Asumir a ASUNCIÓN

-Crónica-

Marcos Reyes Dávila


1. Preliminares
Durante mis años de estudio en México, Paraguay era un país boca de lobo, i mpenetrable, exótico y ambiguo, aislado del mundo latinoamericano por una suprema cortina de balas y terror, y ajeno a la realidad latinoamericana vivible durante generaciones que olvidaron olvidarlo. Neruda se ensañaba ya moribundo contra los tiranos de uniforme que asolaban toda la región de océano a océano, rebrotando, ahora, en un Chile atónito, casi penúltimo, cuyo infortunio comenzó a acostumbrarnos a la debacle de las utopías encendidas en nuestro ánimo como fuego prometeico por la generación de las barbas del sesenta. En aquella poesía penúltima de Neruda, entre la incitación al nixonicidio y la alabanza a la revolución chilena, la palabra Stroessner tronaba en mis oídos con furia humanicida, encarnación --presencia inminente-- de un señor presidente, un multiplicado y epidémico yo supremo. En aquel espacioso oasis de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México), algún estudiante paraguayo halaba la mirada curiosa más de lo que hubiera podido hacerlo si fuera de Nueva Zelandia, de Nepal, o un zulu surafricano del país del apartheid. La magia azucarada que siempre chispea en el arpa y las indefinibles guaranías convocaban el recuerdo de la guerra terrible que desmembró al país próspero en el siglo XIX y que hizo reclamar justicia al Hostos que viajó por el sur bordeando al país sacrificado sin poder olvidar tanta penuria. Así durante años, décadas, la paradoja de un país de acuarela sobre las bayonetas. La literatura guaraní, la legendaria presencia de las misiones jesuitas en la selva sembrada de cataratas de sueño, Ipacaraí, Augusto Roa Bastos, Josefina Plá, Elvio Romero, me hicieron tomar años después el anzuelo lanzado más allá del hemisferio con una invitación para visitar el país recién abierto al mundo, con motivo del primer encuentro de escritores latinoamericanos, celebrado en Asunción en noviembre de 1994. Lo que sigue son las notas --ligeramente editadas, pero tomadas al vuelo-- de un viaje primerizo y relámpago a este país isla oculto con sus duendes en el corazón de Nuestra América.
2. Notas de viaje
El viernes 18 de noviembre de 1994 recibí en mi oficina de director del Instituto de Estudios Hostosianos una llamada telefónica de Víctor Casartelli, presidente de la Asociación de Escritores del Paraguay, en la cual me invitaba a participar en representación de Puerto Rico en el primer Encuentro Internacional de Escritores Latinoamericanos que se celebraría la semana siguiente en Asunción. Añadió que le había cursado antes una invitación a Vicente Rodríguez Nietzsche, y que éste había cancelado poco antes su participación por motivos de salud. Mi participación quedó sujeta a que desde Asunción se pudieran coordinar a tiempo los asientos de avión, pues el vuelo salía al día siguiente.

No fue, pues, sino hasta la mañana del sábado 19, día de partida, que tras una llamada al aeropuerto confirmé la existencia de pasajes para Asunción a mi nombre. El vuelo haría escalas en Miami y en Sao Paulo. Salí de Puerto Rico a las seis de la tarde. No tomé notas durante el primer trayecto. Recuerdo un choque de pensamientos ambivalentes ante esta ruta de zig-zag que me obliga a visitar esta ciudad controlada desde la calle ocho. La historia de Cayo Hueso, Martí, agrietan mi severidad y adivino casi imparcial, mas con fruición creciente, los cayos, las islas cada vez más numerosas y grandes, pensando en la Guanahaní de Colón, en artesanos y clubes cubano-boricuas. Es grande de puertos la ciudad, moderna de color y arquitectura, espaciosa, arbolada.

Tras varias horas de espera en el aeropuerto, amaneció el domingo volando sobre el Amazonas. Nubosidad intensa abajo y arriba: mundo blanco, nutrido. Tras un poco de tiempo perdido, se veía al fin tierra de Brasil. El avión bajaba. Una ciudad con veintitantos rascacielos... no era Sao Paulo. Poco después apareció la ciudad inmensa. Muy verde, muy urbanizada, innumerables piscinas particulares, edificios residenciales altos, por montoncitos. Terreno muy accidentado. El aeropuerto muy hermoso y lujoso, como si fuera novela brasileña. El personal muy cordial. Al poco tiempo, de regreso al aire hacia Asunción.

Deshabitado. Sólo aquí o allá se veían algunas casas. Ríos inmensos poco antes de la inmensidad definitiva del río Paraguay. Muchas zonas pantanosas por intensas lluvias recientes. Muchísimas palmas, casitas blancas con techos de tejas entre extensiones de terreno color barro, muy aparcelada. Caminos de tierra.

3. Asunción
Llegamos a Asunción a las doce del mediodía siguiente (: dieciocho horas de viaje!). La ciudad no parecía muy grande desde el aire. El aeropuerto Silvio Pettirossi, pequeño, de diseño moderno y ágil. Demoramos un rato en localizar a nuestro contacto que esperaba a Vicente Rodríguez Nietzsche. (A pesar de ofrecer numerosas entrevistas a reporteros de la prensa y de radio, los partes noticiosos siguieron consignando la presencia por Puerto Rico de Rodríguez Nietzsche.) Conocimos allí en el aeropuerto a la compañera Lillian y al periodista y escritor Alcibiades González Delvalle. Desde Argentina llegó al mismo tiempo el escritor paraguayo Edgar Valdez. La temperatura caribeña, el sol intenso, me hizo sentir en casa. Extraños los taxis negriamarillos Mercedes Benz. La ciudad: residencial. Casas y edificios bajos, de dos pisos, todo muy verde, mucha agua, el terreno no es plano sino de suaves ondulaciones, algarrobos, flamboyanes, mangós. La pobreza invisible, generalmente limpio todo. La impresión de una ciudad pequeña cede ante la evidencia de que se extiende en zonas cada vez más amplias de edificaciones terreras y arboladas. Predominio casi absolutista del ladrillo en paredes y techos, a veces, incluso, como grandes bloques de piedra de barro. Shell, Toyota, Esso, Isuzu, Lotus, algún Pizza Hut, Subaru... Algunas casas con chimeneas. La rotulación y letrería en español a pesar de algún multi-lock. La embajada de Francia, terrera, barro y madera, en la Avenida España. Muy verde, arbolada, jardines cuidados. Policía emboinada. Soldados, algunos caqui, cadetes blancoazul con pañuelo rojo.

Nos hospedaron en el Hotel Guaraní, medianamente grande, céntrico. Por la ventana se ve, más allá de las plazas de la ciudad arbolada, el río Paraguay y, al otro lado, Argentina. Esa noche hubo una cena de recepción en el hotel, con la presencia de la mayor parte de los escritores invitados y del numeroso contingente de anfitriones cordiales y atentos. El grueso de invitados provienen de los países cercanos fronterizos: Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia. Entre cuatro y ocho por cada uno. De Chile, Ecuador, México, Perú, Guatemala, Venezuela, Cuba y Colombia, una representación menor: entre uno y tres, con alguna que otra ausencia, como la cubana y dominicana. Participan además, periodistas invitados de algunos países y el grupo de escritores paraguayos vinculados con el Ministerio de Educación y Culto (Cultura) del Paraguay.

Conozco a Casartelli, joven brioso y enérgico, inquieto y cordial. Su compañera Lillian, trabajadora de la cultura en la biblioteca municipal de Asunción, saca como conejos de un sombrero las palabras guaraníes, dulces y espléndidas en su boca, y poco a poco nos familiarizan con el país. Francisco Pérez Maricevich, poeta, y su esposa, diplomática, cordialísimos. Edgar Valdez, conversador sagaz, regresa a su país con una fruición que no logra ocultar pero también sin ceguera crítica; Iván Egüez, tan abierto y cálido, expansivo y observador tras su mirada extraña y su barba falsamente rasputina.

4. El Encuentro de Escritores
Los actos se celebran en el Banco Central, edificio grande con dos partes: una de ellas, un teatro muy moderno y cómodo. Inician al día siguiente, temprano en la mañana, con la presencia del Presidente de la República, Ing. Juan Carlos Wasmosy. En la apertura Víctor Casartelli califica el acto, coaupiciado por la UNESCO, como el más importante del siglo en Paraguay. El Presidente, en un discurso imponente y certero, se refiere a la época de democracia que vive el país y a su misión de romper el aislamiento impuesto por la dictadura. Dice que el poder tiene la obligación de establecer relaciones entre los países y entre las personas, garantizando la libertad de pensamiento. Cita a Roa Bastos: la cultura como antídoto de la guerra y garantizadora de la paz. Hace defensa de la necesidad de integración ante la amenaza del proceso de uniformidad de las culturas, y dentro de ese contexto hace hincapié sobre el estatuto que en la nueva constitución del Paraguay declara al país pluricultural y bilingüe y corrige así el error de imponer el español sobre el vernáculo de las grandes mayorías.

Se constituyó por votación una mesa directiva y se votó por un relator general. Los temas de discusión previamente fijados fueron los siguientes: situación actual y persapectivas de la literatura latinoamericana; el escritor en las nuevas democracias; periodismo y cultura; literatura y bilingüismo; la asunción de su lengua por el escritor latinoamericano; plurilingüismo y sociedad; y literatura, política y sociedad en América Latina. Aunque algunos compañeros escritores llevaron ponencias breves escritas, éstas fueron relativamente pocas, aun contando los que improvisaron al calor de un bosquejo. Enterado de un día para otro de esta temática, ajusté a las circunstancias de este encuentro un trabajo recientemente preparado sobre la poesía puertorriqueña contemporánea. El presidente del Comité Organizador y Subsecretario de Cultura, Gerardo Fogel, exhortó insistentemente a los participantes a romper todas los esquemas y ataduras para obtener un diálogo libre y fructífico.

En el vestíbulo, mesas con libros a la venta, artesanías, música. Saludamos a distintos escritores que conocimos la noche anterior. Además de Edgar Valdez, antes mencionado, y de Lillian y de Víctor Casartelli, a Carlos Villagra Marsal, brioso poeta y erudito investigador de la historia y cultura guaraníes que recuerda vivamente a varios poetas puertorriqueños; Francisco Pérez Maricevich y Alcibiades González Delvalle, paraguayos antes mencionados, éste último periodista y dramaturgo, y al escritor ecuatoriano Iván Egüez, quien me inquiere sobre muchos de nuestros autores que conoce personalmente. Conocemos a los escritores paraguayos Elvio Romero y su esposa, con gratos recuerdos de Puerto Rico y de Josemilio González; a Helio Vera, brillante narrador y humorista político; a Renée Ferrer de Arréllaga, deslumbrantemente encantada con el encuentro de escritores; a Rubén Bareiro Saguier, experto examinador del problema del bilingüismo y conocedor de Puerto Rico; a José Luis Appleyard y Miguel Angel Fernández, indeciso, éste último, entre la cordialidad personal y la animosidad ideológica contra el concepto del encuentro; y a Chiquita Barreto, exquisita narradora de temas eróticos, reservada y callada, pero segura y afectuosa. Lamentablemente, tanto Augusto Roa Bastos como Josefina Pla se excusaron.

Conocí, además, al mexicano Carlos Montemayor, periodista elegante y augusto; al colombiano, Vicente Martínez, poeta de cotorra y arcabuz muy caribeño; a los argentinos Horacio Salas --reservado y aristocrático--, José Gabriel Cevallos --joven y avispado--, Francisco Madariaga --nervudo y apretado--, y Adolfo Colombres, más andino que platense; a los uruguayos Washington Benavides --espléndido poeta y lector inolvidable de sus milongas--, Jorge Arbeleche --académico, con cordial recuerdo de José Luis Vega-- y Rafael Curtoisie, joven, de poesía más moderna; a los bolivianos, Adolfo Cáceres Romero y Ramón Rocha Monroy, cálidos, alegres, brillantes; a los brasileños con su pizca de pólvora y salero; y al peruano lejano y callado, entre familiar y turista aislado, Antonio Cisneros. Probamos mate, un poco amargo.

(El Encuentro agotó el tiempo de los escritores con un abultado inventario d e actividades paralelas: un concierto de Pierre Jancovic; una presentación del B allet Nacional; una recepción ofrecida por el Presidente de la República; un viaje de dos días hacia la provincia sur de Encarnación con paradas en la iglesia de Yaguarón, en la Entidad Binacional Yacyretá, en las Ruinas Jesuíticas de Trinidad con presentación de la Misa de Zípoli, a cargo del Coro de Itaipú; y una cena, acto cultural y descanso ofrecidos por la Intendencia Municipal de Encarnación. Al día siguiente, el viaje con dirección al extremo este del país, visitaríamos la Central Hidroeléctrica de Itaipú, Ciudad del Este y Tres Fronteras, y regreso a Asunción, deteniéndonos en Piribebuy, “Ultima Altura”, en la residencia de Villagra Marsal, para una cena nocturna al aire libre y concierto de arpas. El viernes, tras la clausura, asistiríamos a un almuerzo ofrecido por el Instituto Paraguayo-Alemán en Areguá, al borde del lago Ipacaraí, y en la noche a una cena ofrecida por la Sociedad de Escritores del Paraguay, la Academia Paraguaya de la Lengua Española, el PEN Club del Paraguay y la Asociación de Escritores y Artistas Guaraníes.) Distribuyo la revistas EXEGESIS y Bayoán, esta última con dos números de una Nueva Época reemprendida tras asumir la dirección del Instituto de Estudios Hostosianos. Distribuyo además mi antología de los poetas de Guajana, Hasta el final del fuego, algunos de los tomos de la nueva edición crítica de las Obras completas de Hostos. (Un set de cinco libros fue a parar a la Biblioteca Municipal de Asunción en manos de Casartelli y Lillian.) Elvio Romero me llama en la mañana, durante el desayuno, y me obsequia, dedicados, libros suyos, mientras hablamos del bochorno (intenso calor) paraguayo. En las plazas arboladas se reproducen los juegos de ajedrez sobre una mesa interminable, se venden libros y artesanías de tejidos, cuero, madera. Las venteras, blancas, dicen no hablar guaraní mientras responden en un idioma incompren-sible a quien las llama. Al centro, desamparadas de toldo y a pleno sol, indias guaraníes venden sus cuentas y tejidos multicolores.

5. Viaje a la tierra de las misiones.
Salgo para el viaje al interior con gripe y mareos. Van dos guaguas con servicio sanitario y asientos reclinables. Ya en las afueras de Asunción, mundo llano, muy verde, vegetación muy similar a la de Puerto Rico. Casas aquí y allá. 98% blanco y barro. Las calles laterales de barro o empedradas. Asistimos a un templo jesuita de 1759, conservado magníficamente, alto, abierto, de inmensas columnas rectangulares, y decorado con pinturas de flores y otros motivos naturales por los guaraníes. Tras la salida, grandes áreas de pastos para ganado, canales de agua, pastoreo, caballerizas, extraños pájaros blanquinegros. Ojeo el periódico que sigue de cerca el drama de generales arrestados y la acusación de fraude electoral. La vegetación más seca, árboles de hojas chicas y cactus. Auras. Más húmedo otra vez. Innumerables las palmas y palmas y mangós ( o mangos). Chocitas con techo de palma. Un poco más ondulado el terreno; granjas, carretas. “Siempre Cocalobo”. Pequeños poblados. Los alumnos toman los exámenes afuera, en los patios de las escuelas. Rancho Ana Felicia. Más boscoso el terreno, ladrillos, pajas, zinc, a veces. Quiindy. Vuelta al terreno pastoso, siempre empalmado, a veces pantanoso. Ancho río. destacamento Villa Florida; pamposo, inmenso, despoblado, dedicado a la ganadería. Innumerables montoncitos de tierra: ¿hormigueros? Alguna que otra hacienda. “Yerbamate Pajarito”. Maizales en pequeños huertos. Pocos pájaros, algunas auras. Bambú. Como unas garzas oscuras, otras de puntas negras en las alas y las blancas. Ayolas, lirios de río a orillas de la carretera.

Nos detuvimos en Ayolas, un centro de ¿”retención”? para turistas. Ahí almorzamos una sopa de surubí --pescado de río-- a orillas de un brazo del Paraná. Espléndida. Fuimos a ver la represa de Yacyretá (“luna-país” o 'patria de luna", según me dicen), sistema hidroeléctrico binacional aún inconcluso, gigantesco, con un lagomar arriba y un río que huye muchos metros abajo. Tiene un sistema de esclusas para la navegación como las de Panamá, pero naturalmente más pequeñas. Al recorrer su orillla de lado a lado se entra en territorio argentino. Mucho más adelante siempre la planicie, zonas mayores de maizales y de cañas. La vegetación se agrupa en islas a veces muy extensas y a veces exclusivamente de pinos, mientras la palma es ahora sólo un capricho ocasional del paisaje. Cítricos, plátanos, ovejas, rebañitos. Abunda ahora la teja plana. Se diversifican los cultivos. Más actividad por área. Quinta Ña Chela. Fábrica de tejas. Leña en lotes grandes.

Ciudad grande a la distancia: Encarnación. Poco a poco más nutrida la población. Industrias, Refrescos del Paraná, urbanización (fraccio-namiento), peajes. Agusa (industria), hoteles y moteles. Otra vez se arruraliza el paisaje. “Hamburguesería”; “Karate:el golpe mortal” (Insecticida). Muchas carnicerías. No se ve miseria, desamparo, aunque infraestructuralmente es un país subpoblado, economía de ganadería y agricultura. Centro de Investigaciones Agrícolas CRIA. Plantación de girasoles, Shell/Esso/Solpar.

Visita a las ruinas jesuíticas de Trinidad, patrimonio histórico de la humanidad. Apenas ante sus puertas me siento de cielos abiertos, de anhelos largamente acariciados que inesperadamente me encuentran. El lugar aislado, cae un sol rojizo como ofrenda mientras la brisa esparce sus ungüentos. Se yergue un conjunto de varios espacios delimitados por la piedra rojiza. Iglesia enorme de alta, ya sin techo, habitaciones, talleres, cocina, una ¡torre! Me disperso del grupo que se dispersa y recorro las galerías y las innumerables habitaciones que retoñan vivas ante mis ojos y que se esconden del alto templo mayor. A lo lejos un todo cercado por muros. Una torre abierta con escalera interior. Testifican los labrados de los muros su palabra fría de siglos, una cabeza de ¿serpiente?, una copa de benditos y bautismo, una cabeza que se asusta de verme mientras distingo en la brisa libre y tranquila cuatro silencios de doscientos años. Recuerdos de Teotihuacan y Tikal -- ¡cuándo Machu Pichu, cuándo Alhambra?--El coro de niños encarnó al Paraguay, estrelladísimo como nunca el cielo del sur, ¡otras estrellas!, y precedido por el canto de numerosos ¿chogüís?, desde lo alto. Su canto parece reflejar la nostalgia (dolor) del paraíso perdido, voz de sirenas milenarias que llaman una ilusión de utopía donde el amor y la confraternidad ya no sea un mito del agua. ¡Qué alto, inolvidable ese Alto Paraná que inunda el mundo! Luego, Novotel en Encarnación. Concierto de guitarra, baile folclórico, danza con jarros en la cabeza y el periódico de ¡mañana!, obsequio de la municipalidad a los escritores, con fotografías --ya!-- de nuestra visita a las ruinas? que son templo.

6. Itaipú y Ultima Altura
Camino al este, otra mañana de jueves, de ondulado terreno, como un manto inmenso verdemarrón. El paisaje tiene un haz más vivo, intenso el verde, el terreno húmedo. La tierra cultivada por toda lontananza se ve aparcelada, la huella irrefutable del trabajo. Bellísimos ya los sectores boscosos, ya las nuevas hojas que brotan brillantes del tejido marrón-rojizo de su sustento. No puedo evitar que a esta altura del trayecto y a pesar (¡hermosos pinos!) de la gripe, el paisaje me evoque esa canción que plasma y toca de manera tan directa e inmediata ese sentir entre el canto de amor y la nostalgia que es el Alto Paraná.

Veo muchas zonas recién desarboladas con la ayuda del fuego, todavía humeante. El terreno cada vez más ondulado. Parece que se están multiplicando por mucho las áreas de cultivo. Otra vez palmas. Ocasionalmente el siglo que ha huido se patentiza en torres infrecuentes de comunicación o tendidos de energía eléctrica. Conmueven esos paisajes ocasionales, prolongados. Hay un poco de bruma (neblina). Enorme, enorme, maizal. Sigue... enorme. No hay concreto, carreteras asfaltadas, ni siquiera a la entrada o al frente de los pocos negocios o casas. Sólo verde y tierra, nunca inhóspita: mansa, regalada. Ni siquiera en los espacios en los que se sirve gasolina a los vehículos con una Shell. No hay brea para ir a ninguna casa. Graneros y silos.

Cerca ya de Tres Fronteras, una maderera y casitas de madera (“Santa Rita”) “Soja, maíz, trigo”. Bancos. Un pueblito.

Más cerca de Ciudad del Este (antes Presidente Streossner!) grandes madereras, edificios, autos, más actividad, sobre el lomo de la tierra. Asociación Cultural Japonesa, bosques, melones por toneladas.

Ciudad del Este. Ya toda una ciudad. Numerosos edificios altos, avenidas arboladas. Populosa, mercados en la calle. Infinidad de comercios, dinero venteado a montones en la calle. La evadimos. Zona de libre comercio. No llegamos --dolor!-- a las cataratas del Iguazú ("aguas grandes, inmensas poderosas").

Pasamos sobre un ancho río verde. Más allá represa de siete u ocho esclusas. Otra vez, zonas de chocitas de madera. Llegamos a otro Centro de Recepción de Visita de Itaipú Binacional. Visita de la Represa Hidroeléctrica, “la más grande del mundo”. 18 unidades de producción eléctrica, de las más grandes del mundo con excepción de una “usina” de Estados Unidos. Inmensos los vertederos de agua, como para Júpiter. Arriba, no sé si lago o mar que preña --creo-- el Paraná . En Brasil.

Salida hacia Asunción. Planicie. Más poblado; más comunidades. Agricultura y ganadería de la mano pero en cantidades menores distribuidas. Chozas de paja, casas de madera, siempre las de ladrillo con tejas. Paisaje siempre semiarbolado, siempreverde. Madereras, talleres. Oscurece.

De noche iluminan afuera de casas y negocios con luces fluorescentes (¿neón?) de unos tres pies.

En la casa de Ultima Altura, de Villagra Marzal. Hermosa, todo de piedra y madera. La biblioteca inverosímil, maderera, producto del talento artesanal. Curiosidades de todo tipo me recuerdan a la casa de Isla Negra de Neruda. Al frente de la casa una enorme piedra grabada cuya remota antigüedad sostienen sus dueños. Mesas y un sabroso banquete entre los árboles tiesos de frío. Concierto de muchachos con arpas. La "guaranía"parece hibridizar el cisne de un vals con la alegría mexicana. El cansancio impide que me escurra entre las cuerdas mágicas. Muy lejos unas luces tenues: Asunción.

7. Clausura
Ultimo día: la clausura y el Acta de Asunción. Acto breve, formal, controlado desde la mesa presidencial. Renée Ferrer pronunció bellas palabras. El Acta recuerda a Cuba desamparada y agradece su auxilio durante el periodo de la dictadura. Un almuerzo a orillas de Lago de Ipacaraí, sin el azul del mito que lo sueña por toda América ni la belleza del lago de Atitlán de Guatemala, en un poblado pequeño y acogedor, grato a la vida, buena selección para la sede del Instituto Paraguayo-Alemán. El discurso de agradecimiento de uno de los bolivianos conmovió: habló de cómo, tras la guerra, se mezclan el polvo de los huesos bolivianos y paraguayos en el Chaco.

Esa noche otra cena. Conversamos con Helio Vera, Iván Egüez y Elvio Romero. El organizador del encuentro, Víctor Casartelli, tuvo que ser hospitalizado por un problema cardiaco. Al día siguiente nos lleva al aeropuerto Francisco Pérez Maricevich.

En el avión la algazara, el festival nonstop de los brasileños, es contenida por el capitán de vuelo. La noche sobre el Amazonas, extensamente imposible el descanso, amanece sobre el Caribe. Innumerables islas y cayos. Cerca de Miami carreteras interminables caminan sobre el mar de cayo en cayo.

Feliz regreso feliz a Puerto Rico. Resuena en mi oído el Alto Paraná. Entre la gripe, la actividad incesante programada y el torbellino de experiencias me siento como entre aguas... archipielagado ¡Si lleva aguas Paraguay desde su nombre y sus ríos recomponen veloz las acuarelas!