Todas la muerte y la vida se colmaron de tul.
Y en el altar de los huertos, los cirios humean. Pasan los animales del crepúsculo, con las astas llenas de cirios encendidos y están el abuelo y la abuela, ésta con su vestido de rafia, su corona de pequeñas piñas. La novia está todo cargada de tul, tiene los huesos de tul.
Por los senderos del huerto, andan carruajes extraños, nunca vistos, llenos de niños y de viejos. Están sembrando arroz y confites y huevos de paloma. Mañana habrá palomas y arroz y magnolias por todos lados.
Tienden la mesa; dan preferencia al druida; parten el pastel lleno de dulces, de pajarillos, de perlitas.
Se oye el cuchicheo de los niños, de los viejos.
Los cirios humean.
Los novios abren sus grandes alas blancas; se van volando por el cielo.

(Historial de las violetas)


Las flores de zapallo corren por el aire y por la tierra como una enredadera de bengalas; mi madre las siega, las pone en el cesto; de pronto, se estremece, queda inmóvil; pero, huye hacia la casa; y pronto un aroma a óleo y a almuerzo recorre la casa. Estoy sentada en el comedor, trazo mis deberes --tendré que cruzar el campo, que ir a la escuela--, los platitos y las tacitas, en líneas, como calaveras de nenas recién nacidas. Surge un diablo; se para a mi lado. Mi madre --desde allá-- nota que hay algo extraño en las paredes; acude; é1 se oculta; ella va hacia el jardín; dice algo por disimular; luego arriesga: --”Creo que aquéllos están otra vez; hoy vi uno en el zapallar”.
Yo nada digo; ella vuelve a su fuego y a sus flores. Él surge de nuevo, se para a mi lado --es oscuro, hermoso, alto casi como un hombre--; me mira, me dice que me quiere, que va a ir conmigo por el campo.

(Magnolia)


Me emociona cuando en la madrugada, oigo crujir los carros, casi en la noche, camino a los mercados, los hombres que vienen de las antiguas huertas, donde mi niñez se abrió y huyó como una rosa. Y casi miro la brillante carga, las bolsas de rocío, los repollos de hermosas alas, las cebollas metidas en su gasa, los espárragos como manos de un solo dedo, el azúcar de las zanahorias, los limones duros como piedras, cargados de caña, de licor, las ciruelas de oro, el ajo de alabastro, las papas, de nácar bajo la oscura manta, los zapallos envueltos en sus propias azucenas amarillas, y, no sé, algún hongo, algún murciélago.
Brilla fija la aurora del mercado, papá viene de lejos.

(La guerra de los huertos)


Era la noche de mi casamiento.
Aunque, asombrosamente, los preparativos hubieran empezado años antes; antes de que yo naciese, antes de las bodas de mis padres.
Pero, esa noche, bajo los dorados soles, y entre las berenjenas, que de tan azules, daban resplandores rojos, se atraparon criaturas inocentes y legítimas; se les sacaba el pelo y el sexo, y eran tendidas sobre las grandes asaderas.
Por lo menos, eso fue lo que vi en un cuadro, mucho tiempo después: mis familiares, de pie, ante la Divinidad de los tomates.
Y toda la noche se oyó una música grave, inexplicable; como si sonaran juntos, o fueran uno solo, la Danza del Fuego y el Bolero de Ravel.

(Clavel y tenebrario)


Ser liebre.
Le veo las orejas como hojas, los ojos pardos, los bigotes de pistillo, un tic en la boca oscura, de alelí.
Va, paso a paso, por las galerías abandonadas del campo.
Se mueve con un rumor de tambor. ¿Será un jefe liebre? ¿una liebre madre? ¿o un hombre liebre? ¿una muier liebre? ¿Seré yo misma? Me toco las orejas delicadas, los ojos pardos, el bigote fino, la boca de alelí, la dentadura anacarada, oscura.
Cerca, lejos, pian las liebres pollas.
Viene un olor de trébol, de margaritas amarillas de todo el campo, viene un olor de trébol.
Y las viejas estrellas se mueven como hojas.

(La liebre de marzo)