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Imaginario encuentro con Elsa Mereles
Elvio Romero
(En Clínicas, 1988)
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Elsa Mereles: algo
de clavel conmovido apareció en mi mesa esta mañana,
y un claro rostro se dibujó en el espejo;
pensé que todo transcurría en el sueño, en una pesadilla,
en una imaginaria presencia del desvelo;
pero no, era Ud. la que me visitaba,
quien venía a contarme las pesadoras horas de su vida.
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(Rostro tranquilo de mujer afable
que acerca la ternura y el sosiego;
gota serena de agua insobornable,
mariposa de fuego.)
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Contemplo en sus espaldas
una rosa morada, una punzante herida,
rosa injuriada, ajada, en el surco encendido
de su piel palpitante, en esa espalda morena
con luz cálida y tibia,
suave y aromada como una flor silvestre al descampado.
(Un viento arisco escarpe una semilla
de carmín por su rostro, y un temprano
resplandor besa el aire en su mejilla,
rocío de verano.)
Me habla de sus afanes
de mujer que desea ver a su patria limpia
de sombras luctuosas, de crepúsculos pérfidos;
me enseña en la ladera de sus hombros las huellas
de la inútil violencia,
y yo digo que son así como una carta esos hombros
carta donde se leen las letras luminosas de un ciclo de heroísmo.
(Una flor paraguaya se atreve
a darle aromas a la tarde fugaz,
y agregarle un gorjeo raudo y leve
de paloma torcaz.)
Y ella, Elsa Mereles, me dirá suavemente:
--Hermano, hemos llegado. Y será cierto. Estaremos llegando,
ya estaremos aireando las sábanas al viento
y el oprobio y la afrenta habrán pasado
como pasa el silbido de una serpiente sibilina y negra.
(Levantaráse el sol en las mañanas
con la esperanza toda abriendo al día,
y vendremos a ver si las campanas
replican todavía.)
y le diré a mi vez: --Hermana, estamos juntos.
Y será cierto también. Y caerán los cerrojos
y se abrirán las celdas
y alguien saldrá cantando en las praderas
y cara a cara nos enfrentaremos
los Justos y los Réprobos, porque el tiempo es llegado,
el de la cosecha y la espiga, en una madrugada de júbilo en la tierra.
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Oficio de Mujer
Josefina Plá
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Oficio de mujer.
Juego a escondite:
en donde estoy nunca vio nadie nada.
Oficio de mujer.
Espigadora
de campos bajo un sol que pronto acaba.
Custodia de los cántaros.
Avivo los rescoldos en la dura mañana,
aliso los pañales como pétalos
y reenciendo las lámparas.
Oficio de mujer.
Puente entre muertes.
Rosal despetalado con cada alba.
.................................................
Oficio de mujer.
Manos moviéndose
sin pausa
como hojas
que se retratan arañando el cielo
para caer al suelo y ser pisadas.
Manos sin pausa y sin descanso
sellando itinerarios, tibios mapas.
En el vientre un camino.
En la mirada
tremolando al viento el cartel roto
de huérfana posada.
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Poema
Francisco Pérez Maricevich
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Después de todo hay que vivir lo mismo.
Vivir con la palabra a medianoche,
a mediaencarnación,
a mediamuerte.
Después de todo,
hay que entregarse entero,
tan desnudo y total,
tan mansamente.
Después de todo, sí,
después de todo:
tu dulce mano arriba
como una luz
(sangrante,
llameante,
subiendo desde las raíces).
Después de todo, el mundo
huido de los pies,
de la cadena,
huido, al fin, terreno, deslucido,
errante, transeúnte
(como un niño)
haciéndose palabra breve, honda,
palabra solamente apenas dicha
--ven herida invisible
desde siempre--.
Después de todo, oh Tú,
irrespondiente, altísimo,
sigue la voz temblando,
sigue y sigue
--silencio incorporado, encorpecido--
fdel alma transviviéndose a sí misma.
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Linda vida
Jacobo. A. Rauskin
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Lentas aves dispersas
en la feliz mañana inacabable.
A falta de jacarandá, cima de azules,
un tarumá de octubre las junta, las reúne.
Pico y alas en rama o nido.
Y sombras en el viento.
Y flores en un techo.
E idilios.
Tal
el vegetal, canoro y paisajístico
nirvana en el que vivo
de cuando en cuando y cuando estoy en paz.
¿Estoy en paz? Conmigo mismo.
Hago tiempo, es mi especialidad.
Tiempo para cantar a pájaros y árboles, tiempo intruso entre pájaros que hacen cielo.
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Preludio
Jacobo. A. Rauskin
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Cuando llegaron a La isla (el nombre le viene bien a tal supermercado), qué sino temor en el pecho y tufo de cebollas podridas en un rincón. De todos modos, habrán gritado ¡Manos arriba! El más joven golpeó a la cajera y se llevó el dinero mientras el socio, idiotizado por el gatillo, disparaba al aire. Años después, la identidad de los asaltantes seguía siendo un enigma; ni siquiera se pudo hacer el identikit: los testigos no recordaban los rostros. El caso fue al olvido, con razón. Si ahora lo menciono, es porque mi memoria no es tan mala y porque quiero hablar de la violencia y del olvido como preludio de un encanta-miento. No supone otra cosa salir hoy de ese supermercado y ver la luna en la ciudad de los grillos, de los baldíos, en la simple callejería de una emoción, en las horas de una bella esperanza.
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Demasiado tarde
Subtitulo
Renée Ferrer
resena
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to think of the right thing to say too late
Robert Frost
Robert, espérame en la orilla de ese tiempo donde estás,
quiero ingresar al silencio
compartido.
No llegaré con estridencia de bocinas
o la premura del asunto pendiente,
tampoco de vestido largo
y capelina,
no llevaré sombra en los ojos
ni la máscvara para los ritos usuales
y mucho menos las uñas pintadas,
no temas verme con mi primer recuerdo
clavado a la espalda:
ninguna queja de pena o alegría.
Ingresaré a la esfera donde estás
como una nube de silencio
que habla sin romperse
y te daré la mano para que me ayudes a entrar;
--hogar es el lugar adonde vamos
sabiendo que nos esperan--
túlo dijiste con otras palabras.
El ropaje no importa.
Aguárdame,
quiero contarte cosas que no dije,
aquellas que se ahogaron
con el ancla de las circunstancias
ciñendome el cuello.
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El júbilo difícil
(Muestra)
Carlos Villagra Marsal
resena
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Insistencia
Ya es honda la noche, y las nubes
como lentas memorias precisas
han ganado mi casa.
O será esa niebla dispersa, perdida,
que parece arriar el cielo sellado
hasta la cumbre de esta serranía.
La casa inmóvil, sin embargo,
rompe a cruzar la oscuridad vacía.
Ciego como el ventanal
y a la sombra de mi lámpara prendida,
yo también solitario, indago el rumbo
de tu encarnación esquiva.
Sí, he leído todos los libros,
pero aún no sentí el final de tus melodías.
Callado una vez más, habré de buscarte
en la virazón de la vigilia,
para alcanzar siquiera tu nombre,
Poesía.
Post Meridiem
Resulta difícil acertar el nombre
cabal
de la azucena morada
que sobrepasó el mediodía.
Y cuesta restañar la tarde
ajustando
sonidos y añoranza únicamente.
Más vale entonces
cerrar la voz,
desplegando las sienes
para cobrar la niñez de esta brisa,
con la mano avizora, sí, callada como un guante
en el dorado reflujo de la siesta.
El silencio,
y acaso después
la cantiga dispersa y casual
de las estrellas.
Explicación de la lluvia
Te esperábamos,
pausa esmerilada,
ciudadela instantánea,
muralla tras muralla levantada
de arriba para abajo.
Con igual desdén
anulas
la llanura rumbosa
y la verde altanería de las piedras.
Goteadora, te atienden
los cocoteros desatados,
las aves estrictas del monte.
Y el joven viento norte
dibuja una canción que te enardece.
No obstante, enseguida resultas
garúa entrefina,
cerrazón,
soledad movediza.
Al cabo
escampas.
...Ya eres agua interior, pero me dejas
indemne, cristalino,
y acribillado de ágiles certezas.
Tiene un sitio el amor I
Muchacha de un tiempo leve,
novia florecida:
han girado los años,
hemos sumergido los brazos vehementes
en el rápido esplendor del universo
y sigue tu cuerpo exacto,
reinante de mis noches y mis actos,
tu delicada gracia
en mi costado.
Y los hijos, que constelaron
tu corazón
y te bordaron el manto.
Pero estamos bebiendo
del mismo jarro
de un pueblo que apremia la respuesta
y la espaciosa hermandad
del canto.
Muchacha del tiempo grávido,
los dos secundaremos
erigiendo las puertas
de la patria
justiciera.
Entonces,
mi novia amanecida,
no habrán girado
vanamente
los astros.