colonial, y los intereses navieros.62 Por su parte, Ángel Bahamonde Magro hace un análisis en el que destaca igualmente la importancia del hecho colonial bajo la fórmula que denomina la "concertación sociopolítica entre el Estado español y el sector propeninsular de la élite económica cubana cuya reproducción patrimonial, estatus social y control político dependían del buen funcionamiento de dicha concertación". Bajo los términos de esa concertación sociopolítica era que España aseguraba su soberanía política en la Isla en la medida que "permitía la preponderancia económica de este grupo a través de la concesión de los monopolios económicos de la administración de Cuba". Asimismo, destaca el fenómeno de la repatriación de capitales por este sector propeninsular de la élite económica cubana que identifica como: "el principal protagonista de las inversiones que, con origen en Cuba, desembocaron en la economía española del siglo XIX. El grupo propeninsular se erigió en protagonista del reparto de los capitales transferidos desde Cuba a los ámbitos comercial, financiero y productor de la España metropolitana". Bahamonde Magro concluye que: "Se trata, pues, de un trasvase directo, de la repatriación de capitales en su forma más pura".63 La repatriación de capitales desde Cuba a España capitales acumulados principalmente como resultado de los privilegios derivados del hecho colonial o de la concertación sociopolítica para mantener el colonialismo explica, en gran medida, la óptica peninsular, bien de la oligarquía financiero-comercial española en Cuba o del sector propeninsular de la elite económica cubana a la que se refieren Moreno Fraginals y Bahamonde Magro, o del componente hispano-cubano de la oligarquía peninsular a la que se refiere Piqueras Arenas. La repatriación de capitales acumulados gracias al hecho colonial y sus inversiones en la economía metropolitana parece que determinaron a la vez la prioridad de los intereses metropolitanos y la opción por la perpetuación del colonialismo, esto por los privilegios económicos que significó para esta oligarquía que era peninsular aunque algunos de sus componentes radicaran en Cuba. Los intereses económicos de esta oligarquía peninsular estaban con la perpetuación del hecho colonial. Piqueras Arenas considera que "España no otorgaría ni la asimilación provincial y constitucional, que hubiera dificultado la explotación colonial, ni la autonomía que hubiera acabado con el intercambio desigual al reconocer a la colonia una capacidad de negociación que, sin duda, se hubiera orientado a obtener ventajas en el vecino mercado norteamericano". Además, se pregunta: "¿Por qué la metrópoli iba a ceder ese instrumento de negociación internacional, cuando podía emplearlo a favor del capital español?". Estos intereses económicos fueron los que principalmente determinaron la política colonial española mantener el status quo colonial aunque la opción fuera la represión y la guerra, y sólo "después, [los de] otros muchos sectores de la Península y de la Colonia".64 3. La guerra, ¿un buen negocio?: Curiosamente, la guerra colonial fue en sí mismo un medio más de acumulación de capital para la oligarquía peninsular y un buen negocio para algunos funcionarios peninsulares. Calavera Vayá afirma que: "los verdaderos triunfadores de la Guerra fueron un grupo de comerciantes sin raíces en la Isla [Cuba], los cambistas, los grandes proveedores del Ejército, así como una serie de funcionarios de alto nivel". Estos últimos eran funcionarios metropolitanos que "buscaban el ser destinados a Cuba, ya que ello significaba ver multiplicado su salario, no sólo a través de sus sueldos, sino también con una serie de entradas, derivadas de comisiones `especiales', prebendas éstas que se obtenían y fijaban ya antes de salir de la Península".65 Según Jordi Moluquer, la deuda acumulada por el Estado español para sufragar la guerra fue principalmente cubierta por lo que denomina "el ahorro nacional" y que, por lo tanto, "el endeudamiento exterior fue utilizado de forma muy reducida".66 Esto equivale a decir que la oligarquía peninsular fue el principal acreedor del Estado español, o sea, quien le prestó más dinero para los gastos bélicos. La deuda pública acumulada al respecto por el Estado español la que Pan-Montojo llama metafóricamente "la parte del león de la financiación de la guerra" fue garantizada con las rentas obtenidas en las colonias y, especialmente, con las rentas interiores. Los inversionistas nacionales respondieron favorablemente a las sucesivas solicitudes de empréstitos del gobierno español. Pan-Montojo coincide con Moluquer en señalar que: "Los empréstitos hallaron una gran acogida, manifiesta en la rápida colocación de los títulos y en la relativa estabilidad de sus cotizaciones en las bolsas: `el ahorro nacional, estimulado por la llamada de la patria y por un tipo de interés francamente atractivo no faltó a la cita'".67 Se desprende, por lo tanto, que la oligarquía peninsular hizo de la financiación de la guerra colonial un negocio seguro en la medida que la deuda acumulada a su favor estaba garantizada por las rentas del gobierno español. Pan-Montojo sugiere que la financiación de la guerra pasó a ser su principal negocio más aún que la explotación de los mercados coloniales, aunque estos guardaban aún gran relevancia para algunos sectores de la ologarquía peninsular sobre todo, los productores. Este hecho permite que éste catapulte la siguiente afirmación: "el imperio no era una pieza imprescindible en el engranaje económico español de finales del siglo XIX. Su pérdida tras la cesión de las islas a los Estados Unidos no tenía por tanto por qué provocar una crisis económica en España, y no la provocó. Es más la pesada herencia de la deuda pública generada por cinco años de conflictos coloniales, fue puesta bajo control mediante la reforma hacendística de Fernández Villaverde, que contó con el inestimable apoyo de una coyuntura de euforia inversora, en parte fundada en la repatriación de capitales coloniales. El fin de la contienda supuso la entrada de dinero ultramarino que animó la renovación del tejido financiero, sino que también indujo el regreso de `capitalistas' indianos, que aportaron su expereiencia a la renovación del tejido empresarial".68 No obstante, si el imperio no era una pieza imprescindible en el engranaje económico español de finales del siglo XIX, por qué la oligarquía peninsular y su componente hispano-cubano fueron uno de los sectores de presión a favor de la guerra más insistentes e importantes como afirman otros historiadores (e. g., Piqueras Arenas y Bahamonde Magro). La contestación a esta interrogante es evidentemente compleja pero aparentemente se encuentra en la consideración de dos factores que más que contradictorios eran complementarios. Por un lado, la guerra era importante para mantener el hecho colonial que le generaba a ciertos sectores de la oligarquía peninsular sustanciales ingresos y permitía la acumulación de capital para los que mantener las colonias era importante aunque no imprescindible porque sus intereses económicos se habían diversificado y trascendían los estrictamente coloniales. Por el otro lado, la oligarquía peninsular como grupo fue el principal socio financiero del Estado español adquiriendo la mayor parte de los bonos emitidos para financiar la guerra. Estas inversiones hicieron de la guerra un negocio más para la oligarquía peninsular parece que bien lucrativo que permitió que aseguraran sus intereses económicos, pues aunque se perdiera la guerra recobraría con creces sus inversiones garantizadas por el Estado español. En este sentido el imperio ya no era imprescindible para la oligarquía peninsular en general como afirma Pan-Montojo, aunque ciertos sectores de ésta y la mayoría del pueblo español debieron en alguna medida sufrir los efectos de la pérdida de las colonias, las rentas y los mercados coloniales. 4. Dinero en abundabcia, ¿para quién?: Jordi Moluquer afirma que "al terminar la guerra el dinero abundaba en España de un modo pocas veces visto".69 Sin embargo, si el dinero abundó fue en los bolsillos de la oligarquía peninsular que hizo de la guerra un buen negocio. La mayoría de los españoles parece que no participaron de tal abundancia. El mismo Moluquer afirma que fueron los consumidores españoles los que cargaron con el peso mayor del pago de la deuda de guerra sometidos a la política inflacionista implatada por el gobierno español, que aumentó el costo de vida y redujo los salarios en la práctica. Esto es, que según Moluquer fue la mayoría de los españoles los que pagaron "los gastos extraordinarios de la guerra a través de los bienes y servicios que adquirían, a precios más elevados, y de la consiguiente caída de sus ingresos en términos reales".70 En los bolsillos de la mayoría de los españoles no debió abundar el dinero al finalizar la guerra. Existen algunos indicadores socioeconómicos como el anterior que sugieren que para la mayoría de los españoles no hubo tal abundancia de dinero. En los años finales del siglo XIX, la sociedad española era "abrumadoramente agraria" y dos de cada tres españoles trabajaban en la agricultura. Entre 1890-1905, España se vio afectada por varias crisis agrarias en las que, en alguna medida, incidieron la guerra colonial y la pérdida de los mercados coloniales. Cava Mesa señala que, "después de la crisis agrícola de finales de siglo,..., dio comienzo a una auténtico éxodo del campesinado. Los más se dirigieron hacia las ciudades españolas, pero muchos de ellos emigraron a países extranjeros, principalmente a Iberoamérica".71 La emigración estuvo relacionada con "la crónica baja renta per cápita" que aquejaba al campesinado español, aunque otros factores pudieron ser igualmente importantes entre algunos emigrantes procedentes de otros sectores socioeconómicos.72 Los bajos ingresos del campesinado debieron reducirse más aún por la política inflacionista implantada por el gobierno español para cubrir la deuda generada por la guerra. La pérdida de las colonias ultramarinas contribuyó a circunscribir el desarrollo de la industria moderna en España sólo a algunas regiones de la periferia (e. g., Cataluña y Vizcaya), lo que limitó igualmente la disponibilibad de nuevos y mejores empleos.73 Consuelo Naranjo observa que Cuba fue el destino preferente de los emigrantes españoles desde 1882 hasta 1905, acotando que los acontecimientos del 1898 no alteraron la emigración de españoles a la Isla. Ésta señala que: "Como en el siglo anterior, el siglo XX se inicia con la demanda de mano de obra barata, braceros temporales que, terminada la zafra, regresaban a España". Esta emigración temporal o estacional estuvo acompañada de otra compuesta de "jóvenes aldeanos" auspiciada y apoyada por parientes radicados en Cuba.74 Naranjo lo que refiere fundamental-mente es una emigra-ción de españoles pobres a Cuba aún después de 1898 y hasta 1905 en mayores cantidades que a ningún otro destino, que en algunos casos fueron emigrantes estacionales que cobraban bajos salarios, pero que parece que eran más altos o, por lo menos, más atractivos que los que le pagaban en España. Esta emigra-ción estacional es un ejemplo de lo que algunos especialistas llaman una migración de retorno que permite la "circulación de trabajadores que buscan reconectarse con el capital en distintos puntos geográficos del circuito migratorio"75, que en este caso era entre España y Cuba. Esta es una estrategia para conjurar el desempleo o el subempleo que generalmente cuenta con el auspicio o estímulo oficial, lo que Naranjo sugiere explícitamente en el caso de la emigración española a Cuba desde las últimas décadas del siglo XIX.76 Además, era una emigración subvencionada, o sea, por contratos, que era uno de los pocos medios que los más pobres tenían para emigrar, aunque generalmente dio lugar a que sufrieran abusos de sus auspiciadores.77 Así, pues, que a la postre quienes perdieron la guerra fueron la mayoría de los españoles o sea, los que no pertenecían a la oligarquía peninsular sobre los que recayó la responsabilidad fiscal de pagar la deuda de la guerra acumulada por el gobierno español. Además, éstos fueron también los que aportaron los miles de soldados que España envió a Cuba muchos de los cuales perdieron sus vidas y los miles de españoles que optaron por emigrar al extranjero para conseguir mejores salarios o empleos que no conseguían en España. Esto, independientemente si se considera o no lo acontecido en 1898 como un desastre para España, pues aunque no lo fue para la oligarquía peninsular como sugiere la interesante lectura que de los acontecimientos de 1898 ha hecho la nueva generación de historiadores españoles, parece que para la mayoría de los españoles la situación generada y heredada de la guerra no fue, por lo menos, una color de rosa. Recapitulación: La política del gobierno español después de la Paz del Zanjón (1878) en Cuba en vez de auscultar la posibilidad de lograr una solución negociada al conflicto colonial insistió cada vez más en resolverlo por vía de la represión y la guerra. Esta posición buscaba mantener el hecho colonial a como diera lugar, principalmente, para salvaguardar los intereses de los grupos de poder y de presión en España y en Cuba que se beneficiaban de éste. El portavoz político principal de esos grupos fue el Partido Conservador dirigido por Antonio Cánovas del Castillo, quien fue uno de los principales artífices de la política de represión y guerra para resolver el conflicto colonial. No obstante, los otros partidos españoles principales que alternaron el gobierno con los conservadores durante la llamada Restauración compartieron, en líneas generales, la misma posición. Así es que ésta se impuso virtualmente sin una oposición real. La incapacidad de derrotar decididamente a los insurgentes cubanos en la Guerra de los Diez Años sugirió claramente las dificultades y altos costos materiales y humanos que conllevaba la represión y guerra como medios para resolver el conflicto colonial. Además, las realidades económicas y geopolíticas del imperialismo en las últimas décadas del siglo XIX eran cada vez más adversas a la pretensión española de mantener a Cuba como colonia frente al expansionismo y prepotencia económica y militar de Estados Unidos, que había definido al Caribe como su zona hegemónica. La lectura sesgada de estas circunstancias tan evidentes para que escaparan la aprehensión de políticos tan inteligentes como Cánovas y Sagasta llevó a insistir fatalmente en mantener el hecho colonial mediante la represión y guerra, y finalmente condujo a una guerra con Estados Unidos en la que España no tenía posibilidades de triunfar y a lo que metafóricamente han llamado el desastre del 98. Algunos exponentes de la nueva historiografía española han cuestionado si la pérdida de las colonias en 1898 realmente significó un desastre para España, sobre todo para su economía. Sus construcciones dejan claramente establecido que para la oligarquía peninsular que hizo de la financiación de la guerra un buen negocio no hubo tal desastre. Sin embargo, lo que no han dejado establecido con igual claridad es si para la gran mayoría del pueblo español no lo fue. Esa gran mayoría de los españoles fue quien, en última instancia, cargó con los altos costos en recursos humanos y materiales que significó para España la política de represión y guerra. En el caso de Cuba no existe duda alguna que esta política significó la muerte de miles de cubanos y destrucción de muchos de sus recursos. La llamada Reconcentración provocó una virtual hecatombe del campesinado cubano el guajiro al que castigó más severamente que a los mismos insurgentes los mambises. Esta táctica militar la implantó en el general Valeriano Weyler pero con el consentimiento del gobierno español bajo la dirección de Antonio Cánovas del Castillo, quien logró su designación con el propósito de que aplastara la insurrección cubana sin importar los medios que utilizara. Si bien Weyler fue el responsable directo de implantar la Reconcentración, Cánovas fue el principal responsable de su designación y mantenerlo en Cuba a pesar de los notorios efectos desastrosos de ésta sobre la población civil y de las protestas que ésta generó en la propia España e internacionalmente. La responsabilidad de Cánovas del Castillo en toda esta compleja situación no puede minimizarse ni menos aún ocultarse. Entonces no debe extrañar que el Dr. Ramón Emeterio Betances comprometido con la independencia de Cuba y de Puerto Rico a punto tal de dedicarle prácticamente todo su tiempo y recursos conspirara tanto para eliminar a Weyler como para sacar definitivamente a Cánovas del Castillo del panorama político español. Betances reconoció en su correspondencia que conspiró para ajusticiar a Weyler sin éxito y según los relatos de algunos de sus contemporáneos participó en la conspiración que culminó en el magnicidio de Cánovas en 1897. La medida en que Betances participó en el magnicidio de Cánovas aún se debate, aunque no se debate su participación. El magnicidio de Cánovas fue una acción política en contra del dirigente político español que principalmente representaba la política de represión y guerra sin cuartel ni piedad en contra de la insurrección cubana y que mejor representaba la obstinación española en negarse a negociar y a reconocer la independencia de Cuba expresada metafóricamente en la frase "hasta el último hombre y hasta la última peseta". Esto queda claramente establecido en las palabras que el relato de Gabriel Landa González recogido por su sobrino Gabriel Landa y Chao en 1938 atribuye a Betances cuando identificó a Cánovas como el blanco ideal para el atentado que Angiolillo ya había decidido perpretar: "Mire usted, Angiolillo, en España no hay más que un verdadero retrógado y reaccionario y es ése precisamente el que mantiene a Cuba con su política de `[hasta el] último hombre y la última peseta', que ahoga todos los esfuerzos que por liberarla hacen los patriotas; ese hombre es Antonio Cánovas del Castillo".78 Notas Bibliográficas 1. García Leduc, José M.. "Ramón Emeterio Betances: renovación historiográfica en los albores del centenario de su fallecimiento". Exégesis, IX, 25, 1996, 31-37. 2. Fernández, Frank. La sangre de Santa Águeda: Angiolillo, Betances y Cánovas. Miami, Florida: Ediciones Universal, 1994. 3. Landa, Gabriel. Mosaicos. París,:Edit. Derniéres Nouvelles de Colmar, texto correspondiente bajo el título "Betances, Cánovas y Angiolillo" en la revista Gúangara Libertaria, 44, Otoño 1990, 10-11. 4. García Leduc, op. cit., 34-36. 5. Valtueña Beltrán, Jorge. "Conmemoración de un centenario: el asesinato de Antonio Cánovas del Castillo y sus protagonistas". Encuentro, XI-XII, 21-22, 1997-1998, 168-171. 6. Ibid., 174 y 161-164. 7. Ibid., 172. 8. Ibid., 162. 9. Ibid., 164-165. 10. Citado por Manuel Tuñón de Lara, La España del siglo XIX. Barcelona: Editorial Laia, 1976, 2 vols., II, 78. 11. Ibid., 77-78. 12. Valtueña, op. cit., 150. 13. Sanz, José Fernández. "La Restauración: el reinado de Alfonso XII (1874-1885)". En Javier Paredes (coord.), Historia contemporánea de España (1808-1939). Barcelona: Editorial Ariel, S. A., 1996, 410. 14. Valtueña, op. cit., 142-149. 15. Ibid., 148. 16. Ibid., 148. 17. Suárez Cortina, Manuel. "La regencia de María Cristina (1885-1902)." En Javier Paredes (coord.), Historia contemporánea de España. Barcelona: Editorial Ariel, S. A., 1996, 443. Énfasis en negritas no aparece en el texto original. 18. Mesa, Roberto. "España en la política internacional a finales del siglo XIX". En Fundación Pablo Iglesias (ed.), El 98 Iberoamericano. Madrid: Editorial Pablo Iglesias, 1998, 100-101. 19. Schmidt-Nowara, Christopher. "Imperio y crisis colonial". En Juan Pan-Montojo (coord.), Más se perdió en Cuba. España, 1898 y la crisis de fin de siglo. Madrid: Alianza Editorial, S. A., 1998, 49 y 64. 20. Mesa, op. cit., 100. 21. Schmidt-Nowara, "Imperio y crisis colonial", 64. 22. Tuñón de Lara, op. cit., II, 80. 23. Roig de Leuchsenring, Emilio. Cuba no debe su independencia a los Estados Unidos. Santiago, Cuba: Editorial Oriente, 1975, 35. 24. Fraginals, Manuel Moreno. Cuba-España España-Cuba historia común. Barcelona: Editorial Crítica-Grijalbo-Mondadori, 1995, 234-235. El Dr. Manuel Maza, S. J., parece asignar la paternidad de la reconcentración al eclesiástico integrista español Juan Bautista Casas quien residió en La Habana entre 1888-1895, al afirmar que, "en 1896, el Capitán Valeriano Weyler decretaba exactamente lo que había propuesto Casas en su artículo de diciembre de 1895, esas medidas se conocen en la historia cubana como la reconcentración". Esta afirmación no toma en consideración la experiencia militar previa de Weyler en la República Dominicana y en la propia Cuba a la que hace referencia Moreno Fraginals. Ver Manuel Maza, S. J., "J. B. Casas. Un cura político en la Cuba de los 1890". Estudios Sociales, XXI, 73, 1988, 18 y 22-23. 25. Ibid., 279. 26. Marrero, Levi. Cuba: Isla abierta. Poblamiento y apellidos (siglos XVI-XIX). Guaynabo, Puerto Rico: Ediciones Capiro, [1994], 66. 27. Pérez-Stable, Marifeli. "The Forgotten Legacy of Cuba Libre." Culturefront. 7, 1, 1998, 10. 28. Roig de Leuschsenrings, op. cit., 17. Texto citado del Conde de Romanones, Sagasta o el político, Madrid, 1898, 192. 29. Ibid., 67. 30. Maza Miquel, Manuel P., S. J., El clero cubano y la independencia. Las investigaciones de Francisco González del Valle (1881-1942). Santo Domingo, R. D.: Publicaciones del Centro de Estudios Sociales Padre Juan Montalvo, S. J., 1993, 62, 76 y 264-265. Texto citado por Maza de la carta del obispo Santander al cardenal Rampolla (La habana, 23 de julio de 1896). La parte en cursivas no aparece en texto original. 31. Knight, Franlyn W. The Caribbean: The Genesis of a Fragmented Nationalism. 2da. ed., Nueva York: Oxford University Press, 1990, 235. El autor no indica las fuentes ni criterios en los qué basa su estimado. 32. Marrero, op. cit., 66. 33. Ibid., 66-68. 34. Suárez Cortina, op. cit., 444. 35. Pan-Montojo, Juan. "El atraso económico y la regeneración", en Juan Pan-Montojo (coord.), Más se perdió en Cuba. España, 1898 y la crisis de fin de siglo. Madrid: Alianza Editorial, S. A., 1998, 286. Las cifras las toma de M. R. Moreno Fraginals y J. I. Moreno Massó, Guerra, migración y muerte (El ejercito español como vía migratoria). 36. Moreno Fraginal, op. cit., 291. Énfasis en negritas no aparecen en el texto citado. 37. Maza, S. J., "J. B. Casas. Un cura político en la Cuba de los 1890", 5-27 y El clero cubano y la independencia, 63-73. 38. Citado en Tuñón de Lara, op. cit., II, 81-82. Las fragmentos en negritas no aparecen en el texto citado. 39. Scott, Rebecca J. La emancipación de los esclavos en Cuba: la transición al trabajo libre, 1860-1899. Trad. de Eduardo L. Suárez. México: Fondo de Cultura Económica, 1989, 336-337. La población negra era 43.7 por ciento y 41.6 por ciento de la población de Cuba en 1862 y 1867. El por ciento debió reducirse un poco más después de 1880 cuando se estimuló oficialmente la emigración blanca europea. Ver Ibid., 29, "Cuadro I.1: La población en Cuba, 1846 y 1862"; Marrero, op. cit., 57, cuadro: "Composición de la población cubana (1817-1867)"; y Naranjo, op. cit., 152-160. 40. Roig de Leuchsering, op. cit., 22; y Scott, op. cit., 337. 41. Maza, S. J., "J. B. Casas, un cura político", 5-25. Textos citados aparecen en este ensayo en que su autor estudió los artículos publicados por el Padre Casas en el Siglo Futuro en 1895-1896 y que reunidos publicó en su libro La guerra separatista de Cuba. Sus causas, medios de terminarla y de evitar otras (Madrid, 1896). 42. Ibid. 43. Moreno Fraginals, op. cit., 294. Énfasis en negritas no aparece en el texto citado. 44. El gran historiador cubano al afirmar que fue "la única [política] posible" comete lo que David Hackett Fischer identifica como "[a] reductive fallacy" que "reduces complexity to simplicity, or diversity to uniformity, in causal explanations". Ver David Hackett Fischer, Historians' Fallacies: Toward a Logic of Historical Thought. New York: Harper and Row, 1970, 172. 45. Moreno Fraginals, op. cit., 293-294. Parece que lo que Moreno Fraginals llama el Bill McKinley de 1891 es la Ley de la Tarifa o Arancel McKinley de 1890 que admitía la entrada del azúcar y otros productos enumerados libre de impuestos al mercado estadounidense, pero que otorgaba al Presidente de los Estados Unidos "la facultad de imponer derechos sobre dichos productos si consideraba que los paises que los exportaban a los Estados Unidos habían impuesto derechos indebidos a los productos norteamericanos". Ver Philip S. Foner, Historia de Cuba y sus relaciones con Estados Unidos. Trad. de Raquel Catalá. La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1973, 2 vols., II, 378-379; y Walter Lafeber, "The White Whale of the Caribbean: The War of 1898, Cuba, and U. S. Foreing Policy". Culturefront. 7, 1, 1998, 6. 46. Hobsbawn, Eric. The Age of Empire 1875-1914. New York: Vintage Books-Random House, Inc., 1989, 57-58. 47. Foner, op. cit., II, 380-381. 48. Ibid., 379. Foner cita al respecto expresiones del periodista inglés William T. Stead (1891) y del cónsul británico en La Habana (1892). 49. Calavera Vayá, Ana María. "Del 68 al 98: oligarquía habanera y conciencia independentista". En Naranjo, Puig-Samper y García Mora (eds.), op. cit., 117. 50. LaFaber, Walter. "The White Whale of the Caribbean: The War of 1898, Cuba, and U. S. Foreing Policy". Culturefront. 7, 1, 1998, 6. 51. Moreno Fraginals, op. cit., 294. 52. Lida, Clara. "Un desastre anunciado, 1868-1898: voces anticolonialistas en España". En Fundación Pablo Iglesias (ed.). El 98 Iberoamericano. Madrid: Editorial Pablo Iglesias, 1998, 1. 53. Citado en Ibid., 4. La autora señala que el subrayado en la carta de Prim lo introdujo ella. 54. Piqueras Arenas, José A. "Grupos económicos y política colonial. La determinación de las relaciones hispano-cubanas después del Zanjón". En Consuelo Naranjo, Miguel A. Puig-Samper y Luis Miguel García Mora (eds.). La nación soñada: Cuba, Puerto Rico y Filipinas ante el 98. Madrid: Ediciones Doce Calles, S. L., [1996], 341. Para el texto de la carta citada el autor refiere a Luis Estévez Romero, Desde el Zanjón hasta Baire (1899). La Habana: Editorial de Ciencias Sociales, 1974, I, 23-26. Las cursivas no aparecen en el texto citado. 55. Moreno Fraginals, op. cit., 254-255. 56. Moreno Fraginals, op. cit., 236-238. 57. Lida, op. cit., 5. 58. Ibid., 5. 59. Schmidt-Nowara, Christopher. "National Economy and Atlantic Slavery: Protectionism and Resistance to Abolitionism in Spain and the Antilles, 1854-1874". The Hispanic American Historical Review. 78, 4, 1998, 610-611. 60. Piqueras Arenas, op. cit., 344. 61. Ibid., 344. Ver un análisis similar en Calavera Vayá, op. cit., 114-115. 62. Piqueras Arenas, op. cit., 343-344. Paralelo a estos cambios se acentuó la penetración económica de los E.U.A. en Cuba y la dependencia del mercado estadounidense del sector propiamente criollo de la oligarquía habanera, lo que progresivamente provocó que fuera americanizándose cada vez más. Ver Calavera Vayá, op. cit., 116-117. 63. Bahamonde Magro, Ángel. "Cuba, ¿perla económica de las Antillas para España?" En Fundación Pablo Iglesias (ed.). Op. cit., 48-49 y 58. 64. Piqueras Arenas, op. cit., 344-345. 65. Calavera Vayá, op. cit., 114 y la nota núm. 15 en la misma página. 66. Moluquer de Motes Bernet, Jordi. "La financiaciónde la Guerra de Cuba y sus consecuencias sobre la economía española. La deuda pública". En Naranjo,Puig-Samper y García Mora, op. cit., 318-319. 67. Pan-Montojo, op. cit., 288. La palabras citada en su texto son de Moluquer, supra, 325. 68. Ibid., 326-327. 69. Moluquer, op. cit., 329 70. Ibid., 318. 71. Cava Mesa, María Jesús. "La economía en España de la Restauración a la Guerra Civil". En Paredes (coord.), op. cit., 382-387. 72. Yáñez Gallardo, César. Saltar con la red. La temprana emigración catalana a América ca. 1830-1870. Madrid: Alianza Editorial, 1996, 250-251. Éste afirma que, "la emigración es un proceso selectivo complejo, que escoge a sus protagonistas no sólo por factores de precariedad económica". Lo que me parece una advertencia sensata porque no deja de reconocer que la precariedad económica ha sido y es uno de los principales motivos para emigrar. 73. Ibid., 382-387; y Moluquer, op. cit., 318. 74. Naranjo Orovio, Consuelo. "En busqueda de lo nacional: migraciones y racismo en Cuba (1880-1910", en Naranjo, Puig-Samper y García Mora (eds.), op. cit., 156-157. 75. Ver Jorge Duany, "La migración en Puerto Rico de cara al siglo XXI". Estudios Sociales. XXX, 109, 1997, 11-14. 76. Naranjo, op. cit., 156. Un claro ejemplo de la emigración estacional lo provee el caso de miles de trabajadores agrícolas puertorriqueños que, a partir de los 1950, auspiciados por las autoridades civiles anualmente emigraban a trabajar a los Estados Unidos durante las épocas de siembra o cosecha de algunos productos agrícolas. Ver Luis Nieves Falcón, El emigrante puertorriqueño. Río Piedras: Editorial Edil, Inc., 1987, 17. 77. Yáñez Gallardo, op. cit., 250-251. 78. Frank Fernández, op. cit., 45. |