EXÉGESIS |
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X Aniversario |
Poética clasicista en el Siglo de Oro español: el caso de las Elegías de varones ilustres de Indias de Juan de CastellanosVicente Reynal |
El autor es español, pero ha pasado la mayor parte de su vida en las Américas. Tiene un Doctorado en Filología Hispánica de la Universidad de Valencia. Desde el 1970 se desempeña como profesor de Humanidades del Colegio Universitario de Humacao donde es Catedrático. Tiene numerosas obras publicadas, siendo las últimas: Introducción a las Humanidades (1990), Civilizaciones de Occidente (1991), y Fray Domingo de Petrés: arquitecto valenciano de Nueva Granada (1992). |

I. Introducción.
No existe dentro del campo de la literatura española ni
quizás en el de las otras literaturas occidentales un poema tan
extenso y complicado como Las elegías de varones ilustres de
Indias1 del escritor renacentista español, Juan de
Castellanos. Nació en Alanís (Sevilla) en 1522, pero de
joven emigró al recién descubierto Nuevo Mundo, en donde
se afincó. De hecho, nunca más volvió a su tierra
nativa y falleció en Tunja (Colombia) en 1607.2
Las Elegías3 fueron compuestas por Castellanos en distintos momentos de su vida. Están divididas en cuatro partes, las que fueron publicadas en épocas diferentes con intervalos hasta de siglos. Así, la «Primera Parte» lo fue en vida del autor, por iniciativa suya y a sus expensas, en 1598. Las otras, aunque el autor dejó estipulada su publicación en su testamento y dejó fondos para tal efecto, nunca lo fueron sino hasta siglos después: la Segunda y Tercera Parte, en 1848, y la Cuarta, en 1888. Aun así, quedó un fragmento sin publicar por desconocerse su existencia, el cual fue impreso en 1925. Se trata del «Discurso del Capitán Francisco Draque de nación inglés.»
Constan las Elegías, según paciente recuento, propio de los claustros benedictinos de antaño, de ciento trece mil seiscientos nueve (113,609) versos, proeza de ingenio y de constancia inigualables, cuyo análisis completo requeriría del talento y del tiempo, así como de otra persona más dotada aún de paciencia y de destrezas que el propio autor, para poder desentrañar cada una de las veintitrés «Elegías,» cuatro «Eulogios,» dos «Historias,» una «Relación» y un «Discurso,» que las integran. Reconociendo ser ello una tarea fuera de mi alcance, me limito tan sólo siguiendo el aforismo de que «para muestra, basta un botón» a analizar una de las Elegías, la VI, de la «Primera Parte,» con la objetivo de llegar, en lo posible, a penetrar en la técnica literaria que utiliza Castellanos y a indagar las fuentes de preceptiva literaria de las que se nutrió.
He optado por esta «Elegía» por varias razones. Ante todo, por ser una de las primeras que Castellanos compuso. En estas circunstancias, por lo general, el escritor o poeta siente una emoción e inspiración particulares y se ve a la vez más urgido a seguir los modelos aceptados. En segundo lugar, por tratarse de un poema completo en sí y aislado, autosuficiente y cerrado, con principio, medio y fin bien caracterizados, por lo que nos puede servir fácilmente de modelo. Tercero, por razones históricas, pues dicha elegía trata de la figura señera de Juan Ponce de León; de la conquista que él emprendió junto con otros españoles de la isla de Boriquén, hoy mejor conocida como Puerto Rico, y de su posterior poblamiento y colonización. He tenido en mente aquello que ya hace un tiempo escribiera acertadamente María Teresa Babín, «La Elegía VI de Juan de Castellanos es para Puerto Rico lo que El cantar de Mío Cid es para España; La canción de Rolando para Francia; La araucana para Chile... la gesta donde reposa un pueblo.»4 Ya antes, otra insigne estudiosa de la obra de Castellanos, María Cadilla de Martínez, había escrito, en lo que concuerdo: «Para nosotros, la Elegía VI es la primera manifestación de nuestra existencia a la vida de la cultura. Con ese poema empieza nuestra historia de pueblo civilizado, pues dice cómo se fecundó la tierra nuestra con el heroísmo castellano e indígena y cómo, con viriles gestos, se inició nuestra nacionalidad.»5
En
cuarto lugar aunque en la escala de valores personales debería
ocupar el primero , me he propuesto el análisis de la Elegía
VI, por motivos de agradecimiento, de justicia y de
admiración, y hasta sentimentales, debido a que en una de los
poblados que Castellanos enumera, como de los existentes a la llegada
de los españoles, Macao, hoy transformada en ciudad noble,
Humacao, realizo esta concienzuda investigación, escribo las
primeras líneas sobre el estudio y llego a la redacción
definitiva que estoy presentando. Por las soleadas y en ocasiones
destartaladas calles de esta villa, conocida, por extraña
paradoja, como la «Ciudad gris,» he deambulado por espacio de
veintiseis años y en mi otrora calurosa morada, en esta
población, he formado mi hogar, en el que brotaron y crecieron
dos retoños espléndidos, Alejandro y Vicente A., hoy
ingenieros, a quienes dedico esta investigación, tan agena a las
que ellos están realizando, aunque se basa en las mismas
premisas y utñiza instrumentos similares.

II. División, técnica y argumento.
La Elegía VI lleva por título: A la muerte de Joan Ponce de León, donde se cuenta la conquista del Boriquén, con otras muchas particularidades. Consta de siete cantos, cada uno de los cuales tiene un número dispar de octavas reales, de la forma siguiente: el primero, 60; el segundo, 49; el tercero, 41; el cuarto, 45; el quinto, 74; el sexto, 59; el séptimo, 48; al final hay una cuarteta. Resultado: 376 octavas reales y una cuarteta.
De esta sucinta enumeración se desprende una primera conclusión de contenido técnico-literario, a saber, que Castellanos no siguió la división geométrica establecida por otros épicos en sus poemas, por ejemplo, Dante Alighieri, en su (Divina) Comedia, libro que nuestro autor conocía, como se deduce del texto y contexto de las Elegías. Esto viene a avalar, en gran medida, la independencia artística de Castellanos.
El Canto I carece de subtítulo; sin embargo, por su lectura, se colige que trata, en líneas generales y como una especie de introducción, del protagonista y agonista nunca mejor dicho que aquí este calificativo, pues por eso mismo nuestro autor designa sus composiciones poéticas «Elegías» , Juan Ponce de León, de la isla de Boriquén (Puerto Rico) y de sus primitivos pobladores, los indios taínos y de otros nativos.
En los Cantos II, III y IV se narra la rebelión que iniciaron dichos indígenas en contra de los españoles y la reacción de éstos, nada benevolente, por cierto y sí bastante feroz.
En el Canto V Castellanos dirige su composición hacia la guerra de pacificación que Ponce iniciara en toda la isla caribeña, luego de haberse acabado, de momento, la anterior contienda y de haber descrito, conforme él narra, «la postrer batalla,» así como después de haberse establecido la alianza de los aborígenes borinquenses con los nativos de islas vecinas, los temibles «caribes.»
En el Canto VI prosigue el poeta con la descripción de varias batallas habidas entre españoles y nativos, en especial las que sostuvieron contra los caribes. Describe también las incursiones sangrientas de éstos y sus matanzas, aun de cautivos taínos. Al mismo tiempo, se nos dan a conocer no pocas de las costumbres típicas indígenas.
En el Canto VII vuelve el poeta-cronista a la figura protagónica de Juan Ponce de León y nos relata cómo le privaron del mando de la isla de Boriquén y de cómo a raíz de esto siempre ansioso de nuevas aventuras emprendió un viaje en busca de tierras nuevas hacia el norte de la isla, descubrindo la Florida, expedición en la que sería herido y a consecuencias de lo cual moriría poco después en La Habana, Cuba. Nos narra, por último, los honras fúnebres que en su honor se celebraron en dicha ciudad y del epitafio que se colocó en su sepulcro.
Notamos
ya, a primera vista y sin entrar de momento en mayores profundidades,
con la escueta narración del esquema operativo de nuestro poeta
a través de esta singular composición, una cierta
similitud estructural de esta «Elegía VI» con la Ilíada,
de Homero. En ambos poemas épicos, salvando distancias
temporales y cimeras, se empieza presentando al protagonista, que va a
ser igualmente agonista, como queda señalado, en el primer
Canto, quien, al poco, se retrotrae de la acción, desaparece
físicamente, si bien está presente en espíritu
durante todo el desarrollo de esta parte, y de vez en cuando se le
menciona. Al final, se nos muestra éste con todo su poder y
magnificencia, a la vez que con un sentido profundo de tragedia.6
¿Será sólo coincidencia? Algo más que esto:
veo una similitud, por afinidad argumentativa, fruto a la vez del
conocimiento que Castellanos tiene de Homero, y resultado, asimismo, de
las interferencias lógicas del subconsciencte. Al tiempo, es
producto de la formación clásica que tuvo nuestro autor,
quien se nutrió de obras tan esenciales para todo hombre culto
en aquella época, como la Poetica, de Aristóteles,
y el Ars poetica (Epistola ad Pisones), de Horacio, modelos
seguidos por los renacentistas.

III. Partes: Exordio y Narración.
Castellanos, en segumiento de la terminología poética de los literatos del Renacimiento, mímesis de la clásica greco-latina,7 divide la Elegía VI en dos partes, que son: «Exordio» o principio y «Narración» o desarrollo.
El Exordio es breve, de acuerdo con las normas de la preceptiva literaria vigente en la época, imitación de los modelos antes citados, en especial de la Ilíada, ya que se reduce a una octava real, la primera. En la misma Castellanos, en seguimiento del libro de Sebastiano Minturno, De poeta (1529), que muchos literatos del momen-to tanto de Italia como de España co-nocían, trata de captar la atención del lector y de lograr su benevolencia o buena disposición de ánimo presagio de una lectu-ra continuada «pro-poniendo sumaria y brevemente la ac-ción,» según escribie-ra Francisco Cas-cales.8 Puesto que esta Elegía VI es una continuación de la narración extensa y general de la obra, nuestro poeta apenas si insinúa el tema abarcador. Tan sólo dice que él canta «Grandes cosas en versos apacibles [...] / con muertes de varones invencibles.»
Hay aquí asimis-mo una similitud con el exordio de la Ilíada, donde el poeta Homero dice que «canta la cólera de Aquiles,» la cual fue causa de incontables muertes de valerosos guerreros del ejército aqueo: suerte funesta la de ellos, pues sus almas bajaron al Hades y sus cuerpos fueron pasto de aves y de perros.
Enlaza entonces Juan de Castellanos el tema general con el particular: afirma que él intenta levantar la «voz» de su «ronco pecho» en loas a Juan Ponce de León, narrando «sus hechos, que parecen imposibles.» Pero lo va a hacer «con versos apacibles,» a fin de evitar la apariencia de arrogancia e intentando pedir disculpas al lector por su «rusticidad,» más fingida que real.
Esta actitud, igualmente, estaba dentro de los cánones de la preceptiva clásica, a saber, la de que el autor reconociera su incapacidad para realizar una empresa que se suponía excedía sus capacidades. Es la supuesta humildad, que hasta observamos en los modelos cásicos y que se venía a conocer como el «tropos de modestia.»
Por otro lado, Castellanos, a diferencia de sus modelos griego y latino, Homero y Virgilio, los cuales inician sus respectivas epopeyas, Ilíada y Eneida, con los contundentes formas verbales «canta» y «canto,» utiliza consciente de su discipulidad una frase más humilde, casi desvalorizada: «Voz de mi ronco pecho,» con un significado, que luego completa con una bella antí-tesis, al decir que se proponía «grandes cosas [...] en versos apa-cibles.»
Nuestro vate especifica de in-mediato que estas «grandes cosas» que él va a narrar fueron las hazañas realizadas por Juan Ponce de León. Viene así a llamar la atención del lector, de manera inciden-tal, de que quiere captar su interés desde el inicio, como enseñaban las preceptivas del Renacimiento, según queda dicho, puesto que su protagonista cumplió la norma de todos los héroes legendarios, empezando por Aquiles y acabando con el Cid: «pues tuvo, como fue cosa notoria, / en muy menos la vida que la gloria.»
No se detiene mucho Castellanos en el proemio para no cansar al lector una de sus máximas aspiraciones ni tampoco defraudarle. Omite en este exordio la invocación, pues ya la hiciera en la primera elegía de todas. En cambio, alaba y «señala particulares virtudes» de Juan Ponce de León, a saber, su noble ascendencia, puesto que era «hidalgo» como, por similitud, los héroes de la antigüedad se nos muestran descendientes de algún dios o diosa y el que se hubiera destacado anteriormente en los arduos campos de Marte. Otro timbre de honor suyo fue el haber participado en la segunda expedición que realizara el Almirante Cristóbal Colón a las Indias, lo que ya para entonces, y hasta muchos años antes, se tenía por una alta distinción, y haber sido elemento decisivo en las guerras en la Española. Esto último da pie a nuestro poeta para enlazar lo que acaba de afirmar con la narración posterior, utilizando, por lo mismo, la técnica clásica del «tránsito» y realizado sin cortes o hiatos innecesarios, vicio que había que evitar.
En efecto, en la tercera octava real entra de lleno en dicha narración, dentro de los parámetros clásicos del «ars poetica.» Se ciñe, ante todo, a la norma de la unidad, la cual exigía el que la acción del poema tuviera principio, medio y fin. El hilo que une los elementos dispersos de la trama lo viene a constituir la figura de Juan Ponce de León y sus «hechos que parecen imposibles.»
Pero antes de empezar a describir los mismos, coloca la «prenarración» o «proposición,» que viene a ser como un resumen de cuanto va a relatar, y que se amplía al dar las «causas» de la misma narración, conforme resumía Minturno, en pos del modelo de la Eneida de Virgilio. Éste, en efecto, pone en el pensamiento de su protagonista, Eneas, antes de iniciar la arenga a sus soldados, próximos a entrar en combate, los siguientes versos: «Bien que habría oído que una cierta gente / de la troyana derivada [...].» Obsérvese el intento de «mímesis» en Castellanos cuando entona: «En Higüey, de quien ya hicimos lista, / por Nicolás de Ovando fue justicia, / donde por indio que habló de vista, / del rico Boriquén tuvo noticia.»
El principio de la acción arranca, pues, del conocimiento que Ponce de León tuvo de la isla de Boriquén después, Puerto Rico: muy significativo, por tanto, que Castellanos le ponga el epíteto de «rico» a Boriquén cuando se hallaba en La Española, y prosigue con la descripción de su desembarco en aquella isla, acompañado de unos cuantos caballeros y soldados, así como la narración del primer encuentro habido con los naturales de esta isla.
Continúa luego Castellanos la narración de estos acontecimientos, en conformidad con la división antes señalada de los cantos, y ello viene a constituir el medio o cuerpo de dicha narración. El fin está igualmente dado cuando, en las últimas estrofas, nos decribe la muerte de Juan Ponce de León, sus solemnes funerales y el epitafio que se le puso a su sepulcro. La narración de esta muerte enlaza a cabalidad con lo que en el Exordio prometiera, a saber, cantar las «muertes de varones invencibles,» en cuyo adjetivo modificador, antitético del núcleo del sintagma al que modifica, hallamos la raíz de esta gloria pregonada en el epitafio colocado en la sarcófago de Ponce de León. En el desarrollo de la narración sigue Castellanos con fidelidad las normas de la preceptiva clásica, según puede verse en Minturno/Cascales, la cual exigía de la epopeya el que tuviera dos partes: una, «el argumento y la acción principal, y la otra, los episodios y digresiones fuera de la fábula; mas no tan fuera que parezca cosa agena.»
Cumple nuestro poeta con el propósito de dichas digresiones, a saber, la de «ampliar, engrandecer y deleitar.» Tal ampliación se debía a que la trama, a pesar de su exigida unidad, no quedaba reducida a un solo día, como acontecía en la tragedia; para ello servían, por tanto, los «episodios.» Las digresiones venían, pues, avaladas por los modelos clásicos tradicionales ya citados, especialmente, Homero y Virgilio, y por los tratados de poética de Aristóteles y de Horacio, que he mencionado.
En concreto, el poeta latino Quinto Horacio Flaco alaba el que se describa de vez en cuando la región o el lugar, enumerando, por ejemplo, los ríos, los árboles, los montes, etc., aunque sin descuidar el hilo de la acción principal. Esto mismo vemos en Castellanos, en cuyo poema observamos gran abundancia de digresiones, las cuales encierran para el estudioso contemporáneo significativo valor histórico, geográfico, etnográfico, etc. En ciertas instancias, estas digresiones son tanto o más valiosas o relevantes que la misma descripción de la acción principal o que el valor artístico del poema. Tal es el caso, para no citar sino unas muestras, cuando nuestro poeta habla de los ríos y poblados indígenas de Boriquén, de las costumbres típicas de los indios de esta isla o de las vecinas, de las fundaciones hechas por los españoles en los primeros años de la colonización, de las fincas establecidas por los campos, etc.

IV. Tipos de narración.
En la descripción que hace nuestro autor en las distintas partes de esta Elegía VI sigue la regla clásica de que, «considerando las cosas que se narran,» tenía que darse variedad de tipos de narración, de acuerdo a «cuando se describen las personas, las ocasiones, los lugares, los tiempos, los hechos, las pasiones del ánimo, el modo y el instumento.»9 De toda esta gama de descripciones hace amplio uso Castellanos.
Entrando ya en casos particulares, se pueden aquí citar las octavas 6 a la 9, en las que nos da una detallada y valiosa por el momento, con resonancias para el presente descripción geográfica de Boriquén.10 Prosigue luego nuestro autor con la acción principal, que es la narración histórica o la «cronografía» del desembarco de Ponce de León y de cuantos con él iban, y el encuentro de éstos con los nativos (octavas 10-11). Intercala luego una «etopeya,» por medio de la cual describe el carácter bondadoso de éstos y de sus caciques (12-14). Prosigue con la «cronografía,» relatando la conversión de los naturales al catolicismo (15), la fundación de los primeros ranchos o poblados (16) y el regreso de Ponce de León a La Española, para informar al comendador de cuanto había hecho (17-18).
Al llegar a la mencionada isla, se entera nuestro protagonista de que el comendador Ovando ha cesado en su función y ha sido sustituido por Diego Colón, el cual destituye a Ponce de la gobernación de San Juan, la que luego le sería devuelta (19-20). Nombra Ponce a Cristóbal de Sotomayor como alcalde, el cual funda un pueblo con el repartimiento de los indios que tenían por cacique a Agüeynaba (21), mientras que Ponce, con los castellanos que estaban bajo su mando, funda el poblado de Caparra, que más adelante sería trasladado a la actual San Juan.
Se desparrama luego nuestro vate en una extensa digresión, en la que nos ofrece varias «etopeyas» de los pobladores de esta primera villa de españoles (23-24). Toma de inmediato el hilo cronológico narrativo, aunque pronto se aleja de él, para enumerar los otros poblados fundados por los españoles, si bien de fecha posterior, a saber: Guayama, Guánica, Sotomayor, trasladada después a Aguada (25-27). Luego refiere la prosperidad que habían alcanzado dichas estancias, al igual que los repartimientos que les estaban anexos, así como también la riqueza de las minas del entorno (28). Nos pinta la buena disposición pirmigenia de los indios (29) y el cambio radical experimetado en el ánimo de los mismos a la muerte del cacique Agüeynaba (30). Por último, se queja de la excesiva confianza que habían adquirido los españoles, lo que fue causa de las calamidades que acontecerían con posterioridad, casi de inmediato al levantamiento de los indios (31).
Como comprobación de este último aserto, Castellanos introduce un largo episodio, en el que refiere lo que le acontecó al «mozo Juan Suárez Sevillano,» apresado por un grupo de indios de la facción Aimanio. Introduce aquí una novedad, al relatarnos el juego de pelota que practicaban los nativos, y prosigue con la descripción del combate sostenido por los españoles, dirigidos por Salazar, contra los indios que había apresado a Suárez, la liberación de éste y la posterior conversión de los indios a la religión cristiana.
Con esta digresión, que ha venido a ocupar la mitad del canto, concluye éste, el cual, por tanto, viene a formar una narración semiautónoma dentro del argumento o acción principal, si bien cumpliendo con la norma clásica de no desentonar. No obstante, dentro de la misma hay digresiones menores, como la descripción del mencionado juego de pelota (32-34), y el valor y la fidelidad del indio al servicio de Suárez (36-38).
La descripción de la batalla entre Salazar y el cacique Aimanio, después de que aquél liberara a Suárez (34-38) cumple, por tanto, a la perfección con las normas de la narración clásica, que exigían el que fuera «breve, clara y verosímil.»11
Otro episodio, que pudo acontecer en otras circunstancias o quizás en este mismo momento histórico con lo cual el poeta se atiene a la norma de la verosimilitud es el que acaece a continuación del anterior, cuando, de regreso ya y victoriosos los caballeros españoles, son seguidos a cierta distancia por un grupo de indios de los recién derrotados. Quieren aquéllos huír, pero no lo tolera el pundonor de Salazar (48-56), por lo que se detiene éste con los suyos, dispuestos a enfrentarse de nuevo con el enemigo. No obstante, el desenlace es sorprendente como lo había sido para los protagonistas pues lo que querían los indígenas era aceptar la religión de los vencedores, sin duda, por el sentimiento prevaleciente en no pocos pueblos primitivos de que el Dios de los victoriosos era más potente que el de los vencidos y, por tanto, había que estar de su lado. Lo interesante, además, de la escena es que nuestro poeta nos da un discurso, de sabor clásico, similar a los que vemos en las epopeyas grecorromanas, pronunciado por el cacique Aimanio, en el cual, entre otras cosas, reconoce el valor de los españoles y le suplica, en consecuencia, que le den su nombre y apellido (57): otra, a no dudar, costumbre o suprestición de los nativos, al menos de éstos, si bien se ve en otras etnias en condiciones similares de desarrollo. Salazar accede con generosidad, pero antes desea que sean instruidos en la religión cristiana y bautizados. Así se realizó con Aimanio y su gente (59): fueron catequizados, bautizados y recibieron el apellido de Salazar (59), evidencia inequívoca del mestizaje que de inmediato se empezó a realizar y de la subsiguiente absorción por parte de una cultura más robusta de la menos fuerte, a la vez que de la transculturación que ya se estaba operando casi desde los orígenes de la colonización.
Hay aquí también, salvadas las proporciones y diferencias intrínsecas, una aproximación narrativa a la épica, la cual entrelaza lo humano con lo divino, los hechos de los hombres con la voluntad y las acciones de los dioses: «Cumplíase la voluntad de Zeus,» se dice al inicio de la Ilíada, cuando se relatan las calamidades sufridas por los aqueos como consecuencia de la cólera de Aquiles. En estas digresiones sigue, por tanto, nuestro poeta Castellanos a los poetas clásicos, entre ellos, como se ha visto, a Homero, padre de toda la poesía occidental.
Una característica de la narrativa homérica es el desviarse de continuo en digresiones, aunque sin perder el hilo unidireccional del relato central. Por otro lado, asume el aedo, como temas básicos, la narración de hechos incidentales, al paso que los más trascendentales los va relatando de forma oblicua. Técnica suya es también el ir revelándonos, de forma gradual y con insinuaciones, parte del pasado y del futuro de cuanto va relatando, lo cual confiere variedad, profundidad y perspectiva a la narración. Así lo podemos apreciar en el Canto I de la Ilíada, donde apenas si se nos dice algo de los protagonistas y sí mucho de otros personajes secundarios: Calcas, Crises, Néstor... Es ello debido a la naturaleza de las digresiones: unas son vueltas al pasado, es la «retrospección» o flash back; otras, son un adelanto al futuro o forshadowing o «premonición;» otras son «paradigmas.» Estas se sacan de la vida personal, de la experiencia, de la familia, etc. y son instrumentos retóricos cuya intención es o bien persuasiva, para mover (exhortativa también) o disuadir, o bien apologética: para justificar cierta acción, defender un derecho, etcétera.
Castellanos, sin llegar a la perfección del «maestro de maestros,» intenta aproximársele. Este canto del poeta andaluz al que nos hemos venido refiriendo, a saber, el primero de la «Elegía VI,» concluye con un final feliz: todos, españoles e indígenas, vivieron en adelante en «gran amistad y grandes aficiones.» Cumple, pues, aquí, según dije, con los requisitos exigidos por la preceptiva para la correcta narración, a saber, el que fuera «breve, clara y verosímil.» La «brevedad» se conseguía con el ir directo «al blanco,» conforme aconsejaba el latino Horacio, tras las huellas del padre de la poesía: «[Homero] va derecho siempre al desenlace y pone al oyente en medio de los sucesos, como si le fuesen conocidos.»12 Con ello se pretendía, además y ésta es una consecucnia técnica de haber cambiado su narración de prosa a verso «destacar la diferencia entre el tratamiento histórico y el poético de un mismo asunto, además de buscar romper la monotonía de la narración lineal comenzada desde el principio.»13 Esto mismo afirmaba en pleno Renacimiento López Pinciano en su Philosophia antigua poetica: «y es la razón porque, como la obra heroyca es larga, tiene necesidad de ardid para que sea mejor leyda; y es assi que, comenzando el poeta del medio de la acción, va el oyente desseoso de encontrar con el principio, en el qual se halla al medio libro y que, hauiendo passado la mitad del volumen, el resto se acaba de leer sin mucho enfado.»14
La «claridad» se obtenía, en opinión de Minturno/Cascales, cuando el autor lo expresaba todo «distintamente, poniendo ante los ojos las cosas, personas, tiempos, lugares y ocasiones, mirando que el estilo no sea confuso ni mal compuesto ni intrincado.»15
La «verosimilitud» requería el que no se narrasen cosas que fuesen imposibles o difíciles de creer, conforme el mismo sentir de Horacio: «Las ficciones poéticas han de ser verosímiles; pues, no porque se imagine el autor que ha de ser creído en sus invenciones vaya a sacar del vientre de una bruja todavía vivo el niño que ha devorado.»16
Castellanos nos presenta los hechos que él conocía, o porque los había visto o porque los había oído relatar a compañeros de armas o a amigos en períodos de paz o porque los había leído en algún cronista contemporáneo suyo, y lo hace con tal realismo que poco falta para que los tomemos todos al pie de la letra, como a veces se ha hecho más de lo debido, creo yo . Él cumple con el precepto horaciano, el cual era seguido por los litaratos renacentistas: «Será verosímil la narración, si las cosas que se narran correspondieren a las personas, tiempos, lugares y ocasiones y si se contare haber sido, como fue posible, o necesario, o verosímil que sucediere.»17
En este asunto, los renacentistas no hacían sino seguir las enseñanzas de Aristóteles al distinguír entre la historia y la poesía y afirmar que aquélla describe «lo que ha sucedido,» mientras que ésta, «lo que podría suceder, esto es, lo posible según la verosimilitud de necesidad.»18 A esto lo llama «fábula, o sea, a la composición de hechos y caracteres,» según había afirmado ya antes.19 «La unidad de la fábula requiere, según comenta García Yebra el primero de estos textos, que los hechos abarcados por ella estén relacionados entre sí de tal modo que, realizado uno, los demás se realicen o bien necesariamente o, al menos, de manera verosímil.»20 Más adelante el Estagirita afirma que el «poeta debe ser artífice de fábulas más que de versos, ya que es poeta por la imitación, e imita las acciones. Y si en algún caso trata cosas sucedidas, no es menos poeta; pues nada impide que algunos sucesos sean tales que se ajusten a lo verosímil y a lo posible, que es el sentido en que los trata el poeta.» Esta es la pauta que sigue Juan de Castellanos.

V. Contenido. En el primer Canto de las Elegías Castellanos nos había ofrecido la visión panorámica del contenido de toda su posterior narración. Escribe así en dicha especie de pórtico: «Orbe de Indias es el que me llama / a sacar del sepulcro del olvido / a quien bien merece eterna fama.»
Hay aquí una intención mimética que, si bien es amplia en sí, queda reducida en el enfoque panorámico inicial: dar a conocer los méritos de los varones ilustres de dicho orbe de Indias, que él, a diferencia de algunos otros cronistas, bien se conocía y que en el otro orbe, en la metrópoli, eran desconocidos o injustamente ignorados. Está, pues, concorde con el título de la obra: Elegías de varones ilustres de Indias. Obsérvese que Castellanos aspira a sacarlos del «sepulcro del olvido,» metáfora muy real, pues lo que va a realizar es literalmente desenterrar a esos que «merecen eterna fama,» los cuales habían muerto, en ocasiones, en la más espantosa pobreza o en medio de la tragedia y cuyas sepulturas eran hasta desconocidas, sin que nadie depositara en ellas una flor o una plegaria, la peor de las desgracias para un caballero cristiano. Nuestro poeta quiere hacer para los mismos un sepulcro y un mausoleo dignos; es más, un epitafio honroso, con sus versos labrados a golpe de martillo y cincel, recordando aquello de Horacio: «Los bustos de bronce no revelan con más vigor que la obra del poeta los rasgos del semblante, el genio y las costumbres de los claros varones.»21 Que conociera tal estanza nuestro culto autor, no lo podemos dudar; es más, quizás se halle aquí la fuente inspiracional a la segunda parte del título de su obra: «de varones ilustres.»
En esta «Elegía VI» reduce el poeta, como lo ha venido haciendo en las anteriores, el campo de visión, pero siempre dentro de la totalidad relativa y esencial. Así, en la primera octava repite la temática general: «grandes cosas [...] / desea perfección [...] / con muertes de varones invencibles,» y luego entra en lo específico: «e ya Joan Ponce de León da priesa / con hechos que parecen imposibles.»
Al hacer referencia a la calidad del contenido, sigue también la norma de la preceptiva clásica, que pedía que el mismo fuera por lo general «ilustre,» ya que, «si fuere ilustre y alta, bastará que el proemio contenga una proposición breve,» puesto que no necesitaría mucha justificación su trato. Asimismo, exigía el que fuera «noble y honesta,» pues, siéndolo, «ella por sí misma se tiene andados esos pasos sin ir por rodeos.»22 De hecho, aquí hallamos en parte la razón de la primera parte del título de su composición poética: Elegías. De igual manera ésta es la fuente de su insistencia, tanto al comienzo de su obra como de esta «Elegía,» en atenerse a los hechos, sin querer buscar otros apoyos imaginarios o reales y artificios, pues lo que él va a narrar tiene suficiente peso de por sí para convencer.
No siempre el contenido de la épica podía ser ilustre ni mucho menos noble. Esto ya lo advertían los preceptistas antiguos y renacentistas. Admitían ellos también como válida una «materia humilde», pero entonces exigían «que se levante de estilo, y se haga digno de atención». Castellanos sigue, quizás como muy pocos épicos, a excepción de Ercilla, el tratamiento frecuente de estos temas de «materia humilde», al narrarnos incontables hechos de la vida ordinaria de ahí, en parte, su riqueza y el que haya sido fuente inconfesada para tantos historiadores , cantados en tono solemne épico. Hay el peligro, sin embargo, de quererlos tomar por su lado eminente, olvidándose del hecho escueto, al que, para poder extraer el dato histórico, habría que desprenderlo de los adornos poéticos.

VI. Unidad.
Castellanos sigue la norma aristotélica de dar unidad al poema, aun dentro del límite de cantar los hechos de distintos «varones ilustres.» Para lo cual relata, no sólo lo acaecido a cada uno de ellos en el caso presente, a Juan Ponce de León o protagonizados por el mismo, sino centrándolos en torno «a una acción única,» que en este caso es la conquista y primer poblamiento de la isla, sin «incluir todo lo que aconteció a su héroe,» según hace Homero en la Odisea o con Aquiles en la Ilíada.23
En relación con esto se halla el de la extensión de la obra. Si nos atenemos a las Elegías, globalmente consideradas, Castellanos no siguió la norma aristotélica que pedía el que «pueda contemplarse simultáneamente el principio y el fin.»24 En cambio, sí, vistas por separado y, en particular, la «Elegía VI,» que estamos analizando. «Y esto será posible añade el Peripatético si las composiciones son más breves que las antiguas y se aproximan al conjunto de las tragedias que se representan en una audición» (Ibid.). A ello tienden aisladamente las Elegías de Castellanos y vemos que se verifica con maestría en la dedicada a Ponce de León. Por otro lado, Aristóteles reconoce la ventaja de la epopeya sobre la tragedia en lo que respecta a la unidad dentro de la variedad en que aquélla, «por ser una narración, puede el poeta presentar muchas partes realizándose simultáneamente, gracias a las cuales, si son apropiadas, aumenta la amplitud del poema.» Esta es la norma que sigue con fidelidad Castellanos.

VII. Persona narrativa.
Castellanos es un poeta consciente de su oficio y con pleno dominio de la técnica apropiada para su ejecución. Donde mejor se aprecia su habilidad fabuladora es en el uso variado de la persona narrativa. En esto, así como en otros asuntos, se adecua a la tradición clásica, considerada como modélica. No obstante, se reserva cierta libertad de acción. Enseñaba la preceptiva que, si bien el poeta debía ser el narrador, podía introducir otros personajes que asumieran el papel de relatores. Es el sermocinatio, que tanto utilizó Homero y luego sus seguidores. Era ello consecuencia de la aspiración renacentista de realizar la imitatio o «mímesis» que, dependiendo del grado de directez, daba origen a los diversos géneros poéticos. En la epopeya se hace un uso intermedio entre el drama, que es esencialmente diálogo, y la narración, que no cambia nunca la persona, que es la del autor del poema. Por eso, «estos poetas épicos, para poder imitar bien, se desnudan de sus personas en todos los lugares que pueden, e introducen a otras hablando.»25 Seguíase en ello, al igual que en otros tópicos, a Aristóteles, quien escribía que «con los mismos medios es posible imitar las mismas cosas, unas veces narrándolas (ya convirtiéndose en otro, como hace Homero, ya como uno mismo y sin cambiar) o bien presentando a todos los imitados como operantes y sin cambiar, o bien presentando a todos los imitados como operantes y actuantes.»26 Más adelante (60 a 5-10) volverá a insistir en que el modelo que se ha de seguir es el dado por Homero, de los pocos poetas escribe que sí sabía «lo que se tenía que hacer,» que era «el decir muy pocas cosas,» pues, de lo contrario, no se imitaba, función propia del «poietés.» El Pinciano recogía muy bien estas enseñanza vigentes, pues, en nuestro Siglo de Oro al escribir que en el poema heroico «el poeta deue hablar lo menos que él pueda; y si la acción se narrasse por el orden que fue hecha, era fuerça que fuesse narrada por la persona propia del poeta [...] De narrar la cosa por persona agena del poeta nacen muchas cossas buenas a la acción: primeramente que, hablando assí, le es más honesto alabar o vituperar las cossas que ama y aborrece, o dar su sentencia o parecer más libre; lo otro, que dichas por una y otra persona, varía la lección y no cansa tanto como si él sólo fuesse el que narrasse; lo otro, para el movimiento de los affectos, es importantísimo.»27
Este «dispositivo» poético permite, pues, alternancias en la narración, bien de personas bien de tiempos, y esto lo sigue con fidelidad Juan de Castellanos. En efecto, en todas sus Elegías, sin dejar él de tener la voz cantante, hace que intervengan de forma directa los personajes hablando y no sólo actuando, ya desde la primera, en la cual Cristóbal Colón es, en cierta manera, su protagonista, por ser el primer «varón iluste de Indias,» aunque no lo diga expresamente así el poeta, e igual en las otras Elegías, en especial, ésta que vengo comentando. Un ejemplo claro es el ya mencionado Canto I, en que el poeta nos presenta repetidas veces a Diego de Salazar o a Juan Suárez o al cacique Aimanio, tomando el protagonismo narrativo.

VIII. Tiempo.
Juan de Castellanos rompe por completo con la unidad de tiempo de la acción principal de la epopeya; en lo cual sigue la interpretación de los teóricos renacentistas, en pos de Aristóteles, quien no dio término fijo a la acción: «la epopeya es limitada en el tiempo y en esto se diferencia [de la tragedia] aunque al principio, lo mismo hacían esto en las tragedias que en los poemas épicos.»28 Aristóteles se limita aquí a «señalar la superioridad de la misma [la epopeya], compuesta en realidad por el encadenamiento de varias tragedias y una no cronológica sino poética razón de términos, el cambio de fortuna del protagonista, deducido en los comentadores por analogía con la tragedia.»29 Tal es la pauta que sigue Castellanos. En cambio, los preceptistas del Renacimiento, siguiendo el modelo homérico, pedían el que se limitara la extensión del tiempo a un año todo lo más. Así lo entendía Minturno, a quien Cascales traduce y reproduce en sus Tablas, según es en él habitual: «Aristóteles dice [refiriéndose al tiempo] que no tiene término prescrito y limitado. De donde se colige tener el Epico grandísima licencia para alargarse. Mas, según lo que los padres de la poesía, Homero y Virgilio, nos dicen en sus obras, el Poeta Epico debe tratar una cierta y perfecta materia de cosas sucedidas o acontecidas tan sólo en un año.»30
Se confirma aquí una vez más la autonomía relativa de Castellanos. No puede hablarse de unidad de tiempo, si se consideran globalmente todas las Elegías. No obstante, ésta se obtiene aisladamente en cada una de ellas, y no en el sentido de los comentaristas del Renacimiento y Siglo de Oro, sino de la preceptiva aristotélica, a la que se mantiene nuestro poeta bastante fiel.

IX. Métrica.
Menéndez y Pelayo no fue muy generoso con Castellanos. Ya apunté en otro trabajo arriba citado, que hasta fue injusto con él. Se extrañaba el eminente polígrafo de que en un lugar remoto de las Indias en «las selvas», decía él, sin percatarse de que fue en la ya para entonces culta villa de Tunja se hubiera podido escribir un poema, como las Elegías de Castellanos, en octavas reales o italianas (ottava rima). No tuvo en cuenta el hecho de que, si Juan de Castellanos adoptaba este tipo de métrica ABABABCC , no hacía otra cosa que seguir con fidelidad la preceptiva clásica, que arranca de Aristóteles. Escribe éste, en efecto, que para la epopeya la experiencia enseñaba que el «verso más apropiado era el heroico,» por «ser el más reposado y amplio de los metros.»31 Daba luego algunas razones prácticas, a saber, que es el «que mejor admite palabras extrañas y metáforas; pues también la imitación narrativa es más extensa que las otras.» Ahora bien, el equivalente renacentista de este verso heroico o hexámetro dactílico cataléctico era la octava heroica. En efecto, tanto Minturno como Cascales, que le traduce o copia, insisten en ello. Escribe éste en las Tablas:
Pierio. -Sin duda el Poema heroico será sobre todos los demás admirable y dulcísimo, con tanta variedad de cosas que en su ancho volumen abraza. ¿Mas a esta poesía qué género de verso le compete?
Castalio. -Octavas, que es el verso más heroico que tenemos; y aunque se pudiera también en tercetos escribir la Epopeya, hállase más impedido el Poeta de la cadena que este género de verso lleva, y es malo de continuar en un discurso grande. Fuera de la Octava podríamos usar el verso suelto, si bien carece de las consonancias, por cuya falta pierde la poesía su dulzura.32
Esto mismo sigue al pie de la letra Castellanos. En efecto, luego de emplear la octava heroica en las tres primeras Elegías, en la cuarta utiliza el verso libre. Pecaríamos de simplistas si afirmáramos que se trata de meras coincidencias. Es un uso sabio de los resultados no hablamos por ahora de las normas de preceptiva literaria vigentes. Y no es, como han querido ver algunos críticos, un tanto parcializados adversamente hacia nuestro poeta, en quien sólo ven raíces medievales, un anacronismo, un mero «concepto medieval de la poesía.»33 Ni tampoco se trata, como afirmó María Rosa Lida, y ahora reitera el eminente filólogo que acabo de citar, don Manuel Alvar, un simple recurrir a Juan de Mena, habiendo podido acudir a tantos otros modelos. Dice, en efecto, el académico: «Más de ciento veinte mil versos en que el poeta lucha a brazo partido con su capacidad, con su tiempo, con sus motivos. Y todo abnegadamente, como el albañil, ni siquiera artesano, que coloca ladrillos e ignora que está labrando una obra perdurable. Por eso Castellanos elige un metro y lo usa como puede e incluso como no debe y en vez de buscar los modelos que pudieran darle instrucción, cae en brazos de Juan de Mena, anacrónicamente, pero así es, al intentar crear su lengua poética [...]»
No es Juan de Castellanos un simple albañil; es un verdadero arquitecto que conoce su oficio y que, si no logra más excelentes resultados que sí los tiene , es por las limitaciones inherentes al individuo y al oficio de escritor, y aquí sí a las circunstancias ambientales que le rodean: lejos de la Metrópoli y de los círculos literarios de la Península. En cambio, sí sabe que para la narración poética o poesía épica lo más adecuado es la octava real, como ya la habían popularizado en la Península Jerónimo Ximénez de Urrea, con su traducción de Orlando furioso de Arisoto (1549) y Gregorio Hernández de Velasco, con la versión al castellano de la Eneida de Virgilio (1555). No es de extrañar que, cuando en 1569 se publicó la primera parte de La Araucana de Alonso de Ercilla, se hiciera en la misma estrofa octava heroica.

X. Riqueza de figuras literarias.
Otra prueba del estudiado, bien labrado y hasta artificioso arte de Castellanos, así como de su habilidad técnico-poética en la utilización del mismo, es el uso constante y variado de tropos: ese «cambio de significación cum virtute,» como decían los latinos, figura traslaticia tan estimada por el orador y los poetas clásicos y del Siglo de Oro, en seguimiento éstos de los antiguos, conforme demostré en otro trabajo reciente sobre nuestro poeta, y que ya he citado: «Poética del cronista de Indias...» El tropo tenía y tiene el propósito de lograr el ornatus, ayudar a mantener la atención y evitar el taedium. Los que más emplea Juan de Castellanos son: símil, metáfora, metonimia y sinécdoque. Con su uso frecuente, además, pretendía nuestro poeta, con-forme aconsejaba Aristóte-les, elevarse por encima de la «vulgaridad de expresión.» 34 Castellanos estudió pre-ceptiva y retórica con asidui-dad a partir de su infancia remota en su nunca olvidada ciudad capital, la culta Sevilla del siglo XVI. El uso apro-piado de los distintos tropos, así como de las otras figuras literarias, por parte del poeta era algo que se exigía a éste para que adquiriera carta de tal, es decir, de poietés: de hacedor, de creador (poeta). La poética se distinguía de la retórica «no tanto en la divi-sión de funciones, cuanto más bien por su intención mimética. En efecto, al paso que el orador ve su officium en influir sobre el público, el officium del poeta consiste en la imitación (mímesis) concer-tada (kazolu) de la realidad humana y extrahumana. Cierto que también el poeta influye sobre el público, pero lo hace sólamente a través del camino característico de la poesía, por el camino de la mímesis.»35
La carencia de tropos en una composición poética era severamente criticada por los preceptistas literarios del Renacimiento: así Francisco Medina, en el «Prólogo» que escribiera a las Anotaciones de Fernando de Herrera, achacaba a muchos poetas su «ignorancia de las leyes y adornos retóricos.» Juan de Castellanos tuvo mucho cuidado en no caer en este defecto. Sus Elegías están matizadas, dentro de su aparente sencillez y a veces injustamente atribuido prosaísmo, de abundantes figuras retóricas, con el objeto de «adornar la oración,» como insistían los precetistas y retóricos, ya que así decían , en vez del sentido llano y aparente, se buscaba el traslaticio, a base de «mudanzas y trueques.»36 Para Aristóteles, el uso de estas figuras era el mejor «indicio de talento, pues hacer metáforas es percibir la semejanza.»37 El mismo Prólogo de Francisco Medina, tenido y con razón por Antonio Prieto, como «todo un manifiesto de escuela literaria [...] y también de una lengua literaria, caracterizada y ennoblecida por su uso,» exigía del literato «una continua tensión y en la que el poeta debe buscar su máxima capacidad expresiva mediante la intensi-ficación de un uso lingüístico aumenta-do por arcaísmos, neologismos y extranjerismos.»38
Pedro Piñero Ramírez, recogiendo las enseñanzas de los preceptistas del Renacimiento, da otra razón por la cual el poeta utiliza profus-amente las figuras retóricas: «El poema heroico es obra de gran envergadura y enorme empeño poético y los autores deben hacer un esfuerzo portentoso por mantener a lo largo de cientos de octavas el tono poético en obra de tan larga andadura. Para conseguirlo tienen que recurrir al empleo del mayor número de figuras retóricas que den como resultado una lengua poética digna del género. La épica exigía del poeta un conocimiento enciclopédico, que vertía en su s estrofas, y los poemas épicos se convierten, al mismo tiempo, en depósitos de toda suerte de materiales lingüísiticos y figuras retóricas: el poeta heroico, al escribir su obra, echaba mano de todos los elementos que la lengua literaria le ofrecía, y mientras que en la lírica, de extensión reducida, éstos se presentan en concentrada intensidad, en la épica lo importante es mantener, a través de la dilatada narracón, por la acumulación de los elementos retóricos utuilizados, el valor poético de la obra. Se trata más bien entonces, de un problema de cantidad. De este modo, el poeta utiliza, en gran número, la mayoría de los recursos estilísticos de la lengua poética de la época: símiles, metáforas, imágenes, metonimias, hipérboles, paranomasias, anáforas, paralelismos, perífrasis, alusiones, etc. forman parte de esta contextura poética del poema heroico.»39
Esta técnica literaria es utilizada, de forma reflexiva y consciente, por nuestro poeta-cronista, puesto que, si bien hace uso abundante de los tropos, como requerían los preceptistas, no sigue otra de las normas de éstos, que pedía pureza en el lenguaje evitando barbarismos, solecismos, etc. Aunque también esto era parte de la «licencia» o «metaplasma» permitida y hasta alabada en el poeta como virtud especial.40
* * *
Como prueba de todo lo anterior, voy a analizar el Canto I de la «Elegía VI,» que he venido considerando. Trato así de poner en relieve la técnica literaria utilizada por Castellanos y, en especial, su riqueza poético-figurativa, y con ello demostrar, en lo posible, que él hace un uso sabio, por lo común, y constante, de las normas vigentes de la preceptiva. Quiero señalar que Castellanos no enumeró sus octavas, pero yo lo hago para proceder con orden y claridad expositivas.
Ya quedó señalado que nuestro poeta actúa de forma ilustrada y de acuerdo con la tradición literaria. Así, él inicia la Elegía VI, según queda dicho, con un «exordio,» en la primera octava, donde nos da el tema, el argumento general y al protagonista, al igual que lo hiciera el maestro de maestros, Homero. Continúa luego con la «narración,» a partir de la segunda estrofa; en las siguientes octavas ofrece una completa descripción en sus distintas vertientes o variantes, y después entra, a partir de la décima octava, en el desarrollo del argumento. Analicemos cada una de las octavas.
1. La octava primera se inicia con una «exclamación», que es a la vez una «sinécdoque:» «voz,» referida a la persona del poeta, y con una serie de antítesis de gran vigor: «Voz de mi ronco pecho, que profesa / grandes cosas en versos apacibles.» Utiliza la «sentencia,» en seguimiento del precepto aristotélico, que requería el empleo de dicha figura al inicio de la composición, debido a la íntima relación existente, en su opinión, entre filosofía y poesía, pues ambas persiguen lo general y lo total.41 Hay, además, aquí una profesión de humildad: Castellanos no se atreve a parangonarse con sus maestros, quienes sin reticencia «cantan,» bien la «cólera de Aquiles» (Homero), bien «las armas y al varón,» Eneas (Virgilio). Continúa después con la segunda parte de la «sentencia» y nos da, al igual que los oradores al inicio del sermón, el «tema:» «Desea perfección en su promesa / con muertes de varones invencibles.» Hay un uso apropiado de la «antítesis:» muertes/invencibles (de varones). Pasa luego a concentrar el tema de la «Elegía VI:» los hechos de Juan Ponce de León, los cuales (vuelve la «antítesis») «parecen imposibles.» Concluye la octava con una nueva antítesis, que, a su vez, es un «apotegma,» entre la vida terrena, efímera, y las hazañas, que proporcionan inmortalidad: «Pues tuvo, como fue cosa notoria, / en muy menos la vida que la gloria,» en donde se ve un seguimiento del modelo homérico en la Ilíada, en cuyo desarrollo Aquiles escogió la vida corta, pero con fama, a la larga y sin ella.
2. Se confirma en la segunda octava lo dicho sobre Ponce de León, con una rápida «etopeya,» con un uso de la «metonimia,» al comparar al caballero español con Belona, la diosa de la guerra, hermana de Marte, y con sus artes, las marciales. Castellanos coloca a Juan Ponce en parangón con el Descubridor, con «quien hizo camino,» «sinécdoque» del segundo viaje de Colón, en el que vino Ponce también, y que completa con una nueva «sinécdoque,» para incrementar los méritos de nuestro hidalgo, pues peleó con aquél «debajo de guerreros estandartes.» Concluye con otra «metáfora:» no cesó en su empeño y lucha hasta «allanar la gran Anacaona,» la heroína indígena de La Española, «sinécdoque» a la vez de todo un pueblo, que bajo su mando peleó contra los españoles. Aquí muestra Castellanos un alto aprecio por los caudillos nativos, pues les atribuye al mismo epíteto, «gran,» que luego aplica a Ponce. Ya se vislumbra lo que va a prevalecer en su descripción, estructura de todo canto épico a partir de Homero, a saber, la confrontación de fuerzas opuestas, polarizada en caudillos y en sus respectivos pueblos.
3. El poeta ofrece al lector el panorama geográfico,42 una especie de mapa visual: el lugar donde iba a llevarse a cabo la empresa, así como el estímulo inmediato a la misma; para ello emplea el epíteto «rico,» descriptivo del todo, y que se convertiría en parte constitutiva del nombre propio compuesto: Puerto Rico; a la vez, el vocablo indígena de la isla, Boriquén. El uso por Castellanos de «neologismos,» tomados del idioma o idiomas de los pueblos nativos es característico en su poesía, elemento que ya fuera alabado en su día por los críticos. Dicho vocabulario se ha ido cada día estimando más y más, hasta llegar a constituir un verdadero tesoro lingüístico.43 Hace luego el poeta uso de la «metonimia,» al decirnos que Ponce tuvo conocimiento de la existencia de Puerto Rico «por indio que habló de vista.» Repite el tropo a continuación: pidió aquél su conquista, «por ser empresa digna de codicia.» Ovando se la dio añade al igual que a «muchas gentes / conductas de conquistas diferentes.» «Conducta:» «metonimia,» por comisión encargada de reclutar tropas, o por la tropa misma.
4. Nuevamente hace uso Castellanos de la «sinécdoque:» «Cuando el Haití se combatía,» para significar todo el pueblo que dejaría en herencia, entre otros valores, su nombre al lugar. Entonces «había caballeros generosos,» dice, «de mayores empresas codiciosos,» a saber, de gloria y fama. Castellanos emplea de nuevo la «metonimia:» «para mejor probar su fuerte diestra.» Reitera aquí el concepto clásico de la ambición del guerrero y conquistador, la de obtener fama y renombre perdurable, más que riquezas, aunque éstas no las despreciaban, ni las buscaban adrede, a imitación de los héroes clásicos en ambas instancias.
5. El Comendador Ovando distribuye entre los «caballeros generosos» las empresas conquistadoras a llevarse a cabo; Castellanos emplea la «perífrasis:» «[:...] determina / de dar do se conquiste gente rica.» A Ponce de León emplea ahora la «metonimia» le dio «con largo mando» la conquista de Boriquén. Completa el pensamiento con una «premonición» o preparación introductoria para lo que sigue, y la «personificación» y «prosopopeya:» «a quien me voy llegando».
6. Trae después la «topografía» de Boriquén, que relaciona primero con Haití, y utiliza para ello otra vez la «prosopopeya:» «En treinta leguas hace sus desvíos,» metáfora pictórica de la Isla, cual si fuera una nave: aquello de Horacio: «ut pictura poesis,» o lo de Aristóteles: «El poeta es imitador, igual que el pintor.» Describe sus límites con el uso del «hipérbaton:» «En diez y siete o diez y ocho grados / se suele computar altura deste;» figura que repite para ponderarnos la calidad de sus moradores: «Rodéala por punta y por lados / de belicosa gente brava hueste;» y reitera, al citar a sus vecinos: «porque de los caribes es frontera.» Por el uso frecuente y en no pocas ocasiones bastante forzado, el estilo de Castellanos se adentra en los predios del barroco, adelantándose a muchos de sus mejores cultivadores.
7. Continúa el poeta con la «topografía:» utiliza nuevamente la «personificación,» al decir de Boriquén que: «Por treinta leguas hace sus desvíos / de los Haytíes ya conmemorados.» Describe luego las características geográficas de la isla con una «enumeración» de rápidos y firmes brochazos poéticos, que se ciñen a la realidad y uso abundante de tropos: «van por su medio montes poco fríos;» «los aires son todos templados;» «vierten a todas partes dulces ríos,» y con el empleo de la «metáfora» al hablar de sus playas: «Cuyas arenas son granos dorados,» y de «asíndeton:» «Sus recodos, remansos, vertederos.»
8. Prosigue con la descripción geográfica de la isla de Puerto Rico, y pasa ahora a enumerar sus más importantes ríos; eleva el tono del discuro, de por sí en no pocas instancias bastante prosaico, con el empleo de metáforas y de la «personificación:» el río Cairobone, al norte, el «agua multiplica,» a causa de sus muchos afluentes; el Tainiabone, sus «vertientes son de tierra rica:» «sinécdoque,» por la abundancia de oro que contenían sus declives; el Aguada, «de fértiles labranzas cultivada.» Es importante, además, esta octava, así como otras más, según hice notar antes, por la constancia que en la misma se da de la presencia de vocablos indígenas, taínos en especial, y su inserción natural al verso castellano, con lo que se crea un lenguaje mestizo original.
9. Describe a continuación los ríos que cruzan la isla, y multiplica nuestro poeta las «prosopopeyas» y el uso de «neologismos»:» «el Mayagüex al sur hace su playa:» el «Carigüex sus aguas derrama:» el «Baramaya al oriente demora [...]» Estos y otros ríos son «ricos:» «metonimia,» por la abundancia de oro que arrastraban. Otros, como los ríos «Macao, Guayaney, y Güibayana» son «menos ricos,» «pero ninguno de ellos falto de oro;» y en sus riberas hay «gran decoro:» «metonimia.» por el efecto placentero producido por sus cultivos ordenados.
10. Castellanos da aquí una rápida exposición de los preparativos de la expedición de Ponce y de los «poderes que le dieron.» Éste dice «siguió su jornada:» «metonimia,» por camino; acompañado de un «lengua:» «metonimia» igualmente, por intérprete. Ofrece el poeta una rápida «cronología:» «Por San Joan fue su llegada:» por lo que añade «San Joan de Puerto Rico le pusieron.» Tal supuesta denominación es una interpretación equivocada de Castellanos, resultado del sentir común de los habitantes de la isla a mediados del siglo XVI, quienes ya se habían olvidado de que tal nombre le fue puesto a la isla caribeña en honor del príncipe don Juan, hijo de los Reyes Católicos. Queda impreciso el lugar del desembarque: «en playa y arenal de una bahía:» aparente sinonimia, pero que tiene cierta matización: en la playa de una bahía donde existía un arenal o tierra movediza. Se trata de la bahía de Guánica.
11. Entra de lleno el poeta en la narración de la acción que ya se está ejecutando. Escribe sobre la llegada de los españoles a Boriquén. Esto le da pie para usar una «sinécdoque» con «personificación:» «La tierra se mostró de buen talante:» se refiriere a la positiva y hasta grata recepción de parte de los nativos. Acude «gran cantidad de indios,» quienes «salen a mirar la nueva gente» y «pacífico mostraban el semblante.» No dan muestra alguna de hostilidad: esto, dicho con el uso de la «metonimia:» «sin muestra ni meneo diferente.» Sobresale de entre los nativos su «rey Agüeybana,» quien estaba acompañado de «una madre vieja que tenía.»
12. Prosigue con la descripción del encuentro de los dos pueblos y culturas diferentes y de momento extrañas; utiliza la «asíndeton,» aspirando a dar la impresión de rapidez en los acontecimientos, como debió de suceder. Ha estado el poeta hablando del cacique Agüeybana y de su madre, y añade: «Llegaron a la playa conocida, / hablaron a la gente que llevaba, / regocijáronse con la venida.» Esto lo colige el poeta, quien lo debió de escuchar de algún castellano viejo en la isla, por las muestras de alegría y de sorpresa que aquéllos daban. Entonces, Ponce de León momento solemne en la larga narración les dice que venían («apotegma»): «Para ser sus vecinos y parientes:» apretada conjunción de ideales y de aspiraciones. Se adelantaba, pues, al resultado grato y doloroso, como todo parto, del mestizaje.
13. Presenta ahora la reacción favorable de los indios hacia los intrusos: «que vengan norabuena,» dicen sus jefes. Coloca entonces Castellanos una «sentencia,» que muy bien pudieron aquéllos decir, con lo que se cumple de esta forma la regla de la «verosimilitud:» «Pues amistad fiel nunca da pena/a quien pretende ser fiel amigo.» Y concluye este razonamiento poniendo en boca de Agüeybana y su madre la afirmación de que de su parte la amistad les sería «llena.» Se explaya luego en algunos conceptos propios, contraste de lo que acaecería: «premonición.» Su amistad asegura será «en paz, conformidad y buen abrigo, / con todo lo demás a esto convenible, / sirviéndolos en todo lo posible.» Más que una servidumbre, es una manifestación de la hospitalidad, jamás del todo desmentida, de parte de este generoso pueblo.
14. Describe luego la reacción española a la buena acogida, expresado por medio de la «metonimia» y con «retruécano:» «como reconocieron destas gentas / tan blandas y sinceras voluntades «etopeya» colectiva del indígena les otorgaron «dones y presentes,» en especial, a los más «eminentes» y a los ancianos dicho con «perífrasis» : «más aventajados en edades.» Además, al rey y a su madre instruyeron en la religión, dicho con «metonimia:» [dieron] «a la madre e hijo largo catecismo.»
15. Prosigue la narración de lo acaecido tras el primer encuentro del español con el nativo de Boriquén. Estos son instruidos en la religión católica: «A éstos nuestra fe se notifica,» («sinécdoque») y aquéllos prestaron «buen oído» («metonimia»). También emplea neologismos, como «cacica:» la madre del cacique. Y concluye con un forzado y disonante hipérbaton: a los españoles los indios «les descubrieron minerales / de oro de riquísimos caudales».
16. Como buen historiador, Castellanos sigue el orden cronológico de los sucesos. Los españoles nos dice levantaron unos ranchos, que para el poeta son «leves» («metonimia»), hechos de «cañaveras,» dicho con «retruécano:» «cañaveras compuestas,» y con el uso de «indigenismos:» «ligadas con bejucos,» que «por acá» añade, sintiéndose él mismo criollo llamamos «arcabuco.» Igualmente, nos da los nombres de otros poblados indígenas, los que engarza con armonía en el verso castellano: «Manatuabón» y «Civuco.»44 Concluye con hipérbole: «Do fueron tan riquísimos los veneros, / que no podrán creer los venideros.»
17. Para describirnos la riqueza de los ríos de Boriquén, utiliza nuestro poeta nueva «metáfora:» «El oro sus veneros más abona [...],» así como también para indicar, por similitud, la prestancia y el poder que va adquiriendo Ponce de León, quien «va ganando gran corona» («metonimia») entre indios y españoles, dicho con el uso de un «anacronismo:» «gente nuestra, / ansí quiso llevar [...]» Es otro de los rasgos de su estilo, el cual viene a reflejar el lenguaje usual de su Andalucía, que arraigaría en el Nuevo Mundo, y que todavía se oye usar por la gente menos escolarizada de sus campos y veredas. Completa la octava, informando del viaje que hizo Ponce a La Española para dar cabal noticia de lo realizado en Boriquén a las autoridades, así como llevarle una «rica muestra,» procedente de la tierra que ya antes llamara «rica,» de lo cual quedaría constancia perdurable en toda la Isla, y en especial en su puerto natural, de donde procedería el nombre posterior y actual, Puerto Rico.
18. En la Española Ponce firma nuevas capitulaciones. Castellanos lo expresa con nueva «metáfora:» «consorcio virtuoso.» Habla del compañero que se le dio por parte de don Diego Colón, Cristóbal de Sotomayor, «hijo de conde valeroso,» y emplea un «hipérbaton» tan forzado, que resulta en «anástrofe:» «Y el rey a éste por le hacer bienes,» con empleo de nuevo «neologismo:» «Dio la gobernación de Boriquenes,» o sea, de los habitantes de Boriquén. Trata de unir el dato histórico con la elegancia poética, lo que, por el peso del contenido, a veces le es difícil remontarse a alturas superiores.
19. Castellanos, sin narrar explícitamente los graves incidentes que se presentaron en La Española, a causa de la competencia en el gobierno entre Ovando y Diego Colón, así como con ocasión de la destitución injusta de Ponce y el nombramiento, en sustitución suya, de don Juan Cerón como gobernador de Puerto Rico, lo insinúa, haciendo, pues, uso de la «amfasis» o «significación:» «Del cumplimiento destas provisiones / excusóse Colón por ciertas vías / y a Juan Cerón nombró por ocasiones / que no faltaron en aquellos días.» Cita también el nombramiento del alguacil Miguel Díaz, de quien ya habló antes.
20. Vuelve Ponce a Boriquén, despojado de sus títulos, pero se le restituyeron al recibir el rey una «larga relación,» dicho en sentido figurado: «de sus servicios informado».
21. Emplea doble «metonimia:» «cortesano cumplimiento:» por orden de la Corte se nombró a Sotomayor alcalde y «De justicia mayor le dio renombre» (por nombramiento), y la «silepsis:» tomó «al rey Agueybaná en repartimiento». Emplea la «premonición,» luego de decir que Sotomayor fundó un pueblo: «Pero después diré con lo que cuento / la grande desventura deste hombre...»
22. Trata del primer poblado de españoles, Caparra, y para ello emplea, primero, una «sinécdoque:» «el primer consorcio castellano;» después una «metáfora,» con el propósito de señalar su posterior abandono: «el cual mucho después le dio de mano,» y finalmente, la «prosopopeya:» «junto de Bayamón que le abastece.»
23. Viene aquí la descripción de los vecinos de San Juan y predomina el uso de la «etopeya:» «Son sus vecinos gente bien lucida: / nobles, caritativos, generosos,» y la de la ciudad, con uso de hipérbaton, además: «Hay fuerza de pertrechos proveída.» Sobresale el «retrato» que, con delicados y certeros brochazos, hace del obispo Alonso Manso, con el empleo de la «metonimia:» «Fue su primer pastor y su descanso / aquel santo varón, Alonso Manso.»
24. Continúa la caracterización del obispo Manso, con uso de «hipérbaton:» «En las divinas letras cabal hombre,» y de «símiles» y «metáforas:» «Su nombre denotaba mansedumbres, / y ansí midió sus obras con su nombre.» Repite el «hiérbaton» y la «metonimia:» «Fue de menesterosos gran abrigo.» Concluye con una frase sentenciosa: «Porque le conocí, sé lo que digo.»
25. Reitera el hecho de la fundación de Caparra y añade su posterior traslado por el mismo Ponce de León a la Isleta, actual San Juan. Al gobernador lo califica, en frase forzada y genuinamente conceptista, «hombre bastante.» Hace nuevo uso de la «metonimia:» «Y por cumplir mi pluma lo que debe [...]» Posteriormente, de la «premonición,» al adelantarse al hecho de la fundación de nuevos poblados, conforme irán apareciendo en subsiguientes estrofas.
26. Habla, primero, del establecimiento de la población de Guánica junto al río Guayama, al sur de la isla, en una bahía y viene la «hipérbole» «que es la mejor de todo lo criado.»
27. No obstante, al poco don Cristóbal de Sotomayor, quien es el que ha quedado al frente de la fundación, en vista de lo insaluble del lugar, sobre todo, «por ser tanta la copia de mosquitos» y nueva «metáfora» con «metonimia» «vencido ya de tantos gritos,» decidió trasladarla al noroeste, a Aguada. Concluye la octava con «reduplicación» o «eco:» «Con nombre de renombre que él tenía.»
28. Nos ofrece la «topografía» del lugar escogido con uso de la «silepsis:» «y en ellas [en sus estancias] españoles muy contentos.» Emplea a continuación nueva «metonimia: «Crecían cada día las ganancias,» e «hipérbaton,» a tono con el poema, y la «personificación:» «de oro caudalosos nacimientos.» Utiliza de nuevo «neologismos» geográficos, engarzados armoniosamente en la frase áspera castellana: «En Quimenén, Guainea y Horomicos / Duyey y Gabuín, ríos bien ricos.»
29. Castellanos describe la situación que se presentaba en la nueva fundación, utilizando primero la «asíndeton» y después, la «polisíndeton: «Huye la chisme, cesa la conseja, / Crece contento, nace regocijo, / Sin olor ni barrunto ni semeja / De guerra ni contienda ni letijio.» Hay aquí anacronismos: «la chisme» y «letijo.» Utiliza la «hipérbole» y el «noema» o «intellectus:» «Los indios más feroces y más bravos / servían mucho más que los esclavos.»
30. Describe ahora nuestro poeta los dominios del cacique Agüeybana, utilizando la «hipérbole:» «Por quien toda la tierra se regía.» Al morir la madre de éste, él «vido [«anacronismo»] también su prostrimero día.» Al heredero añade el cronista «no le plugo / sufrir ni tolerar [«sinonimia»] tan duro yugo:» «metonimia.»
31. De nuevo utiliza la «hipérbole» para describir la confianza de los españoles, pues «andaban por mil partes divertidos,» aunque no hacía mucho añade con forzado «hipérbaton» «negocio sucedió no poco extraño,» el cual es descrito en la siguiente estrofa.
32. A partir de esta estrofa hasta el final del Canto I de la Elegía VI, nos relata Castellanos, en acertada «digresión,» típica de los poetas épicos, sus maestros, Homero y Virgilio, lo que le acaeció al «mozo Juan Suárez Sevillano.» La «descripción» de las circunstancias iniciales es muy viva y, por cierto, bien lograda. Nos sitúa en el tiempo (impreciso) y en el lugar: «casa de un señor, cruel tirano.» A la vez nos da la raíz del problema: éste, Aimanio, mandó prender a aquél mozo «para jugallo [«arcaísmo»] y después del juego / quien lo ganase lo matase luego.»
33. Describe el poeta dicho juego con forzada «aposición: «Es su juego, pelota saltadora.» Desconoce el término «caucho» o prefiere la licencia de la «perífrasis: «de cierta pasta tiernecilla.» Introduce un «neologismo:» «en el batey,» cuyo sentido aclara: «o plaza que se trilla.» Usa el «asíndeton:» «Y las rechazas son con la cadera, / con hombros, con cabeza, con rodilla,» y la «metonimia,» junto con la «metáfora,» pues al juego llama batalla o Marte: «Y es toda la porfía de este Marte / que pase presto de contraria parte.»
34. Hay «antítesis» reiterada: «Para la tarde dejan la batalla, / para que su frescor más lo despierte:» tarde-despertar. Todos ansían «ganar [...] la joya:» «metáfora,» por premio, que no es más que el español cautivo. Concluye con «asíndeton:» «Y el aflijido, triste, maniatado / a Dios encaminaba su cuidado.»
35. Con el mozo Suárez iba un «paje,» «eufemismo» por esclavo. Nos describe Castellanos la reacción de éste, de manera rápida, cual conviene a la narración y con el uso de nuevo del «asíndeton:» «Pues, visto de los indios el designio, / la revuelta, la grita [«arcaísmo»], la maraña,» fue a avisar al capitán Diego de Salazar, pero no por el «camino,» sino «por el rigor de la montaña» («metonimia»).
36. «Nos ofrece aquí el poeta una «descripción» certera del encuentro del paje con Salazar: éste lo mira «como persona que le conocía.» Le pregunta por qué acude llorando y «cuál era la queja que traía.» Por su parte, «el indio le contó lo que pasaba, / del riesgo que su amo padecía.» Hasta ahora la descripción ha sido exacta y bastante fiel, con palabras imprescindibles, que quizás mejor hubieran podido ser dichas en prosa, pero que, por el ritmo y la rima, son poesía, sobre todo, por el último verso de la estrofa, donde el poeta coloca la «metáfora» y «metonimia» apropiadas, como de costumbre: «Y por echar a su valor el sello, / luego determinó de socorrello.»
37. Cede el poeta la palabra a uno de los protagonistas, a Salazar. Se daba la circunstancia de que el indio no quería acompañar al capitán, lo que es expresado por medio de la «sinécdoque:» «rehusaba la carrera.» Éste le obliga. Se adelanta entonces el nativo y ve a los indios «embarbascados en el ejercicio.» «Embarbascados:» «casticismo,» que era usado por los agricultores de Castilla y Andalucía dicho aquí metafóricamente con el significado llano de «enredarse el arado con las raíces fuertes de la tierra.» Tenemos, por tanto, una muestra más de la riqueza léxica de Castellanos.
38. Se acerca sigilosamente el que con «eufemismo» es llamado por el poeta «paje,» que no es otro que el indio acompañante, y vio cómo jugaban los nativos. Su primera reacción es expresada con un forzado «hipérbaton:» «su saña de los ver es excesiva.» Luego añade un rasgo dscriptivo muy gráfico: «los labios con furor remordiscando» («neologismo»). Aquél se dice, empleando una «metáfora:» «[...] si llego / que mi jugar baraje vuestro juego,» y a la vez con el uso de la «antítesis» semántica de los dos, al menos, significados del significante «jugar.»
39. Mientras tanto, Salazar corre con velocidad. Esto lo dice el poeta por medio de símiles» y de «refranes,» y el empleo de la «sinonimia» y de la «distribución:» «[...] dijérades que vuela, / presto, ligero, suelto más que gamo, / más vivo que la más viva candela.»
40. La llegada de Salazar es descrita a través de «arcaísmos:» «ascondido,» «relatallo.» También emplea la «hipébole:» «Hizo con sus golpes más ruído / que si fueran cincuenta de a caballo.» Nuevo «símil:» «aquí y allí saltando como onza,» y «metáfora» de sabor castizo: «que para mayor salto se desgonza:» desencaja.
41. Prosigue con la descripción del encuentro sigiloso, por medio de «imágenes» y de comparaciones:» «Donde más riesgo al mucho más osa, / más bravo que la más brava serpiente.»
42. Ambos pelean blandiendo espadas. Hace uso de nueva «hipérbole:» «El golpe de la sangre que corría / henchía los caminos y calzadas.» Empleo de la «distribución:» «Aquí muertos veráis, allí caídos / y todos de gran miedo poseídos.»
43. Con acentos de resonancia homérica y virgiliana, emplea ahora nuestro poeta una bella «imagen,» introduciendo elementos hispanos, en concreto, de su natal Andalucía: «Como si por la plaza de gran gente, / sin ser de los autores avisada, / soltasen algún toro de repente, / tomándole del caso descuidada, / y con aquel temor incontinente, / holgasen de la ver desocupada, / buscando cada cual una guarida, / do pudiesen mejor guardar su vida [...]»
44. Prosigue la «imagen,» ofreciéndonos su resolución y aplicación: «Ansí [«arcaísmo»] con el asalto repentino / ruídos y alborotos del estruendo, / se vencieron de tanto desatino, / que parte de los indios van huyendo.» Y a continuación, emplea una apropiada «distribucón:» «Sin atinar a senda ni camino, / o ya mal tropezando, mal cayendo, / ya sin querer torcer pecho ni cuello, / ya volviendo la cara para vello [«arcaísmo»].»
45. Nuevo uso de la «metáfora» y de la «metonimia:» «Otros también pusieron embarazos / de flechas y macanas [«neologismo»] atrevidas.» Y vuelve a la «hipérbole:» «Destos veréis partidos en pedazos, / cabezas abolladas y hendidas.» Empleo de «neologismos» de raíz taína: «Cortados pies y piernas, manos, brazos, / que por aquel batey [palaza donde, entre otras actividades, se juega a la pelota] iban tendidas.» Nuevo «símil,» sobre su proceder: «Tan grandes extrañezas se hacían / que feroces leones parecían.»
46. Se enfrentan, a semejanza de los héroes clásicos, Aimanio y Salazar, e igual que aquéllos, se dirigen arengas antes de la contienda. Le dice aquél: «Aquí quiero yo ver, fuerte gigante, / si te podrá valer tu valentía:» uso de «epiceuxis:» «valer-valentía.»
47. El indio tiene «la macana [«neologismo»] segunda vez enhiesta.» L reaspuesta de Salazar a esta actitud desafiante y valerosa fue «de brazo sano:» (sinécdoque»), y quedó aquél tendido,» «no muerto, pero muy amortecido.»
48. Finalizada la pelea, «los enemigos ya se desminuyen / por aquellas zabanas y collados.» «Zabanas,» «neologismo» de raíz caribe: «campiña rasa.» Una voz indígena con otra castellana: símbolo de la ósmosis que con Castellanos entre otros se realiza entre ambas lenguas.
49. Se van también Salazar y Suárez juntos. Esto nos lo describe el poeta con una «metáfora: «mano por mano.» Aimanio, quien había quedado sin sentido o «mortecido,» lo recobra: «en sí volvió cobrando seso sano» («metonimia»), y ordena a sus súbditos el que llamen a aquéllos.
50. Los indios nos dice Castellanos caminan «con el paso presuroso» («onomatopeya»). Salazar y Suárez los ven venir. En forma gráfica, con el propósito de hacernos sentir el estado de ánimo valeroso de los mismos, en partiocular, el de Salazar, Castellanos describe la escena imitando a Homero: «puesta la rodela que traía, / en ella se sentaron de reposo» («metonimia»). Dialogan entre sí. Suárez propone huír, pero el castellano no lo permite: «Él dijo: huír no, ni Dios lo quiera.»
51. Continúa expresándose Salazar y para ello utiliza un hipérbaton forzado, como es habitual en Castellanos al insertar en el verso cifras: «Otra diez tanta gente no bastara.» Está seguro que los indios no van a huír, dicho con «metáforas» y de una rápida y feliz «etopeya:» «Que son leones éstos, y son ciervos; / son ciervos peleando cara a cara, / y si huís, leones son protervos.» Luego introduce elementos bucólicos: «Bebed y descansad en esta fuente.»
52. Uno de la «metonimia:» los indios que corrían hacia ellos «dieron al Salazar el embajada.» Éste los escucha y afirma que le complace lo que le proponían, sin decirnos qué: uso del «noema» o «intellectus.» Se trataba de que que le iban a pedir que regresara. Suárez, escarmentado y sin fiarse, se niega en principio, dicho con «responsión:» «contradijo sus intentos.»
53. El caballero Salazar sigue firme y valiente: «Teniendo Salazar ningún recelo, / daba justificadas sus respuestas.» Todo lo contrario del «mozo» Suárez («antítesis»), quien «las manos a los cielos tiene puestas, / y las rodillas ambas en el suelo, / le ruega huya cosas tan molestas.» «Retrato» de dos tipos o caracteres opuestos.
54. Le habla Salazar: pide a Suárez que se quede, mientras él va al encuentro de los nativos. Utiliza la «duplicación» y la «antístasis:» «Pues que tenéis la vida ya segura [...] / Seguro podréis ir de vuestra vida.»
55. Suárez reacciona y le asegura que irá con él y, si es preciso, morirá también. Con esto demuestra su hidalguía. Usa repetidos «anacronismos» el poeta: «quisierdes,» «fuerdes,» «murierdes.»
56. Llegan a donde se enconcratan los indios con Aimanio. «Antítesis» entre el «peligro que ya detrás dejaban,» y aquél al que «ambos a dos volvieron juntamente.» Pero la escena se convierte en una del todo pacífica: los indios «sin armas esperaban.» Aimanio, quien aparece «llagado de la frente,» habló a Salazar.
57. Castellanos pone en boca del cacique Aimanio una solemne perorata suplicativa. Primeramente, llama a Salazar «valeroso caballero.» Utiliza el «hipérbaton» con el uso de palabras castizas: «Tu pecho de temor todo se escombre.» Le pide lo tome «por compañero y que le dé su nombre, pues con ello añade «gloria me darán armas y damas, / si me llamare yo como te llamas.» Concepción caballeresca, y expresiones asumidas del romancero tradicional y de la épica castellana.
58. Nuevo uso de la «antítesis:» lo que Aimanio tenía como singular, a Salazar quien esperaba mayores o peores aventuras le parecen «niñerías.» Pero responde afablemente, dicho en forma poética: «con rostro ledo.» Le otorga el privilegio de su nombre, aunque le da por motivo tanto el prestigio del mismo («mis valentías»), como el valor del nativo («no morar en ti brizna de miedo»). Uso del «hipérbaton» forzado: «Mas por lo tomar con mejor mano» [«metonimia»] / sabrás que te conviene ser cristiano.»
59. Uso repetido del «hipérbaton:» «El indio destas cosas informado [...] / Túvose de sus males por pagado,» con la adopción del nuevo apellido. Evidencia de la transculturación. «Y los indios que Aimanio lo nombraban, / agora [«arcaísmo] Salazar apellidaban.»
60. Los dos, Salazar y Suárez, regresan. Prevalece la «sinonimia» y la «reduplicación: « van «do estaban sus amigos y parientes, / cargados de preseas y de dones. / Gran amistad y grandes aficiones / mostraban [...]» Pero poco duró esta felicidad. No nos dice ahora las causas, pero hay «premonición:» Pero poco duraron en sosiego, / según, mediante Dios, diremos luego.»
Notas
1. Aquí sigo, en líneas generales, a no ser que diga lo contrario, la meritoria edición pese a las críticas que algunos le hicieran y a las debilidades propias del método científico o falta del mismo, de que adolece que realizara la Biblioteca de Autores Españoles de Rivadeneyra, Vol. 4, Madrid, 1944.
2. Más detalles sobre la vida y la formación literaria de Juan de Castellanos pueden verse en mi estudio: Juan de Castellanos, poeta-cronista del renacimiento, ENCUENTRO, Revista de la Asociación de Profesores Universitarios Españoles en P.R., San Juan, P.R., Año V, Núms. 9-10, en.-jul,.1990, pp. 129-144.
3. En adelante, en vez de citar todo el título de la obra, lo resumiré escribiendo tan sólo Elegías.
4. «La gesta de Puerto Rico. Estudio preliminar. Juan de Castellanos. Elegía a la muerte de Juan Ponce de León. Donde se cuenta la conquista de Borinquen. San Juan de Puerto Rico: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1980, ix.
5. La Elegía VI de Juan de Castellanos, San Juan: Editorial Coquí, 1971, 67.
6. Véase mi obra, Homero. La Ilíada: Introducción, resumen, esquema y notas, por Vicente Reynal. San Juan: Plaza Mayor, 1996.
7. Acerca de este tópico presenté una ponencia, «Poética del cronista de Indias, Juan de Castellanos,» en el I Congreso Internacional sobre la Lengua y la Literatura Hispánicas entre los siglos XV y XVII, celebrado en Madrid y Pastrana (Guadalajara), durante la primera semana del mes de julio de 1986, y que apareció impresa en las Actas del mismo Congreso (Madrid, Edu-6, 1997,400-416).
8. Cito la edición hecha por Antonio García Berrio, Introducción a la poética clasicista: Cascales, Barcelona: Planeta, 1975.
9. Francisco Cascales, op. cit., 265.
10. Más detalles, en mi estudio, «Por los caminos de Boriquén (Puerto Rico) en el siglo XVI con Juan de Castellanos,» I Congreso de Caminería Hispánica, Madrid-Alcalá-Guadalajara, en Caminería Hispánica. Tomo II. Caminería Histórica y Literaria. Madrid, Patronato Arcipreste de Hita (C.S.I.C.), 1993, 519-534.
11. Francisco Cascales, op. cit., 266.
12. Epístolas, L. II, I, (121): A los Pisones. En Poetas Latinos: Virgilio, Horacio, Ovidio. Madrid: E.D.A.F., 1962, 780. Trad. de Germán Salinas.
13. Pedro Piñero Ramírez, «La épica hispanoamericana colonial, en Historia de la Literatuta Hispanoamericana. T. I, Época colonial, Madrid: Edi. Cátedra, 1988, 173-4.
14. Ed. de Alfredo Carballo Picazo. Madrid, 1973, III, 206-7.
15. O. C., 266.
16. O. C., 780.
17. De poetica, 51 a 38. Véase, A. Porqueras Mayo, Temas y formas de la literatura española, Madrid, 1972, 94-113.
18. O. C., 51 a 38.
19. 50 a 1-5.
20. Poética de Aristóteles, Madrid, 1974, 273; n. 145.
21. Ars poetica, 1,II, I.
22. Poética de Aristóteles, 267.
23. De poetica, 51 a 24-25.
24. Ibid., 59 b 16-17.
25. Cascales, l. c.
26. De poetica, 48a, 22-23.
27. O.C., 208-208
28. De poetica, 49 b,14-15.
29. A. García Berrio, Introducción a la poética..., 286.
30. O. C., 284.
31. 59 b 32-39.
32. O. C.., 288.
33. Manuel Alvar, Juan de Castellanos. Tradición española y realidad americana. Bogotá, 1972, 10. Hay que tener presente que la épica renacentista, en especial la utilizada para narrar la conquista del Nuevo mundo, conforme anota Erich-Von Richthofer, «conserva un limitado medievalismo tradicional [...], aparte del renovado interés por las formas virgilianas y dantescas.» (Tradicionalismo épico-novelesco, Barcelona, 1972, 9) En esto último, Juan de Castellanos no coincide del todo.
34. O. C., 59 a 1.
35. H. Lausberg. Manual de retórica literaria, Madrid, 1966, I, 7 y 88.
36. Bartolomé Jiménez Patón. Elocuencia española, en La retórica en España, edición de Elena Casas, Madrid, Editora Nacional, l980, 259.
37. De poetica, 59 a 6.
38. Coherencia y relevancia textual, Madrid, 1980, 5.
39. O.C.,. 180.
40. Cfr. Victorini fragmentum de solecismo et barbarismo, Niederman, 1937, citado por Lausberg, Manual de Retórica Literaria, T. I, Madrid, 1966, 64.
41. De poetica, 9, 3.
42. Sobre el descubrimiento de Puerto Rico en el segundo viaje de Cristóbal Colón, así como de ciertas precisiones geográficas, he publicado un artículo recientemente en La Torre, «Juan de Castellanos y Puerto Rico: descubrimiento y relatos menores.» Año V, Nº 18 (abril-junio 1991), 189-214.
43. Sobre la importancia y amplitud de este vocabulario indígena, véase a Manuel Alvarez Nazario, El influjo indígena en el español de Puerto Rico, Río Piedras, 1977, y a L. Hernández Aquino, Diccionario de voces indígenas de Puerto Rico, Río Piedras, 1977. Sobre el vocabulario indígena que introduce Castellanos, véase la obra antes citada de Manuel Alvar. Mención especial merece el inmsigne estudioso de J. de Castellanos, Isaac J. Pardo, en poarticular, en su obra: Juan de Castellanos, estudios de las Elegías de varones ilustres de Indias, Caracas, Fuentes para la historia colonial de Venezuela, 1991.
44. El uso de americanismos es una constante en la poesía de Juan de Castellanos, como queda señalado. Se han contado más de ciento treinta en su obra, según Isaac M. Pardo: Juan de Castellanos. Elegías de varones ilustres. (Caracas, 1962, xcii), y Manuel Alvar ( Op. cit.) trae muchos más.
