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Hacia la Suprahumanidad
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No puedo recordar dónde, ni cuándo, leí o escuché las palabras que desde entonces fueron en cierto modo clave u oráculo, para mí, del origen, misión y función del ser humano en el planeta, y por ende en el plano de la creación:
| El ser humano no está hecho. Se está haciendo...
Palabras clave, dije. Lo han sido para mí. Me han ayudado a explicar los errores que parecen ser la partija de ese ser, en su hacer; sus arrepentimientos y sus esporádicos aciertos, en un camino cuyas dificultades cambian poco o así lo parecen; o se atenúan. Pero cómo admitir que está ya hecho; que sea el actual vaciado el final y definitivo de este ser humano de cuyos errores somos testigos, lo bastante clarividentes como para calificarlos como tales; y a la vez totalmente ineptos para impedirnos incurrir en ellos? | ![]() |
Después de veinte siglos de cristianismo el panorama que ofrece esta Humanidad no es ciertamente el que debería --y cabría-- esperar de seres humanos hechos. Estos parecen arrastrar una vocación sin perfil definido: infusa, pero confusa. Hay leyendas que podrían ser indirectos testimonios. Yo me permito (por único título y viático mi cédula mínima de escribidor) decir, repitiendo algo ya dicho en alguna ocasión; el ser humano es lo bastante lúcido para intuir que tiene una misión, y lo bastan-te ciego como para no asumirla sino como a pedazos de ensueño.
Una misión hecha de preavisos de los cuales somos en potencia todos portadores: que la sentencia de que el ser humano se está haciendo, es posi-tiva, pero que ese ser humano tarda mucho en adoptar las actitudes que la han de completar como gemelo actor y testigo. Quizás lo único que sabemos de esa creación es su expansión imprevisible. La historia, con el códice del sucesivo agotamiento de las culturas, nos obliga a intuir que esa pugna o reconocimiento de una hechura está muy lejos aún de su consumación.
Y en ese hacerse, que consagrará la identidad de un plan con una definitiva inteligencia, el ser humano tiene sus instrumentos y su aliento: se manifiesta tal a través de las facetas que impone a su conocimiento en las formas diversas de la creación, y fuera de sí mismo, en su entorno, en el universo; pero sobre todo dentro de sí mismo. Y entre ellas, quizás la creación literaria sea la más directa, la más concreta y eficaz, dentro de la aparente infinita vaguedad de sus blancos. Porque en ella, en una labor de autozapa, subconsciente pero efectiva, el ser humano se busca así mismo; busca su imagen «por hacerse» que la visión inmediata y egotista le ofrece distorsionada hasta la alienación.
Insistiremos recordando que las letras son los vectores más directos y específicos. Son los vehículos de ese hacerse que sólo puede llegar a culminación mediante el cernido del propio ser humano a través de infinitas creaciones; entre éstas, esencial, y casi diríamos oracular, la poesía. La literatura podrá un día, quizás, llegar a la lejana meta a través del cernido del propio ser. Porque éste se presenta como el único testigo racional y directo, a la par que la herramienta, incesantemente afilada y mellada por turno, de la búsqueda que este ser humano realiza, buceando en los espíritus semejantes, pero sobre todo, dentro de sí mismo, en busca de una identidad, siempre demorada como totalidad armónica. En el escritor --reitero-- y, en esencia, más entrañablemente, se da el diseño siempre esquivo, cada vez más acuciante, de esa criatura por nacer a su propia identidad. Los escritores en este aspecto pueden considerarse profetas. Profetas que ignoran su propio mensaje oscuro; pero lo llevan generación tras generación a través de la infinita maraña de errores renovados, y cada vez más palpitantes, en su contrapunto increíble, que un culminante literato de esta tierra ha signado en su última obra, Contravida.
Vuestra visita, huéspedes bienvenidos, no sólo nos honra en forma singular, es un hecho altamente significativo a que da lugar esta época de rupturas en el tiempo y el espacio, como caracterizada por ese contrapunto constante en el cual se asocian los signos descorazonantes por un lado, los esperanzadores por otro. No podemos concebir la solución de ese problema del hacerse humano si no es a través de esa labor, que nos lleva a la revelación de nosotros mismos.
Y perdonad a esta soñadora por seguir soñando, a su edad, y viendo en este encuentro una serie breve pero signifi-cativa de señalizaciones de ese «hacerse», aún indefinido en la infinita sucesión de los siglos.
La palabra democracia no es una recién nacida; pero tampoco los miles de años la hicieron adulta todavía... ¿Cuándo lo será? Un día, sin duda. Pero no será por cierto ella la última etapa de ese devenir, de ese «hacerse». El ser humano, si ha de «integrarse» realmente, ha de ser desembocando en una conciencia unificadora, de supranacionalidad... Algo a lo que apuntan, sin saberlo, quizás, las siglas nacidas en este siglo: ONU, OTAN, OEA... que señalizan, queremos creerlo, el amanecer de una universalización, de una suprahumanidad, totalizadora de la conciencia de humanidad.
Reitero mi saludo a nuestros ilustres huéspedes, en cuya visita creemos identificar --lo hemos dicho-- un augurio más de ese porvenir remoto quizás, pero que justificará nuestra existencia de seres racionales, capaces de abarcar en su visión un orden universal, y ser su testigo.