Carlos Villagra Marsal, La voz de un gran poeta

(A propósito de El júbilo difícil (Poesía 1986-1996), Editorial Don Bosco, Asunción, 1995)

Manuel Alvar

Lingüista y crítico español, Presidente de la Real Academia Española de la Lengua.


En el cielo de la literatura paraguaya, este libro este libro cuenta por numerosas cosas. Es difícil para mí decir ésta o aquélla, pero sí quisiera establecer un orden que no es de preferencia sino de sistema. Porque, excepción en muchas excepciones, este libro está bellísimamente impreso, editado con el mayor esmero y con una presentación exquisita. Empezar así la noticia de El júbilo difícil, de Carlos Villagra Marsal, y unida a un emocionante contenido nos hace el regalo de un volumen envidiable. Porque Carlos Villagra nos transporta desde una contingencia muy limitada hasta las más limpias abstracciones y para facilitarnos el camino nos lo puebla con el rumor de los cantos de una sinfonía de seres desasidos o el brillo de unos colores que nos orientan por las borrosas veredas del alma.
Raúl Amaral ha escrito un buen ensayo para presentar estas hermosas páginas, pero para mí es discutible. Bien lo sabemos: cuanto es opinión, sanamente, sanamente --y sin insolencias-- se debe discutir:

¨La difícil ubicación [verbo irremediable y de pedantísimo acuñamiento] de la poesía paraguaya (más que en el Paraguay) no se debe al involuntario repliegue geográfico a que el país se ha visto sometido a lo largo de los siglos, a la mediterraneidad mental de un amplio sector de su población, no accedido siquiera a los bienes de la contemporaneidad, al supuesto retraso cronológico de sus respectivos procesos cultural y literario, sino a una carencia de ubicación en el tiempo, al predominio de la improvisación sobre el método y al imperio de la anécdota por sobre la búsqueda investigativa, seria y pertinaz de las verdaderas raíces de la expresión nacional en el mundo¨.

Pienso que la verdad está en otras razones que se expresan en el propio prólogo o, acaso, ojos ajenos, aunque estén llenos de amor, ven las cosas de modo distinto a los desgarros interiores. Bien lo sabemos todos, lacerados por una llaga abierta hace cien años. Pero Amaral razona y nos ilustra. Aceptemos sus explicaciones y demos un sí rotundo a la valoración de Villagra, ¨no un sudoroso trabajador de la lírica [...] sino un orfebre que une a la exquisitez de la forma la hondura de sus meditaciones¨. Se me dirá que la antítesis de cierto Neruda y asentiré, pero de inmediato recordaré los cantos a las piedras de Chile.

Carlos Villagra es muchas cosas: a veces pienso en los poetas parnasianos como en más de un bello poema. Pero, otra vez, de inmediato, atemperaría el juicio. Decía Juan Ramón Jiménez que los parnasianos no eran poetas líricos y Villagra lo es en alto grado, y aun cabría meditar sobre el lema de Vicente Aleixandre con que se abre el libro: ¨La poesía empieza en el hombre y concluye en el hombre¨. Buena definición para esta nutrida colección de poemas, que tienen --acaso sea el destino de la auténtica poesía-- el destino de la destrucción del hombre o, quitemos la palabra aniquiladora, el suave deshacerse en una bruma de la que vinimos y hacia la que vamos. Por eso el poeta se lamentará: ¨la luz es indecible¨. Pero no la que acaricia nuestros ojos mientras vivimos con los pies asentados sobre la tierra. Entonces el poeta formula su propio credo poético: nacido de la noche indecisa, pero iluminando a las sombras con la lámpara prendida de una mano que caminara. Como el otoño que se retira ante --sí-- las palabras ciertas. Todos los poemas de la primera parte del libro son el buscar sentido a la propia poesía y encontrar en ella el esplendor que establece el exacto perfil de la azucena en la que la mano de Dios supo bordar las venas de los lirios.

Así vamos leyendo estos poemas sorprendidos que tienen al hombre como protagonista y al poeta como demiurgo. Y así llegamos a los pájaros y las plantas que son descanso y compañía en tantas páginas del libro. Como en el prodigio de las ilustraciones dieciochescas, Villagra nos da la pefección de los encuentros. Yo recuerdo libros que me son inolvidables: la Viegem filosófica con su garza blanca, destruida en sangre su bellísima presencia, o los códices que llamamos de Tudela o del obispo Martínez Compañón. Los versos de Villagra nos hacen pensar en los más bellos bodegones del barroco, cuando la cetrería se detiene abatida sobre el lienzo o la cornucopia derrama colores y perfumes. Pero no lo olvidemos: la poesia es cuestión de palabras. Y palabras dispuestas con orden, el más riguroso que podemos exigir al lenguaje. Villagra crea expresivos neologismos (brillazón ¨refulgir¨, llavear ¨cerrar herméticamente¨, fabriquera ¨faldriquera¨), echa mano de tantos metros como nuestra lengua le permite (incluido el rarísimo eneasílabo. Gracias, Rubén) y estrofas de la más limpia prosapia. ¿Quién ha dicho que la décima acabó en el modernismo? Justamente ella, la décima, me trae los versos más aquitarados de la lírica contemporánea. Ahí está Jorge Guillén con quien me atrevo a emparejar dignamente las décimas de Villagra. Que nos baste (y sacrifico la espléndida décima a la maracuyá) la Acometida del taguato' i (¨gavilán chico o esparvero¨):

Con el silencio violento
de tu penacho azulejo
hincas y ejerces un viejo
embate oblicuo en el viento;
un choque, un destello hambriento
bastan: la sangre despena
tu sed, el aire refrena
tu ardor o su sobresalto
y un vago plumón en alto
declara la muerte ajena.

Pero lo sorprendente (¿sorprendente?) en cada caso es la adecuación del verso al tema: la solemnidad y amplitud del alejandrino para cantar al pájaro flauta del sol, el juego delirante del picaflor montés, el octosílabo para construir un soneto en el poemilla al chotacabras. Villagra ha escrito espléndidos poemas largos ¿parnasianos? como el que dedica a una moneda romana o el que canta al pájaro negro del bananal o al Padre de mi padre, el Requiem en cinco movimientos o la Escena de caza.

Despidámonos. Pero no sin recordar a Unamuno y Guerra Junqueiro: no es gran poeta quien contemplando las desgracias de la patria no es capaz de identificarse con ellas. Villagra es un gran poeta. Y su país tiene también las hondas resonancias de la historia de su pueblo. Queda la voz quebrada de los tristes destinos. Es un gran poeta.