

![]() El autor, colombiano, es doctor en Filosofía y catedrático de esa materia en la Universidad de Puerto Rico (Humacao). Es autor de varios libros sobre la epistemología de Mario Bunge, la filosofía de Hostos, la filosofía de Faucoult y el pensamiento filosófico del Caribe. Fue director del Instituto de Estudios Hostosianos y director de EXÉGESIS. Actualmente dirige el Departamento de Humanidades del Colegio Universitario de Humacao. |
La filosofía de Deleuze debe ser pensada como una subversión
del platonismo. Platón inscribe el devenir en el mundo sensible,
es decir, en el mundo que para él no es el verdadero ser, sino
mera copia. El ser verdadero sigue siendo en Platón tan
estático como el de la escuela eleática. Lo que
Parménides y Platón niegan, Deleuze lo afirma. Su
filosofía es una «gaya ciencia» de la
afirmación. Es afirmación de la diferencia, en contra de
la monótona mismidad de lo mismo que es el ser
parmenídeo. «Hemos estado siempre bajo el yugo del
principio de identidad». La de Deleuze es una ontología del
devenir, de la movilidad de todo lo real, allá donde
Parménides negaba el cambio y se refugiaba en la permanencia
estática del ser. Para Deleuze el ser se dice del devenir. El
mundo trascendente del platonismo es negado en favor de una completa
inmanencia. Deleuze elogia a Spinoza como el filósofo de la pura
inmanencia. Y lo mismo afirma de Nietzsche. Ningún escape al
mundo de las ideas. Ningún topos ouranos, ninguna idea innata, ningún
alma que preexiste y sobreexiste. La inmanencia spinocista es la de la
Naturaleza, y Deleuze mantiene un vigoroso naturalismo sin concesiones
al idealismo. La inmanencia nietzscheana es la de las relaciones de
fuerza, y todo es relación de fuerza. La inmanencia nietzscheana
es la del eterno retorno y el eterno retorno es la
repetición no de lo mismo, sino de lo otro.
Deleuze pone todo el énfasis de su apropiación nietzscheana en exorcizar las pésimas interpretaciones que han malogrado el verdadero pensamiento del solitario de Sils Maria. Sin duda, todo son relaciones de fuerza. Pero en las relaciones de fuerza hay que saber ver: 1. las fuerzas afirmativas vs. las fuerzas rectivas. 2. Las fuerzas activas vs. las fuerzas pasivas. Del mismo modo, en la voluntad de poder es necesario distinguir la voluntad afirmativa de la voluntad negativa. El eterno retorno reafirma las fuerzas afirmativas, las selecciona y pone en movimiento centrífugo a las fuerzas reactivas. El eterno retorno es selectivo; lo negativo deja de retornar. El superhombre es el hombre de la fuerza activa. Sin duda tiene que pasar por el momento de la negación, lo cual implica destrucción. Pero destruye para construir, deja asolado los campos para poder legislar desde su nueva perspectiva. |
Con mucha fuerza Deleuze cuestiona la interpretación del eterno retorno como el círculo. El círculo era el eterno retorno del mito y de la ontología griega. Nada hay en Nietzsche que indique el eterno retorno como círculo. Inclusive en los ciclos de la naturaleza lo que se muestra es algo más profundo y no la mera circularidad.
El retorno es lo único que se repite, pues no hay repetición de lo mismo. Retornar es la única mismidad del eterno retorno. El eterno retorno es la manera nietzscheana de pensar el devenir. El eterno retorno es la repetición, pero la repetición de lo otro. En la circularidad mítica y griega no hay novedad, no se produce el novum. En cambio, la repetición selectiva del eterno retorno nietzscheano produce la novedad y la diferencia.
Deleuze piensa la diferencia desde la repetición y la repetición desde el eterno retorno. Tampoco Aristóteles pudo pensar la diferencia. En realidad no hizo más que reducirla a diferencia conceptual. Interpretación esta que se extiende hasta Leibniz. Entre una especie y otra especie dentro del mismo género se da la diferencia específica. Esta es la única diferencia que el Estagirita pudo pensar. Piensa la diferencia demasiado lejos. En realidad está mucho más cerca. Está en la haecceitas, puesto que cada ser existe en el aquí y en el ahora, y en el ahora y en aquí está ya la diferencia. Del mismo modo la repetición produce diferencia. Cada repetición es ya diferencia. Y el tiempo es la diferencia misma. La repetición produce diferencias. Piénsese en la herencia. El hijo repite los genes de sus padres, pero de esa repetición surge siempre algo nuevo, nuevas diferencias, posibilidades inéditas. En el platonismo la idea es el modelo, el ser originario y las cosas de este mundo simples copias del original. Deleuze glorifica el simulacro, el mundo sensible, puesto que no hay original, no hay modelo hiperuránico. La identidad está dada en el modelo originario del ser ideal platónico como en el ser estático de los eleatas. La semejanza es una imitación de modelo ideal. En cambio, Deleuze piensa en la diferencia tal como se da en la proliferación múltiple e indefinida de los simulacros de este mundo sensible. Mientras que la copia trata de asemejarse al original, manteniendo así el yugo de la identidad, los simulacros son copias rebeldes, en realidad no dicen relación a un modelo. Para Deleuze el simulacro «es el sistema donde lo diferente se relaciona con lo diferente mediante la diferencia como tal». (DR, 438)1
Aunque Hegel arriesga algunas críticas a la identidad, acaba sucumbiendo al panlogismo de la idea que lo absorbe todo. La diferencia es domesticada por la identidad, puesto que el ser es allí la identidad de la identidad y la diferencia. Por tanto, la diferencia nuevamente bajo el yugo de la identidad.
El ser eleático era lo uno en su mismidad de lo mismo. El ser que se dice del devenir es, para Deleuze, el de un sistema de lo múltiple y nómada que no acaba nunca de detenerse en el juego de su propia proliferación. El ser es unívoco, no porque se diga en el sentido de la unidad y la mismidad eleática o de la idea platónica en cuanto ser, sino porque en la tirada de dados se juega el todo por el todo. La univocidad del ser es la afirmación del azar en un solo golpe del juego. Ningún telos predetermina el orden de un ser pensado como inteligible. La multiplicidad es el juego de lo aleatorio. De hecho no hay orden sino caosmos. El eterno retorno es el caos mismo.
El ser y la verdad eran lo mismo en la común transparencia del pensar y el ser. Pero el último en pensar un sistema de la verdad fue Kant. Nietzsche denunció la verdad como voluntad de dominio. Socavó así la transparencia entre el ser y la verdad. La verdad puede ser peligrosa, puede esconder debajo de su máscara de ascetismo la voluntad de dominar sobre los otros. Quien se cree en la verdad, cree también que tiene el derecho de mandar sobre los otros. Platón asignaba al sabio el gobierno de la polis. Deleuze rechaza la tesis de que una interpretación sea la verdadera interpretación. En cambio, nosotros nos apropiamos de los textos, experimentamos con ellos, les hacemos violencia, los depredamos. Deleuze rechaza en el mismo acto la común pertenencia del ser y la verdad y la hermenéutica que pretende la verdad del texto y la tiranía del significante.
El ser era bueno. Había que ser ascético para acceder a
la verdad del ser. El alma flaca debía mostrar el dominio de la
carne. Y sólo así se encaminaba a la dialéctica de
la verdad, el bien y el ser. Ahora, desde Nietzsche el saber es
«gaya ciencia», ciencia jovial, y el cuerpo recupera sus
derechos milenariamente socavados. La virtud es poder como
enseñaba ya Spinoza, o llevar nuestras posibilidades hasta la
enésima potencia como enseña Zaratustra. Sin duda, el
hombre poderoso hace sus renuncias, pero no porque él aspire al
paradigma de la transparencia del bien y la verdad, sino porque
«una virtud es mejor que muchas virtudes», porque una
potencia avanza en la línea de su propio desarrollo y reconoce
la injusticia de su propia perspectiva. El bien no está inscrito
en la filigrana del ser, ni en una naturaleza ya moralizada, pues la
naturaleza misma no conoce vicio ni virtud, sino que la voluntad
legisla sin que tenga que atenerse ni al cielo inteligible ni a los
valores en curso que son los valores del rebaño.
El ser fue pensado sub specie aeternitatis. En Platón el tiempo pertenece al mundo del devenir, mundo sensible, pero no verdaderamente real. Deleuze retoma la perspectiva bergsoniana de pensar el ser como devenir y, por tanto, como duración temporal. Pero el análisis del tiempo en Deleuze es sumamente complejo, retoma ideas de los estoicos, analiza el presente a la luz de Hume, el pasado a partir de Bergson y el futuro a partir de Nietzsche. Incluso no dejan de haber importantes anotaciones sobre Kant y también sobre Hölderlin. No perdamos de vista, sin embargo, que la repetición es el hilo conductor que mantiene unido el análisis del tiempo en autores tan distintos como Hume, Bergson y Nietzsche. Deleuze los sintetiza a través de su análisis de la repetición.
¿Qué nos dice Hume del presente tal como Deleuze lo retoma? El presente constituye la primera síntesis temporal. Y esta primera síntesis temporal es la síntesis originaria, y es posible por el hábito. El presente es contracción de los instantes. La síntesis del presente es primariamente el presente vivido, el presente en el que se da todo el tiempo. Deleuze califica a esta primera síntesis como una síntesis pasiva, pues se realiza en el espíritu aunque no la produce el espíritu. La síntesis pasiva se da en la imaginación y ésta le da una dirección al tiempo, del pasado al futuro. El hábito es síntesis pasiva, es repetición del espíritu que contempla. Somos una miríada de costumbres, desde las orgánicas y sensoriales hasta las propiamente psíquicas. Esas costumbres que somos nos constituyen como si fuéramos muchos yoes. Para Deleuze la síntesis pasiva pero originaria del tiempo es la costumbre y lo que constituye al yo. «Estas mil costumbres que nos componen (...) forman, pues, el dominio de base de las síntesis pasivas». (DR, 150 ) Este yo es el mí (moi) , es el sistema del yo, pero un yo disuelto. La primera síntesis del tiempo, la pasiva, es la síntesis originaria, pero ella necesita, a su vez, de un fundamento, y éste es la memoria. La cual Deleuze analiza con Bergson.
Bergson afirma que el tiempo debe considerarse como variable independiente. Refirió el tiempo a la conciencia como duración, pero también lo puso en evidencia en todo ser viviente. «Allí donde algo vive, hay abierto en alguna parte, un registro en que el tiempo se inscribe». (EC, 508)
Bergson sostiene que no podemos hablar sólo de cortes inmóviles como en el cine. Más bien todo cambio remite a la duración y ésta no puede comprenderse por meras imágenes inmóviles o cortes instantáneos. En realidad hay imágenes movimiento que «son cortes móviles de la duración» (IM, 26) Del mismo modo, hay imágenes tiempo, o sea, imágenes de la duración.
El cine da una perspectiva de tiempo mucho más directamente que, por ejemplo, la pintura. El cine pone las cosas en el relieve del tiempo, de hecho, «expresa el tiempo mismo». Una característica relevante del tiempo en el cine es su poder de acelerarse o desacelerarse, característica que pertenece también al movimiento. En la fotografía se organizan las cosas en el «instante», por eso se trata de un corte inmóvil. En el cine hay una modulación, es decir, un molde variable, una perspectiva temporal. Deleuze cita a André Bazin para explicar que:
«El cine realiza la paradoja de moldearse sobre el tiempo del objeto y de adoptar, por añadidura, la impresión de su duración». (Qué es el cine, cit. IM, 43)
Passolini expresó que el todo fílmico es continuo pero que sus partes son discontinuas. Por eso el todo resulta de una síntesis. Las síntesis operada por el montaje. «El todo emerge en la dimensión de una duración que cambia y que no cesa de cambiar». (IM, 49) Lo actual se nos da en el tiempo presente. El presente está cambiando siempre, pasa y tiene que pasar para dar lugar a un nuevo presente. Viceversa, el presente que pasa da lugar al pasado.
«La imagen tiene que ser presente y pasado, aún presente y ya pasada, a la vez, al mismo tiempo. Si no fuera ya pasado al mismo tiempo que presente, el presente nunca pasaría. El pasado no sucede al presente que él ya no es, coexiste con el presente que él ha sido. El presente es la misma imagen actual, y su pasado contemporáneo es la imagen virtual, la imagen en espejo». (IT, 111)
Para Bergson la imagen virtual es el recuerdo puro. Esta imagen virtual dice relación al presente que acaba de pasar. Y no debe confundirse con la imagen recuerdo que, aunque también es virtual, requiere de otro presente para ser actualizada como presente. En las imágenes recuerdo nos toca dar un salto al pasado porque es ahí donde están, es ahí donde se conservan.
«Lo que constituye la imagen cristal es la operación más fundamental del tiempo: como el pasado no se constituye después del presente que él ha sido sino al mismo tiempo, es preciso que el tiempo se desdoble a cada instante en presente y pasado, diferentes uno y otro por naturaleza o, lo que es equivalente, es preciso que desdoble al presente en dos direcciones heterogéneas, una que se lanza hacia el futuro y otra que cae en el pasado». (IM, 114)
El tiempo es escisión. Se escinde en dos flujos: uno que conserva el pasado y otro que recoge todo el presente. La escisión que es el tiempo se apercibe en la «imagen cristal». «La imagen cristal no era el tiempo, pero se ve al tiempo en el cristal. Se ve en el cristal la perpetua fundación del tiempo, el tiempo no cronológico, Cronos y no Cronos. Es la poderosa Vida no orgánica que encierra al mundo». (IT, 114) Los visionarios ven el surgir del tiempo, su desdoblarse y escindirse. Bergson anota, sin embargo, que la escisión del tiempo no llega nunca hasta su final. El cristal vive justo en el límite en que el pasado ya no es sino virtual y el futuro inmediato no es aún. En la imagen cristal lo virtual y lo actual son casi indiscernibles.
Deleuze retoma la expresión «cristal del tiempo» de Féliz Guattari en su obra L'inconscient machinique. Deleuze resume en pocas líneas magistrales la tesis bergsoniana del tiempo: «el pasado coexiste con el presente que él ha sido; el pasado se conserva en sí como el pasado en general (no cronológico); el tiempo se desdobla a cada instante en presente y pasado, presente que pasa y pasado que se conserva.». (IT, 115)

Se ha mal interpretado la idea bergsoniana del tiempo diciendo que la duración es subjetiva y que ella constituye la vida interior. Deleuze reconoce que Bergson habló así al comienzo. Pero luego destacó otra perspectiva: «la sola subjetividad es el tiempo, el tiempo no cronológico captado en su fundación, e interiores al tiempo somos nosotros, no al revés». (IT, 115)
Estamos dentro del tiempo, aunque ello nos suene a paradoja. No es que el tiempo llegue a ser interior en nosotros, es , más bien, que el tiempo es esa interioridad en la cual existimos. Deleuze dice enfáticamente que Bergson está muy cerca de Kant, mucho más de lo que a primera vista parecería estarlo. «Kant definía el tiempo como forma de interioridad, en el sentido de que nosotros somos interiores al tiempo (sólo que Bergson concibe esta forma de un modo muy distinto que Kant)». (IT, 115)
Deleuze retoma sus conocidos análisis de la obra de Proust para decirnos que también en él nosotros somos interiores al tiempo, «habitamos el tiempo, como nos movemos dentro de él en esa forma que nos lleva, nos recoge». Lo actual es meramente objetivo, lo subjetivo es lo virtual y en él experienciamos el tiempo. En Fellini el niño que llevamos dentro coexiste con el adolescente, y con el adulto y con el viejo.
Se ha explicado que del cristal del tiempo salen dos chorros: el flujo del pasado en cuanto se conserva, y el flujo del presente. De ahí salen dos imágenes tiempo, la del presente y la del pasado. El pasado se mantiene en la imagen virtual que se actualiza en la imagen recuerdo. El hombre pertenece a la memoria; no es que la memoria pertenezca al hombre. «El pasado aparece como la forma más general de un ya ahí, de una preexistencia en general que nuestros recuerdos suponen, incluso nuestro primer recuerdo -si lo hubiera-, y que nuestras percepciones, incluso la primera, utilizan». (IT, 136) El presente es el grado más contraído del pasado y la sucesión no pertenece al pasado sino al presente. Entre el presente como pasado infinitamente contraído y el pasado como preexistencia general hay una serie de círculos o regiones o capas con sus rasgos propios. Es la imagen del cono que Bergson utiliza. Cuando recordamos, saltamos a uno u otro círculo. Deleuze piensa que la frase de Fellini es profundamente bergsoniana: «Estamos construidos en memoria, somos a la vez la infancia, la adolescencia, la vejez y la madurez». (Cit. Deleuze, IT, 136)
En Buñuel se libera el tiempo de su sujeción al movimiento. Deleuze anota también que en la obra de este cineasta el tiempo es casi siempre cíclico. El fin de un ciclo es el comienzo de otro. En El discreto encanto de la burguesía se muestra no tanto distintas comidas como la repetición de la misma comida. Hay una cosmología naturalista y cíclica en Buñuel. Habla de un acontecimiento en muchos mundos distintos.
El cine sigue, pues, una concepción bergsoniana del tiempo. No se trata del tiempo como mera sucesión de ahoras. Tampoco se trata del pasado como un mero flash-back. Resnnais no concede ninguna importancia a este tiempo de flash-back. Para Bergson: «Se trata o bien de un esfuerzo de evocación producido de un actual presente y que precede a la formación de las imágenes-recuerdo, o bien de la exploración de una capa de pasado en la que surgirán ulteriormente estas imágenes-recuerdo». (IT, 149)
Para Bergson hay dos planos de la memoria, uno y otro vinculados entre sí. Por un lado evocar un recuerdo es saltar a una región del pasado donde está virtualmente. La otra el presente como contracción del presente. Bergson considera dos formas de trastornos del recuerdo. Uno en que se evoca la imagen pero no se alcanza a aplicarlos a sus correspondientes percepciones. En otros casos se hace imposible la evocación de los recuerdos.
La imagen movimiento tiene una dimensión espacial, también una intensiva e incluso otra afectiva. El tiempo es una totalidad abierta, en ella se sintetizan las afecciones del alma y las supera. La captación del tiempo en la imagen fílmica es más o menos indirecta pues nunca prescinde del movimiento, aunque lo desborda. Un movimiento casi absoluto se adivina en varias de sus manifestaciones, el movimiento de los cuerpos, las intensidades de la luz y el sin fondo de las afecciones del alma: es decir, lo sublime.
La imagen-tiempo exige un tratamiento original del signo. «La imagen movimiento constituye al tiempo bajo su forma empírica, el curso del tiempo: un presente sucesivo según una relación extrínseca del antes y del después, tal que el pasado es un antiguo presente, y el futuro, un presente que vendrá». (IT, 359) El tiempo, como en Aristóteles, es también número, medida del movimiento. Por un lado es el intervalo de tiempo, la unidad mínima. Y por otra, la unidad máxima, el movimiento del universo. «El tiempo como curso emana de la imagen movimiento, o de los planos sucesivos. Pero el tiempo como totalidad depende del montaje, que lo refiere aún al movimiento o a la sucesión de los planos». (IT, 360) La imagen movimiento no nos da la representación directa del tiempo, sino siempre indirecta. «La única representación directa aparece en la música». (360) En el cine moderno la imagen tiempo se hace trascendental, es tiempo puro. (Veremos luego el análisis de Kant, quien ya había llegado a esta conclusión). Esto no implica cierta dependencia del movimiento, pero no queda subordinado a él. El movimiento queda subordinado al tiempo. El movimiento depende ahora del tiempo. «La imagen-tiempo se ha hecho directa». (360)
La tercera síntesis del tiempo es el futuro. Deleuze lo analiza a través de Nietzsche con su idea del eterno retorno. En efecto, el eterno retorno afecta a lo nuevo; la rueda del devenir expulsa por selección lo débil y reactivo. El eterno retorno es la repetición por exceso. «El mismo es lo nuevo. Toda la novedad». (167) En la tercera síntesis se muestra claro que el pasado y el presente son sólo condiciones del futuro: «el pasado como condición y el presente como agente». «El presente, el pasado y el futuro se rebelan como repetición a través de las tres síntesis, pero según tres modos muy diferentes». (170) El pasado es la repetición como tal, el presente es el repetidor y lo repetido es el futuro. La tercera síntesis, la del futuro, es la que pone la meta final del tiempo. La repetición no es posible por el tiempo, sino que el tiempo es posible por la repetición. El eterno retorno en su extrema coherencia excluye al sujeto pensante y a un mundo cuya garantía es Dios. Klossowski ha dicho que la muerte de Dios significa también el fin de la garantía absoluta de la identidad del yo.
No dejemos pasar pues, desapercibidas las referencias a Kant y a Hölderlin en el estudio deleuziano del tiempo. Kant libera al tiempo del movimiento al reconducirlo hacia el pensamiento y ubicarlo en el plano trascendental. El tiempo aparece, entonces, como forma vacía, orden y forma sin contenido; forma que se impone a todo contenido. Sin duda Kant no sacó todas las consecuencias y hasta dio pasos hacia atrás. Consecuencia del tiempo vacío ha de ser la muerte de Dios y la disolución del yo. Kant cuestionó la teología racional e imposibilitó toda prueba racional de la existencia de Dios. Del mismo modo, introdujo un desequilibrio en la psicología racional. «El sujeto no puede representarse su propia espontaneidad sino como la de Otro, y con ello invoca en última instancia una misteriosa coherencia que excluye la suya propia, la del mundo y la de Dios. Cogito para un yo disuelto». ( 122) Pero Kant los reintroduce. Al uno por la vía moral de la razón práctica y al otro como síntesis activa del entendimiento. «El tiempo fuera de sus goznes significa lo contrario del tiempo enloquecido, salido de la curvatura que le daba un dios, liberado de su figura circular demasiado simple, franco de los acontecimientos que formaban su contenido, invirtiendo su relación con el movimiento; en una palabra, descubriéndose como forma vacía y pura». (164) El tiempo liberado del movimiento se nos presenta como forma del cambio, pero forma del cambio que no cambia.
En cambio, será Hölderlin quien comprenda que el tiempo salido de sus goznes lleva al ocaso de los dioses y a la disolución del yo. Las referencias a Hölderlin son pocas pero harto significativas. Hölderlin «descubre el vacío del tiempo puro, y en ese vacío, al mismo tiempo, el desvío continuo de lo divino, la falla continuada que afecta al Yo y la pasión constitutiva del Sí mismo. Dicha forma del tiempo, Hölderlin la veía en la esencia de lo trágico o en la aventura, de Edipo como instinto de muerte con figuras complementarias». (163)
El fundamento del tiempo queda ahora remitido a lo sin fondo, «desfondamiento universal que gira sobre sí mismo y no hace retornar sino al porvenir». (168)
Veamos ahora la referencia que hace Deleuze a los estoicos en el análisis del tiempo. Marco Aurelio llama Aión a la eternidad, la totalidad del tiempo y no una parte de él. Aión es eternidad pero también el instante presente, y este presente es el que interesa a Deleuze para pensar «el acontecimiento». De otro lado, está el tiempo como Cronos. En Cronos lo que cuenta es el presente. El pasado es el presente ya sido y el futuro el presente que aún no ha sido. Deleuze nos dice que para los estoicos Cronos es el tiempo de los cuerpos. En cambio, Aión, es el tiempo del acontecimiento, de lo incorporal. El instante presente del Aión se ensancha hasta abarcar la totalidad del tiempo. Es un instante entre dos infinitos, el del pasado y el del futuro. El instante del Aión es un presente sin duración. Cronos es cíclico; Aión es lineal. Zeus-Cronos es el símbolo del tiempo circular y corporal. Saturno es el símbolo del tiempo profundo, de devenir loco. Y Hércules es el símbolo del acontecimiento. Aión es forma vacía del tiempo y hace posible el lenguaje, pues traza una frontera entre las cosas y las proposiciones. El acontecimiento no es un estado de cosas, no es corporal, es un mero efecto. No es ser sino modo de ser. El eterno retorno puede ser pensado desde el Aión o desde el Cronos. En Cronos todo vuelve en su marcha circular. En el Aión se trata de la línea recta del laberinto que plantea Borges. En éstos no vuelven individuos ni cosas sino despojos, restos y sus consiguientes divisiones y subdivisiones. Acontecimiento que afirma a la vez todo el azar.
NOTAS
1. Paul Patton expone la diferencia entre Deleuze y Derrida con respecto al tema del simulacro: «Anti-platonis and Art», en Gilles Deleuze and the Theater of Philosophy, (Edited by Constantin v. Boundas and Dorothea Olkowski), New York, London, Routledge, 1993. Según Patton, para Derrida el simulacro son las copias de copias y así ad infinitum. En cambio, para Deleuze no hay nada en común entre la copia y el simulacro, pues pertenecen a naturalezas diferentes. Platón da la importancia a la copia auténtica y exorciza el simulacro. Derrida habla del simulacro en «La farmacia de Platón» (cfr. Disseminations, Editions du Seuil, 1972).
BIBLIOGRAFIA
Gilles Deleuze, Empirismo y subjetividad, Gedisa, 1996, 3a. ed
_____, Lógique du sens, París, ed Minuit, l969.
_____, Lógica del sentido, Barcelona, Paidós, l989. Traducción de Miguel Morey.
______, Différence et repetition, París, Presses Universitaires de France, 1968.
______, Diferencia y repetición, Madrid, Ediciones Édcar, l988 (Trad. de Alberto Cardín)
_______, La imagen movimiento, Bs. Aires, Paidós, l983.
_______, La imagen tiempo, Paidós, l985
Francisco José Martínez M. Ontología y diferencia: la filosofía de Gilles Deleuze, Madrid, Orígenes, l987.
José Luis Pardo: Deleuze: violentar el pensamiento, Madrid, Ed. Cincel, l990.
Varios: Gilles Deleuze, Philosophie, Numéro 47, l995
Francois Zourabichvili, Deleuze, une philosophie de l'JvJnement, Presses Universitaires de France, 1994.

