

![]() El autor, |
Dedico este cuaderno a los presos políticos
puertorriqueños encarcelados injustamente en Estados Unidos, y
a mi amigo, recién fallecido, Roberto Guzmán Delerme, a
quien le debía esta conversación.
Así reza la dedicatoria del libro de Luis Fernando Coss. Me atrevo a afirmar, interpretando la intencionalidad del autor, que esta publicación es como una especie de desagravio intelectual por la posición adoptada de parte de los posmodernistas en su interpretación de la nación, identidad y puertorriqueñidad. Posiblemente, seré objeto de dura crítica por parte de los nuevos intelectuales. Con toda seguridad voy a ser clasificado por los mismos de puertorriqueñista, excluyente, totalizador, hispanófilo, moralizante, esencialista, neonacionalista. |
Conociendo desde muy atrás al autor de este libro, lo imagino afectado y alterado de una profunda rabieta intelectual producida por la lectura del artículo De Albizu a Madonna: para armar y desarmar la nacionalidad de Carlos Pabón. Su reacción fue como la de un volcán, la lava la constituye este trabajo que tenemos hoy entre nosotros para su lectura, su análisis y su crítica. Sin lugar a dudas, la intencionalidad de Fernando Coss se deja ver clara a través de la lectura de sus páginas. En el transcurso de la misma, se nota el ansia abarcadora y alucinante que le produce el tema, pero los límites de espacio y tiempo lo constringen. Por cierto, espacio y tiempo son temas de moda en el mundo posmodernista.
Me impresionó grandemente la dedicatoria y vi reflejado en ella, no sólo el estilo polémico del libro, sino también el espíritu batallador, humanista y crítico que siempre ha caracterizado a Peri. Forjado en el taller de un hogar profundamente puertorriqueño, esta circunstancia tan especial trazó claramente en su vida el ser puertorriqueño. Los conceptos de nación, la identidad puertorriqueña, no se adquieren sólo en lo académico, sino que se configuran en el quehacer diario, por el que se sufre persecución y cárcel como han testimoniado muchos hijos de esta nación. La distorsión de los mismos debe ser algo traumático para quien lo vive en forma de compromiso.
Así que a mí me parece, que si analizamos esta cuestión de la nacionalidad y la puertorriqueñidad desde la perspectiva, por ejemplo, de un Rafael Cancel Miranda, un Filiberto Ojeda, un Elizam Escobar, Alejandrina Torres, o de otro de los presos políticos actuales, en los cuales los muchos años de cárcel son el sello corroborador de la nacionalidad y la puertorriqueñidad, vamos a distar mucho del análisis de los teóricos de la academia, desarraigado de la realidad existencial. De esta manera, entramos ya en un conflicto entre un ser puertorriqueño teórico y un ser puertorriqueño existencial.
El mismo Peri lo advierte en su trabajo y cito:
En parte, se trata de una versión recalentada de las críticas justas e injustas que hizo muy popular José Luis González hace casi dos décadas. A diferencia del admirado escritor, este último ataque carece de compromiso con la lucha de independencia o la nación. Afincado en el patrón de pensamiento del posmodernismo pesimista, Pabón se sumerge en un mar de conceptos y preciosismos teóricos que distribuye arbitrariamente en las páginas sobre Albizu y Madonna. (13)
Este es el caso del autor del libro La nación en la orilla, que ha vivido, no en la orilla, sino bien dentro del círculo nacional puertorriqueño, desde sus primeros años ajetreados como fundador y militante de la FEPI, pasando posteriormente por experiencias de luchas nacionales muy diversas.
Es posible que este fervor patriótico vivido tan intensamente y fertilizado por esa gran variedad de lucha desde su temprano quehacer vital en defensa de la nación puertorriqueña y su identidad cultural, sea la causa por la que el autor le haya caído encima en forma fulminante y sin darle lugar a respiros interpretativos a los portavoces de esta nueva forma de pensar que llamamos posmodernismo.
Evidentemente que para Luis Fernando Coss las concepciones negativas posmodernistas de nación, identidad, puertorriqueñidad, la hibridez cultural y otras similares fueron las que le motivaron a la exposición de ataque directo contra los mismos. Parece que aquí encontramos ya un conflicto entre lo que podemos llamar esencialismo-existencialismo. Entre lo que podríamos llamar los conceptos elaborados de la pura teoría sin ninguna comprobación lógica, desarraigados de la existencia, es decir, del cotidiano vivir, y los conceptos que se forman y se elaboran de la propia existencia, de esa experiencia de cada día, en conjunción con lo colectivo concreto y arraigado en la historia. Posiblemente, los primeros aparecen como consecuencia del largo dominio de la razón, categoría fundamental de la modernidad, que al entrar, en contacto con las nuevas condiciones económicas, sociales y políticas de una sociedad posindustrial, nos los venden como un producto más, propio de una economía de mercado ampliada por el fenómeno de la globalización. Es el practicismo, en guerra contra la razón histórica. Al igual que en la modernidad, en el período de la Ilustración, la razón impuso su imperio, ahora las exigencias económicas y comerciales de la sociedad postindustrial tratan de imponerse a la razón. Es decir, dentro de esta concepción posmodernista, estamos en un escenario social donde los conceptos, las ideas se ajustan a dichas exigencias, desarraigadas por completo de todo un proceso histórico que ha ido configurando y moldeando el ser y la razón de ser de un pueblo. El pasado como referente se encuentra puesto entre paréntesis y finalmente ausente, sin dejarnos otra cosa que textos.
La crisis de la historicidad nos obliga a tomar en cuenta constantemente el problema general de la organización temporal en el campo de fuerzas de la posmodernidad y, en definitiva, al problema de la forma del tiempo, de la temporalidad, y de la estrategia sintagmática que ha de adoptar en una cultura cada vez más dominada por el espacio y por una lógica espacial. Si es cierto que el sujeto ha perdido su capacidad activa para extender sus protensiones y sus retenciones a través de la multiplicidad temporal y para organizar su pasado y su futuro en una experiencia coherente, sería difícil esperar que la producción cultural de tal sujeto arrojase otro resultado que las colecciones de fragmentos y la práctica fortuita de lo heterogéneo, lo fragmentario y lo aleatorio. En cualquier caso, tales son precisamente algunos de los términos privilegiados para el análisis de la producción cultural posmodernista. Son rasgos negativos; las formulaciones fundamentales llevan nombres como textualidad o escritura esquizofrénica. Lacan des-cribe la esquizofrenia como una ruptura en la cadena significante, es decir en la trabazón sintagmática de la serie de significantes que constituyen una aserción o un significado. Desde este punto de vista, el sentido nace en la relación que liga a un significante con otro significante: lo que solemos llamar el significado o contenido conceptual de una enunciación, ha de considerarse ahora como un efecto de sentido por la relación de los significantes entre sí. Si se quiebra el vínculo de la cadena de significantes, se produce la esquizofrenia en la forma de una amalgana de significantes distintos y sin relación entre ellos. Solamente mediante los dos extremos de una misma tesis podríamos comprender la conexión, el vínculo entre este tipo de disfunción linguística y la mente del esquizofrénico, a saber: primero que la propia identidad personal es el efecto de cierta unificación temporal del pasado y del futuro con el presente que tengo ante mí; y segundo, que esta unificación temporal activa es, en cuanto tal, una función del lenguaje o, mejor dicho, de la frase, a medida que recorre a través del tiempo su círculo hermenéutico. Cuando no somos capaces de unificar el pasado, el presente y el futuro de la frase, también somos igualmente incapaces de unificar el pasado, el presente y el futuro en nuestra propia existencia biográfica de la vida psíquica.
En este contexto podríamos entender la crítica que Peri hace a Carlos Pabón sobre el tema de la cultura en su artículo De Albizu a Madonna, cuando citando a Antonio Benítez Rojo dice:
En Puerto Rico la cultura conserva antiguas dinámicas que juegan de cierta manera, es decir, que se resisten a ser desplazadas por formas externas y se proponen coexistir mediante procesos sincréticos. Somos una formación cultural sincrética, un significante hecho diferencias... La nuestra es una cultura híbrida, globalizada, donde lo tradicional y lo moderno no sólo coexisten sino que se cruzan y entremezclan entre sí... Nuestra hibridez cultural es la expresión de la heterogeneidad multitemporal de la isla.2
Como podemos ver, al romperse la cadena del sentido, el esquizofrénico queda reducido a una experiencia puramente material de los significantes, o, en otras palabras, a una serie de meros presentes carentes de toda relación en el tiempo. Parece que la fragmentación esquizofrénica la han adaptado como estética fundamental.
Por otra parte, el resaltar por parte de los posmodernistas las diferencias vs la identidad, le lleva paradójicamente a una especie de culto a las diferencias, es decir, la diferencia se relaciona. La antigua obra de arte se ha transformado en un texto para cuya lectura se debe proceder mediante la diferenciación y no ya mediante la unificación. Las teorías de la diferencia han mostrado una tendencia a exaltar la disyunción hasta el punto de que los materiales de un texto, incluidas palabras y frases, tienden a dispersarse en una pasividad inerte y fortuita, como conjuntos de elementos que mantienen relaciones de mera exterioridad, separados unos de otros.
Esto nos explica la autonomía del discurso y la consiguiente autonomía del lenguaje que postula el posmodernismo. Es una fragmentación del proceso del discurso, cuyas partes aisladas, inconexas, se convierten en simples mascaradas o simulacros. Son las típicas pinceladas de un collage. Es como una técnica que nos ahorra el esfuerzo, el análisis, la investigación, característica muy acentuada en nuestra sociedad postindustrial, en la cual el uso de la tecnología trata de suplantar el esfuerzo y la lucha, por la facilidad sin esfuerzo, sin intervención del sujeto; es la facilidad de dar al botón de la computadora o del monitor, y ver cómo, por arte de magia, aparecen todas las soluciones hechas, sin tan siquiera darnos la oportunidad de preguntarnos el porqué de todo ese proceso.
Es cierto que la tecnología puede servir como un símbolo adecuado para designar el poder inmenso de la fuerza de trabajo inerte acumulada en nuestras máquinas; ese poder alienado que Sartre denominaba la antifinalidad de lo práctico-inerte; un poder que se vuelve hacia y contra nosotros de modo irreconocible, y que parece constituir el férreo y distorsionado horizonte de nuestra praxis colectiva individual. Ello, no obstante, y desde una perspectiva marxista, valga la aclaración, la tecnología es el resultado del desarrollo capitalista y no una causa primera en sentido estricto.
Como podemos observar, la tecnología de nuestros días ya no posee la misma capacidad de representación. Ya no se trata de la turbina, de los tubos de escape, ni del perfil del tren ferroviario; se trata más bien, de la computadora, cuyo caparazón externo carece de potencia emblemática o visual, o incluso de las cubiertas de las diferentes multimedia, como lo es, por ejemplo, ese servicio doméstico que llamamos televisión, desarticulado e implosivo, que transporta consigo la superficie plana de sus imágenes.
Son máquinas, más de reproducción que de producción y presentan a nuestra capacidad de representación estética exigencias diferentes de la idolatría, más o menos mimética, de las esculturas de fuerza y velocidad que acompañó a las viejas máquinas de la época futurista.
En los productos postmodernistas más débiles, la encarnación estética de estos procesos tiende a menudo a instalarse confortablemente en una simple representación temática del contenido. Pero en los textos posmodernistas más potentes vemos aparecer algo distinto: la impresión de que, más allá de la temática o contenido, la obra parece trascender las redes de los procesos reproductivos y permitirnos, así, vislumbrar un sublime tecnológico o posmoderno, cuya potencia o autenticidad queda probada por el éxito alcanzado por tales obras. En consecuencia, la arquitectura sigue siendo en este orden el leguaje estético privilegiado: y los reflejos fragmentados y distorsionados, de una inmensa superficie de vidrio a otra, pueden considerarse como paradigma del papel central que el procesamiento y reproducción desempeñan en la cultura posmoderna. Nuestra representación imperfecta de una red informática y comunicacional no es, en sí misma, más que una figura distorsionada de algo mas profundo: todo el sistema mundial del capitalismo multinacional de nuestros días. Así pues, según mi opinión, lo sublime posmoderno sólo puede comprenderse en términos de esta nueva realidad de las instituciones económicas y sociales: una realidad inmensa, amenazadora, y sólo oscuramente perceptible.
Es posible que la práctica del desvanecimiento progresivo del estilo personal haya engendrado lo que podríamos llamar el pastiche. Este concepto, sacado de la obra de Thomas Mann, el Doctor Faustus, quien a su vez la tomó de la obra de Adorno, hay que distinguirla cuidadosamente de la idea más usual de la parodia. Creo importante traer estos datos y exponer en estos momentos algunos ángulos del posmodenismo, porque nos puede ayudar a entender ciertas posiciones posmodernistas y por lo tanto comprender la crítica de Luis Fernando a las mismas.
La parodia encontró su campo abonado en la idiosincracia de los modernos y sus estilos: los interminables gerundios (Faulkner), la imaginería de la naturaleza (Lawrence), las inveteradas hipóstasis de las partes no sustantivas de la oración (Wallace Stevens), la práctica de la pseudoetimología (Heiddeger), etc.
La explosión de la literatura moderna en una multiplicidad de estilos y manierismos individuales distintos ha sido sucedida por la fragmentación lingüística de la propia vida social, hasta el punto de que la norma misma se ha desvanecido. De esta forma, los estilos modernistas se transforman en códigos postmodernistas: la asombrosa proliferación de los códigos (fragmentación) en las jergas disciplinarias y profesionales, así como en los signos de afirmación étnica, sexual, racial o religiosa, y en los problemas de adhesión a subclases, constituye también un fenómeno político, como lo demuestra fehacientemente los problemas micropolíticos.
Si en otro tiempo las ideas de una clase dominante configuraron la ideología de la sociedad burguesa, actualmente los países capitalistas desarrollados son un campo de heterogeneidad discursiva y estilística carente de norma. Unos amos sin rostro siguen produciendo las estrategias económicas que constriñen nuestras vidas, pero ya no necesitan, (o son incapaces de) imponer su lenguaje; y la posliteratura del mundo tardo-capitalista no refleja únicamente la ausencia de un gran proyecto colectivo, sino también la cabal inexistencia de la vieja lengua nacional.
En esta situación y cincunstancias, todo intento de parodia queda abortado; la parodia tuvo su época, pero ahora esta nueva realidad del pastiché va lentamente relevándola. El pastiché es, como la parodia, la imitación de una nueva determinación (como, por ejemplo, la Madonna pasándose la bandera por sus partes sexuales), un discurso que habla una lengua muerta: pero se trata de la repetición neutral de esa mímica, carente de los motivos de fondo de la parodia, desligada del impulso satírico, desprovista de hilaridad y ajena a la convicción de que, junto a la lengua anormal que se toma prestada provisionalmente, subsiste aún una saludable normalidad lingüística. El pastiché es, en consecuencia, una parodia vacía, una estatua ciega.
Luis Fernando comenta con respecto a este incidente madonniano:
En su concierto se verifica que la nación existe simbólicamente en un régimen moral dominante que ahora desafían los seguidores de la ética material. La cantante usa la bandera puertorriqueña para frotarla contra su sexo en el marco, según describió la prensa, de un escandaloso espectáculo cargado de erotismo y considerado vulgar- exclusivamente según Pabón- por el llamado sector dominante. En conclusión, el gesto de Madonna dramatiza, por un lado, la distancia entre la calle y los dirigentes políticos, y por otro cuán desacralizados se encuentran los símbolos nacionales al convertirse en mercancías de masa. (29)
Es un producto comercial, vacío de significado, aislado, pero que por otra parte atrae, apetece y está muy a tono con las apetencias y tendencias de una cultura masificada. Madonna ha desembrujado la nación. Pero, sin embargo, contradictoriamente algo de embrujo tiene la bandera para esas masas que gritan y saltan frenéticas ante tal espectáculo. Mucho les dice el pendón nacional, aunque tal manifestación circense, conlleve una desacralización del signo. Estoy seguro, que si en vez de exhibir la bandera puertorriqueña, hubiera utilizado la bandera del jurutungo, el frenesí de las masas no hubiera sido igual, siendo entonces el motivo primordial del entusiasmo los movimientos eróticos de la diva exclusivamente. Es un mensaje un tanto subliminal donde las masas, al identificar en el acto del roce de la bandera por aquellas partes íntimas de la cantante, lo más profundo de su sentir, como pueblo, provoque y exprese hasta el frenesí el placer de su propio ser en tal acto simbólico.
El otro aspecto que entiendo yo que es un significante, pero sin un significado que signifique lo que verdaderamente es un pueblo, es decir, su identidad, es concebir a Puerto Rico, en cuanto a su personalidad de pueblo, como celulares, las 4x4, los beepers, etc. Aquí sí creo que es coger y confundir la yuca con las hojas, o lo que es peor, el significante del consumo con lo que verdaderamente significa un pueblo. Y estamos de nuevo en lo que anteriormente denominábamos como una esquizofrenia, una ruptura entre el significante y el significado. Cito a Peri, cuando comenta la cita de Pabón:
Quiénes son los que han alterado el sentido de la nación? Veamos lo que dice Pabón:
Sostengo que como producto de nuestra incorporación al proceso de globalización, lo que reconocemos como identidad nacional no es lo que somos hoy. Ya no somos, si es que alguna vez lo fuimos en realidad, el jibarito del Lamento Borincano... No somos el país de los cuatro pisos sino el país de las 4x4. Somos los celulares, los beepers, los fax, los vcr´s y los modems. Somos CNN, MTV, Pepsi, MacDonalds, Walmart, Citibank, Visa y Mastercard. Somos Michael Jackson y Madonna, Disney, Orlando, el sur del Bronx, Levittown, Country Club y dominicanos indocumentados. Somos la salsa, el reggae y el rap de Vico C. (25)
Estamos ante un fenómeno social de consumismo, producto de la agresividad de un capitalismo postmoderno que pretende invadir el total escenario vital de la sociedad. La invasión de este fenómeno económico en nuestras áreas de consumo no significa que yo deje de ser lo que soy. El hecho de que yo me alimente diariamente de arroz y habichuelas, no quiere decir que yo deje de ser un ente con todos los rasgos de mi personalidad. Creo que nadie puede decirme que soy arroz y habichuelas. Es más, para que esas multinacionales del consumo hayan podido alcanzar sus altas metas o logros económicos, se han visto precisadas a tener que usar aquellos rasgos, aquellos significantes que se identifican con la idiosincracia de los pueblos y que se han convertido en símbolos. Hoy en Kentucky Fried Chicken han empezado a vender, junto a sus productos propios, arroz, habichuelas, amarillos y tostones, en MacDonalds panecillos criollos para el desayuno, en Golden Skillet, arroz guisado, etc. En España han tenido que cambiar sustancialmente sus ofertas gastronómicas, añadiendo a sus célebres hamburguesas y whopers, los típicos bocadillos españoles de tortilla y chorizo, obligándolos, claro está, a ser acompañados por sus tradicionales chatos de vino. ¿Quién ha alterado el sentido aquí? El lenguaje usado en los celulares, los mensajes de los beepers no pueden ser más elocuentes y manifestativos del estilo puertorriqueño.
A este respecto, dice Luis Fernando en su libro:
Los posmodernos pesimistas están muy prestos a identificar y describir las nuevas identidades, pero no a situarlas en el conflicto de la puertorriqueñidad y el colonialismo. Porque tendrían que reconocer de inmediato que los beepers, los fax y los MacDonald´s se han puertorriqueñizado en alguna medida. Tendrían que volcarse sobre realidades concretas y no sobre generalidades. Así, por ejemplo, no hay entidad o espacio donde hayan más tarjetas de crédito, celulares y beepers que en la Asociación de Industriales y éstos conducen sus asuntos en español puertorriqueño desde hace algunos años. Antes lo hacían en inglés. A juzgar por el Director Ejecutivo de la Asociación, el cambio fue un importante logro, es decir, el resultado de procesos y conflictos reales. Situaciones como éstas pasan inadvertidas en el ensayo de Pabón por falta de la información y la investigación pertinente. (26)
Es interesante el análisis que hace el licenciado Manuel de J. González a este respecto en su artículo Nacionalismo que paga, publicado en el periódico El Nuevo Día el sábado, 25 de enero del presente año. En este artículo Manuel de J. rebate la tesis del analista Luis Dávila Colón de que el uso de los símbolos nacionales por parte de las agencias de publicidad, se deba a la infiltración de los nacionalistas en las mismas.
Luis Dávila Colón hace dos planteamientos básicos: que muchos nacionalistas se han infiltrado en las agencias de publicidad, y que esta infiltración le ha permitido manipular ciertos mensajes publicitarios. De acuerdo con Dávila, esta situación es la que explica la profusión de comerciales donde abunda los símbolos nacionales de Puerto Rico.
Manuel de J. plantea, rebatiendo a Dávila Colón, que dichas campañas son originadas y realizadas por compañías, cuyos dirigentes son norteamericanos o nacionales de claro y público corte anexionista y no son producto de una infiltración de nacionalistas. Tales son los casos de la compañía de la tabacalera R.J.Reynolds, usando en sus comerciales la bandera y el criollismo de los personajes. La agencia publicitaria a cargo de la misma fue Martí, Flores Prieto & Wachtel. El caso de la Cervecería Corona con el célebre personaje Cantalicio, imagen del jíbaro aguzao. Esta campaña fue dirigida por el norteamericano Garry Hoyt, y así otros ejemplos, como el peruano Alberto Goachet en el gobierno actual anexionista. Estas agencias de publicidad son a la vez, parte de otras agencias de corte multinacional. Pero lo importante es el producto que tratan de vender explotando el perfume de lo nacional. Afirma Manuel de J.: Esos mensajes tan sólo tratan de explotar comercialmente una realidad: el pueblo puertorriqueño siente un gran orgullo por sus símbolos nacionales y, aunque elige y reelige a un gobernador anexionista, es profundamente nacionalista.
Esto nos confirma que estos significantes no están vacíos de un significado real en el pueblo, ante los cuales reacciona de forma entusiasta y convincente, aunque sea bajo el viso de la comercialidad. Quiere decir que las multinacionales, ante las exigencias de su expansión y penetración del capital no tienen ningún reparo en explotar inescrupulosamente para ello, lo más íntimo, lo más profundo, lo más conmovedor del sentir propio de los pueblos, que es lo nacional.
De esta manera, el fenómeno de la globalización lejos de diluir lo nacional, lo excita y lo acentúa. Lo económico entra en interacción con lo social, lo cultural y llega a la fibra íntima del pueblo, pero hasta ahí llega: le eleva a la categoría de consumidor y le hace adaptar nuevas formas de vida, debido al imperio de la moda y otras características que trata de configurar de forma aplastante el sistema económico.
Creo que el mejor ejemplo de que la globalización no anula lo nacional lo tenemos en el proyecto actual de la Comunidad Europea. Todo marcha bien hasta que un plan presentado por algunos de los representantes de la Comunidad, en aras del progreso de la Comunidad Europea, entra en contradicción con los intereses e idiosincracia nacionales de los británicos, de los franceses, de los griegos o de los españoles. La globalización, lejos de diluir y anular la nacionalidad, ha despertado un mayor fervor nacional en los pueblos. Es más, la globalización parte o surge de una reafirmación de lo nacional.
Entiendo, según lo expuesto, que toda posición posmodernista en el ámbito de la cultura
--ya se trate de apologías o estigmatizaciones-- es, también y al mismo tiempo, necesariamente, una toma de postura implícita o explícitamente política sobre la naturaleza del capitalismo multinacional actual.
Este trasfondo económico y político es lo que puede esclarecernos algunos de los rasgos o características que sobresalen en el postmodernismo: una crítica del historicismo, que, según el compañero Carlos Rojas en su libro Foucault y el pensamiento contemporáneo, coincide con el mismo Foucault, lo cual y cito: no significa en modo alguno el fin de la ciencia histórica, sino una transformación en el modo de hacer historia. Otros, como Jameson sostiene que, y cito, al ser una nueva superficialidad que se encuentra prolongada tanto en la teoría contemporánea como en toda una nueva cultura de la imagen o el simulacro, esto conlleva un debilitamiento de la historicidad. Cercano al tema de historicismo, está el de la muerte de las ideologías, que, según Carlos Rojas, también critica el propio Foucault. Y otra característica sobresaliene en el posmodernismo en el fin de los metarrelatos. Lyotard sostiene que los metarrelatos serían nuestras mitologías. Igualmente Foucault critica fuertemente las totalizaciones. También podemos señalar un subsuelo emocional totalmente nuevo, que podríamos denominarlo en expresión de Jameson: Intensidades, que se relacionan con lo sublime. Finalmente, todo esto tiene como característica muy apropiada del posmodernismo las profundas relaciones constitutivas de todo ello con una nueva tecnología que en sí misma representa un sistema económico mundial completamente original.
Al romper el vínculo entre el significante y el significado, la profundidad ha sido reemplazada por la superficie o por múltiples superficies, lo que suele llamarse intertextualidad, ya no tiene nada que ver con la profundidad. Valga aclarar que esta ausencia de profundidad no es meramente metafórica.
Finalmente, habría que entrar en el concepto posmodernista en cuanto a la metodología dentro de la propia perspectiva. La corriente crítica con la modernidad está representada por las distintas formas del llamado anarquismo metodológico. Este, al caracterizar la modernidad como primacía del conocimiento científico y técnico, llevan a su crítica no ya a las fallas y a las excesivas pretensiones del mismo, sino a la misma raíz sobre la que se construye tal conocimiento, esto es, el método científico, al afirmar sin más que no existe tal método, o sea, no hay ningún único procedimiento o conjunto de reglas que sea fundamental en toda investigación y garantice que es científica y, por consiguiente, digna de crédito, como dice Vattimo en su obra El fin de la modernidad.
Algunos han calificado lo posmoderno como un capricho que debe su atracción a su aparente novedad y genuina oscuridad, y pasará bastante pronto, como sucede con estas modas. Pero es un espécimen de relativismo, y el relativismo sí que importa, no tanto porque derive hacia un nihilismo moral, sino porque conduce al nihilismo cognitivo, negando así las tremendas diferencias en la cognición y en el poder técnico, diferencias cruciales para la comprensión del desarrollo actual de la sociedad humana. Una visión que oscurece lo más importante no puede ser buena. Así se expresa Gonzalo Puente Ojea comentando la obra de Ernest Gellner Postmodernismo, razón y religión, (Barcelona 1994). Paolo Flores dArcais plantea, en su libro El desafío oscurantista. Etica y fe en la doctrina papal (Barcelona 1994), que lo postmoderno es muchas veces elusión y fuga de la tarea, más actual que nunca, de una modernidad sin realizar
Muchos serían los aspectos y los puntos que podríamos traer a la discusión sacados del trabajo de Luis Fernando. Cada uno de por sí podría generar un debate. Ha sido mi intención, en esta presentación, exponer sucintamente un trasfondo de la nueva postura posmodernista. No todo es negativo. Hay aspectos y tendencias en el posmodernismo que resultan valiosas y representan una aportación positiva a este mundo tan complejo en todos los campos: desde lo económico hasta lo polifacético de la cultura. Peri así lo admite abiertamente en su exposición: Una de las consecuencias positivas del posmodernismo en general es que amplía sustancialmente la agenda de investigación cultural y reta las concepciones tradicionales de la moral y la metodología dominante en las disciplinas.
El expectro de la diosa razón nos debe poner en alarma y entiendo que una forma estratégica de conducir la racionalidad en el cauce del devenir, es hacer de ella, no una instrumentalidad absoluta y total, sino una que sepa llevarnos dentro de este vaivén dialéctico del quehacer vital. Creo que la posición del posmodernismo es un intento para ello.
En todo intento puede haber diversas formas y maneras. En el posmodernismo ocurre igual: existen distintas tendencias. Jesús Ballesteros, en su libro Posmodernidad: decadencia o resistencia expone estas dos posiciones del posmodernismo. Una de corte negativo: la que lo relaciona estrechamente con el postestructuralismo francés y el significativamente llamado pensiero débole, que no es otra cosa que simple decadentismo, abandono de la racionalidad, de la comunicación, y aún de la misma idea de hombre. La otra postura es la que él llama de resistencia: cree en la razón, en el progreso y en la democracia. Una razón integral y ampliada que se apoya en lo interdisciplinar y trata de satisfacer las necesidades humanas fundamentales, de lo económico a lo simbólico.
Sin dejar en ningún momento la actitud crítica, tenemos que vigilar constantemente las bases amplias de nuestras críticas y comprobarlas con una realidad vivida, que no podemos divorciarla de la historia. El trabajo de Luis Fernando Coss es una gran contribución a este propósito. Sus señalamientos ponen en alerta las fuerzas intelectuales, los pone en la mesa del debate y en el transcurso del mismo, se empieza a perfilar lo que es inadmisible y lo que podría representar una ruta para nuevos debates, que configueren los modos de entender la nacionalidad y la puertorriqueñidad, pero partiendo de un sustrato del ser puertorriqueño.
Podríamos repensar el párrafo siguiente de Váttimo en su obra El fin de la Modernidad, pero no desde su perspectiva diferencista, sino desde un contexto histórico. Vendría a coincidir con lo que En humano, demasiado humano, Nietzsche llamó la filosofía de la mañana.
Este pensamiento de la postmodernidad podría definirse también como un pensamiento del error o, mejor aún, del error incierto para subrayar que no se trata de pensar lo no verdadero, sino de mirar la evolución de las construcciones falsas de la metafísica, de la moral, de la religión, del arte, todo ese tejido de inciertos vagabundeos que constituye la riqueza o, más sencillamente, el ser de la realidad...No se trata de desenmascarar ni disolver errores, sino que se trata de verlos como el manantial mismo de la riqueza que nos constituye y que da interés, color, ser al mundo.
NOTAS
1 Este trabajo se preparó con motivo de la presentación del libro La nación en la orilla de Luis Fernando Coss en el Museo Casa Roig el 1 de febrero de 1997.
2 Carlos Pabón, De Albizu a Madonna: para armar y desarmar la nacionalidad Bordes (1996), 28.
BIBLIOGRAFIA
Ballesteros, Jesús, Postmoder-nidad: decadencia o resistencia (1990), Madrid, Editorial Tecnos.
Coss, Luis Fernando, La nación en la orilla (Respuesta a los postmodernos pesimistas). (1996), San Juan, Editorial Punto de Encuentro.
González, Moisés, Introducción al pensamiento filosófico. Filosofía y modernidad (1995), Madrid, Editorial Tecnos, (Cuarta edición).
Jameson, Frederic, El posmo-dernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado (1991), Barcelona, Paidós.
Maestre, Agapito, Modernidad, historia y política (1992), Navarra, Editorial Verbo Divino.
Maestre, Agapito, Argumentos para una época. Diálogo filosófico en Alemania (1993), Barcelona, Anthropos Editorial del Hombre.
Puente Ojea, Gonzálo, Elogio del ateísmo. Los espejos de una ilusión. (1995), Madrid, Siglo XX1 de España Editores.
Rojas Osorio, Carlos, Foucault y el pensamiento
contemporáneo (1995), San Juan, Editorial de la

