La autora, uruguaya, es profesora de literatura, crítica literaria y ensayista. Ejerce el periodismo cultural en radio y semanario Brecha.
Introducción.

orge Arbeleche (Montevideo, 1943), publicó su primer libro de poemas, Sangre de la luz, en 1968. En su joven voz lírica, Domingo L. Bordoli advertía “un contacto con el universo, donde el espíritu se busca para definirse en instantes.”

Profesor de literatura y ensayista, dedicó buena parte de su vida al estudio y rescate de la obra y la figura de Juana de Ibarbourou. La presencia tutelar de esta creadora, perdura en el segundo libro de Arbeleche, Los instantes (1970), que ella prologa, declarando entre otros elogiosos conceptos: “...yo gusto mucho de su poesía, moderna, profunda, lírica, filosófica, total”.

Dos décadas después, en 1993, Arbeleche publica Ágape, una antología que, celebrando 25 años de infatigable labor poética, rescata textos de los ocho libros editados hasta esa fecha. A los dos mencionados cabe agregar: Las vísperas (1974), Los ángeles oscuros (1976), Alta noche (1979), La casa de la piedra negra (1983), El aire sosegado (1989) y Ejercicio de amar (1991).

La escritura de un mismo texto.

Pero luego de esa antología, que pauta una trayectoria madura en la poesía uruguaya, y registra una historia lírica coherente, de construcción incesante, aparece el que hasta hoy es su último libro: Alfa y Omega (1996), desde donde el poeta continúa compartiendo con sus lectores, su personalísimo e íntimo discurso testimonial, su captación del mundo y sus enigmas, la esencialidad de un material lírico que atesora los eternos temas siempre renovados:

Esta es la cuota que nos tocó en la vida

con vida y muerte y amor y desamor

y amor de nuevo

y gana

y esfuerzo

y la fatiga.

El título del nuevo opus remite a las letras inicial y terminal del alfabeto griego, que por extensión representan el principio y el fin de todas las cosas.

Los diecisiete poemas que lo integran se ordenan en cuatro secciones: “Fiesta”, “Auto de fe”, “Despedida” y “Agüeros”. Esta última se cierra (y al libro), con dos textos emblemáticos que parecen encararse mutuamente, en lúdica y lúcida reciprocidad: “Alfa y Omega” y “Omega y Alfa”. El primero no sólo justifica e ilumina el título del libro, sino que además legitima y confirma su vocación especular en el epígrafe de T. S. Elliot elegido: “En mi fin está mi principio”, que refuerza el mismo Arbeleche en la aseveración casi mística del primer verso del poema: “Si en todo final está el comienzo...”

Releyendo ahora la advertencia que hace casi tres décadas esgrimía Bordoli para aquel lejano Sangre de la luz, y conectándola con este reciente y circular Alfa y Omega, podemos ver cómo situaciones, motivos, tópicos y símbolos se deslizan de uno a otro libro, posibilitando asociaciones, que, a la luz de toda la obra del poeta, no hacen más que confirmar que un artista (re)escribe un mismo texto durante toda su vida. Y que las cosas se han expresado siempre por analogías o correspondencias, que contienen a la vez el sujeto y el objeto, el mundo exterior al artista y el artista mismo. De allí la función del poeta como traductor o decodificador de “...cifrados mensajes que llegaran/ desde el lado de atrás de las palabras”.

¿Cuál es el deber del poeta?

La postura vincular desde la cual contempla (y comprende) ese universo que se revela a medida que es nombrado, que se (re)construye estéticamente gracias al afán demiúrgico que moviliza al poeta, se resuelve en la respuesta de Odiseo Elytis que sirve de acápite al poema “Agüeros”:

«¿Cuál es el deber del poeta?

Poner gotas de luz en la oscuridad”.

Entre estos extremos luminosos y sombríos que suman fines y principios, este breve libro que incluye algunos poemas éditos, propone un tiempo circular que privilegia y paradójicamente anula un tiempo simultáneamente real y mítico “donde cada mañana bajan a pacer los unicornios”.

La luz, fuerza creadora y energía cósmica, identificada tradicionalmente con el bien, el espíritu, el intelecto, recorre, recta u oblicuamente, este libro, como otros del autor, definitivamente alumbrando o engañosamente eclipsando, la captación sensorial del universo. Así advierte que “La luz abrigará la sombra entre sus plumas”; o es optimista para “cuando el rayo de luz/abra/ con entusiasmo la ventana...”; o anhela el prodigio:

...acaso encuentre el fósforo

o la yesca para encender

la hoguera de los dioses”.

Esta “luz alegre” festeja la vida. “El mundo es una fiesta” en los tres poemas que integran la primera sección, y dialogan con las maravillas de los sentidos disfrutadas en Ágape. Pero aún en medio del milagro de vivir, los vínculos del poeta no sólo están “...donde mis vivos viven...”, sino también “... donde mis muertos yacen bajo cipreses”. El mundo vegetal y la naturaleza toda (destacándose la autóctona), se multiplican genésicamente en un panteísmo intuitivo y reflexivo que aporta el testimonio de una particular experiencia subjetiva, estéticamente objetivada.

Hasta siempre...

En la sección “Despedida”, convoca y aproxima a dos inolvidables mujeres muertas: Matilde Bianchi y Galia Collazo Ibáñez, a quien “segó/ la luz desparramada en la mitad del día”. También está presente (siempre) el recuerdo del hermano muerto, “porque toda la muerte es una sola e igual

y es siempre un acto de barbarie

y siempre su sombra va

delante, detrás, o dentro de nosotros”.

Auto de fe” es un sector marcado por la reflexión, por la tristura y el cansancio de aquél que “no puede avanzar no retrocede/ hasta las huellas le duelen en su marcha”. Pero hay que seguir y poder más, aunque “el umbral del miedo” paralice.

Ese castigo público de los penitenciados por la Inquisición, que es el auto de fe, debe resistirse. Esa feroz y paradigmática “alfombra púrpura de brasas”, debe atravesarse, y aún lamidos por el fuego, seguir dando batalla. Porque sólo así estamos

“...en posesión

de toda la música y de todo el silencio.

Y los demás, nos temen”.

Una soledad pegajosa contamina esta Sección, que deviene territorio neblinoso donde

a veces/ para alguien

es noche para siempre”.

Las letras de tu nombre.

El título del sexto libro de Arbeleche, La casa de la piedra negra, nació del apellido vasco del autor. Su identidad allí metaforizada en su carácter de morada, se fusiona instantáneamente con la noción de cuerpo y por extensión, vida humana. Parece pertinente recordar este dato, que tiene una virtual variante en el ya citado texto “Omega y Alfa”, donde una identidad es agredida y despojada por la muerte, (aunque se intuya no definitiva).

Se alojará en tu reino

para siempre/ el frío

y no habrá lumbre para abrigar tu nombre

(...) Y no conocerás vislumbre de tu nombre

(...) Y entre los peces no verás tu nombre”.

Una comunión religiosa, personal y no ortodoxa subyace buena parte de este corpus. En este poema, ese sentimiento guía a quien ya perdió su identidad y su vida, pero aún logra, en la inclemencia del último estertor, llegar a “la casa”, para escuchar allí “la única voz que te pronuncie”, y ver “entonces encenderse las letras de tu nombre”.

La esperanza de renacer coincide en el poema, con el canto del gallo, símbolo recurrente, que “expande su erguida crestería”, cinco veces en el libro. Emblema cristiano de gran importancia, es, según Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, el ave solar que alegoriza la vigilancia y la resurrección, el triunfo de la luz sobre las sombras

En el amor y la disponibilidad de Jorge Arbeleche por la vida ha existido siempre una constante aspiración a la dicha, una extrema justificación de la existencia.

El presente volumen consolida la obra poética de un creador que, con su insistencia en conjurar la noche, y anunciar el día, nos ofrece una tregua imprescindible

cuando empieza el sol a derramar

el repetido escándalo del gallo”.