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Traté
-Es una locura que pretendas criar al niño tú solo. Los hombres no saben de esas cosas. A los hombres se les hace fácil tener hijos, pero nada más. Consíguete una mujer para que te ayude. Eso me dijeron al principio. Me lo siguieron repitiendo por mucho tiempo. Cierto, era una locura. Una locura maravillosa. Es posible que teniendo una mujer hubiera sido más sencillo. También habría disfrutado menos. A las mujeres les enseñan desde pequeñas a ser madres y amas de casa. Las entrenan para la tolerancia, se diría que sus manos están hechas para la caricia. A nosotros nos crían con el puñal en medio de los dientes! ¡Y cuánto cuesta arrojar el puñal! ¡Cuánto cuesta hacer florecer nuestras manos! Es sin duda una locura. No solo tienes luchar contra todo lo que te han enseñado; tienes que aprender a nadar contra la corriente continuamente. Es una carrera a larga distancia en la que no solo tienes que probar tu velocidad sino tu resistencia y tu astucia para apaciguar el paso para tomar fuerzas y continuar. Hay que aprender a escuchar y a desoír aquellos consejos que a primera vista parecen hechos con la mejor intención y que a la largo solo pretenden minar tu resistencia. La gente, la sociedad, a veces te tiende trampas para que acabes reconociendo lo que, según ellos, es principio lógico y fundamental: un hombre solo no puede criar un hijo.
-Aquel día tuve que quedarme trabajando hasta tarde. Llamaste para coordinar la hora en que pasaría a buscarte y quedamos en vernos en Plaza como otras veces. A las nueve llamaron para decirme que estabas en el hospital: un accidente. Que no sea grave. Dios mío. No era grave. Unos cuantos golpes y una herida cercana a una vértebra. Poca cosa. Unos cuantos días en el hospital y luego algún que otro chequeo de seguimiento y ya. A la vida normal como si nada hubiera pasado. Por eso me pareció ridículo mi estremecimiento cuando te abracé y vi la herida. Pensé: "me estoy poniendo viejo; me estoy dejando impresionar". No le di importancia. Por eso me sorprendió cuando a los tres días me llamaron del hospital para decirme que tu doctor quería reunirse conmigo. Entré a la oficina nervioso, con la impresión de que aquella reunión cambiaría mi vida radicalmente. El doctor me recibió con amabilidad, demasiada, y noté en sus ojos una cierta inseguridad mezclada con una gran lástima "Lo siento - me dijo - han surgido algunas complicaciones y su hijo deberá permanecer en observación durante algunos días". Me quedé frío, no entendía, complicaciones ¿cuáles complicaciones? Era evidente que él también estaba confundido. "Lo lamento, tampoco puedo decirle nada concreto en este momento. Estamos haciendo análisis, comparando pruebas", Nada más. Dos días después me llamo para explicarme que una bacteria se había a alojado en la herida, que el caso era delicado porque había afectado las cervicales, que estaban haciendo lo imposible para aislarla y evitar males mayores. No logré comprender con claridad, comenzó a describirme con detalles cuáles podrían ser las consecuencias... parálisis, mal funcionamiento de órganos vitales, pérdida del conocimiento, derrames, estado comatoso, muerte. ¡No! ¡Muerte no!
-Es doloroso verte así. Siempre fuiste un niño sano.
Tenías tanta energía que a veces era difícil controlarte.
Imagino que tiene que ver algo con la edad: los
niños poseen una fuerza avasalladora tanto como su lógica.
Debe ser que cuando niños están concentradas todas
sus posibilidades de adultos y no saben cómo canalizarlas.
No estoy seguro si aprendemos a canalizarlas en
algún momento, si en nuestro empeño por subsistir
nos olvidamos muchas veces de vivir, de valorar la vida.
Te enfermaste como les ocurre a todos los niños.
Claro que eso lo aprendí mucho tiempo después. La
primera vez que te dio una fiebre alta casi me vuelvo loco.
Hasta las enfermeras se rieron cuando me vieron entrar
contigo en brazos. No debes recordarlo; eras tan pequeño.
Entré gritando incoherencias, tropezando con todo
lo que encontraba en el camino y desconcertado cada
vez más por las caras de asombro de las personas.
Al concluir todos los trámites para que te atendieran me
di
-Las enfermeras ya me conocen, también los doctores, hasta los conserjes. Me permiten entrar a cualquier hora. A veces los pacientes nuevos me confunden con un doctor. Ahora puedo aprovechar la hora de almuerzo para estar contigo: ¿Me estás oyendo? Claro. Si no me oyes, no importa. Sé que aunque no me oigas sabes que estoy aquí. Lo sabes porque lo sientes. Sabes que no voy a dejarte solo. Sabes que aunque me ausente tú estás presente dondequiera que vaya. Ah! Las muchachas de la oficina te enviaron un regalo. ¿Te acuerdas de las "titis"? Así las llamabas cuando ibas conmigo a trabajo los días que estabas libre en el colegio. ¿Te dije que Titi Laura se jubiló el año pasado? Titita tiene novio, pero me pidió que te dijera que tú sigues siendo su amorcito. Titi U dice que no le hagas travesuras a las enfermeras, que seguramente le escondes los papeles como hacías con sus lápices, que no se te ocurra dar saltos en la cama, ni asomarte a las ventanas, ni alborotar a los vecinos, ni corretear por los pasillos, ni... Cuánto daría porque pudieras hacer todo eso. ¿Hasta cuándo?, Dios!
-Hola. ¿Dormiste bien? Hoy hice nuestro desayuno favorito y como no estabas me tocó doble ración. Hacía tiempo que no desayunaba; como vengo a verte temprano, se me olvida. Anoche pensé que podrías reprochármelo: siempre te he dicho que el desayuno es la comida más importante del día, que si no desayunas bien no tienes energía suficiente para soportar el día y uno nunca sabe cómo será el día. Nunca se sabe. Podemos tener la mejor intención o la mejor actitud y de pronto ¡pum! Ocurre algo inesperado y el día no funciona. Ocurre como con la corriente, al menos en este país en que son tan frecuentes los apagones. ¿Te acuerdas? Fue cuando cumpliste diez años. Decidimos enviar a todos tus amiguitos a la casa, "over-night". Habría video, comida, y por supuesto, desayuno en la mañana. El apagón nos obligó a cambiar los planes y tuvimos que improvisar un BBQ en el patio. A pesar de todo nos divertimos. Por la mañana tuve que salir corriendo antes de que se levantaran para sacar dinero de la ATH y comprar el desayuno en MacDonald. La luz volvió justo en el momento en que hacía malabares para abrir el portón cargando con los paquetes repletos de jugos, pancakes, papitas. Los apagones. A veces provocaban eventos iluminadores: como que nos sentáramos en el balcón a contar estrellas o jugáramos a inventar historias a dúo, o tuviéramos un tiempito para decirnos cosas con la oscuridad como cómplice; esas cosas que a veces la luz nos impide decir que no son malas, pero nos da vergüenza. ¿Por qué será que nos enseñan a sentir vergüenza de la emoción? A los hombres, digo. Con las mujeres es distinto. ¿Quieres que te confiese algo? A veces me dan envidia. Sí, envidia. He tratado de superar ese ¿cómo lo llamamos? ¿defecto? ¿prejuicio? y me propuse jamás decirte esa barbaridad de que los hombres no lloran.
-Ya no tengo que cantar para dormirte. Creo que hace mucho tiempo no lo hago. ¿Sabes? me gustaba hacerlo. ¡Qué trabajo me dio encontrar tu ritmo! Al principio intenté con las nanas tradicionales, era lo único que conocía. Pero en todas ellas, al menos en las que conocía, era la madre quien cantaba. No sé si por eso era que te revolvías inquieto en la cama. A veces llegué a pensar que de alguna forma te dabas cuenta que la melodía no me iba. ¿O sería mi mala voz? Nunca he cantado bien, aunque me gusta. Hasta llegué a inventar lo que me pareció una nana. En realidad me encantaba lo que decía el poema, empecé diciéndolo, cerré los ojos y surgió ante mí la música tan natural que me pareció que esa letra y esa música se hicieron juntas. El poema está en un libro que me regaló cuando naciste una de las compañeras de la oficina. Para ese entonces ella estaba estudiando literatura y me dijo algo como que el autor le había escrito esos poemas a su hijo. ¿Lo recuerdas? A fuerza de escucharlo, terminaste aprendiéndotelo. "Yo sueño con los ojos abiertos, y de día y noche siempre sueño. Y sobre las espumas del ancho mar revuelto, y por entre las crespas arenas del desierto, y del león pujante, monarca de mi pecho, montando alegremente sobre el sumiso cuello, un niño que me llama flotando siempre veo!" Fueron muchas las noches en que en mi intento por dormirte, terminaba durmiéndome antes. Y al rato, a veces más, a veces menos, dependiendo de cuán agotado estuviera, despertaba de un salto, con la idea siempre de que había transcurrido mucho tiempo. Te encontraba dormido ya y sonriente. Con una sonrisa entre pícara y comprensiva que me decía: "te gané otra vez". Entonces te miraba largamente para grabar en mi memoria ese instante. Te tomaba en brazos con el mismo cuidado con que sostenemos una frágil pieza de porcelana, te apretaba un poquito contra mi pecho para no interrumpir tu sueño y te llevaba a tu cuarto siguiendo el ritmo de tu respiración. Una de esas noches me sorprendí cuando al cruzar el umbral de tu puerta para regresar a mi habitación te escuché decir: (quedo, muy quedo) ¡gracias! Temblé. Me quedé unos segundos sin aliento y no me volvía a mirarte, pero también te agradecí, para mis adentros, infinitamente. Me alejé tarareando lo que al final se convirtió en una de tus canciones favoritas a la hora de dormir: "a la verdegueé, a la verdegueé; mi papá no quiere que yo vaya a la verdegueé...
-¿Alguna vez te dije lo que me hubiera gustado que fueras cuando crecieras? Quiero decir, cuando llegaras a adulto, porque hace tiempo que creciste: ¡Cómo creciste! Estábamos tan cerca que no me di cuenta. Sucede que cuando tenemos las cosas al alcance de la mano, dejamos de notarlas. No es eso. Las notamos, pero no le damos importancia. Tampoco es eso. Es que... no le prestamos mucha atención. Están y sabemos que están y eso nos basta... hasta que un buen día ya no están y nos damos cuenta de la falta que hacen porque queda un hueco en el paisaje, porque hay una zona por la que entra demasiada luz, tanta, que se hace evidente que la imagen ha quedado inconclusa. Es un rompecabezas al que le faltan piezas. Intentamos no darnos por aludidos, pero la sorpresa acaba por traicionarnos y hasta respirar con normalidad se hace difícil. Casi todos los padres quieren que sus hijos sean doctores, ingenieros o abogados, aun con lo desacreditada que está la profesión en estos días. ¿Lo quieren para sus hijos o para ellos? Pienso que debe sentirse lindo decir: "Mi hijo es doctor" o "el licenciado, mi hijo". Pero entonces la profesión de mi hijo es el motivo de mi orgullo. Uso a mi hijo como compensación. Mi hijo es lo que yo no quise o pude o no supe ser. Mi hijo es una versión mejorada del padre y claro lo que mi hijo es se lo debe al esfuerzo que hice para que él estudiara, a los sacrificios que realicé, con gusto, para que él no careciera y tuviera la oportunidad de escoger y la oportunidad de elegir lo que le gustara. No me convence. Hay en todo esto una especie de negociación, de trueque,de chantaje sentimental. Lo que hacemos los padres, es ¿a cambio de alguna satisfacción? ¿para ser reconocidos como buenos padres? La vida se complica demasiado para pensar en estas cosas. Creciste. Lo noté al entrar al hospital. Cuando te vi tendido en el camilla pensé: ¡qué grande está! y supe por qué ya no usabas el pijama de muñecos que era tu favorito. Creciste. Ahora pienso que no me habría importado que fueras médico, abogado, mecánico o jardinero con tal que te sintieras feliz, que hicieras lo que te satisfacía, que lo que fueras lo fueras con orgullo, sin sentir que le debías a alguien lo que eras, sin pensar que hubo regateo y terminaste aceptando por cansancio y no por convicción, aquello que no era de tu agrado, sin sentirte defraudado porque notaste al llegar a la casa que habías pagado a sobreprecio un artículo defectuoso.
-Ayer llamó... El teléfono sonó a eso de las once y me extrañó. Son escasas las llamadas a esa hora y por lo general, no son para desearle a uno buenas noches. Me sobresalté pensando en una llamada del hospital. Contesté atolondrado y no conocí su voz de primera intención. Claro que una voz puede cambiar en catorce años. Cuando pregunté ¿quién? Por tercera vez ya había recuperado el aliento y la memoria auditiva. Jennifer. No me dio oportunidad para preguntale qué quería. Enseguida explicó que se había enterado de lo tuyo y deseaba saber cómo estabas, si necesitabas algo, si podía venir a verte. Venir a verte después de catorce años. Saber si necesitabas algo después de catorce años. Cierto, las personas reconocen sus errores tarde o temprano, las personas se arrepienten, tarde o temprano. Todo ser humano tiene derecho a reinvindicarse, a reconocer sus fallas y enmendarse. Pero, a mí, catorce años me parece muy tarde, no creo y quizás esté en un error del cual, tarde o temprano, me arrepienta, no creo en los arrepentimientos de última hora, en los cargos de conciencia sobre el cadáver del enemigo, no creo en las lamentaciones después. Me mantuve callado. Insistió y le dije que debía consultarte. Le dije eso a sabiendas de que no podría hacerlo, consciente como estoy, a pesar de mi deseo, de que no puedes contestarme. Tal vez se lo dije más para darme la esperanza de poder consultarte alguna vez. Para decirme que en algún momento podrás contestarme si deseas ver a tu madre después de catorce años.
-No. Nunca he sido una persona violenta. Siempre he pensado que se puede llegar a acuerdos amistosos y si no, por lo menos, cordiales. Pero a veces nos obligan a la violencia. De qué sirve esperar cuando las esperas resultan inútiles. Hace tantos días que no veo tu sonrisa. Sonríes y se ilumina el mundo. Mi mundo. Tu sonrisa me daba energía de enfrentarlo todo. Cuando menguaban mis fuerzas y te veía sonreír, era como si me inyectaran nuevos bríos. Fue así desde que naciste. Aquel día que sonreíste por primera vez supe que ya no me sería posible vivir sin tu sonrisa. Por eso me pregunto si prefiero verte sin tu sonrisa o ya no verte más. No me hagas caso. Estoy cansando... tan cansado. Hay días en que antes de entrar a verte me pregunto si vale la pena. Si todo este esfuerzo es necesario. Si no sería preferible terminar con todo esto de una buena vez. Pero ¿cómo? Esto terminaría si un día abrieras los ojos y me pidieras que nos fuéramos a casa; o si me miraras cuando vengan a inyectarte y con un gesto cómplice notara que le estás preparando una de tus travesuras a la enfermera de turno; terminaría si me llamaran para informarme que venga listo la próxima mañana porque "su hijo está dado de alta" o si... ¡Estoy tan cansado! No por ti, por mí. En ocasiones temo que este esfuerzo termine por volverme loco. Porque sé que no es momento para derrumbarse, sé que de alguna manera mi energía sirve para mantenerte vivo, pero, por favor, ayúdame, no te dejes morir.
-No. Ya dije que no hablaré con nadie. Solo con la periodista. No puede entrar. Ya lo dije. Si alguien lo intenta, haré estallar esto. No me voy a calmar hasta que se alejen de la puerta. No hagan ruido. Mi niño necesita dormir. Duerme, querido, te han maltratado mucho. Todas esas agujas, todos esos análisis y me pregunto ¿para qué? Si nada de eso ha conseguido devolver a tu rostro la sonrisa, si todo esto no ha sido más que un ejercicio inútil y cruel. Si hubiera podido ahorrarte todo ese sufrimiento. Pero preferí confiar en lo que me decían, me aseguraron que estarías bien, que era cuestión de tiempo, que no me desesperara ¡como si fuera tan fácil! ¿cómo se le explica eso al corazón? ¿cómo le pides al aliento que se detenga? ¿cómo le pides a la ternura que cese por un instante? ¿cómo? "No se preocupe usted. Es un caso delicado, pero con paciencia y gracias a los nuevos adelantos estamos seguros que en menos tiempo del que se imagina, su hijo volverá a ser un niño completamente sano". Com-ple-ta-men-te sa-no. Así eras cuando naciste. Así eras antes de nacer y así fuiste hasta que... mejor no hablamos de cosas tristes. Siempre hemos sido gente alegre ¿verdad? No sé si alguna vez te había dicho cómo me sentí cuando naciste o sería mejor hablarte de cómo me sentí cuando supe que ibas a nacer, cuando tu madre me dio la noticia. Claro que cuando me lo dijo ella no imaginaba que ya te había presentido o quizás te deseaba con tanta fuerza que te inventé antes de que existieras. Ese día fue la certidumbre. Este día fue la reinvención de la alegría. Ese fue el día en que decidí construir para ti un mundo nuevo.
-No, no tienes por qué asustarte. Tú me conoces. Sabes que lo único que sería capaz de explotar son los chicles. Es que necesitaba estar a solas contigo, a solas realmente. Sí, ya sé que no es la mejor manera. ¿Importa cuál es la mejor manera? No me veo bien, verdad? Llevo días sin dormir y no estoy comiendo bien. No vayas a reprochármelo. He estado pensando, pensando mucho. Sabes lo que me vino a la mente el otro día: el sacrificio de Abraham. Siempre me había parecido estúpida, estúpida y cruel, aquella aceptación casi servil. La idea de que un padre pudiera matar a su hijo nunca me cupo en la cabeza. Me parecía un hecho espantoso, abominable y a pesar de la aparición del ángel en el momento final, la escena se me antojaba una burla bastante grotesca. La intención de matar había estado presente. Hasta ahora me di cuenta que a veces matar puede ser también un gran acto de amor. Si pudiéramos sentarnos a discutirlo. Conocer tu opinión me ayudaría tanto. Tomaríamos la decisión entre los dos como tantas otras veces. Como tantas otras veces pertenecería a ambos el resultado de esa decisión. Los dos seríamos libremente responsables. Y no habría duda, ni lamentos, ni reclamos, ni culpa...
(en off) -Sabemos que su hijo acaba de fallecer, respetamos su dolor. ¿Cuánto tiempo llevaba recluido?
-Mucho. Demasiado.
(en off) -Se va abrir una investigación porque se alega que en el momento de la muerte, usted se encontraba solo con él.
-Estábamos solos él y yo.
(en off) -Nos han informado que traía usted un paquete que resultó sospechoso ¿qué contenía el paquete?
-Su primer carrito. Era su juguete favorito.
(en off) -¿Hay algo más que quiera agregar?
-Antes de morir, sonrió... estoy seguro.
(julio 1995 - marzo 1996)
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