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Agustín Barrios, el precursor
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Hablar de Agustín Barrios es hablar de un artista de genio, de una personalidad excepcional que rebasando los límites de su tiempo, de su espacio natal, trascendió para siempre la dimensión sin fronteras de la cultura universal por el camino de la música guitarrística culta y popular.
La vida, la obra, el destino de Agustín Barrios representan por ello una de las figuras paradigmáticas más notables de la cultura paraguaya contemporánea en la esfera de la creación artística, en el universo misterioso de la música, que es el arte por excelencia de la colectividad paraguaya; el arte que mejor expresa el carácter de un pueblo forjado en la maceración y plenitud de una cultura multiétnica y plurilingüe.
La música y las artes plásticas --que de hecho se hallan en la vanguardia de la evolución de nuestra producción cultural-- son las que expresan con mayor versatilidad, penetración y profundidad del universo a la vez fragmentado y unitario de las vivencias y esencias locales de la sociedad paraguaya en su doble vertiente nacional e indígena, urbana y rural.
El arte tiene el deber social de captar y dar salida a las tensiones y angustias de una colectividad a través de los mitos y de los símbolos. El artista que no alberga en el fondo de su corazón el corazón de su época no puede, en rigor, ser considerado un artista. El artista es siempre, en su genuina acepción, un intérprete, un mediador de estas pulsiones colectivas, un creador de formas simbólicas que se condensan y vibran en el corazón de la realidad. El arte es la realidad misma traspuesta en símbolos y el artista es el manipulador de esta realidad del imaginario colectivo e individual en sus múltiples reverberaciones y significaciones. El artista asume de este modo su carácter de operador de la catarsis colectiva y contribuye al enriquecimiento y densificación de su cultura.
No todos los artistas, sin embargo, están en condiciones de lograr esta identificación mágica de sus propios sentimientos y visiones de sus obsesiones centrales, con las cóleras, las depresiones y exaltaciones colectivas de un pueblo golpeado, machacado por la adversidad, pero nunca destruido y siempre renaciente. Porque si un hombre muere una sola vez, un pueblo renace de todas sus muertes y se vuelve imperecedero.
La presencia tumultuosa del suelo arcaico donde se condensan las vivencias y experiencias colectivas imantó las cuerdas de acero de su guitarra, templó la resonancia propia de su estilo, identificó las similitudes de su obra y de su destino con el destino de su pueblo en un grado jamás antes alcanzado en América por un virtuoso del mítico instrumento. Agustín Barrios fue este artista en su expresión más cabal: un ensalmador, un taumaturgo del mágico instrumento y, por tanto, un augur, un profeta, un precursor, cuyo arte manaba y continúa manando sutiles iluminaciones y produciendo sucesores dignos de su herencia singular, de su eminente maestría, de su iluminada inspiración.
Los orígenes del extraordinario virtuoso y compositor fueron sin embargo los del hombre paraguayo común. Pero en la capacidad potencial del ser humano común se encierran todas las posibilidades de la cultura, de la sabiduría, afinadas por el trabajo empecinado y la voluntad tesonera del verdadero artista. Este nace y se desarrolla en cualquier parte y contra todas las circunstancias adversas, hasta llegar a escalar las más altas cumbres de la excelencia artística.
Desde su pueblo de San Juan Bautista natal, entre las selvas y los ríos misioneros, la trayectoria de Agustín Barrios siguió un rumbo al parecer predestinado, que iba a llevar al mundo la imagen del Paraguay, introduciendo a la vez la vastedad del mundo, a través de los signos de la música, en el aislamiento mediterráneo del Paraguay, sitiado por su adverso destino pero pletórico siempre de la vitalidad y energía indomables de su pueblo.
Discípulo del eximio concertista y maestro argentino Gustavo Sosa Escalada, éste reconoció desde el comienzo en su joven alumno al genio en ciernes, que colmaría y trascendería muy pronto la vida cultural paraguaya, aplastada aún por la hecatombe de la Guerra Grande. Los vaticinios de Sosa Escalada y la legítima consagración que hizo de los méritos de su alumno genial, fueron confirmados e incluso ampliados y exaltados por los más autorizados críticos a lo largo de su carrera por los caminos del Nuevo y Viejo Mundo.
Acaso en los primeros tiempos la faceta deslumbrante del virtuoso contribuyó a mantener en segundo plano su condición no menos importante de compositor que incorporaría su nombre a la pléyade de los grandes autores de obras para la guitarra de concierto en España y América; el legendario Antonio Mojon, Tórrega, Fernando Sosa, Julián Arcas, el gran Miguel Llovet, Josefina Robledo, Emilio Pujol, el propio Andrés Segovia, contemporáneo y par eximio de Agustín Barrios, su admirador, comentador y amigo, como lo fue en realidad pese a los mezquinos rumores de su rivalidad y enfrentamiento, que jamás existieron, según lo prueban las cartas del propio maestro español a su colega paraguayo. A comienzos de 1925 el destino paraguayo de Agustín Barrios estaba cerrando su círculo. En medio de la incomprensión y hasta de la indiferencia el artista, el hombre, el visionario había trabajado demasiado para ser puro y fuerte, para tener un cuerpo propio, un alma propia y sueños no enajenados. Barrios se habría dicho en la sombría pero candorosa ironía que no le abandonó jamás: «Yo, Agustín Barrios, soy mi hijo, mi padre, mi madre y yo». Estaba viviendo ya por adelantado la agónica nostalgia de su autoexilio con todas sus consecuencias físicas, morales y espirituales que acosan a un peregrino sobre la tierra.
Tras el último concierto que dio en la Plaza Uruguaya, para el cual él mismo levantó el proscenio y acarreó las sillas con ayuda de algunos jóvenes amigos de un centro estudiantil, la presencia física de Agustín Barrios se esfumó para siempre. Pero la presencia espiritual, la herencia artística que el legó con su obra, con su vida, con su gran manera de sentir y de actuar, plasmaron el emblema del precursor, del augur.
A medio siglo de su muerte, esta presencia, en invisible y permanente combustión, nos reclama que recuperemos la totalidad de su obra, pero también la reliquia de sus restos mortales puestos bajo la custodia del monumento que se le ha de erigir en esa plaza de árboles añosos e historiados recuerdos, en el mismo lugar de su último concierto en el que el alma de Agustín Barrios se abrazó a la multitud que aclamaba su nombre, el nombre de ese artista, de ese precursor, convertido ya en símbolo, en recuerdo, en clamor vivo, en luminaria sin eclipse posible.
A medio siglo de su muerte, esta primera conmemoración del Año de Agustín Barrios en su propio y olvidadizo país, nos compromete a celebrarlo en forma permanente con el fervor y la solemnidad que su memoria merece.
Barrios, desde su juventud, tras el espaldarazo de Sosa Escalada, se convirtió en núcleo y maestro de una constelación de los más importantes guitarristas paraguayos: entre ellos, Dionisio Basualdo, el caazapeño Carlos Talavera, el guaireño Ampelio Villalba, el asunceño Quirino Báez Allende, la suave Enriqueta González y tantos otros de inolvidable memoria que aseguraron la permanente floración de virtuosos de la escuela guitarrística paraguaya fundada por Agustín Barrios.
«Barrios no fue solamente un afortunado intérprete de la música clásica --observa Sila Godoy, el gran reivindicador de la memoria y de la obra de Agustín Barrios y uno de sus genuinos continuadores--. La parte más viva de su personalidad de artista radica en el hecho de que supo sentir y expresar sin recurrir a fáciles recursos de efectos o de postura, la peculiaridad íntima de la música americana.»
«En su instrumento resonaba ciertamente la expresión de lo que la guitarra trae vivo desde su remoto origen por el cauce más nuevo de la sangre española», dice Sila Godoy. Pero también vibró siempre bajo las manos de Barrios un sentido nuevo, intraducible, profundo. En el vértice armonioso de la guitarra de Barrios entraron en conjunción el alma de la España antigua y moderna y el alma de América; es decir, que en lugar de disminuir su valor expresivo, la guitarra se vio enriquecida con un aporte de enorme significación espiritual y estética, la que le impartió el guitarrista paraguayo.
«Era pasmosa su facilidad de captación folclórica --comenta Sila Godoy--. Desde antiguo, desde muy hondo en el tiempo, la guitarra ha sido un instrumento enamorado de los caminos. Sobre el pecho de juglares y de músicos trashumantes ha cumplido su ancestral sino viajero. Pero en medio de este continuo vagar, el recuerdo de su pueblo estuvo siempre apoyado en la parte más sensible de su corazón. Barrios nunca quiso ni pudo disimular la nostalgia que en sus andanzas sentía por su tierra. Y esta nostalgia fue quizás una de las más dolorosas compañías de su vida. Prueba de que vivía y sentía a su pueblo, aun lejos de él, es el que en sus composiciones de los últimos tiempos se fuese ecendrando aún más el sentido de lo medularmente paraguayo, sin desvirtuar con esto su magnífica e innata predisposición hacia el sentido universalista del arte», concluye Sila Godoy.
También lo prueba --se podría añadir-- el hecho de que hacia el final de su carrera el intérprete excepcional Agustín Barrios se trasvistiera de cacique indígena guaraní y adoptara el seudónimo de Nitsuga Mangoré (anagrama de su nombre), tornando aún más misteriosa y sugestiva su presencia pétrea y espectral, coronada con su airosa y colorida vincha de plumas. Como todo verdadero creador, Agustín Barrios fue también un importuno genial. Como lo fue después otro gran músico, José Asunción Flores, desterrado y muerto en el exilio. A pesar del bien que producen y de la claridad que expanden, los auténticos creadores resultan, en determinados momentos, incómodos y molestos. Concitan la incomprensión y conjuran a su alrededor la hostilidad y hasta el odio de los mediocres, de los eternos buscadores de honras fáciles, de canonjías y prebendas de poco precio. Algo de esto aconteció a Agustín Barrios como a otros artistas que se negaron a ser cómplices de la medianía ambiente. Cuando Agustín Barrios ya era famoso en el continente, hace más de medio siglo, él seguía siendo poco menos que desconocido en su país, salvo por una selecta minoría de amigos, admiradores y fervorosos discípulos, que hoy siguen rindiendo culto a su memoria y a su arte.
Al tiempo de congratular al Ministerio de Educación y Culto con la mediación de la Subsecretaría de Cultura por esta importante y necesaria iniciativa que honra al país y a nuestra cultura, cumplo asimismo, por mi parte, en agradecer vivamente a este organismo el honor que ha querido otorgarme al confiarme esta alocución inaugural.