Discurso del Excelentísimo Presidente de la República de Paraguay

J u a n C a r l o s W a s m o s y

Mis primeras palabras sean de agradecimiento a los orga-nizadores y de bienvenida a los más altos exponentes de las letras latinoamericanas, que por primera vez en la historia y bajo los signos de la democracia se reúnen en el Paraguay, para deliberar sobre la implicancia profunda de la literatura en los procesos de cambios que vive el mundo.

El penoso aislamiento cultural de Paraguay, resultante no sólo de circunstancias geográficas muy especiales, sino también de políticas de gobierno perimidas, ha comenzado en estos últimos años a ser progresivamente vencido por el mancomunado esfuerzo de todos los paraguayos, por eso, acaso es ésta, la mejor oportunidad, para señalar que éste es el primer Encuentro de Escritores de América Latina celebrado en el Paraguay, sabiendo que la palabra es una de las herramientas más apropiadas para romper el aislamiento.

Efectivamente, después de largas décadas de vigencia del Estado creador de cultura, hoy hemos asimilado el concepto del Estado que fomenta, promueve y difunde la cultura, en un ambiente de absoluta e irrestricta libertad. Considero, por lo tanto mi deber, despejar algunas viejas incógnitas que han sembrado dudas y oscuridad, en la relación de los escritores con el Estado.

Condenados a ser pragmáticos, como lo estamos quienes ejercemos el poder, podemos ver en las obras literarias no sólo la crítica a aquello que el poder hace, sino aquello que el poder pudo haber hecho y no lo hizo, aquello que el poder tiene la obligación de hacer.

Las relaciones entre el poder y los escritores, no pueden ser sino objeto de particular estudio por parte de políticos, tanto como de escritores. Yo definiría, de una vez por todas, que no puede haber una relación fructífera si ella niega el principio de la independencia de criterios y la libertad de pensamiento.

Trato de imaginar qué tipo de relaciones pueden establecerse entre quienes ejercen el poder democrático y los escritores. Porque para mí, la literatura ilumina los aspectos más oscuros del hombre. Y, ciertamente, ninguna definición de la política haría de esta algo así como la literatura.

Entre el Estado democrático y los escritores, que han sido en todos los tiempos notarios de la libertad, no cabe ya divorcios ni desconfianzas. La opción universal por la democracia como sistema de convivencia ética, política e institucional, cuyo basamento se arraiga en los derechos humanos y la equidad social, hace converger destinos otrora penosamente enfrentados por rémoras propias de la historia de los hombres y de las naciones.

El Estado Social de Derecho que define nuestra nueva República no concibe ni admite que nunca más el intelecto humano deba hacerse esclavo del intelecto de ningún hombre por poderoso que sea, como preconizaron los totalitarismos, los autoritarismos, los dogmáticos y los integrismos.

Augusto Roa Bastos --nuestro honroso Premio Cervantes 1989-- pone en boca de uno de los personajes de su novela El fiscal este pensamiento que bien puede considerarse un desideratum que en materia de libertad cultural aspira todo escritor. Dice Roa Bastos: «Es reconfortante pensar que la cultura sólo es el cultivo de las diferencias entre los grupos humanos en su relación con la naturaleza». Es que la cultura es la simiente de la paz y el antídoto de la guerra. El Paraguay, que ha renunciado a la guerra en su Ley Fundamental, Artículo 144, lo ha hecho porque se apoya en la idea filosófica que repudia la posibilidad de que la guerra tenga una fecundidad que le sea propia.

Hallaréis señores intelectuales en el Paraguay, una República multiétnica y pluricultural. Esta no es una descripción retórica que os hago sino una declaración doctrinaria de nuestra flamante Constitución de 1992.

Los escritores de América Latina aquí presentes saben que es necesario el establecimiento de una política cultural que tienda a la real integración, porque no podemos engañarnos, sólo a través de la integración de esta América única y pluricultural, se podrán enfrentar el desafío de dominación que, a través de una política de uniformización de las culturas, pone en peligro no sólo la identidad nacional y cultural, sino quizás, algo mucho más importante: la fuerza creadora del espíritu humano dondequiera que un hombre habite.

Entonces, qué posibilidades serias tenemos de hablar de un futuro nacional y aún regional, si ese futuro no resulta de nuestro propio presente, sino de la mera imposición coyuntural de un mundo en crisis.

El futuro de nuestra región, no debe ser sino la proyección de nuestro propio presente. Esta América de integraciones regionales, subregionales, es una América que ya fue imaginada por los escritores de América Latina mucho antes que por los políticos. Y es precisamente en esa inmensa Patria, de dimensión continental donde se han movido sin restricciones, los más preclaros escritores latinoamericanos.

Así, el Paraguay, quiere una cultura con rasgos de identificable homoge-neidad pero sin estigmas de uniformidad. Por eso se ha declarado, reitero, pluricultural y bilingüe, normando que tanto el castellano como el guaraní, sean idiomas oficiales. Sin marginar, a su vez, las lenguas indígenas de otras minorías étnicas, a las que acoge como patrimonio cultural de la Nación. Du-rante muchos siglos hemos padecido el fenómeno de la diglosia que al desequilibrar un bilingüismo enri-quecedor en favor del idioma de los sectores domi-nantes, marginó a generaciones ente-ras de paraguayos, que no podían hablar la lengua madre en las instancias oficiales.

La Reforma Educativa que ha iniciado el Gobier-no que presido, fue diseñada en sus líneas maestras por intelectuales y escritores paragua-yos de todos los sectores, convocados a esta gran empresa sin otro requisito que la idoneidad intelectual y la hono-rabilidad moral.

El Ministerio de Educación y Culto congregó, también, a los valores más representativos de nuestra cultura para que sin prisa, pero sin pausas, estructuren una política cultural que respete la pluridimensionalidad ideológica de nuestro pueblo, y permita la apertura del Estado al vínculo fecundador de la imaginación creadora.

Y nuestra reconversión como Estado, nos ha llevado no sólo a plantearnos una política cultural sino también una cultura de la política.

Tenemos una historia rica y trágica, una literatura cuyo esplendor conocéis por nuestros escritores más difundidos como Gabriel Casaccia, Josefina Pla, Augusto Roa Bastos, Natalicio González, Elvio Romero, José María Rivarola Matto, Hugo Rodríguez Alcalá y tantos otros. Sin embargo, hay otros nombres más jóvenes, de tanto e idéntico valor, que hundimos en lo que el escritor Carlos Villagra Marsal llamó «pozo cultural de la dictadura», permanecieron soterrados, esperando esa solidaridad continental que necesitan, y para cuyos efectos nuestro Gobierno, en coordinación con los escritores nacionales y el valioso apoyo de la UNESCO, ha solicitado vuestro inapreciable concurso.

Al desearles unas fructíferas jornadas de debate, quiero manifestar que amé la literatura desde los años juveniles, porque uno de sus consultores más representativos, el padre César Alonso de las Heras, nos enseñaba a mirar la vida con generoso perspectivismo.

Podemos decir, en consecuencia, con entera satisfacción que no sólo hemos transformado la relación Estado-Escritores sino que, además, somos hoy un Estado que respeta la inteligencia, admira la imaginación y promueve el talento.

Al decir que la misión de mi Gobierno es pasar de una sociedad obediente a una inteligente, quiero decir que no es necesaria la metralla para transformar al pueblo. La conquista de la inteligencia es una decisión vital a favor de la paz. No es una revuelta. Es una revolución.

Señores Escritores, agradezco vuestra presencia en esta tierra de valientes. Un país pequeño pero soberano, pidiéndoles a cada uno que siga con su lote de trabajo, en esta titánica obra de educación de los pueblos, con amor a la justicia que son los que vigorizan el sentido moral de las naciones.

Si esta obra de Ustedes, consigue infundir el amor y la dignidad, haciendo brillar la educación en el seno de las muchedumbres, estará cerca el día en que América, habiendo bebido con su aliento, todos los cielos del derecho, alcanzará la corona de su historia futura para ser el Paraíso de la libertad y la Civilización del mundo.

Muchas gracias.