meseta


primero fue el relámpago:
unos ojos
densos de sombra
y de dolor antiguo
de tristeza
y un suavizar mirando los objetos;
después vino
la mano
el labio
la lengua rumorosa
y fue de súbito
la risa
prendida a nuestra piel
como una abeja
y juntos fundamos
la alegría
que vibra violenta en tu entrepierna
y es meseta extendida
sobre las noches y los días
con el zureo del mimo y
la aromada gamuza del arrullo.
Tus muslos
celebro y los recorro
-columnas son sabrosas del deleite
en la emplumada llama de la dicha--
y en secreta oración
pueblo tus bosques
tus Ilanuras
tus montañas
de pájaros en celo.
Relumbra en la plenitud hermosa de tu vientre
el derrame frutal de tu presencia:
príncipe del gozo tu suspiro.
Y es meseta de luz esta alegría.

NILO

El Nilo
avanza
desde el ombligo del desierto
hasta el abierto delta
sobre el lomo del mar
atraviesa
los riscos los valles las llanuras
el musgo vcgctal de los oasis
la llama horizontal de las arcnas
por arriba y por abajo
avanza
dcsde el centro germinal de toda fuente,
desde el ticmpo del trucno y de la sombra
desde la hora primera de la piedra
avanza
su magma ajazminado
para dormirse luego
en luminosa torrentera.
África sc estremecc. Aletea. Gime.
El Nilo fluyc.


AUTO DE FE

Escucha
mira
palpa
el crepitar el humo el rojo
abierto
en la alfombra púrpura de brasas

atrévete
atraviesa
imprime

tu planta y
traga
el hilo salobre de tu Iágrima

porque ya estás en el umbral del miedo
y entre su remolino te ves entreverado

avanza
estás dentro del fuego
mientras el viento te arroja a sus hogueras
mientras los otros te rniran asombrados

los que nunca
escucharon
la mano
desplegarse
en un bosque humedecido de caricias
cuando chispea el carbón de la mandrágora

los que nunca
admiraron

la campana y el mástil
el surtidor y el círculo.

Has desatado
el nudo sin fin de la batalla
y nadas en la otra orilla del combate.

Ya conoces la tercera ribera de las islas.
Ya comprendes el sentido de las rayas del tigre.

Estás en posesión
de toda la música y de todo el silencio.
Y los demás, nos temen.


ix

y aunque no seamos ni jóvenes ni bellos
me gusta apacentar tu mirada cansada tras los lentes
dcscubrirte rincones en la piel y acariciarte
la barriga la sombra el hucso la fatiga
no admito otra metáfora: tu cucrpo
por donde escucho el aire
la vida me parece
tan clara tan simple tan de veras
tan rebosante
de lo que amamos y lo que desamamos
tan rica
de mí de ti de los que fueron y de los que somos
tan llena
de ese miedo
de no sabernos libres y de sabernos tristes
todo lo entiendo cuando siento
tu costado latir a mi costado
aunque no sepa si es el mismo
o es nuevo este nucvo juego de la vida
me dcsensillo bullo salto invado tus esquinas
reclamo
tu lugar en el aire y en mi almohada
desato las hogueras
inauguro
rituales de garra y de caricia
atravieso
la transparencia el humo la ceguera
la scd el grito el agua el río desmadrado
y me hundo en la búsqueda y emerjo
y me hundo
en la búsqueda
y emerjo.


CON MARTHA EN FLORENCIA

Comienza a hacer oscuro y es el frío.
Intemperie.
La tarde entra en el sueño
y torna a su pesebre como
cansados caballos caminan a su establo
al deslizarse la noche por el aire.
La noche cubre el aire.
La noche cubre al durmiente y al insomne.
Ella duerme. Yo velo.
Escucho su respirar acompasado
su batalla de amor contra los días
escucho el palpitar jugoso de sus libros
su espada de palabras y sonidos.
Los platos de la cena
quedaron apilados
y en ese rincón de la cocina
-como pájaro durmiendo acurrucado--
sc escucha un amplio respirar de vida.
Cada tanto nos vcmos
en alguna vuelta imprevisible de ]as horas.
Y estamos más cansados porque cstamos más viejos.
Quizá también más tristes. Y acaso más serenos.
Esta es la cuota que nos tocó en la vida
con vida y muerte y amor y desamor
y amor de nucvo
y gana
y esfuerzo
y la fatiga
Y volvemos a hablar
yo le cuento y ella me cucnta y yo le digo
de mi hermano muerto
y juntos recordamos
sus ojos tan azules que azulaban los ojos de los otros.
Le cuento que una mañana de Benarcs
(Varanassi la llaman hermosamente los hindúes)
he visto a un perro
comerse la oreja de un cadáver
y le cuento que mi hermano tenía ya
en su cuerpo de luz
el tencbroso color de lo podrido
porque toda la muerte es una sola e igual
y es siempre un acto de barbarie
y siempre su sombra va
delante, detrás, o dentro de nosotros.
Le cuento que pienso a veces
en las nubes como pastores blancos
que preparan la mesa roja de la resurrección
y allí estaremos todos scntados y scrcnos
mirándonos mirar la cabecera
dondc nos cstará mirando Dios.