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Este trabajo fue leído el 22 de abril de 1999
como parte de un foro
auspiciado por el Departamento de Español durante
la Semana de la Lengua,
dedicada a don Abelardo Díaz Alfaro.
El 22 de julio de ese año murió don Abelardo.
EXÉGESIS publica este trabajo sencillo como
homenaje al célebre cuentista.
La información publicada en la prensa señala
el 1916 como el año de su nacimiento.
En ejercicio de humildad: no sé en cuál año nació Abelardo Díaz Alfaro. Los libros consultados no se ponen de acuerdo pues las fechas oscilan entre el 1916 y el 1920. Parece seguro, no obstante, que fue un 24 de julio, en Caguas. De todas maneras, pues, fue en víspera de un aniversario de la invasión de Puerto Rico por los Estados Unidos, invasión ejecutada a bombazos de manera parecida a lo que hacen hoy en Yugoeslavia y todavía vivimos en Vieques. Abelardo cumple entonces este año alrededor de 80 años de edad. Hace 52 años se publicó su primer libro, Terrazo (1947). Concha Meléndez observa que es raro el caso de un escritor que consigue crear un clásico en su primer libro. Ya sabemos que Terrazo se convirtió en uno de los éxitos de librería más importantes de nuestra historia literaria. Nada más oír su título y se agolpan en nuestro recuerdo la historia del Josco, o las de Peyo Mecé. Nada más oír el título y se abre la ventana de la imaginación al campo y a su habitante natural de antaño: el jíbaro, personaje éste que, por otra parte, abre vínculo obligado con El Gíbaro, ese primer libro de don Manuel Alonso que hace casi exactamente cien años antes que Terrazo, en 1849, se convirtió a juicio de algunos en el primer libro clásico de nuestra literatura. (No hay ningún descubrimiento ni verdad cabalísticas ocultas en esta coincidencia.) Como el tiempo de que dispongo para esta tarea es breve, vamos a lo que a mi juicio es fundamental y dejemos el placer de divagar placer legítimo y a menudo de fruto inesperado, que he usado hoy para introducirme en el tema. En primer término, el libro de Abelardo debe considerarse como un libro de transición. Por la edad del autor y por la fecha de publicación no corresponde adscribirla a la obra de la llamada "generación del treinta", sino con "la siguiente", como la llama elusivamente Concha Meléndez. No obstante, Terrazo es libro que respira aún los aires telúricos mitificadores de la generación del treinta, y sobre todo, es un libro que mira al presente "con los ojos llenitos de ayer", como dice Joan Manuel Serrat en una de sus canciones. Obsérvese que no he dicho que mira hacia atrás. Antes bien, su caso me recuerda la explicación que sobre la obra poética de Antonio Machado y Miguel de Unamuno dio Luis Felipe Vivanco, al consignarlos como "dos grandes poetas retrasados". Me refiero al telurismo espiritualista y derrotista que nutre las páginas de su libro, telurismo que se ofrece precisamente en la década de despunte del urbanismo, del tránsito hacia la modernidad puertorriqueña, de la aparición de nuevos personajes en nuevos ambientes costeros, neoyorquinos, del tránsito hacia el lenguaje lacónico y desnudo en apariencia de artificios con el que José Luis González abrió sus nuevos surcos en la misma década. Si algo define a la generación de sus mayores, la llamada "generación del treinta", es la búsqueda metafísica del ser puertorriqueño en la madeja reducida y miserada del jíbaro desplazado de la altura. Si algo define, además, a la generación de sus mayores, es la visión naufragante de la nacionalidad puertorriqueña; la actitud pesimista ante nuestra subordinación creciente a la cultura y el utilitarismo materialista norteame-ricanos; el desvanecimiento de un mundo agrario y de haciendas de factura hispánica que aspiraba a fines del siglo XIX al dominio hegemónico en la isla... Es decir, los "soles truncos" de René Marqués. Que conste que yo no leo esta literatura con ojos posmodernos. Los críticos posmodernos hacen, a mi juicio, una crítica extemporánea, una crítica que no pretende comprender cómo estos escritores veían la realidad, sino que pretende juzgar su visión o su lectura con ojos de fin de siglo, deconstruirla como ellos dicen para reelaborar un antidiscurso nuevo. José Juan Beauchamp ha repasado con otros ojos este discurso del treinta, esta visión de sí mismos que los autores treintistas nos vendieron con tanto éxito porque, además de sus aciertos y desaciertos, fueron los fundadores del Departamento de Estudios Hispánicos y los maestros de varias generaciones de maestros, y ha redefinido --Beauchamp-- el problema, transcribiendo, en lugar de "generación del treinta", lo siguiente: "literatura de la crisis --agraria y cultural-- de la identidad"1. Con ello le da visión actual a un problema que se juzgó con otros ojos por los protagonistas que vivieron la particular agonía de aquellos años. Quiero con todo esto apuntar hacia lo siguiente: ¿debemos seguir viendo la ruina y autoeliminación del Josco como símbolo o emblema todavía nuestro?; ¿debemos asumir la tragedia del negro Domingo, celebrar la resistencia de Peyo Mercé ante Santa Clo, la nueva pedagogía y el inglés, o el existencialismo espiritualista del Rucio en el cuento Los perros como lo hicieron los lectores de mediados de siglo? ¿Podemos comprar para nuestro análisis del mundo contemporáneo, el mundo nuestro, pregunto, lo que Emilio S. Belaval llamó con acierto en relación con esta generación, "biografía de la impotencia"? Imposible. Ello no quiere decir que seamos incapaces de reconocerle méritos estéticos a Terrazo, libro que no fue el único de Abelardo, pero sí el que contiene parte considerable de sus mayores aportaciones literarias. Se me pidió que para este foro me extendiera particularmente en las características técnicas de la cuentística de Díaz Alfaro. Lo primero que resalta es el lenguaje poético, el dominio excelso de la metáfora. Los críticos, y el propio Abelardo Díaz Alfaro (ADA),
se han detenido a ponderar la vitalidad del lenguaje usado. Predomina,
en general, el lenguaje descriptivo, ése que busca la definición
y busca la esencia de la cosas. El propio ADA cuenta, en una entrevista
que le hiciera René Marqués2, que quiso ser pintor,
que estudió pintura con don Miguel Pou, y que su afición
por la pintura se patentiza en sus descripciones. Léase en El
Josco:
"Sombra imborrable del Josco sobre la loma que domina el valle del Toa. La cabeza erguida, las aspas filosas estoqueando el capote en sangre de un atardecer luminoso. Aindiado, moreno, la carrillada en sombras, el andar lento, rítmico." Y ahí está, la descripción que ilumina. Léase
Bagazo:
"Puñal negro clavado en el corazón de la tierra. Llama verde ondulante de cañaveral. Los brazos de ébano, en cruz sobre el pecho. Fulgentes los ojos venosos de ira". Y ahí está la descripción que devela. Léase
Los perros:
"El Rucio era ya una estatua deteriorada... La cabeza derrumbada, la crin rala, el espinazo hundido, los ijares al relieve esculturándole el costado... Un remo delantero hinchado en la ranilla que sonaba al andar como el torpe bastón de un ciego en la noche"... Y ahí está la descripción que conmueve y que convence. La efectividad y la transparencia de las descripciones de ADA son algunos de sus valores difícilmente superables. En algunos casos, un apunte solitario, una pincelada descriptiva, tiene tanta raíz y sangre como para permitir el brote de un renuevo, un relato distinto. Así, por ejemplo, ocurre con algunas líneas de Bagazo: de un sueño de Domingo con un perrazo blanco brotará años más tarde lo que a juicio de Concha Meléndez es el mejor cuento de ADA: Los perros. En torno a estas descripciones orbitan otras caracte-rísticas notables como la objetivación de la realidad que deriva de sus maneras; un realismo veraz que deriva por su fuerza plástica hacia un neonaturalismo; una capacidad de penetración que espiritualiza toda la realidad toda y resulta en la personificación audaz de animales y cosas así como, viceversa, en la animalización de los seres humanos. Fruto indirecto de esta iluminación poética de la realidad es la subjetivación del paisaje y la internalización de la acción narrativa. Lo que cuenta como acción en los mejores cuentos de Terrazo es el movimiento sicológico, y de ahí, la caracterización de personajes fuertemente definidos, a veces caracteres, a veces tipos, a veces símbolos. La descripción es una figura de pensamiento que puede derivar en lo que llamamos retrato cuando se describe la idiosincracia y el físico de una persona; en la etopeya, que es la descripción de las costumbres y pasiones humanas; en la etopea, que es la descripción de tipos; en la topografía, o descripción de lugar; en la cronografía, o descripción de época; o en algo que Helena Beristáin llama en su Diccionario de retórica y poética (Porrúa, México, 1985) evidencia o hipotiposis: la pintura con cúmulo de pormenores precisos, intensamente claros y verosímiles, de modo que resulta viva y enérgica, como si el lector fuera testigo presencial. En Terrazo se ha celebrado, además, la capacidad
de su autor para compenetrarse con el jíbaro y expresar su mundo.
ADA absorbe el lenguaje del jíbaro y nos lo devuelve lustrado de
sentido y de connotación no advertida o, lo que vale decir, casi
inédita. Los personajes, humanos y
En la entrevista antes mencinada, el mismo ADA le señaló
a René Marqués lo siguiente:
"El cuento es para mí síntesis poética; se acerca en mi concepto, a lo que es en poesía un soneto. No puede en este género perderse unas sola línea, un solo trazo (observen la palabra de la pintura). La trama es secundaria en el cuento. Ésta puede ser muy elemental y, sin embargo, resultar efectiva". Cumplida, y con la brevedad requerida, la tarea asignada, quiero volver al asunto que planteé previamente porque no quiero que se concluya que el telurismo, en opinión del que les habla, carece hoy de actualidad y de importancia. Además de servir muy bien para comprender la mentalidad de los treinta la mentalidad de un mundo agrario en ruinas y de un proceso de transformaciones que coincidió más que gestó la ascensión en los cuarenta del Partido Popular Democrático, el fin de la Segunda Guerra Mundial y las medidas económicas del presidente Roosevelt, el telurismo pone al descubierto la importancia de la tradición, los ríos profundos de la continuidad histórica, las raíces ocultas de ese entreverado de encajes solidarios que llamamos comunidad y que alimenta y fortalece como piedra angular los basamentos de nuestra nacionalidad. Tras comentar que la "colonia norteamericana y su escuela han sido para Puerto Rico una escuela de olvido", la portentosa maestra y estudiosa de estos temas, Margot Arce de Vázquez, apunta: "No creemos en la absoluta validez de la tradición; no somos tradicio-nalistas a todo trance. Pero sabemos que hay una tradición viva, impere-cedera, que es como la raíz nutricia de la cultura nacional sangre que se renueva y vivifica. Si esa raíz se secara, haría imposible el fruto"3. Y acto seguido destaca la autenticidad de "alma" contenida a su juicio
en Terrazo.
Un brillante crítico venezolano, Mariano Picón Salas, opinó desde 1947, que Terrazo presenta el drama "de las culturas y lenguas superpuestas, el impacto que otra técnica y otro estilo de vivir debió producir en tantas almas sencillas, fieles a su tradición, a su pedazo de tierra, a lo que les venía del trasfondo ancestral"4. Y es que Terrazo, la palabra, no esconde su telurismo vital, es decir, la íntima y profunda vinculación entre el hombre y la tierra. Es, como sabemos, factor común en la literatura de época presente en títulos como Poema de mi tierra tierra (Francisco Manrique Cabrera), Insularismo (Pedreira), Cardo labriego (Francisco Matos Paoli), Cuentos de la Carretera Central (M. Meléndez Muñoz), La hacienda de los cuatro vientos (E. Beleval), El clamor de los surcos y Tiempo muerto (M. Méndez Ballester), La llamarada (E. Laguerre), Cuentos y leyendas del cafetal (Antonio Oliver Frau), Zafra amarga (Carmen Alicia Cadilla), etc. Pero con anterioridad a éstos el telurismo también estuvo presente. Recuérdese tan solo Pueblito de antes de don Virgilio Dávila. A propósito de un reencuentro mío con la poesía de don Virgilio escribí en un texto de interpretación general de su obra que se publicará en unos días en EXÉGESIS, lo siguiente: "En ocasión reciente escuché a nuestro poeta nacional
Francisco Matos Pali argüir contra un comentario de uno de nuestros
más importantes historiadores jóvenes, Francisco Scarano,
que la interpretación que hacían los estudiosos del problema
político de Puerto Rico no lograba captar algo que a su juicio era
fundamental: la
`La República --está hablando Mariátegui, un marxista, de la independencia del Perú-- ha significa-do para los indios la ascensión de una nueva clase dominante que se ha apropiado sistemáticamente de sus tierras. En una raza de costumbre y de alma agrarias, como la raza indígena, este despojo ha constituido una causa de disolución material y moral. La tierra ha sido siempre toda la alegría del indio. El indio ha desposado la tierra. Siente que `la vida viene de la tierra' y vuelve a la tierra. Por ende, el indio puede ser indiferente a todo menos a la posesión de la tierra que sus manos labran y fecundan religiosamente' (Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, 47). Creo haber encontrado en esto la respuesta a la pregunta que hice
al comenzar: ¿en qué reside el milagro poco común
de la perennidad de obras aparentemente sencillas como éstas de
don Virgilio Dávila? En su vinculación directa con la tierra
madre, de la que resulta una poesía y una música que son
la epifanía viviente de sueños comunitarios que sólo
tienen sentido dentro de un ámbito geográfico definido. A
mi juicio la obra de estos señores es una encarnación no
sólo de la patria-pueblo de la que nos habla Laura Gallego
a propósito de don Virgilio, sino de la patria-tierra también.
El desdén de los capitalinos desarrai-gados les impide comprender
que no hablamos de un simple edenismo idealista, sino de un vínculo
umbilical perdurable y verdadero que no puede ser deshecho sin causar terribles
perturbaciones. Ese es el mundo que vivimos."5 Y si no,
que lo digan los viequenses.
Notas 1. En el volumen titulado 22 Conferencias de Literatura Puertorriqueña, Ateneo Puertorri-queño, 1994. 2. Cuentos puertorriqueños de hoy. Selección y notas de René Marqués. Río Piedras: Editorial Cultural, 1977. 3. Abelardo Díaz Alfaro. Terrazo. [s.d.], 107. 4. Ibid., 13. 5. EXÉGESIS. Colegio Universitario de Humacao (UPR). 12.34 (1999): 58. |